27 de marzo de 2012

Mis hijos idiotas



Donde nacen los hombres y mujeres no es ningún lugar sagrado ni especial. No hay más que espermatozoides y un óvulo que creará una desgracia más.
Otro error.
La procreación es una masturbación avanzada en demasiadas ocasiones. Carece de interés.
La maternidad y la paternidad no son sacramentos sagrados ni conforman misterio alguno. No hay nada que explicar sobre ello y no deberían gastar tanta saliva en semejantes estupideces. Los cerdos son madres y padres también.
Un idiota folla a una idiota y si no van con cuidado, si no saben follar con inteligencia, engendrarán a otro idiota.
Siempre se preguntan si el condón hay que ponérselo en la lengua o en la polla durante el tiempo que rasgan el envoltorio con los dientes.
Lo malo es que no es una posibilidad, lo malo es que es una certeza. Los idiotas se reproducen como roedores, follan mal y tienen hijos. Muchos, asaz.
Y aquí está mi principal arma y estímulo para mi gran obra.
La rareza y la excelencia se hallan en la reproducción entre seres inteligentes y elegantes.
Donde nace el gran porcentaje de hombres y mujeres es una horma de zapato de carne sanguinolenta, un útero adocenado. Algo demasiado vulgar. No se debería celebrar el noventa y nueve por ciento de los nacimientos.
Yo no celebro el nacimiento de los prosaicos; pero colaboro en la población del planeta. Que se joda el puto mundo.
Los coños de las idiotas no son de oro, no brillan ni son tan hermosos como en las películas pornográficas. Los penes de los idiotas no son grandes, no llenan las bocas de sus anodinas hembras. Sus glandes son grises.
Ellos y ellas piensan que sí, que sus genitales y sus rostros son hermosos. Se sobrevaloran, ergo sobrevaloran a sus crías.
Si tuvieran algo de entendimiento más allá de comer, dormir, follar y dejarse deslumbrar por sus amos y las migajas que les regalan, ahogarían a sus hijos al nacer.
No es odio, es puro desprecio. Puedo vivir rodeado de idiotas sin sentirme infectado. Es una cuestión de sabiduría, de reconocerse único.
Ella es idiota; pero está buena, es como una carcasa pulida y bien pintada con un motor defectuoso. Me he corrido en su vagina con un gruñido viejo, una mezcla de molestia y placer. Es la número cincuenta y tres de mi colección de mamás cachondas.
Me la he tirado, y se va a quedar embarazada de la misma forma que la orina huele mal. Es un hecho.
Mi leche las preña, mi semen es poderoso y especial. No existe nada que pueda detener mis espermatozoides, no hay píldoras que puedan frenar mi leche inundando y permeando su coño y su útero.
No hay antibiótico ni antiviral para acabar con mis genes y su poder reproductivo. Soy Supersemen, el héroe de marvel que avergüenza a los bienhechores.
Es tan poderosamente imbécil esta mamá, que sus genes arrollarán los míos inteligentes y perfectos. Es algo que no importa, es algo que tengo controlado. La subnormalidad siempre anula la inteligencia y la fantasía. Lo sabe todo aquel que no es deficiente mental. Yo y unos pocos más.
No pienso reconocer como mío a ese bebé con mirada de imbécil que nacerá. La idiota está casada con otro tarado y mantendrán juntos a la criatura. Será mi regocijante secreto.
Ni siquiera guardaré memoria de su nacimiento.
Mis espermatozoides me importan el rabo de la vaca, no me importa que solo sirvan para dar un cuerpo sano a una criatura con cerebro de mierda. Ojalá naciera sin sesos.
Será mi justa aportación a este mundo de mierda tan lleno de miseria y vulgaridad.
Es mi harén de mujeres idiotas casadas con otros idiotas. En mi despacho de director las jodo por el culo, las asfixio metiéndoles mi lustroso pijo en la boca y me corro en sus coños, en lo más profundo. Nacerán bebés rollizos y hermosos con una larga vida, con unos buenos cojones o una vagina poderosa para la reproducción; pero serán tan vulgares como sus madres y los padres que trabajarán para alimentarlos como si fueran suyos. Y esos bebés gilipollas, a su vez, tendrán tantos hijos como veces les metan la polla a su mujeres. O sus parejas se corran dentro de ellas. Y otra andanada de idiotas nacerán de esos bastardos míos para llenar las calles y alimentar a jueces, políticos y funcionarios de mierda.
Adoro la progresión geométrica cuando me lleva al orgasmo.
Una de ellas, la número cuarenta y nueve quedó embarazada la semana pasada tras penetrarla analmente. El semen que rebosaba entre su esfínter y mi pene, se escurrió como una serpiente viva en su vagina.
Me gusta follarlas, me gusta joder a las mamás idiotas que traen a sus hijos a mi colegio; pero no me gusta desperdiciar mi excepcional semen. Si mis hijos son idiotas, obedece a mi voluntad.
Mi primogénito, el que ame, será inteligente como yo. Su madre es la profesora de matemáticas que he contratado. Me adora y le encanta que la joda en horas lectivas. Sentarse en mis muslos cuando estoy en mi sillón y a través de las cortinas observando a los niños jugar en el patio, llegar a un intenso orgasmo y desclavarse de mí con su coño goteando semen. Piensa que sus anticonceptivos sirven de algo.
Ya es una embarazada inteligente, lo sé por su forma de expresarse, sus maneras de seducirme y usarme, el tono de sus gemidos cuando se la meto.
Mi hijo, el amado, será el más joven de todos esos bebés idiotas.
Tengo algo que las humedece. Detectan mi especial naturaleza, por encima de mi capa de amabilidad y cultura hay algo ponzoñoso que las excita. Mi semen huele aunque esté dentro de mis cojones; ellas aspiran el aroma entrecerrando los ojos. No son estudios, es mi experiencia.
Sean idiotas o inteligentes, mis testículos desprenden un vapor que las prepara para abrirse de piernas y dejar regar sus úteros con mi esperma elegante e inteligente.
Toda mi energía se dirige a mi cerebro para interferir en la selección genética de la humanidad, y a mi polla para crear muchos estúpidos.
Mi ansia por hacer daño a la humanidad no es locura, es una decisión tranquila y meditada. Quiero que mi vida transcurra plácida, no tiene porque ser traumático ni demencial ser malvado.
Los hay que cometen masacres. Yo simplemente hago que nazcan más idiotas y además me gano bien la vida.
Si no me causara demasiadas molestias, podría apretar el botón rojo de una explosión nuclear a nivel planetario mientras me como unas patatas fritas al punto de sal.
Ya me he follado a cincuenta y tres madres, y como idiotas que son, se han quedado embarazadas por segunda, tercera o cuarta vez. No aprenden, se pueden pasar años embarazadas con una sonrisa estúpida en la cara.
Algunas de ellas ya no me miran a los ojos; saben que si dejan de traer a sus hijos a la escuela por algún estúpido remordimiento, enviaré una carta a sus maridos para que sepan de quien es el segundo o el tercer hijo que alimentan. Evidentemente, ninguno de esos maridos subnormales me va a encontrar, tengo demasiado dinero como para quedarme a su alcance y unos buenos cojones para seguir embarazando a idiotas en cualquier otro lugar. Además, vendo mi semen muy caro, las clínicas de fertilización me tienen muy bien considerado.
Me casaré con la profesora de matemáticas y criaré a mi hijo a mi imagen y semejanza, porque mi futura esposa es buena e inteligente; pero es demasiado amable con la chusma y querrá dar una educación demasiado relajada y bonancible a mi primogénito.
Mi hijo crecerá y se educará en mis propias aulas, rodeado de todos esos cincuenta y tres bastardos que he creado. Cincuenta y tres idiotas entre los que aprenderá a abusar de ellos, a engañarlos, a ser superior y usarlos para sus medios.
Hasta los nietos de los bastardos serán de utilidad a mi hijo. A mi amado hijo.
Ellas están preñadas para que mi hijo se haga grande y poderoso a costa de ellos, de los idiotas.
Tal vez nazca alguno con síndrome de Down por la avanzada edad de algunas de las que me he follado, no importa, le daré clases también.
Dejar preñada a una mujer está sobrevalorado. Ser padre es una cuestión que muy pocos entienden más allá de enseñarles a jugar al fútbol y darles de comer mierda.
Esta capacidad mía para procrear hombres y mujeres idiotas, es lo que me hace superior a ojos de mí mismo. Ellas, las cincuenta y tres madres, son estúpidas; pero sé que por dentro se arrepienten, que algo no funcionó bien a pesar de cómo gozaron. Tal vez porque cuando me corrí dentro de cada una de ellas con total precisión, se dieron cuenta de que fueron usadas y que no era tan excitante como pensaban. Cuando tras correrte apartas a una tía sin amabilidad, cuando le empujas la espalda para que salga del despacho y no le das las gracias por el buen rato que te ha hecho pasar, pasas a ser un mamón y un poco despreciado.
Aún así, la mayoría seguirán viniendo a mi despacho hasta que sus barrigas les impidan follar con comodidad.
Sus bastardos entrarán cogidos de sus manos en mis clases y entre ellos se desarrollará mi hijo, el auténtico.
Hay que tirar estiércol para que el fruto crezca grande y pleno.
He creado cincuenta y tres sacos de abono. No ha sido laborioso. No es trabajo que te coman la polla y luego hundirla en las entrañas idiotas de tantas mujeres. Y es que además, las madres estúpidas, son las que mejor follan. Lo he disfrutado, lo gozo.
Cincuenta y tres sacos de mierda serán suficientes para que mi hijo se parezca a mí.
¿No es gracioso? Tal vez se folle a su propia hermana a los quince años en los lavabos de mi escuela y la deje preñada de otro bebé de mirada imbécil; continuando así mi trabajo, mi educación. Mi sofisticada forma de ver la vida.
Sin violencia; pero con asco.
Estropeándolo todo desde el génesis.
De hecho, siempre lo han hecho así los curas, los jueces, los millonarios, los políticos y los pervertidos que tienen el poder; solo que yo lo hago con gracia y mi polla es gorda.
Mi hijo los convertirá en mierda cuando cumpla tan solo los dieciocho años, a los que ahora están en el poder por una mera cuestión de azar y que son idiotas también. Ni con todo el dinero del mundo podrían tener mi poderoso semen para crear más ciudadanos a los que violar.
Mis hijos son idiotas porque es mi voluntad.
Mis hijos son idiotas porque yo así lo he querido.
Ni siquiera son mis hijos.



Iconoclasta

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