19 de diciembre de 2011

Rindo honor a la vida



Ya tengo recuerdos, ya tengo razones para defender la vida y no repudiar más a la memoria.
Con sus pechos entre mis dedos…
A mi puta memoria que trae la vergüenza del error y el tiempo perdido.
A veces ocurre, aunque tarde más o una eternidad: que deje de odiarse el pasado, el mío.
Es normal que muramos odiando el pasado.
Habitual…
Y lucho inconscientemente contra lo que deseo, pensando que el amor es un espejismo engañoso que atravieso y del cual solo siento el abrasador calor del asfalto.
“Desconfía”, me decía con cinismo.
Antes de que hubiera crecido sabía que no sería fácil. Es bueno recelar en un mundo infecto. De hecho es la única opción para no ser como ellos.
Como el resto.
Hay que proteger la ilusión que ellos se encargan de rasgar en burdos jirones que ni el viento mueve de pesados que son.
Prefiero abortar ilusiones a dejar que otros las despedacen.
Mi ano se dilata con facilidad para estas cuestiones.
Y hoy siento en mi vida un soplo de aire fresco en el infierno.
Rindo honor a la vida y a los recuerdos con una sonrisa, con paz, con música tranquila. Con el sabor de su sexo en mi boca.
Dejando que su mano se deslice por mi vientre en busca de mi pene debatiéndose en espasmos de ansia ante la cercanía de un placer cuasi paranoide.
Ocurre que los malos recuerdos retroceden ante los anticuerpos del amor, ocurre pocas veces. Es maravilloso.
Y ahora no quiero morir, no es necesario.
Es cuanto necesito: su compañía, su cuerpo.
Lamer y penetrar su esencia.
Vivir ha sido agotador, vivir sin ella ha sido un viaje espacial en el que solo he recibido parásitas transmisiones sin sentido, pequeños proyectos de vida abortados en un gemido mudo y frío.
Las rosas se rompían congeladas en el vacío cósmico, como cristal que cae al suelo. Rojos rubís de mate sangre flotaban como cadáveres de ilusiones en mi nave intertragedial.
No eran las cosas como debían.
Rindo honor a mi corta vida; porque ahora lo es. Es vida.
Ahora es cuando late el corazón con un fin.
Y a los muertos dejo en paz, dejo de envidiar.
La banalidad se ha agazapado rabiosa en su madriguera y el amor y el ánimo rugen victoria frente a sus fauces llenas de espumarajos.
Mi baba se desliza entre sus piernas con pereza, humectando.
Acalorando.
Y su sexo es la puerta a la dimensión que siempre busqué.
Mi pene embutido en ella cierra la frontera entre los dos universos: una escotilla hermética de un submarino que baja a las profundidades para reventar por la presión.
Para que nada contamine el amor.
Se ha roto lo sórdido, han explotado como cargas de profundidad el ansia y la inquietud de no ser, de no estar.
Mi semen es un solo fluido con el suyo, un bebé podría crecer de esa sola gota, sin necesidad de útero o sangre. En el suelo, entre nuestros pies. En la placenta de las sábanas empapadas.
Rindo honor a la vida y a ella.
Profundamente.
Adentro, muy adentro.
Mi pene desdibuja y funde los bordes de su vagina para amalgamarse conmigo. Estoy en ella y soy ella.
Palpitamos al unísono.
Cabalgamos la vida sin deseos de apearnos de ella.
Hoy rindo y rendimos homenaje a la vida y al amor eyaculando y embarrando resbaladizamente los sexos. Revolcándonos entre los pétalos sangrantes de una rosa congelada que flotaba en mi memoria.
Fundiéndolos.
Lanzamos las copas a nuestras espaldas, que se rompan los recuerdos aciagos. Que se jodan, que se jodan, que se jodan, que se jodan…
Es tiempo de vivir.
De follar.



Iconoclasta

Ilustrado por Aragggón



Feliz cumpleaños, mi vida.
Te amo Aragggón.
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