22 de diciembre de 2010

Mala suerte



He intentado sonreír y no he podido; ni siquiera he podido torcer los labios.
Son cosas que pasan. Como la araña que trepa por mi rostro y deposita sus huevos en mi oído.
Hoy, cualquier tipo de ternura me viene bien. Si es mamá araña haciendo de mi pabellón auditivo su nidito maternal, estupendo.
Hace mucho frío. Es extraño, mi cabeza parece que va a estallar y el rubor de mis mejillas es un ardor constante. Sin embargo, los dedos de las manos y los pies están fríos.
No puedes usar prendas sintéticas, no abrigan si no hay sudor.
Se diría que la parte de mi cuerpo que debería extraer alguna sensación de la vida o del entorno, está muerta.
Imagino que hoy es uno de esos días en los que es mejor caer en coma y que toda esta amargura, pase como si fuera sueño.
A ver si hay suerte y por alguna extraña química de mi cuerpo desvencijado, me entran los dedos en calor. Si me arde la cabeza, tal vez radie el calor a los extremos.
Ni siquiera me apetece sacarme la araña de la oreja. Cuando mueve sus patitas me hace cosquillas.
En algún momento de mi vida, alguien me hizo cosquillas con sus labios.
Es mejor no pensar en ello.
Voy a ensayar una sonrisa a ver si me animo.
Uno, dos, tres...
¡Ya!
¡Cómo duele! Se me han abierto los labios y me escuece hasta el aire. Debía haberlo intentado en casa y no aquí en el bosque con la pierna rota.
Ya verás cuando encuentren mi cadáver congelado, la de tonterías que voy a tener que oír: “¿Cómo se le habrá ocurrido a este tipo venir sin calzoncillos de recambio? ¿Por qué no se ha traído un kit de de supervivencia con aparato de Rayos X portátil y vendas de escayola? ¿Es que tenía que venir de paseo al bosque precisamente el día que cae la nevada del siglo?”
Respecto a lo último, lamento mucho que no podré defenderme; pero por si acaso escribiré en mi diario (en este caso sería ya prácticamente un muertario), que cuando salí de casa hacía un día soleado y que no soy tan gilipollas como para ver nieve y correr desnudo con una euforia casi demente. Soy un hombre tranquilo y sosegado.
Además de que ando mucho y se me da bien orientarme, salvo cuando me pierdo.
De la misma forma que no puedo sonreír, tampoco podía dejar de llorar (por asuntos personales que no vienen al caso, la emoción es traicionera) y las lágrimas se congelaron. Así que me pasó desapercibido el agujero que algún excursionista estúpidamente limpio hizo en la tierra para cagar, y he metido ahí el pie. Se ha tronchado la tibia con un chasquido que ha hecho levantar el vuelo de todos los pájaros que no sabía que pudieran ocultarse en el bosque.
Son listos estos animalitos, lo capaces que son de esconderse y pasar desapercibidos cuando quieren. Yo consigo pasar desapercibido en muchas ocasiones; pero no por voluntad propia. Es algo que se me da bien de una forma natural.
Idiosincrasia pura.
No he llorado mucho de dolor porque de lágrimas voy bien servido y se gastan también.
Ojalá no encuentren mi cadáver, porque si se entera que he muerto solo en el bosque como un animal, se va poner muy triste. Me ama casi tanto como la amo yo, y eso es muchísimo.
La naturaleza está sobrevalorada. Seguro que quien ama a los animalitos no se ha visto con una pierna rota en fractura abierta inmovilizado en el bosque. Y es que cada uno cuenta la feria según le va.
El único y poco cerebro que tienen los insectos, está exclusivamente dedicado a jodernos.
Con la cantidad de hierbas, plantas, árboles y maderas podridas que hay en este enorme bosque, ¿por qué coño ese gran escarabajo se dedica a babear y recorrer el hueso que asoma por el pantalón?
Me provoca un cosquilleo irritante, además me dan escalofríos y me duele la carne rasgada por el hueso.
Tiene suerte de que no puedo mover una sola pestaña sin sentir dolor, de lo contrario, usaría el ensangrentado hueso de yunque para aplastarlo de un manotazo, maldito hijo de puta.
Yo creía que estos bichos sólo salían con el calor y el buen tiempo.
Haga frío o calor, está visto que si hay un idiota cerca sea humano o insecto, he de tropezarme con él.
Y es que la buena suerte no está hecha para mí.
Sea insecto o humano.
Encontrarse así solo en el bosque y tan malherido es, aunque no lo parezca, tranquilizador.
Sabes que ya has llegado al final; que comparado con algunas de las cosas vividas este último dolor es menudencia.
Yo ya sabía por otras experiencias que no sería cobarde a la hora de morir. Me siento orgulloso de mí mismo. Cosa curiosa por demás, porque es la única vez que me he sentido así de bien conmigo mismo. Normalmente soy un mierda.
Es una broma de mal gusto que alcance mi equilibrio precisamente ahora que me muero.
De cualquier forma es mejor morir con dignidad. Es una manera de alcanzar un nirvana en vida, que dudo que mucho que una vez muerto ya del todo pueda disfrutar.
La verdad es que no presiento nada, sólo la certeza de que a medida que mis extremidades se congelan y la sangre se agolpa en la pierna tronchada, la vida se me va.
Con la suerte que tengo, en caso de transmigrar mi alma, seguro que acabaría como ese asqueroso escarabajo.
Y la vida no vale tanto como para vivirla así. El escarabajo querrá mucho su vida; pero a mí me la pela.
No pienso pasar por ese trance. Para prostituirme prefiero otras esquinas.
Es un poco decepcionante. He salido a pasear porque me siento feliz, estoy enamorado y soy amado. Sólo quería mostrarle al planeta que también podía ser dichoso aunque suene cursi. Pero se me olvidó que la felicidad tiene un coste elevado y que tarde o temprano se ha de pagar.
Insisto en lo de mi proverbial mala suerte.
E insisto, porque en todos mis anteriores paseos, no había visto jamás un animal más grande que una ardilla. Y ahora, puta casualidad, aparece un oso para olisquearme.
Aunque la verdad, no creo que se conforme con olisquearme. Ser tan feliz, amar tanto, va pasarme una factura muy alta. Lo sabía...
Los osos no son cuidadosos y tratan la carne como a los troncos de los árboles. Y de todos es sabido que si tienes un daño, todos los golpes y atenciones van a parar a él.
El oso, al igual que el escarabajo, siente una fijación especial por el hueso ensangrentado. Cosa que me hace suponer que estar enamorado hace la sangre más apetitosa. O simplemente que se ha empezado a descomponer algo y el olor a podrido atrae a todos los animalitos del bosque.
El escarabajo se larga haciendo un molesto zumbido con sus asquerosas alas. Y el oso me da un toque con su garra. Automáticamente me meo de risa. Y una mierda, me meo por un dolor espantoso que me arroja a la locura y al miedo infinito. Así de literario, así de bestial.
Echo de menos al escarabajo.
Si el oso fuera el último ejemplar del planeta, si tuviera un buen rifle y si pudiera aguantar este insoportable dolor sin llevarme las manos a la cara; le volaría la puta quijada al plantígrado y luego me fumaría un puro sobre el cadáver del último y asqueroso oso.
Ella me besa el cuello, posa sus labios suaves y plenos y su lengua es una caricia más que se desliza provocando que mis ojos se cierren suavemente en un sopor erótico.
El oso me desgarra la garganta, y mi poderoso cerebro se preocupa de engañarme de la realidad. Es algo de agradecer.
Yo beso su boca, entrechocamos nuestras lenguas para llegar más profundamente donde sea que haya que llegar. Ella es dulce y me quiero morir en ella.
No dura mucho, inundo su boca con la sangre que mis pulmones extraen. Mi garganta abierta lo inunda todo. Ella vomita al sentir su boca llena de mi sangre y yo no puedo evitar morir.
Y el oso lame la sangre que corre por mi pecho con glotonería.
Perdona estas alucinaciones, cielo, te amo demasiado y quiero morir contigo. No me gusta este oso, me duele, me mata.
No siento dolor alguno, mi cerebro es eficaz desconectando nervios, distrayéndome con hermosas imágenes de la realidad. Aunque no es tan potente como las garras del oso.
Ella sigue conmigo y mete la mano dentro de mi pantalón, yo contraigo el vientre para que su mano llegue fácilmente al pene, que lo coja. Que lo acaricie. La deseo y estoy caliente.
Y cuando mis testículos aparecen ahora desgarrados entres sus dedos goteando sangre y semen, resulta que es el oso haciendo de las suyas.
Ahora abre su enorme boca ante mi rostro y mi cerebro me abandona, se ha escondido en un rincón ante el horror de esa boca apestosa y de colmillos infames que aplastarán el cráneo y acabarán con el pensamiento. Mi cerebro es cobarde al final se ha arrinconado contra el cráneo y ahora estoy a merced del miedo.
Me gustaría morir pensando que es ella quien acaricia mi pelo sucio y me diga que pronto estaremos juntos.
No sé, son cosas que a la hora de morir ayudan.
Qué mala suerte...
Ojalá pudiera desnacer y no nacer. Fue un error todo esto.
Mi paseo por el bosque, el pago inevitable por ser feliz.
Maldita sea mi suerte.
Supongo que luego vendrán los jabalíes a acabar de rematar, pero yo ya no estaré.
Ojalá te envenenes oso de mierda.


Iconoclasta
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