26 de noviembre de 2010

Un hombre ajeno al mundo



El hombre piensa, el hombre divaga.
Le gustaría contar cosas interesantes, que su vida ha tenido momentos de misterio y emoción.
Pero no se puede engañar a si mismo, el hastío ha cubierto de una dura coraza su cerebro y las ilusiones se hacen piedras que escupe cuando orina.
No podría engañar a la mujer que ama ni a mitad de su declaración de amor.
Sus ojos viran del azul al gris, suelen ser siempre claros. Sostiene que no lo son, simplemente están apagados, están faltos de vida.
Su piel no es cálida como asegura ella, él replica que tiene fiebre crónica.
Sus músculos no están ejercitados; si lo parece, se debe a un fallo en la presión sanguínea.
Cuando se encuentra solo, su sonrisa es cínica. La sonrisa de quien ha recibido tantos golpes que tiene la certeza que ha de pagar por los momentos felices. Que tras un placer hay escondidos mil dolores. Pero eso no lo arredra, no tiene miedo al filo de la navaja con la que la vida corta la piel de su alma.
Y su alma está completamente escarificada, ahora la vida corta sobre viejas cicatrices, no hay sitio, no hay piel del alma libre de ofensas. No hay un ápice de inocencia.
Sin embargo con ella... Con ella ríe con una sonrisa inocente.
Atesora todas y cada una de las experiencias que ha gozado con ella, las escribe, las subraya, las relee, las memoriza para convencerse de que ha vivido al fin momentos de emoción e intensidad.
De amor puro.
De puto amor al fin.
Sostiene que no es de aquí. No es su tiempo ni su planeta.
Su ubicación en ambas dimensiones es un craso error, y no de él.
El aire y la tierra lo rechazan, su resistencia se acaba; es cuanto menos curioso que haya conseguido sumar casi cincuenta años de vida. Dicen que mala hierba nunca muere.
Sí que muere.
Ni una gran cantidad de comida consigue darle fuerza; porque su organismo rechaza el presente, la comida presente, el aire presente, el agua presente... Se mantiene en pie porque se alimenta de si mismo. Se devora para sacar sustancia alimenticia que no le da este planeta, o este presente.
Son habilidades que un ser rechazado adquiere a lo largo de la vida.
Nadie alimenta a nadie. Todo es lento y acaba mal.
No puede estar solo, cuando ella falta, su vida cae en picado hacia una introspección que podría causar locura y suicidio en cualquier ser humano.
Tiene suerte de ser algo no humano. Un espurio de La Tierra.
De lo contrario sus sesos ahora estarían estampados en la pared y el cañón de la escopeta humeando a sus pies.
Si no es de aquí, no sabe de dónde es, no importa. A veces es extraño a si mismo y la mirada que le devuelve el espejo es la de un desconocido.
Ni siquiera en la cama delirando con el sueño, consigue sentirse cómodo en su cuerpo.
Y ahora que tiene amor, ahora que ha conseguido sentirse en su tiempo y su lugar, tiene miedo de lo que la vida le va a cobrar de intereses por ese placer.
No ha necesitado sortilegio alguno, no ha necesitado una previa concentración.
Simplemente ha hablado sentado a la mesa, mientras escribe cosas en su libreta.
-Tengo que proponerte algo, Vida.
Ha hablado con absoluta confianza, con la seguridad de que es escuchado, de que hace lo correcto.
No tiene el cerebro podrido. Sólo eso: simplemente tiene una corteza de piedra que envuelve su cerebro. Pero aún mantiene su cordura.
Y la Vida toma volumen frente a él, ocupando gran parte del salón. Provocando la caída de varias fotos y libros de las estanterías.
No se asusta, de la misma forma que cuando está solo no tiene capacidad para la sonrisa, tampoco la tiene para el miedo. El miedo también lo trae ella: la posibilidad de no verla, la posibilidad de que se sienta incómoda. De que se retrase, de que algo le duela.
Sólo ella provoca temor en él.
Es necesario llegar a un acuerdo con la Vida, es preciso antes de que sea tarde.
Todos sabemos cuando llega un momento decisivo. Todos intuimos el fin de algo, el de nosotros mismos de forma más notoria.
El hombre de ojos apagados ha notado esta mañana al defecar algo viscoso y resbaladizo. Lo ha notado deslizarse por el esfínter con un escalofrío y cuando lo ha expulsado, ha mirado en el agua de la taza y ha visto un trozo de tripa deslizándose suave como una anguila hasta desaparecer.
Y un chorrito de sangre ha teñido el agua.
Ya poco le queda para consumirse, ya no queda alimento en su interior. Se digiere él mismo. Sus tripas se desintegran sin dolor. Como su vida: con aburrimiento.
No tiene nada que ofrecer a la Vida, sólo tiene su hostilidad hacia el mundo. Sólo puede hacer sentir a la Vida su profundo rencor. Tal vez encuentre la forma de herirla si se personifica ante él. Lentamente ha abierto un cajón del aparador y ha sacado un enorme cuchillo de caza. Es una estupidez, pero ahora que esa masa informe está frente a él, tiene esperanzas. Si algo existe, es que puede morir y ser dañado. Y todo lo que puede ser dañado, padece miedo.
Como él...
Tal vez la Vida no se haya encontrado nunca en semejante situación y se sienta extraña ante él.
-¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo me has traído aquí?
El hombre de fiebre crónica observa esa inmensa masa de carne y vapor retorcerse cambiando de color y pulsando cientos de veces por segundo. Unas veces es grande y otras se contrae hasta hacerse minúscula. Parece formada por millones de vísceras, huesos, venas y carnes mezcladas caóticamente. Y donde antes había un ojo, ahora hay una vagina babeante.
Huele a vida. Deja caer excrementos y orina, hay semen y sangre en el suelo, el hedor es insoportable y le salpica la cara, la ropa.
Siente ganas de ir a por el cubo y fregar con lejía todo esa “vida”.
-Soy repugnante. Jamás debería haber sabido como soy, tú tienes la culpa cosa no humana.
De su boca cae saliva y un pene en algún lugar de esa masa, destila humores sexuales.
Por alguna razón que ni él mismo comprende, no siente asomo alguno de temor, tal vez asco.
Puede que entre todo ese montón de órganos vivientes, se encuentre la tripa que esta mañana ha cagado.
La Vida apesta. Está asustada ante su vulnerabilidad; se siente fuera de lugar siendo algo tangible. Aún así, es consciente de su desmesurado poder.
Y el hombre con fiebre también.
-No quiero morir aún –dice lacónicamente el hombre.
-No tengo el control, no sé que hago aquí.
-Tú eres Vida, no te retires, dame parte de ti.
-Puedo darte un intestino nuevo; no porque te tenga miedo, sino porque quiero acabar con esto. No me gusta verme así. Me doy asco.
-No quiero intestino, quiero vivir al menos diez años más, sin que me robes nada, quiero ser un hombre sano durante diez años. Prometo no invocarte más.
-Te he dicho que no decido, yo sólo gobierno lo que hay, tomo lo que muere. Cojo trozos de vida y pensamientos y los reparto. No hay maldad en ello. Es naturaleza.
-Conmigo te has olvidado de pensamientos y de repartirme nada. Tengo mis necesidades.
-Estás acabado, te siento. Es mejor no vivir.
-Ahora amo, no puedo morir ahora. Tengo mis derechos, no es un buen momento.
-Para nadie es un buen momento. Ahora déjame ir, huelo mal. No me gusto. Me desoriento.
El hombre clavó el puñal en un torso sin brazos, sin nalgas y sin piel e hirió los músculos abdominales salpicados de grasa. La Vida bramó de dolor.
-Haces daño.
-Y tú también.
-Mi paciencia se acaba, podría absorberte ahora y dejarías de existir.
El hombre piensa en esa posibilidad, y en el llanto inconsolable de ella. En el inmenso e insoportable dolor que sentiría él si ella desapareciera.
-No volverás a tu dimensión o de donde vengas, estaré vivo en ti, me mantendré firme en mi voluntad de que seas consciente de tu propio ser. Vivirás cada día con la conciencia de tus propios olores y dolores de mil vísceras sin cuerpo. Tu vida será deprimente como la mía. Dame tiempo, regenérame cuando sea necesario.
-Es contra natura. No puedes vivir eternamente, está sancionado por Ellos.
-Sólo te pido diez años -el hombre se hizo un corte en el antebrazo. -Inocúlame un cáncer, cualquier enfermedad mortal que me mate en diez años. Y me uniré a ti con el cerebro reventado, no podré invocarte.
La Vida ha quedado quieta, inmóvil. Mil cerebros cambiantes de forma y color aparecen y desparecen entre esa masa vomitiva.
-Está bien.
Una marea de hiel se extiende por el suelo, y mancha los pies descalzos del hombre. Es caliente, y penetrante, siente como se filtra entre los poros de su piel y siente en la boca el amargo sabor.
Vomita sin poder evitarlo. La Vida extiende una lengua gigantesca y lame el vómito y su propia bilis.
Un escupitajo de gelatina transparente sale de algún lugar de la Vida y se estrella en el corte del antebrazo.
-Es cáncer de pulmón, tengo excedente –una boca sonrió y la lengua cayó al suelo-. Diez años, ni uno más.
-¿Quién es ella, la que vale tanto?
-No te lo digo.
-Lo sabré.
-No importa, tengo mis recursos.
Un globo ocular lo mira burlón, lo mira con odio.
El hombre deja de pensar en la Vida y ésta desaparece.
El suelo está inundado de un jarabe nauseabundo. En la pared una mejilla con barba de tres días se desliza por la pared dejando un rastro de sangre.
Abre las ventanas del piso, llena un cubo con agua y lejía y se dedica a limpiar.
Vomita dos veces más, o tal vez tres.
Cuando el salón está limpio de toda materia biológica, se deja caer cansado en el sillón con un cigarrillo colgando de los labios, la ceniza le cae en el pecho pero no le preocupa.
De repente se levanta y abre la bolsa de basura: siguen ahí los restos biológicos y siente en sus dedos la barba ruda de la mejilla que ha despegado de la pared.
No ha sido un sueño.
Se estira en la cama, se siente tremendamente cansado.
Medio dormido se despierta con un ataque de tos, su boca se ha manchado de sangre y una punzada en la espalda le hace gemir al respirar.
El cáncer de pulmón está instalado.
-Vida, el trato son diez años, pareces que vas muy rápida con tu cáncer. Contrólalo o no duraré ni una semana a su lado. Y no quiero ser feliz entre tratamientos de morfina y cannabis en el hospital del dolor.
No puede morir aún. Tiene sus derechos. No ha pedido nada imposible.
El dolor casi ha desaparecido, es más soportable que canibalizarse él mismo. Prefiere que no se vaya del todo el dolor, que quede como una constante compañía durante lo que le queda de vida. El dolor es el único método efectivo para prolongar el tiempo.
Ha de encontrar la justa medida del dolor para que no se pueda apreciar sufrimiento en su rostro.
La Vida ha expelido una ventosidad a modo de despedida inundando la habitación de olor a excrementos. Tiene un serio problema digestivo.
Diez años no está mal, es un buen negocio. Su experiencia le dice que jamás ha de pedir demasiado para que no se convierta la demanda en algo absurdo. Nadie te da nada de valor, sólo pequeñas cosas, restos. Lo que nadie quiere.
Con la Vida pasa lo mismo, al fin y al cabo es ella misma la que ha dictado esa sentencia. Así que diez años es tolerable, acostumbrada a sentir demandas de vidas largas y eternas.
Diez años está bien, su cuerpo habrá envejecido; pero no será un viejo decrépito, aún podrá agacharse ante el coño amado y lamerlo hasta arrancarle a su amor el más profundo orgasmo.
Diez años está bien, porque ella aún será joven y fuerte para soportar el dolor de su muerte. Diez años está bien porque ella es casi veinte más joven que él.
Y no está seguro de querer seguir viviendo cuando parezca su padre achacoso en lugar de su veterano marido.
Ahora duerme y deja que su cuerpo se recupere, su sueño es tranquilo. La Vida es ahora más amable.
Y aún a pesar de estar dormido, es consciente de preguntarse a si mismo, porque no había invocado a la Vida antes.
No importa, las cosas ocurren cuando deben, no se puede perder el tiempo.
Durante un par de horas duerme profundamente y al despertar, no siente el cansancio de cada día, su cuerpo se mueve sin pesadez, el aire de repente entra fresco en su nariz.
Coge el teléfono y marca a su amada.
-Cielo, ¿quieres que vayamos al cine esta tarde y cenamos después?
-Sí, amor. ¿Nos encontramos a la puerta de la oficina a la tarde?
-Allí estaré cielo.
Y le propondrá matrimonio.
No puede perder el tiempo.

Diez años más tarde.
El hombre extraño al mundo está jugando con su hijo a un juego de mesa.
Le sobreviene un ataque de tos y vomita una gran bocanada de sangre en el tablero. Su hijo lo observa aterrorizado.
-¿Qué te pasa, papa?
Lo coge con rapidez por una muñeca limpiándose con la otra mano la sangre de la boca.
-Baja a casa de Candi y dile a su madre que me he puesto malo y me voy al médico. Dile que mamá te recogerá cuando vuelva del trabajo.
El pequeño lo mira asombrado en el rellano de la escalera.
-¡Ahora mismo, Xavi!
Xavi baja corriendo las escaleras hasta llegar dos pisos más abajo. El hombre escucha como su hijo habla con los vecinos y la puerta cerrarse enseguida.
Al cerrar la puerta de casa se dobla sobre su estómago para vomitar otra andanada de sangre.
Es hora de pagar.
Con el aplomo que consigue hacer acopio, se dirige al armario de la habitación y desenfunda la escopeta de caza, carga dos cartuchos.
Y piensa que es una estupidez cargar dos cartuchos cuando solo va a utilizar uno, nadie falla en un disparo a bocajarro en la cabeza.
Sonríe hiel pensando en que pudiera fallar.
Se resiste a materializar a la Vida ante él, no quiere morir con aroma a mierda, orina y podredumbre.
Aún queda tiempo, aún puede escribir recuerdos, memorizarlos para morir arropado con ellos en su último acto.
No tiene otra cosa que hacer mientras muere.
Coge su cuaderno y la pluma y escribe con el cigarro consumiéndose en el cenicero. Está manchado de sangre y chisporrotea cuando la brasa entra en contacto con ella.
Y mientras le explica a su amor que estos diez años vividos junto a ella han tenido la intensidad de un milenio, le explica su trato con la Vida. Nunca le creerá; pero es mejor que piense que se suicidó por una enfermedad mental que por frustración o depresión. Su esposa y su hijo deben saber que ha sido feliz a cada instante con ellos.
A su hijo sólo le pide perdón por marchar así de su lado, que sepa que siempre lo amó, siempre fue un buen chico.
Arranca la hoja y guarda el cuaderno.
Extracto de una carta sucia de mierda, orina y sangre:
“Tenía que ser así, cielo. Conozco a la Vida y sé que nos la habría jugado. Es ella quien reparte salud y emociones. Siempre hay la misma cantidad de felicidad y salud en el planeta. Ella lo distribuye entre la gente, quitando a unos y dando a otros.
Sólo que en mi caso, siempre he sido donante, nunca he recibido hasta que te conocí. Y me debía mucho.
Mejor esto que nada, cielo. Si no llego a negociar los años de mi vejez no hubiéramos vivido este increíble tiempo juntos.
Tal vez no me creas, pero prefiero que pienses que morí loco antes que triste.
Porque no he sentido tristeza alguna, en ningún día desde que te conocí.
Cielo, contigo los años han pasado tan rápidos, que ahora tengo miedo de morir y estar solo; aunque no exista, aunque no lo sepa.
El tiempo contigo pasa a la velocidad de la luz. Tendría que haberle arrancado más años a la Vida.
Es de lo único que me arrepiento, mi amor.
No dejes de pensar en mí, porque tú me has dado más vida que nadie. Si hubiera alguna posibilidad de que de alguna forma pudiera vivir y observarte desde algún lugar, sería gracias a tu pensamiento.
Y piensa en mí con esa hermosa sonrisa que me cautivó desde el primer día. No puede haber tristeza ya en nosotros. Toda esa felicidad es inquebrantable, mi vida.”
El hombre que va a morir, arranca la hoja que ha escrito y la deja sobre la mesa. Guarda su diario en el cajón junto con la pluma.
Y ahora invoca a la Vida con el pensamiento.
Antes de abrir los ojos ya puede oler la repugnante mezcla de olores que la acompaña.
-¿Ya han pasado diez años, invocador de la Vida?
-Sí, programaste bien el temporizador de mis pulmones.
La Vida ríe y deja caer trozos de carne humana aún fresca y ensangrentada.
No es un ser cuidadoso con la propiedad ajena, piensa el hombre que se va a suicidar.
-Voy a descansar tranquila cuando esté segura de que el hombre que invoca a la Vida, ha muerto por fin. Odio verme así. Hay seres divinos más hermosos, y yo que doy vida, mírame. Tengo que mantener el secreto.
La Vida lanza un teatral suspiro antes de continuar.
-Destruye tu mente, revienta el cerebro, no quiero que cuando te absorba haya un solo pensamiento en ti.
El hombre se mete el cañón en la boca y posa el dedo en un gatillo. No cierra los ojos, mira de frente a la Vida presionando lentamente el gatillo, como si con ello, el disparo y el dolor fueran a ser más suaves.
La Vida pulsa repugnante su ser desprendiendo toda clase miserias, de repuestos humanos.
Cuando el gatillo ofrece la última resistencia, el dedo que lo oprime es amputado por el aire, por la nada; y con un grito de insoportable dolor cae al resbaladizo suelo junto con la escopeta. Algo lo empapa de forma cálida y no sabe si es sangre u orina, le da igual. Sólo importa el dolor. Es todo dolor.
-¿No podías esperar a que me diera el tiro, hija de puta? Tenías que darme sufrimiento hasta para morir.
-Te equivocas, no he sido yo. Ha sido la Muerte.
-No tiene nada que ver.
-Sí que tiene que ver. Ella es la encargada de matar, valga la redundancia. Yo doy vida y emociones. Ella mata y con ello borra sentimientos. Crea el vacío. Estamos todos muy especializados.
La Vida calla de repente, el hombre se sujeta con fuerza el muñón de la mano, no encuentra su dedo. Piensa que ya debe formar parte de ese cuerpo monstruoso.
No puede oír nada; pero sabe que Vida habla con Muerte.
Se esfuerza y no puede invocar a la Muerte para poder así escuchar lo que hablan.
Piensa que se estarán repartiendo el alma, si la tuviera.
Llegan a acuerdos, pujan y regatean con los cuerpos y los pensamientos.
Vida y Muerte son dos viejas amigas.
Ahora escucha sonreír a la Vida, su sonrisa insana e infecta.
-Créeme, no quise meterme en tu jurisdicción. Sólo me defendía, mira como me muestra ese humano.
Un reguero de semen de un blanco inmaculado se escurre por unos labios ensangrentados enganchados a unas nalgas de mujer, mojando el bigote que se mueve molesto no hay lengua que lo relama. Son labios vacíos.
El hombre ajeno al mundo sonríe, se siente vivir un momento surrealista. De no ser por la sangre que mana del muñón, aseguraría que es simplemente un extraño sueño.
Por la sangre y por el miedo.
-Hombre ajeno, te quedas con ella, con la Muerte. Te gestionará mejor que yo. Te dejo en malas manos –se despide con una sonrisa tóxica, amarga; como una tos enfisematosa.
-Corazón... –es ella quien le sostiene la cabeza ahora-. Cielo, vamos, todo está bien. Vamos, échalo, ya pasó.
El hombre ajeno al mundo no sabe si delira. ¿De dónde ha salido su esposa? ¿Desde cuándo está ahí? ¿Lo ha visto todo?
Cuando posa su suave mano en la frente, el hombre siente una fuerte náusea y sus tripas parecen revolverse. Sus pulmones parece que van a arder. Ella acaricia su espalda dando consuelo.
-Vamos, amor. Suéltalo ya.
Y el hombre vomita una masa oscura de carne tumefacta, porosa como una esponja.
El cáncer cae chapoteando en la sangre-orina-hiel que cubre el suelo de la casa.
-Cielo, no deberías estar aquí, ya no sé como acabará esto, mi amor –el hombre habla con dificultad -. Vete, es peligroso, mi vida. Xavier está en casa de Candi.
-Tranquilo, corazón. Descansa, no acaba nada. Sólo continuamos, vamos cielo, descansa, cierra los ojos.
El hombre se sintió alzar en brazos, ella lo elevaba sin el más mínimo rictus de esfuerzo en su rostro. La firmeza de sus brazos era tal, que se sentía levitar.
-Yo no... No deberías estar aquí, cielo. Márchate antes de que ocurra algo, mi amor.
-Vamos cielo, hay que dormir estás cansado.
Su esposa lo deja con ternura encima de la cama y acto seguido le envuelve el muñón con un pañuelo que saca de la mesita. Le limpia la cara de vómito y sangre con la propia sábana, se debe apresurar para poder recoger cuanto antes a Xavi.
Y es importante que descanse León, los corazones humanos fallan cuando uno menos lo espera. Del bolsillo del pantalón saca el dedo de su marido, y lo guarda en el cajoncito secreto del joyero. A la Vida le gustó ese arranque de crueldad.
“Un dedo no es nada, estaba a punto de perder la vida a manos de la Vida. ¡Qué ironía! Y yo la Muerte, salvándolo”. Razona la mujer, la Muerte.
Los absolutos ojos negros de la Muerte se observan a si mismos en el espejo de la habitación. En lo profundo de ellos se extiende un universo de cuerpos muertos que flotan sin orden.
Antes de salir de la habitación, la mirada que le dedica a su esposo, es pura ternura y amor.
-Te sentirás mejor tras descansar, no te preocupes. Limpiaré todo eso y luego iré a buscar a Xavier. Te olvidarás de esto, cielo. Ya no más sufrir. Te lo deben, amor – musitó cerrando la puerta tras ella.
El hombre ajeno al mundo, cierra los ojos al instante. No duele el muñón del dedo que un día tuvo. Su respiración es tranquila, no hay dolor al respirar. Su cuerpo sana por momentos, como si la parte de él consumida se regenerara.
La Muerte ya ha limpiado el suelo, las paredes y los muebles del salón. Cuando se encuentra ya en la puerta de la casa para bajar a recoger a su hijo en casa de su vecina, vuelve a la cocina y tira un frasco con un pequeño poso, lo que ha quedado de la cura de León. La Vida le ha regalado ese frasco de vitalidad para que lo use en lo que guste; se lo ha regalado a cambio de un par de chismorreos sobre el Creador y su ya obsesiva fijación por los jóvenes arcángeles del segundo coro.
Cuando sube por la escalera con Xavi de la mano, puede oír el golpe que da contra el suelo el cuerpo muerto de la madre de Candi. Escucha a la pequeña llorar en el pecho de su madre.
Es la Muerte, a veces ocurren estas cosas, está nerviosa.
El hombre ajeno al mundo despierta, y su cerebro sufre una convulsión; recuerdos de tristeza se convierten en sueños y en pesadillas. Está bien.
Lleva dos semanas de baja tras la amputación del dedo en la prensa hidráulica que reparaba.
Elisa, su esposa le ha dejado una nota en la mesita de noche: “Te amo, cielo. Descansa.”
Con el café en la mano se sienta en el sillón para ver cosas que se mueven en la tele, al despertar su mente es lerda, y lo prefiere así.
Bajo el mueble del televisor hay un papel. Cuando lo coge, una vaharada fétida le invade el olfato. “Tenía que ser así, cielo. Conozco a la Vida y sé que nos la habría jugado. Es ella quien reparte salud y emociones”.
Y su mente recupera como un torrente frustraciones pasadas, dolores, miedos.
La Vida y la Muerte.
Y él salvado por Elisa, en brazos de Elisa, confortado por Elisa.
Y Elisa acariciando su frente enfebrecida: “Todo ha sido un mal sueño, mi amor”.
El hombre ajeno al mundo llora, la presión lo desborda.
“Todo está bien”, dijo ella...
Busca en el cajón bajo las instrucciones del televisor y el video su diario. Sigue ahí. Lee las últimas anotaciones y guarda la sucia carta entre sus hojas y lo vuelve a dejar en el mismo, sitio.
Teclea un mensaje en el móvil:
“Cielo, voy a la clínica a que me revisen el muñón. ¿Quedamos para comer en el chino? Todo está bien, mi amor. Te amo.”
El hombre ajeno al mundo tiene una sonrisa franca y tranquila en el rostro.
Si antes no temía a la Muerte, ahora la desea.
La Muerte es su vida.
Y sale de casa riendo ante la gran ironía.
El hombre ajeno al mundo, ahora lo es más que nunca.


Iconoclasta
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