4 de abril de 2012

De salud y cobardía



No hay mucho que temer, no hay que preocuparse demasiado por la salud, hay demasiadas cosas que pueden estropearse y se desperdicia tiempo con ellas.
Los cuerpos se estropean, los estómagos funcionan demasiado tiempo y los genitales y los anos no cesan de orinar y excretar.
Mucho desgaste…
Se agotan, se erosionan, se irritan…
Y el cerebro siempre pensando.
El cerebro es digestor, además es carroñero y por tanto se traga toda la mierda que le echan. Aún más que el corazón. No hay uno sin el otro; pero con un cerebro inservible ¿quién quiere un corazón sano? Es mejor morir cuando el cerebro se estropea; en un momento de lucidez suicidarse con los medios que se disponga.
Y así, salvado lo más importante que es el cerebro, no hay razón alguna para preocuparse. Los enfermos no pagan culpa alguna; es una mera cuestión genética y hagan lo que hagan, ese tumor o corazón débil, florecerá o se partirá en dos.
Es curioso que durante el proceso de una enfermedad grave que el paciente no reconoce (simplemente tiene molestias), cuando el médico le comunica su gravedad, se viene abajo anímicamente y empeora y degenera a velocidad aeroespacial.
Y entonces ese paciente ya no hace caso a su pensamiento, su único consuelo son las esperanzas de mejora tras cada visita. Que el médico le diga que se cura, es algo que le ayudará a sobreponerse, al menos anímicamente.
La salud solo ha de preocupar cuando nos falta el aire y eso dura solo unos minutos; los dolores están presentes toda la vida, cada articulación y cada músculo es imperfecto, las vísceras y su química a veces se desequilibran y solo cabe esperar con calma, que se equilibren de nuevo o bien, nos maten sin prolongar demasiado la agonía.
Cuando te permiten fumar en la habitación de un hospital, es que estás con un pie en la tumba. Sin embargo, no sentía esa agonía, mi cerebro me decía que no estaba tan mal. No podía creer la gravedad de mi estado. La reconocí cuando tosí y escupí sangre; pero eso había pasado.
Yo sabía perfectamente cuando mi estado era de muerte, no necesitaba médicos, ni calmantes, ni ánimos.
Y eso me enseñó que preocuparme por la salud era una pérdida de tiempo, y que solo yo puedo conocer el estado de mi cuerpo. Mi cerebro funciona como un reloj suizo de putos cientos miles de euros.
El cerebro lanza una señal de alarma, cuando algo no va bien. Una señal terrorífica que te dice que vas a morir. No tengo miedo a ello.
Y ahí es cuando se cumple aquello de que cuanto mejor te trata la vida, más duro resulta morir.
Es mentira, morir siempre es más dulce que vivir.
Y seamos prácticos y sinceros, los que más adoran y se aferran a la vida, son los millonarios y gente poderosa que lo tienen casi todo.
Casi… Porque les falta valor y capacidad para soportar el dolor.
A mí no me gusta la cobardía ni la debilidad.
Pueden irse a tomar por culo con todo su poder y cobardía.
Yo no le como la polla ni al mismísimo Jesucristo si se me apareciera.
A lo sumo le podría decir que creo en sus dementes alucinaciones de milagros para sacarle algo de dinero. Le diría: soy pobre, Jesús. Dame dinero.
Pero sin fe alguna, sinceramente. No creo en los barbudos de dulce mirada y palmas sangrantes.
Que venga una enfermedad no es preocupante y no existe remedio; lo que ha de preocupar realmente es que la pobreza y la cobardía es el peor mal de todos.
El colmo de la pobreza es ser además cobarde. Más desgracia no puede haber en una sola persona.
Y bueno, me preocupa más las ganas de petarme el culo que tiene un “joderoso” (por poderoso), que el cáncer de garganta que se me está gestando.
Tengo más huevos que cualquier presidente de mierda de cualquier país piojoso (todos).
No me jodáis con un dolor de cabeza, coño.



Iconoclasta
Buen sexo.

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2 comentarios:

Jhon War dijo...

Pues sólo dire que te he leido y me ha gustado

Iconoclasta dijo...

Gracias por ello, Jhon.
Saludos.
Buen sexo.