29 de marzo de 2013

El costalero y el nazareno (especial semana santa)






Los costaleros ya están jadeando, llevan treinta minutos acarreando el paso del Jesús del Gran Poder. Las camisetas están empapadas y se pegan a la piel de los torsos, las fajas se han oscurecido con manchas húmedas. Los pañuelos anudados a sus cabezas ya no recogen el sudor y los ojos se escaldan. La gente y el bullicio intentan sobreponerse a las saetas sin que nadie ni nada consiga una clara victoria.
Manuel no puede apartar la mirada de la espalda de Federico, el joven costalero que marca los músculos dorsales contra la tela de la camiseta.
Cada costalero parece querer cargar con todo el peso de la imagen, como una prueba de fuerza y poder reproductor; el pertiguero con su traje de terciopelo y bordados de oro, pica en el zócalo del paso para llamarlos al orden y les manda enderezarse y sincronizar el esfuerzo. Federico es un joven que lleva cuatro o cinco años en su hermandad, la Hermandad de las Tres Caídas.
El paso es lento y pesado; cada año lo mismo, la misma angustia, la misma culpa, el pecado recalentado entre sus piernas. Manuel es un nazareno de cirio, y lleva la enorme vela inclinada hacia la izquierda, apoyando el peso en el grueso cinturón de esparto que ciñe la túnica. El capirote azul oculta su vergüenza y dispara su libido. Sus ojos siguen con las pupilas dilatadas los esfuerzos del joven cuerpo de Federico.
Bajo la prominente barriga de Manuel, pende el pene envuelto en una lía fina de esparto, un cilicio en la polla. Una penitencia, un castigo a su deseo de coger el fuerte cuerpo de Federico y lamer su espalda, meter la lengua en su ano. Meterle la polla hasta hacerlo sangrar.
Es tan joven… Le consta que Federico no es marica, lo ha visto con chicas, llegar con resaca a los ensayos. Se han invitado a alguna cerveza y unos pitillos, Manuel le invita con la excusa de darle consejos de veterano, como casi todos hacen con los más jóvenes.
Pero él tampoco parece marica, su mujer jamás lo diría. Sólo que cuando la folla, piensa en un cuerpo velludo, en una piel seca y curtida. Cuando la folla, piensa que está metiendo la polla forzando un duro esfínter de hombre. Cuando la jode, desearía tener entre sus manos una polla enorme latiendo y retorciéndose como un gusano en su mano.
El tormento… Si Jesús lo viera… Quiere que Jesucristo le perdone, que vea como le sangra la polla que se endurece ante los jóvenes cuerpos.
Los pantalones de Federico han bajado mostrando la rabadilla y el inicio del canal que conduce a un ano que desearía herniar. El pene de Manuel, se dilata lentamente, el cilicio no puede evitar que el bálano crezca; aprisionada la piel, el músculo se desarrolla y el glande sale al exterior como si brotara de entre la lía de esparto. El dolor es intenso, y va paralelo a un placer, la túnica disimula la erección pero, hay una pequeña mancha oscura a la altura de sus genitales, es la sangre del deseo. El pago a su lujuria.
El Cristo del Gran Poder le da la espalda, pero él le reza y le ruega que le libre de este tormento.
― ¡Jesús del Gran Poder, deja que cargue tu cruz! ― rezaba extasiado sin apartar la mirada del culo de Federico.
― ¡Nazareno, dame un caramelo! ¡Nazareno, dame un caramelo!
Un niño le ha tocado la barriga para llamar su atención, golpeándole accidentalmente el pene, su cara se descompone de dolor bajo el capirote. Con dificultad y mordiéndose los labios mete la mano en el bolsillo de la túnica, tardando más de lo necesario saca un puñado de caramelos que pone entre las manos del niño que forman un cuenco. Ese simple roce que se ha hecho con la mano, lo ha excitado más. Quiere hacerse una paja y si no fuera por el cilicio, se acariciaría el pijo gordo hasta correrse. A la espalda de Cristo, como un traidor felón y perverso.
Está anocheciendo, el cielo se muestra anaranjado como si ardiera una hoguera más allá del horizonte. Como arde él de deseo, como arde su pene lacerado. Como le arderán durante días las llagas que evitarán que se masturbe compulsivamente en cualquier sitio apartado.
― ¡Manolo, viva la madre que te parió! ― le grita su mujer al reconocerlo, está entre un grupo de esposas, novias, hermanas y amigas de nazarenos y costaleros. Animan el paso y llevan agua y toallas.
Seve es una cincuentona como él, gorda. Sus enormes pechos reposan en sus piernas cuando se sienta a la mesa y sus rollizos muslos se bambolean con cada paso que da.
Aún le pone ese culo enorme en el que tantas veces ha hundido sus dedos soñando que eran nalgas duras y ásperas. Seve apaga la luz y cierra los ojos cuando la folla. Y a él siempre le ha parecido bien, no le gusta ver su cara simulando placer. Ella debería azotarse como penitencia por falsa. Cuando se corre en sus muslos haciendo la marcha atrás, ella siempre le llama “machote”. Pero no ha sentido jamás verdadero placer entre sus rollizos muslos.
El paso llega de nuevo a la parroquia tras ser bendecido en la catedral. Los participantes de la procesión, irán después al local de la hermandad a tomar una copa antes de cambiarse y encontrarse con la familia para cenar de pie en el mejor de los casos en los atestados bares. Sevilla no descansa y la ruidosa ciudad en Semana Santa es un auténtico hervidero de gente extraña. Tal vez por ello, los sevillanos tienden a formar sus propios grupos, fuerzas de choque contra la ocupación.
Manuel se ha separado de los cofrades y se ha metido en el oscuro almacén de la parroquia donde han dejado los pasos para mañana limpiarlos y protegerlos del polvo y la luz.
Ha dejado el cirio deformado por el calor en el cesto con tantos otros. Se escabulle entre los compañeros para meterse en el almacén dejando la puerta un poco entornada para que entre luz.
Se oculta tras el paso y levanta de vez en cuando la mirada hacia la puerta, vigilando las sombras por si alguien entra.
Ha subido el faldón de la túnica por encima del vientre y está liberando el pene. La sangre se ha enganchado entre el esparto y la piel; cada tirón de la cuerda para liberar la polla, por lento, suave y cuidadoso que sea, le hace gemir de dolor; pero su glande está brillante de humor sexual, lo nota húmedo y al rozarlo ha suspirado. Está oscuro para verlo, pero huele el semen, se le ha escapado una pequeña eyaculación y aún no ha podido desenvolver el pene entero.
― Manolo ¿qué haces?
Se ha sobresaltado y ha dejado caer rápidamente la túnica.
Federico se dirige de frente hacia él y a pesar de la penumbra, seguro que ha podido percatarse de que algo raro se estaba haciendo.
― Me estaba quitando esto de encima. ― dijo levantando la túnica, sin mirarle a la cara.
Federico enciende una vela que ha cogido de un candelabro del paso e ilumina lo que Manuel le muestra.
― Lo tienes en carne viva ¿Por qué? Acabo de rezar un rosario por una promesa, pero lo tuyo... Tienes que tener mucho tormento para llegar a esto.
Federico se arrodilla dejando el cirio en el suelo y coge el pene aún envuelto en esparto.
― Yo te lo quitaré.
Escupe en la cuerda y en el miembro extendiendo la saliva, reblandeciendo la sangre seca. Con la lengua va separando poco a poco el esparto pegado a la piel.
Manuel llora e intenta contener unos suspiros de placer sin conseguirlo. No hay dolor, siente que la polla va a estallar con esa continua expansión. Federico le acaricia los cojones gordos y pesados, que acaban reduciéndose a la vez que se endurecen.
Quedan apenas tres vueltas de cuerda por soltar, cuando la leche inunda la boca de Federico, y él no aparta la boca. Se mete el glande y succiona de él. Las piernas de Manuel flaquean y ahoga un ronco estertor de gusto.
Mientras la lengua de Federico lame y reparte el semen por todo el pene, la cuerda cae por fin al suelo, en el charquito de semen.
El Cristo allá en lo alto, con su cruz al hombro, los mira de soslayo. Con la misma expresión de dolor con la que fue tallado. Parece cruzar una apática mirada con la Virgen, salpicada de cera roja, que se encuentra frente a él.
Federico se coloca a la espalda de Manuel y le conduce las manos a la base del paso. Manuel obedece sin decir palabra, se deja llevar como un crío, con una vergüenza que le come las entrañas.
― Dobla más la espalda. Abre las piernas. ― le susurra al oído Federico anudándole el faldón de la túnica por encima de los riñones.
Las risas y recias voces de los hermanos llegan tan nítidas que Manuel teme que puedan entrar en cualquier momento.
Siente la lengua del chico recorrerle la raja del culo, y sus recias manos separar los glúteos. Se apoya fuertemente en la base de madera y levanta la vista al Cristo, le gustaría santiguarse, pero no quiere soltar las manos de donde Federico las ha llevado. Abre más las piernas cuando siente unos dedos calientes y húmedos invadirle el ano, el dolor no importa comparado con el placer, y un fino hilo de saliva se desprende de su boca. Sus propios suspiros le escandalizan por lo elevados de volumen. Los dedos le invaden tan profundamente las entrañas que le ha estimulado la próstata y su pene se ha puesto tieso de nuevo.
― Manolo, te la voy a meter, no te muevas.
Y primero siente como si se le rasgara el ano, siente un tremendo calor y tiene la impresión de que no es un pene lo que le está penetrando, si no un palo gordo que se esfuerza en entrar. Manuel se defiende.
― Relájate Manolo, y te dolerá menos; no me aprietes el culo. ― la voz de Federico está entrecortada, está excitado y lo nota empujar con fuerza.
Sus uñas se clavan en la madera cuando por fin siente que la polla se ha entrado. También suspira con alivio. Las primeras embestidas llevan un ritmo lento. Fede ha cesado el movimiento para mojarse el pene con saliva y proseguir con mayor ritmo.
La polla del chico parece meterse por dentro de la suya, haciendo que se le enderece casi dolorosamente. El continuo golpeteo en la próstata le ha provocado una ligera incontinencia, se le escapan unas gotas de orina. Siente el pubis de Federico en sus nalgas y ya no hay dolor. Sólo un placer que se expande desde la raíz de la polla hacia su vientre y los huevos. Siente la recia barba de Fede en su espalda, sus jadeos. Su barriga se mueve al ritmo de las embestidas.
Un ronco gruñido y el chico queda quieto, apresando sus pectorales con las manos; nota las contracciones de la eyaculación, como si sufriera un ataque epiléptico. No sabe que coño hacer. La leche caliente inunda su intestino y resbala luego por sus testículos. No se ha dado cuenta pero, se ha vuelto a correr, su pene gotea un semen demasiado líquido y apenas blanco.
Cuando la polla se desliza saliendo de su culo, se siente desfallecer por el placer que le proporciona ese resbaladizo bálano aliviando la presión en las paredes del esfínter. Tiene su propia polla en el puño, ajeno al dolor de las heridas.
― Manolo, déjame 200 €, que no tengo para llevar a mi Pili a cenar.
Aturdido se baja el faldón de la túnica y saca la cartera, acercándose a la temblorosa luz del cirio mira en su interior.
― Sólo tengo 170 €.
― Pues ya está bien, Manolo. Muchas gracias. ― el chico le ha cogido los billetes de la mano.
― A la próxima te pongo yo el culo ¿eh?
“¿Así de fácil? Soy más maricón de lo que pensaba, ¡Qué asco…!”, piensa mientras contempla a Fede salir con prisa del almacén.
Levanta la mirada al Jesús del Gran Poder y se santigua. Besa los pies de la Virgen.
Apaga el cirio y en la penumbra avanza unos pasos inseguros y dolorosos; cuando posa la mano en la maneta de la puerta, como si un costalero fuera, consigue enderezar la espalda y andar con normalidad a pesar de un dolor que se va haciendo más intenso por momentos. Y ahora, camino de casa para cambiarse de ropa, hará su propia estación de la crucifixión, como un Cristo maricón.
Con el capirote bajo el brazo, camina entre la gente que aún está gritando, riendo y charlando en grupos, el sonido le molesta. Las tenues luces le molestan como si fueran soles, los niños hacen pelotas con la cera que hay en el suelo. Y la imagen de su esposa se le antoja más repugnante que nunca.
― ¡Nazareno, dame un caramelo! ­― le pide un niño.
No lo ha oído, no ve al niño; mecánicamente se mete la mano en el bolsillo, pero en lugar de sacar un caramelo, vomita.
La Semana Santa ya no es lo que era.
Ni él.






 Iconoclasta
 

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