2 de septiembre de 2011

Vida Prozac.



Hay un cerebro deforme y mutilado debajo de mi cráneo. Quiero que sea aspirado por una de mis fosas nasales (total ya está el camino trazado, los imbéciles dejaron surcos). No me gustaría que vieran el trozo que me falta. He tratado de rellenarlo con píldoras blanquiverdes para que el hueso no se hundiera y disimulara el vacío.

No tienen buenas ideas los psiquiatras, el olor que desprende esa masa verde gelatinosa sorprende a todos mientras paso. Hubiera sido mejor rellenar con estopa y tener la tranquilidad de la absorbencia y el silencio en mis pasos.

Lo he lastimado.

He quitado el brillo de su mirada con alguno de los cientos de efectos secundarios.

Es resistente a la reacción alérgica y hoy se tiende en agonía a besar el dedo que me cuelga asomado de la camilla.

Veinte miligramos cada doce horas no dieron claridad a mi vista para descifrar las palabras que decían que me quería. Hay que nacer imbécil para destruir a un hombre de tan buenas intenciones.

Y sigue aquí a pesar de la pestilencia que desprendo. La habitación es fría como lo eran mis palabras.

Pensar que se abrirá mi boca y un gas repugnante hará virar el gesto de quien cosa mis labios… Esos que él no deja de besar y que con gusto rellenaría de algodones con su propia lengua para encontrar un pretexto de no perder momentos junto a mí.

He quedado con la mirada abierta. Los diminutos músculos de mis párpados son torturantes, siempre lo fueron. Me obligaron a ver lo que no deseaba y caían densos ante situaciones de amor.

Duplicaba la dosis cuando el hombre que me amaba sudaba cansancio. A veces solía ser responsable de los dolores que lo lastimaban. La culpa no es sanadora, es adicción repetitiva.

Una gota acaricia por detrás de los globos oculares. La viscosidad putrefacta anuncia que no cabe un prozac más. Ni siquiera pude lograr la sonrisa artificial que los anuncios publicitarios prometieron. Risas sádicas, malvadas, burlonas, hirientes… Solo eso mi retorcido cerebro pudo reproducir.

El hombre que quiere deja gotas saladas en la punta de sus zapatos. No hay retorno y sus pasos se manchan con los restos de mi cerebro en un charco verdoso.

Mierda al nacer, mierda en mi final dejando rastros de un cráneo vacío.

Soy la prueba clínica de la incapacidad de resistir a una sobredosis de vida.

Aragggón

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