28 de febrero de 2012

Deflagración

La última gana de llorar se ha absorbido en la almohada dejando salitres de recuerdos con una mancha indefinida oscureciendo la tela, volviéndola sepia.

Las lágrimas finales habían salido color marrón. Son muestras del rezago, un bagazo de fragilidad convertido en costras diluidas al fin derramadas por los lacrimales.

Nadie duda que ha llorado toda la noche. Pero fue su última vez y le reconforta.

Dicen que hubo un Cristo que lloró sangre un día.

Hoy se han crucificado sus penas y el llanto marrón es la muestra de un dolor elevado. No espera la resurrección, solo muta.

Cambia lentamente y se mimetiza cristalizando las corneas; sus huesos crujen al volverse trozos de madera y en breves espasmos la estopa reemplaza lo que un día fue carne.

Va dejando con sus pasos acartonados rastros de pelo que murieron hace tiempo…pestañas, cejas, vellos, gruesos y delgados, púbicos, invisibles… todos caen dejándole la piel llena de realidad molesta y lampiña.

Solo falta que la memoria se vaya colada entre los mechones que caen al suelo.

Tragos de parafina se diluyen en su garganta para que le hagan olvidar su incomprendida sed de lustros sin manantiales.

Es un capullo de nudos enredados como una bola de cuerda rígida llena de espasmos.

Sus ojos de vidrio ya no se empañan más. Ya no hay luz que le alumbre el gesto, solo ruidos que le atemorizan y le muestran un órgano raro moviéndose en el gran cojín donde algún día estuvo su pecho.

Y reza. Reza ante algo que no cree, que no ve ni siente porque el abandono es su única estancia.

El cirio se deshace en lágrimas de cera que caen al vacío mientras acerca su boca para tragar bocanadas de calor remembrando un beso.

Sus labios se carcomen con la flama del cirio y el pabilo ha rozado un trozo de mejilla. Quiere arder. Ser una hoguera propia de huesos de leña embraveciendo la débil llama. Sus pecados buscan la deflagración. Venas de resina alimentado las llamaradas.

La habitación solo repite los crujidos de un cuerpo tragados por el rojo que hace sombras tiritantes en las paredes enardecidas que se tiñen de grietas cociendo el barro de los ladrillos mal construidos.

Tiznes de una vida de agua salada convertida en cenizas.

Alguien recoge el polvo negro con los dedos. La cera aún derretida se adhiere a las suela de unos zapatos de pasos tardíos.

No hay ave Fenix que renazca en un planeta donde la fantasía está exiliada. La habitación es el mundo de las cenizas de un ser desaparecido. No se permite llorar, es vergonzoso.

No esperaba la resurrección.

Solo mutó. En este segundo es un polvo negro que no llorará más.

Aragggón.

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