3 de enero de 2012

Leche Carmesí



Si tuviera un poco de suavidad la normalidad aburriría mis días. Soy adicta al claro oscuro, pero teñir los cuadros con tintes de dolor me desencaja el gesto y la sed me invade por la boca, por todas mis bocas.
Tengo en mis manos su erección limpia, lúcida y perfecta.
Cuando lo tengo bajo mi cuerpo la inocencia es el disfraz idóneo para perder su razón. Juega a ser víctima de un control que le arrebata las decisiones. Se muestra vencido, con la mirada oculta en un parpadeo largo y toda su fuerza se desperdiga entre las sábanas.´
A veces parece morir. Cuando se deja perder su respiración también se pierde y puede hacerme dudar por instantes. El miedo entra por segundos rozándome el clítoris en una excitación extraña. Puedo llegar a confundirme, pero la adicción de sostenerlo entre mis manos cortar el flujo de su vida es una parafilia que estrangula a su miembro en un fetiche metafórico.
Quiero su deseo disparado en semen hacia mi cara, hacia mis tetas y barnizar mi coño con él.
Somos un cuadro de luces y sombras teñidas en brillos lascivos.
Deseo su muerte. Y revivirlo con golpes de asfixia que me tiñan con un galardón carmesí, para arrancarme las costras de un deseo muerto entre mus puños y revivido con los espasmos de un orgasmo.
No quiero leche blanca ni perlada.
Deseo teñir con la rabia de aniquilar el tiempo que viví sin el estrangulando su glande hasta volverlo una ciruela coronando mis dedos. Quiero reventar las venas por debajo de su falo, y volver várices de rabia por un instante los momentos de sus dudas.
Amar me convierte en asesina. Un bondage de un glande es solo una interpretación infantil de un teatro guiñol de negra historia.
Quiero violar los pasados y explotar en una burla corriéndome en la boca de dios. Quiero su sangre rosada con sabor a hierro jugueteando en mi lengua.
Tengo sed.


Aragggón





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