5 de octubre de 2013

El hiijo de un violador (6)


6
Fausto estaba tendido en la cama con el televisor encendido sin sonido, un cigarro se quemaba en el cenicero, dormitaba cuando llegó Pilar con la puta.
—Hola cariño, te presento a Sara, la secretaria personal del señor Solovióv.
No intentó fingir su malestar, su falta de ánimo. No saludó.
—Como ves la habitación es muy pequeña, nos sentaremos en la cama y tú me indicas dónde se encuentra la casa de tu jefe y cómo llegar —habló Pilar a Sara mostrándole con un guiño que estaba fingiendo.
—Te voy a escribir las indicaciones y su número de teléfono… ¡Uy, se me ha manchado la blusa con la tinta! —exclamó con sensual fingimiento Sara desabrochando un par de botones de la blusa gris que llevaba muy ceñida.
Pilar se sorprendió por la rapidez y la indisimulada falta de espontaneidad de la actuación de Sara, solo sabía hacer de puta.
—Voy a por una toallita húmeda a ver si podemos disimularlo un poco —se ofreció Pilar.
Antes de ir al lavabo, abrió el cajón de la mesita y sacó la videocámara, guiñándole un ojo a Sara.
Fausto las observaba con aire aburrido sin mover un solo dedo de la posición en la que se encontraba cuando llegaron.
Tras colocar la cámara en la pila del lavabo de tal forma que enfocaba la cama y conectándola en grabación, volvió  con un paquete de toallitas húmeda y metió la mano por dentro de la blusa de la puta rozando los duros y operados pechos, cosa que no le pasó desapercibida a su marido.
—Caramba, qué hermosos pechos tienes, Sara. Qué envidia.
—Tú no estás nada mal —respondió pasando las manos por su pecho y asomando la lengua entre los labios.
El dolor apareció de pronto en lo más profundo del pubis, su pene se había puesto tan duro que se marcaba en la prieta tela de sus pantalones vaqueros. Se llevó la mano a los genitales intentando no gritar.
Su mujer lo observaba y se excitaba ante la perspectiva. Se mentalizó para besar a Sara, nunca había besado a una mujer; pero tampoco nunca había estado tan caliente. Abrió los labios y metió la lengua en la boca de la puta, que la recibió con fingida gula.
Fausto luchaba contra el dolor y no perder el control de si mismo, su erección se hizo completa y su voluntad se relegó irremediablemente a un segundo plano convirtiéndose en espectador de sus propios genitales.
Pilar había desabrochado la blusa y la cremallera del pantaloncito de Sara. Se había acostado encima de ella rozando su pubis con el de la puta para evitar que pudiera ver lo que le estaba ocurriendo a su marido.
Fausto, de forma mecánica desabrochó el pantalón y se lo bajó hasta las rodillas junto con los calzoncillos que ya aparecían manchados de sangre.
Pilar había metido los dedos en la vagina de la puta, que se había abandonado a su iniciativa.
Fausto ya no se movía, solo había un extraño movimiento en sus genitales que su mujer observaba fascinada.
—Sigue… —jadeó Sara tomándole la mano que se había quedado inmóvil en su sexo.
Pilar le hundió de nuevo la lengua en la boca y prosiguió el masaje en la vagina de. Su sexo estaba completamente anegado, estaba segura de que llegaría al orgasmo sin necesidad de tocarse; el hermano de Fausto la excitaba hasta el paroxismo.
El pubis de su marido se tensó como si una mano invisible tirara del pene; una grieta de piel ensangrentada podía verse a través del vello del pubis.
Con cierto esfuerzo el hermano se desgajó de entre las piernas.
Pilar creyó que iba a perder el sentido llevada por el placer y la hipnosis que le provocaba aquel proceso.
—Te voy a tapar los ojos, Sara. Ya está muy cachondo y te he dicho que es un poco tímido.
—Si… —suspiró la puta con su pelvis en rotación guiada por la mano de su clienta en su coño.
El pene se arrastraba por la cama hacia las mujeres. El único movimiento en el cuerpo de Fausto era el de los globos oculares y en algún momento, una ligera corrección del ángulo de visión con un breve movimiento automático de la cabeza.
Entre las piernas del hombre había un insondable agujero negro por el que salían unos pequeños nervios negros como rizados como raíces.
Pilar había cubierto parte de la cara y los ojos de Sara con la blusa que le había sacado. Se desabrochó la suya, se sacó el sujetador y se bajó la falda beige junto con las braguitas que lucían una gran mancha oscura de humedad.
Se acercó al lavabo para verificar que la cámara siguiera grabando.
Cuando llegó de nuevo, el pene ya estaba cabeceando en la entrada de la vagina de Sara, se acarició el clítoris excitada observando como el gran pene se retorcía y se abría paso en el sexo de la puta.
Sara suspiraba y jadeaba.
—Para ser tan introvertido, lo haces de maravilla —dijo entre risas y gemidos Sara.
Pilar se acercó a ella para lamerle los pezones para evitar que accidentalmente se le cayera la blusa de la cara. El pene ahora se agitaba bruscamente entre sus piernas y Pilar se metió la mano en el sexo para sacarla untada de fluido.
Le metió a la puta los dedos pringados en la boca.
—Mira lo que me haces derramar, estoy empapada Sarita.
Sara estaba próxima al orgasmo, su cuerpo se comenzaba a tensar, Pilar le tomó una mano para que le acariciara el sexo. El hermano ahora se había retirado de la vagina e iba a reptar por el vientre para llegar a la boca. Pilar lo tomó con la mano para que no sospechara nada raro y retirándose a un lado, le dijo a Sara:
—Fausto quiere su mamada, necesita correrse en tu cara y en tus tetas.
Le acercó el pene en los labios y sintió que se moría de placer por un orgasmo que le sobrevino cuando aquella cosa se acomodó en la boca de la puta haciéndole abrir desmesuradamente la boca.
Pilar se retorcía de gusto recordando la extraordinaria sensación de tener esa carne en la boca, del momento de la eyaculación y cuando el semen se le derramó garganta abajo enamorándola.
Sara expulsó mocos por la nariz cuando los testículos se contrajeron y soltaron su carga en su boca, abrió las piernas y comenzó a masajearse bruscamente el clítoris mientras el pene daba sus últimas sacudidas vaciándose de leche.
La puta quedó dormida, exhausta de placer. Pilar se apresuró a quitarle el pene de la boca y lo besó, lo lamió durante un rato.
—Tienes que volver a tu cuerpo, la zorra se va a despertar y es mejor que no sepa nada y si puedes mantener a tu hermano dormido un poco más de tiempo, mejor.
La media melena rubia de Pilar estaba revuelta y ocultaba parcialmente sus intensos ojos miel.
Acercó aquella monstruosidad a las piernas de su marido, tomó la cámara del lavabo y filmó muy de cerca como ambos se acoplaban. El proceso le parecía tremendamente excitante.
Revisó la grabación, extrajo la tarjeta y la guardó en el monedero. La cámara la ocultó en la maleta, se sentó en la silla al lado de Fausto y se encendió un cigarrillo esperando que despertaran los dos.
Fausto salió o fue expulsado por la vagina de su madre hundiendo en la memoria todo lo que ocurrió durante su formación como embrión y feto. En la cuna y sin que su padre se diera cuenta, la madre le daba pequeños golpes llenos de rencor cada vez que evocaba su violación.
Mientras tanto, su hermano el pene, solo existía como un virus, un ente que solo vivía para crear una red neuronal que conectara con el cerebro general.
La puta despertó aturdida, el hombre aún dormía o intentaba recuperar su voluntad y conciencia.
—Te juro que ha sido el mejor polvo de mi vida —le decía desperezándose en la cama a su clienta en voz baja para no despertar al macho—. La próxima vez no te cobro nada. ¿Quieres que vuelva esta noche? A partir de las dos de la madrugada estoy libre.
—Salimos esta tarde hacia Barcelona, otra vez será —respondió Pilar entregándole ciento cincuenta euros.
—Pues anota mi número de móvil y no llames a la agencia para la próxima vez.
Fausto empezaba a removerse inquieto en la cama. Pilar le había cubierto las piernas y los genitales con la sábana.
Las mujeres se despidieron con un beso en el umbral de la puerta de la habitación.
Pilar se apresuró para vestirse y maquillarse en el baño, cuando salió Fausto estaba fumando en pie. Su semblante estaba furioso y confuso.
— ¡Eres una puta cerda! ¿Cómo has podido contratar a una puta? Nuestra hija se está pudriendo en nuestra casa. ¡Sola! ¡Puta zorra! —gritó lanzando un puñetazo a la cara de su esposa.
El golpe no llegó, una rápida erección lo dobló por el estómago. La mujer sonrió satisfecha.
—Voy a comprar algo de comida y bebida, ahora vengo. Y no era una puta, era la secretaria del señor Solovióv. Pero ocurre algo con tus cojones, cariño: nos pone cachondas a las mujeres, sin siquiera verlo. Debe ser hormonal... —mintió cerrando la puerta tras de si.
Fausto se tumbó de nuevo en la cama colapsado por el dolor. Y pensó en amputación, suicidio y asesinar a la “puta de su esposa”.






Iconoclasta

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