28 de mayo de 2013

Muerte en el desierto


Los muertos viajan en tropel entre las dunas del desierto.
El polvo de sus huesos y sus pieles resecas alimentan las montañas andantes; por ello cada año la arena está más cerca. Cada día es más molesta.
Los idiotas que no se han convertido en petróleo que se quema en motores, se han hecho sílex.
Yo sé de estas cosas.
Como sé que las rosas del desierto no son formaciones aleatorias: mi semen las forma, amalgama muertos en caprichosas figuras florales de extrema debilidad.
Creo rosas de arena con un gemido, con el pene asfixiado en mi puño, con los cojones palpitando. Creo rosas en el desierto con la imagen de sus labios entreabiertos cuando su coño se hace agua y estoy dentro.
El semen lo amalgama todo. Y le da sentido y forma.
El desierto es tan buen sitio para masturbarse y morir como cualquier otro.
Es mentira, no hay sitios tan buenos como el desierto.
Porque en los polos te congelas y no viajas. Simplemente estás ahí, como una fotografía aplastada entre toneladas de hielo.  No hay corrientes de aire que te lleven a ninguna parte.
Y cuando ya has visto cuatro focas, tres osos polares y cinco o seis esquimales, piensas en el aburrimiento y lo abundante e internacional que es.
Vives-mueres en el desierto y te haces experto  en arena, de lo contrario eres más idiota que la media.
Entre los granos puedes ver quien en vida estaba enfermo. O era un enfermo.
Tal vez sea bueno ser arena y dejarse llevar por el viento, dejar de razonar y de elegir. De esperar.
Que le den por culo al libre albedrío, solo sirve para equivocarse y perder el tiempo.
Solo quiero erosionar, desgastar pieles, paredes y montañas.
Nada hay más caliente que el humo de mi cigarrillo que abrasa mis pulmones, pareciera que me he pasado la vida entrenándome para respirar el ardiente aire del desierto.
Por esta razón el aire del desierto no me molesta demasiado.
Derramé el agua para asegurarme que seré arena en unas horas.
Tan solo me queda una carga de leche en mis deshidratados cojones. No sé si al morir, cuando mis cojones se relajen y mis vísceras y músculos no puedan retener nada, eyacularé como dicen que lo hacen los ahorcados.
Me gustaría hacer mi rosa del desierto póstuma, que sea arrastrada por las dunas de muertos, y llegue a las manos de un idiota y la acaricie y la tenga en una vitrina iluminada.
Iluminará y amará mi semen sin que lo sepa. A veces se me escapa la risa.
Hay rosas rodando por el desierto, los nómadas las encuentran y comercian con ellas. Algunas acabarán en manos de personas que se piensan que la arena se amalgama por alguna orden divina de mierda. Con orina de camellos, los más esnobs e incultos.
Yo me dejo llevar por las dunas, las dunas arrastran rosas, muertos y vidas. No sé si es una condena o si las dunas disfrutan su trabajo.
Y ahora, para complicar las cosas, hay un rastro de huellas que comienzan en el centro de esta nada y se dirigen a mi izquierda. Una perfecta y recta línea que se pierde en el ondulante y difuso horizonte. No lo entiendo, tal vez sea una alucinación.
En el desierto hay espejismos, es congruente.
Tal vez alguien más quiera ser parte de una duna. Se ha puesto de moda morir aquí.
Una duna sigue el rastro, va tras las huellas y subo a ella, creo que aún no he muerto, aunque no estoy seguro. Solo sé que debo caminar. Otra cosa no tengo que hacer. Subo la ladera y cuando comienzo la bajada, ya se empieza a formar otra nueva subida, con la misma arena, con los mismos muertos. Conmigo…
Borra viejas huellas con su avance, es cuidadosa con las que quedan para no perdernos.
Descanso un momento. Entre las llagas infectadas de mis pies, se han metido muertos que molestan e infectan. Exprimo la herida y junto con el pus y la sangre salen granos de arena y piel que no es mía. Lo sé porque simplemente la rechazo.
Son trozos de hueso y piel de cadáveres infecciosos en forma de arena y sales.
Nada anormal, es tan lógico que dan ganas de cavar un agujero y meter en él la cabeza de puro aburrimiento.
Bip-bip.
Hay muertos a los que se les quiere, pero deberíamos ser cuidadosos, aunque se trate de familia, esos restos infectan. No es higiénico.
El sol no lo mata todo, solo mata lo bueno, lo malo sigue desarrollándose bajo sus abrasadores rayos ultravioletas.
El hombre a lo lejos es una mancha de gas, una llama menuda en medio de este océano seco y tórrido. Se ha detenido.
Estoy lo suficientemente cerca para atreverme a gritar y preguntarle quien es.
Estoy llegando a la cresta de la duna y hago pantalla con las manos en mi boca.
— ¿Necesitas ayuda?
No parece oírme. Está arrodillado, tiene en la mano una foto y con la otra aferra su pene. Me detengo, no quiero ver eso. ¿Otro que se masturba en el desierto?
Es demasiada casualidad.
A pesar del sol tengo frío, a pesar de la distancia y del tiempo que llevo caminando, no estoy cansado.
Me acerco un poco más y llego a ver como eyacula en la arena. Se derrumba sobre sus rodillas llorando y hundiendo la cara en la arena abrasadora. El viento le arrebata la foto de las manos y se la lleva por donde había venido.
Yo me masturbé también hace tiempo, los desgraciados siempre nos reunimos en el mismo sitio, de la misma forma que los elefantes tienen su cementerio.
Dan ganas de no ir.
Dan ganas de no preguntar.
En la espalda lleva un bidón de agua con una manguera para beber, se lo quita y lo deja caer abierto para que se derrame el agua.
Se levanta dejando un charquito de sangre que le ha salido del culo y continúa caminando. Ya debería haberse dado cuenta de mi presencia, pero no es así y pasa por mi lado sin mirarme, con la vista fija en la cima de la próxima duna. Diríase que camina hacia el sol.
Avanzo más, no me preocupa él, me preocupa de donde viene. En el desierto no hay escondrijos y no entiendo porque el hombre va al contrario que las huellas.
Hay un automóvil volcado sobre el techo, sus neumáticos están desgarrados, la plancha sin pintura y brillante. Las dunas han limpiado todo rastro de color.
Hay vidrios rotos en el interior que ahora están opacos.
El desierto mata el brillo, solo deja lugar a los espejismos.
Dentro, en el asiento del acompañante, el esqueleto de una mujer cuelga del asiento, su cabeza está aplastada contra el suelo, su cabello parece una madeja de cáñamo. Su cuello se rompió hace mucho tiempo.
La foto  ha vuelto a la sombra del automóvil, como sino quisiera morir de nuevo.
No huele mal, no hay carne podrida. La arena ha limpiado los huesos y los seguirá erosionando hasta hacerlos polvo. Volveremos a estar juntos mi amor…
Hacíamos un breve recorrido por el desierto, solo iba a ser media hora de adentrarse para poder disfrutar por unos minutos de ese inmenso mar muerto.
Una duna ocultó la carretera a la vuelta, y por ella caímos dando vueltas.
Te vi tan muerta, con tu cuello espantosamente roto, hinchado. Ese bulto que te salía bajo la mandíbula como una deformidad…
Caminé hacia el sol, para morir. Me masturbé con tu foto, no quería llorarte, te necesitaba tanto que las lágrimas eran desesperantes.
Mi vientre estaba roto, notaba la sangre moverse entre las tripas provocando un dolor atroz. Luego morí, y el sol me evaporó, el viento pulió mis huesos y los hizo polvo.
Salí de la nada, de entre una duna, con la conciencia de existir, en el mismo lugar que morí. Peregrino desde hace un tiempo indefinido hasta ti, mi amor. Ojalá hubiera podido sacarte de ahí dentro y que tus huesos se hubieran unido con los míos al mismo tiempo. Espero que las dunas poco a poco te gasten te erosionen y cada día te unas un poco más a mí.
¿Soy yo el que muere allí, en medio, en el centro de la nada?
Soy arena, absolutamente hueso y piel seca.
A veces siento una tristeza absoluta al darme cuenta de lo que fui, de lo que soy, de lo que me espera. El desierto tiene tan pocos escondrijos que ni el dolor ni la añoranza encuentran donde ocultarse.
La vida es tan frágil como las rosas que emergen en la arena. La muerte es tan frágil como un sueño o el sueño es muerte. O el sol no acaba de hacer bien las cosas y no hay fin a esta agonía.
A veces no puedo pensar con claridad…
Pienso demasiado. Creo…
¿Cómo es posible que en medio de esta nada, en el centro de ningún lugar, haya un rastro huellas que se alejan por mi izquierda, hacia el norte?
¿Alguien ha sido llovido por el cielo? Tengo que seguir ese rastro, a lo mejor es alguien como yo, que se masturba bajo el sol sin saber por qué.
Los muertos viajan en tropel entre las dunas del desierto.
Aunque hay dunas solitarias, donde eres arrastrado en una soledad sin fin.
No sé, no me preocupa; solo sigo el rastro, no me importa de quién es. Solo quiero saber si hay algo más en un mar muerto donde no se puede esconder ni la muerte.
¿Habrá una habitación fresquita?
¿Habrá un lugar donde el sol de mierda me deje descansar?
El hombre se masturba y llora.
Es un déjà vu, un espejismo de una mente insolada seguramente.
Es lógico aquí en el desierto.








Iconoclasta

21 de mayo de 2013

Fenómeno atmosférico


Meses esperando la lluvia, con la piel seca, la boca rasposa, los labios partidos y la piel de las manos resquebrajándose como una corteza de barro en el desierto.
Muchas veces me he arrepentido de no tener crema hidratante a mano. Y en el miembro no vendría nada mal.
Aunque ella me lo hidrata más allá de lo que la cosmética comercializa.
He subido al polvoriento tejado de la casa, la lluvia se llevará la porquería acumulada en el suelo y dará paz a mi piel. Me he estirado desnudo entre pequeñas hormigas que huyen del agua. Con mi pene erecto, venoso y agresivo por una sequía que se ha hecho eterna a lo largo de semanas y meses.
Las lluvias marcan una de mis cientos de temporadas de celo por ella.
Tengo miedo que la dilatación del pijo rasgue el prepucio, tengo una necesidad casi suicida por follarla otra vez.
Y que las hormigas se me metan por el culo es una idea que no me gusta. No quiero que me entre nada por el ano. El esfínter es salida y única dirección.
La espero con una ansiedad desesperante, aguantando el ímpetu de masturbarme, dejando los ojos abiertos a las gotas que se estrellan contra ellos y me ciegan.
Las gafas de nadador no hubieran molestado. No hubiera necesitado una gran inversión y le hubiera dado un aire fetichista a la sesión de sexo que me espera con mi reina.
Parece que lloro; pero solo quiero follarla.
Otra vez…
La lluvia da alivio a mi rostro, incluso cuando se desliza por mis labios: el agua reciente sabe a la suciedad que flota en el aire.
No importa; luego beberé directamente de su piel.
Y la mierda ajena, lo de alrededor no importará.
Me pregunto si mi picha hará el efecto de pararrayos, no me gustaría. Creo que sería indigno morir con la verga carbonizada.
Llegará aquí arriba, se sentará en mi vientre y se clavará en mí envolviendo mi carne dura con su coño viscoso, sedoso y resbaladizo. Empapado… Como si ella fuera cálida lluvia oleosa y sempiterna.
Decididamente se me va a rasgar la piel que cubre el pijo con toda esta presión. La evolución no fue muy lista y no tuvo en cuenta que nacería un hombre como yo con tantas ganas de metérsela a su mujer. El prepucio debería ser más holgado. Pienso en los judíos y la circuncisión; pero resulta traumática, es mi pellejo y lo quiero.
He de hacer algo, pero temo tocarme y eyacular fuera de ella.
Me tiene tan caliente que las gotas de agua se evaporan al contacto con la polla levantando pequeñas nubes de vapor.
Me haría muy popular en una sauna femenina.
Mis músculos se relajan, soy gelatina temblorosa bajo la lluvia. Y lo único firme es la verga que cabecea en mi pubis. Desearía tocarme ahora mismo, cerrar el puño con fuerza para subir y bajarlo con violencia. Rasgar mi puto prepucio y que sangre la polla.
Intento relajarme y dejo que la orina corra por mi vientre y se meta cálida entre los testículos y las nalgas, me gusta el contraste de la lluvia fresca con los meados.
Me limito a tirar de la piel y descubrir el glande púrpura como la casulla de un sacerdote en rito de penitencia; el meato está obscenamente abierto como lo están los labios que ansían la boca amada y deseada.
Espera la lengua que lo saciará de placer.
Me imagino metido en ella, su tanga negro transparentando la palidez de su monte de Venus rasurado, el roce del hilo a lo largo del pene en la cópula…
Saboreo entre mis dientes los pezones endurecidos, clavo los dedos maltratando sus masivos y pesados pechos.
Areolas ovales que deseo cubrir con mi leche, con mi semen ardiendo.
Es tan cálido su coño como sus labios tallados en un rostro hermoso y anguloso de grandes ojos oscuros, de una melena rizada que recibe mi semen cuando ella así lo dispone.
Estoy abandonado a su voluntad.
La lluvia hará cascadas en sus pezones y beberé y me ahogaré en ellos mientras la follo. El agua inundará la cópula y hará chapoteos obscenos sexo contra sexo.
Y como en un altar ante la Virgen María observándome con Jesús mamando de su teta, elevaré la pelvis para meterle la polla en la boca y me la devore con sus dedos acariciando mis cojones. Excitándome el ano.
Y así ante la lluvia me denigro y me formo. Me embrutezco de anhelo. Me convierto en macho en celo. Ante las nubes que limpian el aire y dan alivio a mi cuerpo y mente, soy un hombre follando la nada, el aire. El espacio que ocupará ella.
Espero el momento sublime de eyacular, cuando blasfemo ante mi caída al pozo de la irracionalidad, en el que el placer es la vertiginosa aceleración.
Los rayos cada vez se acercan más… No quisiera, pero tal vez me ponga un condón hasta que llegue. El látex es un buen aislante ¿no?
Su boca succionando mi alma a través del pijo próximo a estallar, su coño estrangulándome el bálano, aplastándolo con las contracciones de placer de su vientre.
Sintiéndome cabalgado como un toro en el rodeo.
Quiero ser como las nubes en lo profundo de su coño y llover dentro de ella.
Que se ponga en pie y de su raja gotee  mi semen dejando cráteres de leche en el polvo del suelo. Barro blanco…
Lluvia de semen entre sus muslos.
Yo soy una nube que llora por ella, que descarga en ella.
Ese rayo ha caído muy cerca. Bueno… Soy osado y atrevido, peligro es mi apellido.
Soy empático con el clima, y ardo con el calor del puto sol, me hago gris con las hojas crujientes del otoño, mi pene se lubrica en la calidez de la primavera. Y en invierno desato mi furia y mis tormentas.
Me gustaría ser rayo letal y mantener así un radio de varios kilómetros entre nosotros y los humanos.
Yo solo me debo a ella, y cuando la espero, soy fenómeno atmosférico zarandeado por las caprichosas presiones y anticiclones del planeta.
Con ella empieza y acaba el día. Por ella soy primavera, verano, otoño e invierno.
Un erecto fenómeno meteorológico, es lo que soy cuando la espero, cuando la follo.
Un pararrayos pornográfico que hiere a todos los vecinos con su obscenidad.
Porque la amo y no importa mi ridículo.
Joder con ese rayo… Al final me va a freír los cojones.








Iconoclasta

18 de mayo de 2013


10 de mayo de 2013

La parábola de la tuerta




Hay una emisora de radio en México (concretamente en Puebla), que parece una congregación de misioneros que busca el bien por los demás. Aboga por pagar puntualmente las tarjetas de crédito, obedecer la ley y aceptar con la cabeza gacha y resignación el escupitajo ajeno. Y en ella hay un locutor que parece creerse la reencarnación de Cristo.
En estos tiempos, en este mismo mes y año.
Cada día el beato locutor narra con la sangre hirviendo de emoción una edificante “reflexión del día” (en muchos casos una parábola mal escrita y con nulo ingenio, solo apta para creyentes con muy poco cerebro o simplemente para analfabetos) y que él mismo se cree.
Hay reflexiones en las que se dice que la mujer no debe hacer cosas de hombre y que ella es la que ha de dar ejemplo y doblar el cuello a su macho en nombre de la paz y la armonía en el hogar.
No me jodas.
La última reflexión me ha llamado poderosamente la atención, es la cosa más cándida, ingenua, torpe y simplona que he oído jamás. Más que divertirme al escucharla, me ha preocupado; creí que estas cosas se decían hace tres o cuatro siglos. Luego pensé que la estupidez no cambia jamás y permanece inalterable a lo largo del tiempo.
Luego concluí que la deficiencia mental es algo de lo que nadie debería sentirse orgulloso. Parece que para esta emisora de radio, la estulticia es motivo de vanidad. Eso y el servilismo de los esclavos que se sienten protegidos por su amo.
La parábola en cuestión tiene un nombre parecido a “Un solo ojo” y está pensada para hacer llorar a las madres e hijos y para que YO vomite.
Una madre tuerta trabaja de cocinera en el colegio de secundaria de su hijo, y a la muy buena y santa, se le ocurre ir a ver a su retoño en la hora del recreo para preguntarle como le va el día. Pues bien, todos los amigos le preguntan al hijo quien es esa mujer tan fea y con un solo ojo. Cuando confiesa que es su madre, se burlan de él hasta que siente ganas de meterse bajo la ducha y llorar abrazándose el pecho como mujer que ha sido violada o que ha perdido el virgo.
El cabrón del niño, que tiene muchos huevos con su madre; pero no con los amigos, le dice que la odia por haberlo avergonzado, desea que se muera, no verla jamás.
(En este punto se me encogen los testículos ante el dramatismo más puro. Se puede escuchar llorar al locutor y sus intestinos estremecerse inquietos)
Con el tiempo, el hijito del alma de mierda, abandona a su madre para dedicarse a estudiar una carrera (trabajando la madre de cocinera y sin querer verla suena a ciencia ficción triunfalista de mierda).
Cómo no, el imbécil prospera y forma una familia (es lo habitual, los más subnormales tienen una suerte de locos).
Con el tiempo la madre se entera donde vive y decide ir a visitarlo. Al tocar el timbre abren la puerta sus nietecitos, los cuales se ponen a llorar como mujerzuelas ante el horror que les inspira la tuerta (cómo me gustaría haberla conocido).
Entonces, sale el valiente del hijo y la lleva cogida por el codo hasta la calle y le dice que como se atreve a venir a molestar y asustar a sus hijos.
A lo que la madre responde simplemente: Me he equivocado de casa, perdóneme.
(Aquí ya es para meterse los dedos en la boca y purgarse de tanta miel de mierda).
Pasa el tiempo y bla-bla-bla, el hijo recibe una carta de su antiguo colegio para no sé que coño de reunión estúpida de alumnos y ya que le pilla cerca, se pasa por casa de su mamá. Le dice algún conocido que su madre ha muerto, así que entra en la casa muy feliz y tranquilo sin tener que encontrarse al cíclope de su madre.
La parábola no dice donde, pero se encuentra una carta de la tuerta que dirigida a él.
La beata madre le explica que de pequeño tuvo un grave accidente que le hizo perder un ojo; ella le donó el que le faltaba y se sentía feliz de saber que su hijo podía ver el mundo a través de uno de sus ojos. Y que por encima de todo lo amaba.
¿Qué pretende la parábola facilona?
¿Quiere decir que las madres son santas, mártires y beatas y que se alimentan como las hienas de la mierda que les dan sus hijos? ¿Qué han de tragar desprecios y ofensas y amar a pesar de todo?
¿Qué cuanto más cerdo se es, mejor te trata la vida y tu madre?
¿Que madres e hijos se lo han de perdonar todo por muy mal que se traten y por mucho que se denigren?
Es lo más timorato, simple y vulgar que he oído jamás, además de los milagros de Cristo.
No me jodas que una madre ha de sacrificar su ojo y luego tragar toda la mierda del pequeño borde que parió.
Estas arengas moralistas son un insulto a mi inteligencia, a las mujeres (que las tratan como imágenes sagradas sin coño que ni follan, ni tienen ningún tipo de inquietud; pero que de alguna forma pueden ser penetradas y parir) y a mi buen humor.
Joder con la tuerta. Cualquiera pensaría: pues no es de extrañar que el hijo sea un cerdo con una madre tan retrasada mental.
Es que ni eso saben escribir, ni un patético cuento que pueda desafiar el intelecto de alguien medianamente culto.
Y lo bueno, es que la dichosa emisora de radio, recibe cantidad de correos electrónicos de los oyentes para recibir las dichosas reflexiones.
Y eso sí que es preocupante, que haya tanto lerdo en el planeta.
Aunque eso ya lo sabíamos.
¿Sabéis la parábola de la puta que daba mamadas gratis por amor a sus clientes y que tenía un tremendo complejo de madre? Pues murió con el coño seco, de hambre, la matriz podrida y sida.
Y si alguien quiere un ojo, ni el del culo le presto. A mí nadie me enseña nada con idioteces.






Iconoclasta

2 de mayo de 2013

Conversación conmigo mismo





— ¿Sabes que cuando tengo muchas ideas que escribir me duele la cabeza?
—Es normal, nunca estoy contento.
—Es una necesidad para creerme trascendente.
—Nunca lo serás.
—Lo sé, no importa. No le doy cuentas a nadie.
—Es tu problema.
—Por supuesto.
—Echo de menos a mi gata.
—Lástima que no quedaran en las manos las cicatrices de haber jugado con ella.
—Lo pienso mucho ahora, cuando no está. Era pequeña, siempre hubiera sido pequeña.
—Llorar va bien.
—No me da vergüenza, tengo los ojos secos.
—Sí, eso pasa.
— ¿Cómo vas de pena?
—Bien servido, creo que durante un tiempo no voy a querer más.
—Tengo deseos de salir a la calle y lanzar un vómito, de una forma natural, como quien tose.
—Es una buena idea. Siempre has sido bueno provocando.
—Y trabajando como una puta, pero siempre he cobrado una mierda.
—A veces quisiera acostumbrarme a llorar sin ninguna razón, como vomitar.
—Xibalba, la gata, dormía a medio día conmigo. Éramos tocayos de biorritmos. Algo de felino debo tener. De ahí que quiera marcar territorio como sea, con lágrimas o vómitos.
—Llorar no es marcar territorio, es mear tristeza.
—Bueno, da igual como hacerlo, lo importante es acotar territorio. La chusma se acerca siempre más de lo que debe.
—Cansa, harta la luz y el calor de mediodía. Vivo para esperar el crepúsculo.
—Nunca te acostumbrarás.
—Suena El Animal de Battiato.
—Es muy buena, quisiera ser así; pero soy peor, me falta la parte amable.
—Nos faltan los muertos.
—Sería guapo que nos esperaran, engañarse un poco no es malo. Es bueno sonreír.
—Hoy me he reído como un histérico a las seis de la madrugada. Tanto que me han dado ganas de llorar porque quería volver  a aquel momento.
—El Alfonso le dijo a Pedro que tomara las puntas de prueba del megóhmetro y cuando las tenía entre los dedos, apretó el botón de test. Lo hizo fríamente, con malicia.
—Pedro casi escupe el chicle y salió sin decir palabra del taller, en auténtico estado de shock.
—Estás llorando.
—Es esta risa. No sé porque he evocado ese instante. No puedo dejar de reír.
—Estás loco.
—Me parece bien.
—Aún así, no me asusta morir.
—Soy valiente de mierda.
— ¿Cuando se habla mucho de la muerte, significa que ya está cerca?
— ¡Qué va! Significa que estás hasta los cojones de tanta vida.
—No existen mensajes raros ni presentimientos, todo tiene una sencilla, asquerosa y mediocre explicación.
—Es hora de moverse, hay que hacer bici.
—Es cierto, me canso de hablar conmigo mismo, aunque la bici también me cansa.
—Te cansa tu pierna podrida. Sé más exacto y concreto.
— ¿Por qué ya no me acuerdo de muchos sueños?
—Porque son deprimentes, no necesito eso al despertar.
—La gata no ha vuelto.
—Está muerta.
—Pues ha muerto un equivalente a treinta y siete humanos.
—Es una cifra extraña. Demasiado concreta.
—Es un cálculo cuidadoso, me gusta la exactitud.
—Es exactamente así, tengo razón. Cada humano no llega al valor de un peso en vivo, muerto menos.
—Dan ganas de matar.
—Siempre.
—Es que no hay buenos lugares.
—Pisar mierda en tu casa es deprimente y pisas mierda cuando los malos recuerdos forman alfombra sobre la que has de caminar, sin islas en las que refugiarse.
—Que asesinen a mi gata también es deprimente, es esparcir más mierda en el piso, mis pies están sucios, mi cabeza inflamada.
—Al final el amor no lo es todo, no pone a salvo a tus amigos, no cuida la higiene mental.
—Es hora de marchar.
—Hay que morir, no hay arreglo, ni esperanza.
—Donde no haya gente sucia ni asesinos que matan a nuestros amigos.
—Todos los lugares son iguales, porque en todos existen los mismos cerdos.
—La mediocridad es la misma en todas partes del globo.
—Hay que joderse, no hay forma de cambiar de aires. Estamos abandonados.
—Mi sombrero está viejo y feo, como mi rostro.
—Consérvalo así hasta conseguir incomodar a los que te observan.
—Es muy buena idea, que me crean miserable.
—Sentirse miserable no gusta, me refiero que ellos con su envidia ven en mí el reflejo de sus miserias. No les gusta las muestras de lo que son en realidad.
—Los hay que lo tienen casi todo y son unos mierdas.
—Tenerlo todo es mantenerse a un radio de quince kilómetros de distancia de todo ser humano. Es difícil, se necesita suerte y mucho dinero.
—Pues has fracasado.
—Sí.
—Ya no hay tiempo.
—Creo que sí, a veces pasan cosas. Aún no estoy muerto, no soy derrotista.
—El fracaso es una temporalidad. Cuando los putos triunfadores pierden, ahí estoy yo para ganar ante su fracaso. Ha ocurrido.
—Siempre ocurre.
— ¿Y qué hay del suicidio?
—Es una buena salida, pero duele. No me gusta el dolor, ya he tenido asaz de él. Hay tiempo para ello.
—La gata grande no soporta a la pequeña.
—Ella también necesita una prudente distancia.
— ¿Cuál es el valor de tu vida? ¿Cuántos cadáveres pagarían tu muerte?
—Trescientos ochenta y siete.
—Es una cifra extraña y difícil.
—Como la de la gata. No son cifras al azar, soy bueno y preciso calculando. Tengo mis razones.
— ¿Y si pusiéramos que son cuatrocientos para redondear?
—Está bien, por mí mejor. Algunos abortos y nacimientos de niños muertos pueden formar el redondeo.
—El dolor de cabeza no se va nunca. Deberías subir a cincuenta individuos más tu valor.
—Lo tenía contabilizado también, no se me escapa nada. De cualquier forma, añadir cincuenta, no es descabellado.
—Pues que así sea, cuando yo muera, que mueran también cuatrocientos cincuenta. Nadie lo va a notar. Todos morimos siempre.
—Han tenido tiempo de acostumbrarse a morir, si no ponen voluntad es su problema. La cobardía no es ninguna virtud.
—La peña no tiene humor.
—No tiene nada que le de valor, sus muertes no tienen importancia.
—Conmigo no pasará, mi muerte les dará valor a los cuatrocientos cincuenta porque se recordará mi muerte y por tanto, la de ellos.
—Sus familias dirán: “Murió en el mismo año y día que el Iconoclasta”.
—Genial.
—No quiero volver.
— ¿A dónde?
—A ninguna parte.
—Estaría bien ser inexistente, no interactuar con su entorno, con el de ellos.
—Un limbo…
—Hay que dormir.
—Es un coma deprimentemente sugerente y silencioso dormir cuando se puede.
—Es hermoso estar despierto cuando duermen, es estar por encima de ellos.
—Te haces la ilusión de que están muertos, de que no están.
—No es crueldad, es que no hay forma de evadirse. No hay ciencia ficción ni fantasía para escapar.
—La cabeza otra vez…
—Siempre está el ibuprofeno, es un animal fiel.
—Conque sea simplemente analgésico me basta.
—Corto y cierro.
—Mierda.








Iconoclasta