2 de octubre de 2013

El hijo de un violador (5)


5
 Pilar conducía el ya viejo Renault Megan tranquila y segura, mientras Fausto divagaba perdido en sus pensamientos con la cabeza apoyada en la ventanilla, intentando combatir ideas y recuerdos que literalmente le llegaba ahora desde los cojones con un cosquilleo molesto.
Antes de salir de la ciudad, Pilar sacó dinero de un cajero automático.
Pronto se encontraron en la autopista conduciendo a una moderada velocidad. A las doce de la noche, se encontraban a trescientos kilómetros de Barcelona, en la provincia de Zaragoza.
Estacionaron en un autoservicio de la autopista y compraron un teléfono móvil de prepago y algo de cenar
—También quiero una tarjeta de memoria SD de ocho gigas —le pidió al cajero del autoservicio mirando por el cristal del aparador el auto.
Fausto no había bajado del coche.
Antes de apagar  y extraer las tarjetas sim de su teléfono y el de Fausto, llamó a sus padres y a sus suegros avisándoles de que saldrían de fin de semana esa misma noche hacia el Pirineo, porque habían tomado el viernes como día de asuntos propios. Así evitaría llamadas inoportunas o extrañeza cuando no respondieran al teléfono, por lo menos hasta el domingo.
Pilar se sentía fuerte, optimista y segura de sí misma. Sabía lo que tenía que hacer, no tenía miedo. La muerte de su hija apenas le afectaba en esos momentos. Tenía claras las prioridades: amaba al hermano de Fausto y no deseaba ir a la cárcel. Tenía planes inmediatos y una nueva vida que preparar.
Se detuvieron en la localidad de Alfajarín, a unos veinte kilómetros de Zaragoza, para pasar la noche y parte del día descansando en una pequeña fonda que les indicó el dependiente de una gasolinera a la entrada del pueblo. Era la una de la madrugada y Fausto se había convertido durante el trayecto en el auto en un ser depresivo, en un muñeco desmadejado que apenas tenía voluntad más que para dormir. Los ojos de Pilar estaban radiantes de energía y su entrepierna tan mojada que calaba el pantalón vaquero, Hubiera deseado seguir conduciendo toda la noche, todo el día, toda la vida…
Al entrar en la habitación, Pilar le hizo tomar un par de analgésicos a Fausto a falta de otra cosa que lo serenara más. Se quedó dormido de nuevo en posición fetal ocupando un pequeño espacio de la cama. Pilar se duchó y con un albornoz se sentó en la butaca al lado de la cama con su bolso en el regazo. En una libreta anotó datos de la agenda. Fumó un par de cigarrillos viendo la televisión sin volumen. Sudaba evitando la tentación de excitar el pene de Fausto y disfrutar otra sesión de sexo; pero no creía que fuera buena idea, tenía que descansar, al fin y al cabo, de su marido se alimentaba su hermano.
Fausto se despertó  hacia las nueve de la mañana, hacía mejor cara.
—No veo un final a esto, Pilar, no sé como seguirá el día. No consigo imaginar nada. Solo sé que Mari está muerta. Nos buscarán, nos deben estar buscando ya.
—No descubrirán nada hasta que algún vecino llame a la policía o tus padres o los míos denuncien que no nos pueden encontrar. Aún tenemos tiempo, no te preocupes. Vete a duchar cariño.
— ¿Me lo dices a mí o mi polla eso de “cariño”?
Pilar hizo una mueca de disgusto y observó con desprecio a su marido cuando se dirigía con lentitud de cansancio hacia el baño.
Cuando escuchó el agua de la ducha, tomó el teléfono y marcó un número que había anotado en la libreta.
— ¿Señor Volodia Solovióv? —preguntó cuando respondieron.
— Habla con su secretaria. ¿Con quién tengo el gusto?
—Pilar Abad, de la Oficina del Registro Intelectual.
—Le paso con el  señor Solovióv. Buenos días, señora Abad.
—Dígame señora Abad —era una voz con un fuerte acento ruso, ya familiar para ella, en la oficina del registro intelectual había tratado varias veces con él.
—Supongo que se acuerda de mí, y me he tomado la libertad para llamarle por un asunto personal que podría ser de interés para usted.
—Adelante.
—Tengo algo que revolucionará el mercado de la pornografía. Y créame que sé lo que digo, he visto sus producciones de revistas y videos y son de una gran calidad, pero no se diferencian gran cosa del  resto de las demás obras.
— ¿Y qué puede ser tan novedoso en este mundo que ya se ha filmado todo?
—Prefiero no avanzarle nada. Si me da una dirección de correo suya particular, una que solo usted revise, le enviaré una pequeña muestra de lo que le hablo. Para avanzarle algo, le diré que no hay efectos especiales en la cinta, por mucho que no lo pueda creer. Y si al fin le llama la atención, le puedo hacer una demostración en vivo para que lo vea.
—Confío en que sabrá sorprenderme. Dado su trabajo, creo que es una buena crítica para juzgar sobre la originalidad de las creaciones; pero recuerde, la pornografía es un mundo sórdido y sin glamur.
—No se preocupe, señor Solovióv, yo me encargaré de mi propio glamur si hacemos negocio.
Volodia le dictó dos veces la dirección de correo electrónica y se despidieron hasta una nueva llamada telefónica. El ruso se encendió un cigarro pensando que nada le podría sorprender a estas alturas y que seguramente, todo quedaría en  alguna escena amateur con alguna violación mal detallada como tantas le enviaban. Aún así, confiaba en la rubia Pilar Abad. Si ella iba a protagonizar ese video, seguro que con su cuerpo iba a tener bastante interés la “novedad”.
Pilar se sintió satisfecha tras la conversación, sacó de la mochila una videocámara, colocó la tarjeta de memoria que había comprado y la guardó en el cajón de su mesita de noche. También marcó un número de teléfono de un servicio de putas a domicilio y empresas, que según el folleto que se encontraba en el mismo cajón, hacía servicios todo el día; les dio rápidamente instrucciones precisas y colgó.
—Mari se está pudriendo sola en casa, es nuestra hija y hemos huido como ratas —dijo Fausto al salir del baño desnudo y mojado.
Su semblante parecía más decidido, no había ya ese decaimiento en su mirada, ahora era un asomo de ira.
Pilar observó su oscura barba de tres días, estaba delgado aunque había un marcado tono muscular en sus brazos y piernas. Su cabello castaño era abundante y ahora le caía lacio por el agua que aún goteaba. En su rostro redondeado destacaba una nariz aguileña que hacía feo su perfil. Le parecía en ese momento, el de un extraño.
Su pene era distinto, más grueso y más largo. Los testículos parecían inflamados, y seguramente plenos de ese delicioso semen que descargó en su cuerpo dos veces ayer. Se excitó ante el reciente recuerdo y la vagina se le inundó de flujo.
Aún así, sus ojos oscuros se empaparon en lágrimas ante el reproche.
— ¿Y qué querías hacer? ¿Cómo explicar lo que ocurrió? Hubieras acabado en la cárcel. Y aunque demostraras lo que te ocurre, ¿puedes imaginar qué vida nos esperaría? —respondió llorando.
—Te has encoñado con mi polla, te ha drogado con sus babas, con su semen.
—Es tu hermano, lo sé todo.
—Es asqueroso. Me lo arrancaré y lo partiré en pedazos. No voy a vivir con ésto toda la vida —gritó aferrando y sacudiendo el pene ante ella.
—Él te oye, no es una cosa. No tienes derecho a hablar así. Ha vivido a tu sombra toda la vida.
—Me parasitó como una solitaria.
—Tú te llevaste todos los nutrientes, no le diste oportunidad.
—Resulta que soy el malvado… Estás loca. Esto es solo un error, una mutación. Los restos tarados de un violador tarado que preñó a mi madre.
Pilar le lanzó una mirada hostil y Fausto comprendió que su esposa estaba profundamente turbada por su “hermano”. Cuanto más atacara y menospreciara su polla, más odio le tendría. Y sintió asco por  ella y su amante.
Bajaron a desayunar al pequeño comedor restaurant, eran los únicos clientes.
Estuvieron en silencio hasta que la dueña de la fonda les tomó nota del pedido y les trajo la comida rápidamente.
—Tenemos que explicar lo sucedido. Nos pondremos en contacto con la policía por teléfono y volveremos a Barcelona de nuevo para aclararlo todo.
—Nadie te creerá. Y yo también me pasaré una temporada encerrada por ser tu cómplice. Yo no voy a acabar así.
—Pilar… No tenemos dinero, no tenemos medios para subsistir más de una semana y dentro de pocas horas nos buscará la policía.
—Me he puesto en contacto con una persona que conozco para que nos aloje en su casa durante unos días, hasta que sepamos cómo actuar. No te precipites, tenemos que hablar con un buen abogado, y ésta persona, nos pondrá en contacto con él.
— ¿Y quién es esa persona que nos va a ayudar?
—Es un importante editor al que ayudé con unos derechos de autor. Le hice un buen favor y pudo editar antes que sus competidores una exclusiva literaria —le mintió Pilar—. Dentro de un rato, aproximadamente a las doce, llegará su secretaria para darnos instrucciones de cómo llegar a su casa.
— ¿De verdad no te sientes una mierda por la muerte de nuestra hija? Eres tan fría que ni te conozco.
Pilar no le hizo caso y siguió comiendo los huevos fritos con chorizo que había pedido.
Fausto se encendió un cigarro mientras sorbía el café.
—Está prohibido fumar —le dijo su mujer.
Él se encogió de hombros y siguió fumando.
Se encontraban viendo en silencio un programa de televisión cuando sonó el móvil. Pilar contestó rápidamente.
— ¿Señora Abad? Soy Sara, de la agencia de acompañantes. Ya me encuentro en el centro del pueblo, en las mesas exteriores del bar La Maña de la Plaza Mayor. Soy morena de melena larga y short vaquero con medias de raya negras.
—Estaré allí en media hora.
—No hay prisa, el tiempo ya ha empezado a contar.
Pilar se apresuró a salir de la habitación y a la salida le preguntó a la dueña de la fonda sobre cómo llegar a la plaza mayor del pueblo y si había algún cajero automático.
—Podría ir a pie, está a diez minutos de aquí. En coche tardará más para estacionarlo —le explicó rápida y brevemente como llegar—. Y en la misma plaza hay un par de sucursales bancarias.
En quince minutos ya se encontraba en la plaza mayor, dirigiéndose al cajero para retirar dinero. En el centro de la plaza había una pequeña feria de vendedores de miel y productos naturistas. Tuvo que dar media vuelta a la plaza para poder ver a la puta que la esperaba. Había bastante gente y bullicio.
—Hola Sara. Soy Pilar Abad —se presentó.
Ambas mujeres se saludaron con un par de besos en las mejillas.
Ambas se volvieron a sentar, Pilar encargó un vermut sin alcohol para acompañar a Sara que bebía una jarra de cerveza.
— Somos un matrimonio liberal y buscamos hacer tríos. Tú y yo pondremos cachondo a mi marido tocándonos y luego él se unirá a nosotras; pero es un tanto fetichista. Quiero que asumas el papel de secretaria, que entres conmigo como si despacharas algún asunto con unos clientes. Él hará ver que duerme, así que será pasivo y luego te vendaré los ojos, tú lo harás todo con él y conmigo, te ayudaré.
—Me parece bien. Es mejor que aguantar las bofetadas de algunos cerdos que andan por aquí y se piensan que por pagar tienen derecho a llevarse también un trozo de mí.
Acabaron sus bebidas y camino al coche Pilar entró en una papelería para comprar una libreta y un bolígrafo para que la puta los llevara en la mano al entrar en la habitación.







Iconoclasta

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