15 de septiembre de 2010

Nacer en un llanto



Era la eterna tristeza al amanecer, el ánimo lacio. Era náufrago en un desierto extraño, con un sol despiadado que evapora la vida y deja rastros blancos en la piel; el salitre de la pena.
El dolor del despertar nuestro de cada día.
No hay milagros, sólo una orina apestosa que sale de mí; el día será igual, una réplica exacta de ayer.
Misma hora, misma mierda.
Es la sempiterna añoranza por algo que está en alguna dimensión oculta, que se presiente y es imposible alcanzar.
Lo que más deseo no lo alcanzo. La vida está sobrevalorada.
Son ponzoñosas frustraciones que embozan los lagrimales. Legañas duras que pinchan y contienen y retienen el llanto libre.
La tristeza de la paranoia construye diques en los ojos donde las lágrimas se cristalizan dolorosamente, entre la piel y la carne.
Que se clavan en el cerebro.
Y lloran hacia dentro arrasando el alma.
En un extraño rito, me tendió en la cama y como un ser de otro mundo, abrió sus ojos enormes y profundos muy cerca de los míos. Había constelaciones y cometas.
Abrí la boca como un imbécil ante aquel universo y sus labios húmedos que parecían flotar encima de mi rostro.
Y vertió sus lágrimas en mis ojos secos, un colirio cósmico de luz negra.
Volé veloz por el llanto a la velocidad de la luz.
Me preguntaba si sería legal esa velocidad.
He nacido de un llanto que ha brotado de un lagrimal seco y costroso que ella ha limpiado. Como si fuera fácil.
Ha dejado caer sus propias lágrimas en mis ojos. He gritado de melancolía y dolor. Acariciándome el rostro me consolaba del torrente de emociones. Me anclaba a su mundo de seda y sangre viva y roja.
He llorado en su vientre, mojándolo de mi llanto y mi saliva.
Y su rostro surcado de hermosos ríos de rímel, me sonreía.
He salido a la vida arrastrado por la lágrima incontenida, incontenible. Expulsado del infierno a través del dique que mi amor ha roto. Ha estallado mi pena en metralla que ha hecho arder mis ojos.
Y he sentido vida en el cuerpo.
Vida en mi cerebro, si queda algo de él.
Y duele la piel de tanto sentir, de tanto amar.
Mierda... No me parieron para esto, necesitaba entrenamiento.
Llorar es ser parido de nuevo, es dolor y pena en el tejido cárnico y el espiritual (tenía espíritu, no lo sabía). No puede hacer daño.
Hay fantasía ahora en el cerebro que recibe un millón de sensaciones que resbalan por la cara escociendo.
Hay una lágrima que refleja su rostro y es la única que me hace sonreír.
Amo sus ojos negros, tizones húmedos que dejan estelas negras de amor en su faz.
(Y amo su coño bendito que parece llorar ante mí)
Catapultado a la vida.
He reventado en un torbellino de emociones.
Es hermoso llorar en ella, con ella.
Desgarrar el iris seco.
Hay tanta pena por verter...
Ahora tengo lágrimas con las que limpiar los amaneceres en mis pupilas.
Negros ojos de negras lágrimas. No tiene cabida en este mundo plano la sensual tristeza.
Ella es todopoderosa de un universo de sensualidades y amor.
Ojos verdes de llanto claro reflejados en los zafiros de su rostro.
Están anegados.
Y la lágrima va.


Iconoclasta
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