29 de septiembre de 2010

Diario de un imbécil



No hay inteligencia en mí. Sólo tengo el poder de mi fuerza.
Por eso no entiendo, no consigo comprender lo complicado de vuestras mentes.
Me es imposible determinar el medio por el cual una conexión sináptica, en una micronésima de segundo, puede provocar en las redes neuronales de quien me observa la repulsión más absoluta. No es cuestión de fealdad, no hay motivo.
Supongo que ese mismo sistema límbico gobierna los instintos.
No soy inteligente, no soy simpático, ni tengo empatía alguna.
Pero soy peligroso como un virus, como una gangrena.
Yo creo que los inteligentes tienen cierto instinto que los pone sobre aviso y ven en mi lerda mirada de idiota, algo peligroso, algo a lo que no acercarse.
Pero cuando te miran así, es que están demasiado cerca.
A veces se me escapa una risa imbécil cuando corto la carótida de un ser inteligente. No sé, dijéramos que me siento superior cuando se desangra y yo no. Cuando lo último que ve es mi vida y lo último que ve son sus muertos párpados por dentro.
Los sistemas límbicos son extraños. Como extraño es que alguien pueda ver un neutrino que atraviesa la materia y no puedan ver el puñal que les secciona la yugular.
Matar está bien cuando no hay solución, la violencia es determinante en mi pensamiento consciente como salida a los complicados problemas que la vida me presenta.
Carezco de memoria, jamás podría memorizar una larga lista de teléfonos, me costó horrores aprender las tablas de multiplicar a pesar de mi empeño.
Cuando fallaba en la respuesta, una parte de mi córtex enviaba una señal de alarma que se traducía en un gesto de miedo que el profesor captaba al instante. Lo necesario para que su cerebro diera la orden de pegarme con la regla en la punta de los dedos. Me obligaban a mantener las puntas de los dedos de la mano izquierda unidas mirando hacia arriba.
Era listo aquel profesor hijo puta, sin responder ya sabía que iba a fallar y me pegaba.
Yo tenía pocos, tal vez diez años, y aún no podía dominar el dolor y el miedo. Siempre he sido retrasado.
Así que me dolía de cojones cada golpe y me aterrorizaba la hora de matemáticas.
Al cabo de ciento veintiséis golpes en dos meses, mi escaso cerebro consiguió memorizar lo necesario para salvar la integridad de mis uñas. Los estímulos de dolor es de las pocas cosas que puedo contabilizar y memorizar.
La segunda ley de Kirchoff dice: En un circuito eléctrico, la suma de caídas de tensión en un tramo que está entre dos derivaciones es igual a la suma de caídas de tensión de cualquier otro tramo que se establezca entre dichas derivaciones.
Yo no sé si es cierto, pero cuando una parte de mi cerebro es sometido a sobretensión, el resto de mi cerebro, incluyendo lo más primitivo y básico, también está sometido a ello.
Cumplí dieciséis años, no me acuerdo cuando, ni siquiera recuerdo si me regalaron algo. Mi memoria está hecha mierda. Pero de la cara del profesor no me olvidé. Ese día de mi cumpleaños y encuentro lógico que así fuera, fui al cine con mis padres que son aún más imbéciles que yo.
Y ese gran profesor se puso a mear en el urinario donde yo me encontraba, a mi siniestra (¿siniestra es izquierda? creo que sí). Ni me miró. Sacó la polla y se puso a mear.
Yo debería haberle dicho mi nombre, si se acordaba de mí, y como buen alumno, haber recordado mis tiempos de infancia y aprendizaje con él.
Pero al igual que las matemáticas, la educación es harto complicada. El perdón también requiere demasiada comprensión. Hay demasiados procesos cognitivos y de lógica. Cálculos de probabilidades a velocidades lumínicas. Demasiado para mi cerebro orgánico de sangre y tejido blando.
Mi cualidad más desarrollada es el odio. Un odio frío que me hace ser calculador. El único temblor es mi excitación sexual cuando voy a actuar en consecuencia a mi nula inteligencia. No es que se trate de una perversión, simplemente es un acto reflejo de mi desarrollado cerebro de reptil, una forma de demostrar mi fuerza y agresividad. En fin, marcar territorio. A veces meo en las esquinas de una forma espontánea.
Como el cortejo pre-nupcial de muchas especies, eso es simplemente mi erección, no vayáis a complicaros ahora con profundos análisis que a mí me sudan la polla.
En definitiva y coloquialmente, a mí se me pone dura cuando recurro a la bendita violencia.
Me costó mucho aprender sobre los binomios y polinomios, el cálculo trigonométrico de las corrientes trifásicas y su preciso desfase de raíz cuadrada de tres, me costó meses y meses de dominar.
Pero tengo un don para encontrar cosas con las que hacer pupa.
Llevaba en el bolsillo las llaves de casa. Yo aún estaba meando cuando mi cerebro idiota dio con la solución al problema.
También tuve suerte de que un hombre barbudo y con una barriga de embarazo de veinte meses, acabara de encontrarse la polla entre la grasa, se la sacudiera y saliera de los servicios meneando sus mantecas y dejándonos solos.
Le clavé una llave en el oído derecho, ya que se encontraba a mi siniestra. Soy diestro, por lo tanto di un giro aproximado de ochenta y cinco grados.
Me miro con los ojos enloquecidos meándose aún con el pene fuera de la bragueta y salpicándome. Un tipo con el pelo gris erizado, como un sargento de esos de las películas americanas y delgado como un esqueleto. Podía ver sus mandíbulas apretadas fuertemente por el dolor. Para hacer daño soy rápido. La llave se metió en su glotis doliendo, lo sé por la forma en que contrajo el cuello como medida de defensa instintiva ante la intrusión de un objeto extraño.
Los forenses distinguen perfectamente las heridas post-mortem de las que se dan en vida, ya que la carne queda agarrotada cuando uno muere tratando de evitar que todo ese acero te mate. Y aprietas hasta el culo para evitar que penetre el filo.
Es un acto instintivo, tan básico como mi cerebro.
Lo que me lleva a pensar que a la hora de morir, todos son idiotas.
Mal de muchos, consuelo de tontos.
Yo no busco consuelo, simplemente vivir tranquilo. Si no me joden, no jodo.
Bueno, si se trata de follar, es distinto, mi sexualidad es muy sana. A veces hasta aburrida de sencilla que es. Pero ellas gimen como auténticas zorras con mi “mediocre” sexualidad.
Una patada más y lo metí en uno de los habitáculos con puerta de los inodoros y lo inmovilicé hasta que lo sentí desfallecer, ya que se asfixiaba con su propia sangre.
Le metí la cabeza en el inodoro para que se acabara de vaciar y la sangre no saliera fuera, apoyé sus piernas en la mampara separadora para que se mantuviera en equilibrio y no se vieran los pies y salí de allí bloqueando antes el pestillo de la puerta.
Limpié las manchas de sangre de mis jeans Levis 501 (era mi regalo, ahora que recuerdo) y me los sequé con el seca manos eléctrico.
No me llevó más de cinco minutos y aún pude ver los tráileres de los próximos estrenos completos.
También me quedé con su cartera, que tiré vacía de dinero cuando salí del cine.
Cuando salí del cine, aún nadie sabía que había un muerto en los servicios.
Y esa fue la primera vez que maté.
Luego seguí estudiando y de vez en cuando iba a las discotecas para ligar. Supongo que mi mirada vacía y carente de inteligencia provocaba el morbo en las tías y éstas, cuando se emborrachan se follan lo que sea y cuanto más peligroso, mejor.
Nunca maté a ninguna.
Pero era mi territorio de caza, es una necesidad matar cuando tan solo tienes como recurso la fuerza, porque estás continuamente comparándote con los más inteligentes y uno se siente demasiado imbécil. Y con ello decae la autoestima.
Es necesario hacer algo para evitar hundirse. El movimiento se demuestra andando. En mi caso rajando.
La navaja de afeitar en mi mano era mi nexo de unión con el poco cerebro que tengo, mi neurona para no perder mi propia estima.
Entrar en los lavabos atiborrados de niñatos esnifando o vomitando era una auténtica odisea.
A veces éramos tantos, allí metidos, que nos meábamos en los pantalones.
Cuando les cortaba la femoral a la altura de la ingle, sentían en principio como un pinchazo, algo demasiado rápido y doloroso.
Hay muchos miembros y todos torpes en una discoteca de sábado noche. Así que nadie veía lo que pasaba hasta que resbalaban en sangre y el que se desangraba se dejaba caer en otro como si estuviera demasiado borracho.
La policía ni se preocupaba de buscar entre aquella multitud de testigos alguien con el cerebro lúcido como para acertar a decir su propio nombre.
Cuando llegué a matar así a treinta y cinco inteligentes de mierda, la presión de la policía se hizo demasiado fuerte. Fueron seis meses en los que me curtí más que unas alforjas y me conocí a mí mismo sin necesidad estúpidas disciplinas orientales, que siempre resultan aburridas a menos que se trate de aquella fábula del tercer ojo, el que le trepanan el cráneo a un crío tibetano para llenarle el agujero de hierbas y ver el aura de sus congéneres y convertirse en una especie de detector de mala hostia.
Con casi cuarenta años, puedo decir sin aparentar pedantería, que he matado a ciento setenta personas más inteligentes que yo.
Tengo un método para conocer a los más inteligentes. Es básico, pero efectivo.
Cualquiera es más inteligente que yo, así que por una mera cuestión de azar, los cazo.
Soy ingeniero en sistemas de envasado de alimentos, pero eso no quiere decir que me hiciera inteligente con la edad. Invertí el doble de tiempo que mis compañeros para poder sacar adelante la carrera.
Solo matar era mi forma de sentirme bien conmigo mismo y ponerla en práctica me daba cierta confianza necesaria para poder llevar una vida plena en un border line de mis características.
Mi hijo tiene ahora la edad que yo tenía cuando maté a mi primer listo.
Pero él es más inteligente. A veces tengo que apagarme un cigarro en la muñeca para no cortarle el cuello de un tajo mientras duerme.
Mi mujer es imbécil, no corre peligro.
Pero él... Sabe tanto ya, lee el libro y lo memoriza.
No tiene miedo a los castigos (ya no hay castigos corporales, pero no lo tendría si los hubiera).
Mi instinto es siniestro, me doy cuenta cuando soy una amenaza para el ser que más amo. Cuando me levanto durante la madrugada profunda, con la navaja de afeitar abierta entre mis dedos y dejo caer una gota de saliva en la frente de mi hijo con el filo a escasos milímetros de sus ojos, siento una náusea.
Mi instinto me dice que es mi propia sangre, que no se caza a la propia sangre.
Nene malo, me dice mi conciencia imbécil. Retiro la navaja de sus ojos con los ojos lagrimeándome de odio y lucha interior.
Apenas tengo pezones, los quemo por cada intento de matar a mi hijo.
Saber de alguien tan inteligente en mi territorio es algo que me está pudriendo.
Mi instinto a veces me da razones simples pero válidas para tomar una determinación de no matar. Pero no siempre será así.
Y no quiero despertar pisando la sangre coagulada, gelatinosa de mi hijo.
Es el único que me quiere.
Y además, cuando ayer destripé en el cuarto de calderas de la fábrica al operario de mantenimiento, sentí que me estaba desbocando. Ningún perro caga donde come, dicen.
Yo lo hice ayer.
Hay una teoría de psicólogos forenses, que dice que el asesino, cuando la presión de las muertes es muy grande, busca un medio inconsciente de equivocarse para que lo detengan, afirman que hay un nexo de unión entre cada humano y el resto de sus congéneres. Y crea una especie de remordimiento de conciencia.
Que no me jodan con retóricas facilonas.
Yo no quiero que me detengan. Sólo quiero apartar de mí a los más inteligentes, que me aíslen para que mi imbecilidad no me ofenda a mí mismo.
Sin embargo, cortar esos ojos que un día besé, esa carne que un día cuidé, va contra mi naturaleza. Soy un buen tío en general, alguien bueno con poco cerebro que ha tenido que forjarse un sitio en un mundo repleto de genios.
Nunca había probado en mí mismo el filo de la navaja con tanta profundidad.
Es desgarrador el dolor. Sobre todo cuando pillas un tendón y se retrae doliendo como si arrastrara la carne por dentro.
Esta ha sido la vida de un imbécil.
Punto y final. Sobre todo final.


Hijo mío, conserva este diario, no se lo des a nadie, nunca. Que no sepa nadie que el Asesino Incomprensible, era un imbécil. Guarda el secreto y esconde la navaja. Mancha el cúter de la caja de herramientas con sangre y me lo colocas en la mano.
Y si un día un hijo tuyo nace imbécil, le lees mi diario cada noche al acostarse y le colocas la navaja de su abuelito bajo la almohada, para que asesine al Ratoncito Pérez, que es muy listo robando dientes.
Pero no dejes que ser imbécil lo desanime.
Un beso de papá que a veces te odia. Que a veces te odió.
Ahora que me muero, me acuerdo de conjugar verbos, no te jode...




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26 de septiembre de 2010

Puto



Soy puto profesional. Con soberbia me acaricio ansioso y carnal ante las mujeres, provoco que sus nervios se conviertan en larvas inquietas de placer que se remueven bajo sus sugerentes dermis. Hasta que el deseo de follarme las lleva al paroxismo y sus vaginas se derraman dejando un rastro brillante en sus muslos.
Es mi trabajo y mi vida. Mi fuente de riqueza y mi reino de corrupción.
He nacido para joder, para corromper el pensamiento y la moral. Para enfermar los cuerpos con mi ácido semen y propagar una epidemia de obscenidad.
Mis lágrimas son orina, duchas doradas para las que mejor me pagan.
Soy puto y envidioso, jodería lo más sagrado; porque lo sagrado es adocenamiento y castración de la imaginación. Es un acato sin placer, esposas en piernas cerradas, cemento en los pezones. Eso es lo sagrado. Es baba envidiosa en los hábitos, uniformes, togas y trajes de los que os rigen y juzgan.
Penetro y rasgo lo establecido, lo asentado.
Rasgo vuestros anos y os corréis con una mueca de dolor con vuestra sangre en mi pene palpitante.
Soy puto por rabia. Por un desdén que no sé de dónde nace; pero hace de mi rabo un báculo real de proporciones dantescas.
Soy musculoso, de mirada tierna a pesar de mis muchos años.
De sonrisa franca.
Pero ahí se acabó todo asomo de amabilidad y tal vez de humanidad.
No tengo amigos, sólo conocidos, a lo sumo, viejos conocidos.
Tengo una polla eficaz y potente. Y una lengua que se arrastra pesada depurando la piel de todo tipo de cosas enganchadas. Que arranca costras de monotonía, pieles muertas de tristezas al alba.
Soy un prostituto de lujo.
Y un tratante de cuerpos y almas de mujer.
Bajo mi afabilidad hay un glande palpitando sin escrúpulos, como una bestia impía que espera el momento para desgarrar hasta el útero de la mismísima virgen. He follado putas que se han dolido de mi pene invasivo a pesar de sus chochos ya herniados y lacios de tanto follar. Y se han enamorado y me han pedido con sus voces infectadas de sífilis que las folle, quieren sentirse reventadas.
Pobres putas locas... No tienen dinero, y el alma la perdieron en los penes mamados de borrachos e idiotas.
Lo sabéis, mujeres, algo os dice que bajo mi sonrisa amable, hay una obscenidad que da forma a un músculo cavernoso.
Me huelen mucho los genitales, tengo unas glándulas especialmente desarrolladas para transmitiros mi sexualidad desatada.
Nací para lo que soy. Soy lo que nací.
No ha habido nadie en este cochino universo con una naturaleza más clara y definida. Mi taxonomía de grupo morirá conmigo, porque no quiero que ni un solo gen mío se perpetúe. No soy reproductor.
No quiero descendientes, quiero dejar mi huella en el mundo, única e irrepetible.
Cuando muera, vosotras y vuestras hijas, desearéis que resucite, porque ni uno solo de mis descendientes podría emularme.
Sólo follo y os hago mías. Con vuestro permiso primero, previo pago que arruinará vuestra economía y vuestro entorno. Luego no tendréis voluntad más que para ser tomadas y me daréis el alma como lo único valioso que os queda.
Y seréis irremediablemente mías.
Entre un mar de idiotas, os llamaré putas.
Querrán follaros como yo, y gemiréis buscando placer desesperadas, esperando que otro os lo pueda dar, como yo. Y eso no existe, no nacerá otro igual.
Vuestra carne será mía.
Mantendré vuestro clítoris descubierto, ávido entre mis dedos que lo mantienen tenso, esperando la caricia, la lengua. Esperaréis la eternidad entera derramando vuestra agua y cuando mi lengua os lo empuje y lo maltrate, gemiréis desesperadas. Y así un día, y otro, y otro, y otro. Os mantendré suspendidas en el infierno del placer para llegar a un paraíso en una rampa vertiginosa, breve y explosiva. Y agradeceréis besando mi majestuoso glande los breves segundos de placer tras una espera de horas.
Y pagaréis, y os arruinaré a vosotras y los que os rodean.
Soy irracional penetrando. Mi penetración está basada sólo en el deseo baboso y furibundo de mi ira hacia lo establecido. A través de vuestra vagina lo jodo todo.
Soy el mejor pagado de los putos. Mis mamadas cuestan vuestra vergüenza y lo que creíais ser. Lo que un día fuisteis y os hacía tristes. Porque si vinisteis a mí, vuestra vida era un pudding de aburrimiento y frustraciones.
Vuestros machos no os saben follar, no saben hacer que vuestros cuerpos se tensen como la cuerda en el cuello del ahorcado.
Mi semen es frío como el que gotea del condenado, el mismo semen que escupe es con el que bautizo vuestro rostro contraído de placer.
La humildad es mi esputo mezclado con mi esperma para que sepa más dulce en vuestros labios. Tengo cuatrocientas cuarenta y tres almas de mujer en mi caja fuerte. En mi piso de diseño dispongo de un potro de piel marrón, cuerdas de seda en una cama cubierta de negro satén. Tengo vibradores enormes para que los uséis para excitarme, y os correréis admirando como mi pene se hace enorme ante vosotras, como el glande gotea intenso una baba olorosa. Me meteréis diez billetes en los testículos y eyacularé en vuestros dedos.
Tengo una habitación con cientos de espejos que os reflejan mil veces, en una caleidoscópica, interminable y obscena lujuria. Enfermiza para algunos. Exquisita para nosotros.
Mi lengua ha registrado y analizado cada uno de esos cuatrocientos y pico de coños.
Nací puto y jodo y os cobro hasta vuestro pensamiento. Mi enorme rabo es sonda y trépano.
Trépano en vuestro pensamiento.
Sonda en vuestro coño, termómetro en vuestra boca.
Tengo en mi piel cientos de cicatrices de vuestros deseos frustrados, de ansias violentas. De uñas que se aferran a un placer rasgando.
Pagáis por ello, nada que reprochar.
Tengo en esa caja fuerte, las lágrimas que habéis vertido ante mis putas verdades, ante mis eyaculaciones que os invaden por dentro como una ola imparable.
Soy el prostituto bien pagado de vuestro cuerpo y vuestra mente.
Y os digo con mi lengua en vuestro coño. Que también sois putas.
Por cada orgasmo os cobraré meses de libertad.
Vuestra esclavitud es mi precio. Vuestra ruina mi fin.
Arruinaré vuestro día a día, destrozaré lo que amáis, asolaré lo que creíais amar. Y a medida que dilate vuestras vaginas y os extirpe hábitos y escrúpulos desde vuestro útero perverso, dejaréis de ser madres y sirvientas.
Aniquilaré a los que un día os convirtieron en piel fría y deseos ardiendo. Los que consiguieron cerrar el fuego dentro de vosotras mismas y sabían que os abrasabais con la carne gélida. Vuestros coños envenenarán su organismo.
Les contagiaréis mil podredumbres, sus rabos caerán leprosos al suelo.
Los hijos llorarán sin entender y vosotras, zorras mías, los miraréis con media sonrisa sarcástica y media de pena.
Os haré putas a mi imagen y semejanza.
Desearéis no haber tenido hijo ni maridos, porque aquellas que paguéis mis servicios, seréis mías. Os pondré en la calle para mí, para que vendáis vuestros cuerpos y me traigáis más almas. Quiero ser el dueño absoluto de la voluntad de hombres y mujeres.
Quiero que asistáis extasiados a mi Gran Eyaculación con la que os bautizaré en un nuevo orden de la tiranía del hedonismo.
Y crearemos el más fastuoso burdel del planeta.
Ego os follo.
Pagad, putas, pagad...


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18 de septiembre de 2010

La convincente Muerte



¡Hola Muerte!
Ya tenía ganas de hablar contigo seriamente.
Tú no conoces la higiene ¿verdad? Hueles fuerte.
Tenía que hablar contigo para pedirte un favor.
¿Usas cepillo eléctrico? ¡Qué dientes...!
¿Podrías mediar con la Vida para llevarme ahora contigo? No acaba de convencerse, necesita algo de convicción.
No te hagas de rogar, esos trozos de carne corrupta se agitan por una risa mal contenida. No me puedes engañar, tengo mis años.
Mentalmente estoy preparado para largarme contigo; pero las células de mi cuerpo...
Viejas células tontas...
Las quiero porque son mías; pero reconozco que no son listas.
Hay algunas partes de mi cuerpo que casi están muertas, recubiertas de oscura piel. Se podría decir que ya sé lo que es morir, aunque sea poco.
No es algo repentino e irreflexivo esta decisión de morir. Es algo estudiado, meditado.
Soy casi tan viejo como tú, Muerte Terrorífica. No soy un adolescente inmaduro.
Háblale a la Vida, convéncela que para lo que he vivido y me queda, visto con total seguridad lo que me espera, no vale la pena más desgaste vital.
Podemos ahorrarnos tiempo el cuerpo y la mente.
Y tú, Muerte, el ansía que te embarga por hundir la guadaña en mis ojos de mierda.
¿Es necesario que muevas la guadaña tanto? La habitación es pequeña y no acabo de sentirme cómodo.
¿Eso ha sido un pedo o un eructo?
Da igual, la vida tampoco me ha respetado mucho. ¿Entiendes lo que quiero decirte? Me da igual la mierda de la vida o la tuya.
Por ser claro: me siento cansado y triste.
Triste y cansado más concretamente.
Todos los días al despertar.
Y sin embargo, mi pene despierta erecto, lozano y lustroso, como si todas estas miserias no fueran con él.
Lo mismo pasa con mis trapecios: se elevan rotundos hasta la mitad del cuello, dejan un par de hoyos en las clavículas para que se acumulen las lágrimas y parecen tensos. Vibran de vida.
Esto es un error, Muerte.
El cuerpo se equivoca, la Vida se equivoca.
Apestosa Muerte...
Tienes que hablar con la Vida.
El cuerpo ha de saber que esto se acaba.
Sé suave, no dejes caer esos gusanos gordos de pus y hiel cuando hables con la Vida o rechazará cualquier argumento por simple asco.
¿Estás segura de que no quieres ropa limpia? Tengo en el armario cosas que ya no necesitaré si haces bien tu trabajo. Huelen a suavizante de lavanda y a mi piel cuando aún la sentía mía.
Apela a todos los años vacíos y a los que aún quedan idénticos a pesar de alguna isla de felicidad. Las células del cuerpo no piensan, son idiotas. No son neuronas. Su orden es vivir y hay que ser muy astuto para romper la programación de fábrica.
Toca un trozo de mi piel con tu pútrido dedo y el cuerpo responderá casi con alegría a ese tranquilo morir.
Está acostumbrado al dolor de la vida y tu caricia suave tentará al corazón a descansar. Está cansado el cuerpo, sólo que lo ignora. Ni el filo de la navaja seccionando tendones lo ha hecho reaccionar.
Está cansado de verdad.
Estamos cansados.
No hables, no digas lo estéril que ha sido vivir, porque los nervios se rebelarán por una intensa ira y viviré con más fuerza.
Sé sutil, háblale suave, como el anestesista bueno a su paciente. Como si fueras un ángel.
Son cosas que no has podido experimentar por tu propia idiosincrasia; pero te has llevado a tantos que te puedes hacer una idea de lo que es no querer morir.
¿Seguro que no quieres ducharte?
Deja caer, como algo casual, que ya han pasado los años de la alegría y el descubrimiento. Que los valientes mueren sin llegar a viejos. Que los años que me quedan son una vertiginosa caída hacia la degeneración de los tejidos.
Que la mente sabe de estas cosas, que se fíe el cuerpo de ella.
Apóyame Muerte, contra el deseo del corazón de seguir latiendo a pesar de la escasa sangre.
Y tócame dulcemente, creo en ti. Sé de tu poder, te respeto. No necesitas hacer ostentación de tu fuerza y frialdad. No necesitas darme una larga y dolorosa agonía para doblarme y recibir el filo de tu guadaña ya derrotado. Voy a ti, incluso con cierta alegría.
Como si saltara tontamente por el caminito de losas amarillas.
Tengo una crema hidratante para piel podrida que iría de lujo para esa piel de lagarto que cubre tus manos.
¿Por qué son manos, verdad?
Hay que cuidar un poco la imagen si quieres trabajar más relajadamente.
No todo el mundo está tan desesperado como yo.
¿Te acuerdas cuando te llevaste a mi padre? Aquello fue un buen trabajo; pensaba que era un mareo, un cansancio. No sabía que iba a morir. No hubo tristes despedidas.
¿Me puedes hacer algo así?
Ahora que el cuerpo descansa, convéncelo, dile que será así de relajante por toda la eternidad. No más cansancio. Stop a la fatiga.
Sí, ya lo sé, el pene nunca se relaja el muy cabrón. Olvídalo, creo que ni siquiera sabe que está pegado a mí.
Insisto, si me vas a tocar con esos dedos... En el lavabo hay un bote dosificador de eau termal. Buenísima para las pieles atípicas.
A veces hasta para las almas marchitas.
¡Qué rapidez! ¿Cómo lo has conseguido, Apestosa Muerte? El corazón apenas se lo ha pensado para dejar de latir.
–Le he dicho a tu oreja que ella está conmigo. Tampoco eres tan complicado. Eres vulgar.
–¿No lo está, verdad?
–No. Aún no.
–Gracias a pesar de tu sinceridad respecto a mi vulgaridad. ¿Ves como es mejor acabar con esto de una puta vez?
–Voy a ponerme un poco de crema en las manos y nos vamos.
–Bien. ¡Oye, hazme un favor! ¿Me traes el tabaco? Está en el salón, junto al charco de sangre y la navaja de afeitar.
–No puedes fumar ya, cadáver de mierda.
–Sabía que lo tuyo no era la amabilidad.



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15 de septiembre de 2010

Nacer en un llanto



Era la eterna tristeza al amanecer, el ánimo lacio. Era náufrago en un desierto extraño, con un sol despiadado que evapora la vida y deja rastros blancos en la piel; el salitre de la pena.
El dolor del despertar nuestro de cada día.
No hay milagros, sólo una orina apestosa que sale de mí; el día será igual, una réplica exacta de ayer.
Misma hora, misma mierda.
Es la sempiterna añoranza por algo que está en alguna dimensión oculta, que se presiente y es imposible alcanzar.
Lo que más deseo no lo alcanzo. La vida está sobrevalorada.
Son ponzoñosas frustraciones que embozan los lagrimales. Legañas duras que pinchan y contienen y retienen el llanto libre.
La tristeza de la paranoia construye diques en los ojos donde las lágrimas se cristalizan dolorosamente, entre la piel y la carne.
Que se clavan en el cerebro.
Y lloran hacia dentro arrasando el alma.
En un extraño rito, me tendió en la cama y como un ser de otro mundo, abrió sus ojos enormes y profundos muy cerca de los míos. Había constelaciones y cometas.
Abrí la boca como un imbécil ante aquel universo y sus labios húmedos que parecían flotar encima de mi rostro.
Y vertió sus lágrimas en mis ojos secos, un colirio cósmico de luz negra.
Volé veloz por el llanto a la velocidad de la luz.
Me preguntaba si sería legal esa velocidad.
He nacido de un llanto que ha brotado de un lagrimal seco y costroso que ella ha limpiado. Como si fuera fácil.
Ha dejado caer sus propias lágrimas en mis ojos. He gritado de melancolía y dolor. Acariciándome el rostro me consolaba del torrente de emociones. Me anclaba a su mundo de seda y sangre viva y roja.
He llorado en su vientre, mojándolo de mi llanto y mi saliva.
Y su rostro surcado de hermosos ríos de rímel, me sonreía.
He salido a la vida arrastrado por la lágrima incontenida, incontenible. Expulsado del infierno a través del dique que mi amor ha roto. Ha estallado mi pena en metralla que ha hecho arder mis ojos.
Y he sentido vida en el cuerpo.
Vida en mi cerebro, si queda algo de él.
Y duele la piel de tanto sentir, de tanto amar.
Mierda... No me parieron para esto, necesitaba entrenamiento.
Llorar es ser parido de nuevo, es dolor y pena en el tejido cárnico y el espiritual (tenía espíritu, no lo sabía). No puede hacer daño.
Hay fantasía ahora en el cerebro que recibe un millón de sensaciones que resbalan por la cara escociendo.
Hay una lágrima que refleja su rostro y es la única que me hace sonreír.
Amo sus ojos negros, tizones húmedos que dejan estelas negras de amor en su faz.
(Y amo su coño bendito que parece llorar ante mí)
Catapultado a la vida.
He reventado en un torbellino de emociones.
Es hermoso llorar en ella, con ella.
Desgarrar el iris seco.
Hay tanta pena por verter...
Ahora tengo lágrimas con las que limpiar los amaneceres en mis pupilas.
Negros ojos de negras lágrimas. No tiene cabida en este mundo plano la sensual tristeza.
Ella es todopoderosa de un universo de sensualidades y amor.
Ojos verdes de llanto claro reflejados en los zafiros de su rostro.
Están anegados.
Y la lágrima va.


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13 de septiembre de 2010

Algo de consuelo



Tengo ganas de llorar.
¿Existe alguien por encima de los humanos capaz de consolarme?
Estoy dejado. Muchas veces he sentido pena de los seres que mueren solos, como yo arrastrándose a una sombra.
¿Por qué no se me tiene la misma pena? Quiero ser consolado.
Tampoco he sido tan malo.
¿Estáis ahí? Porque la tristeza me hace arder, os aviso.
Si os arrepentís de no darme un abrazo y consolar mi espalda sacudida por el llanto, si tardáis demasiado, me convertiré en ceniza.
Y os pesará como a mí me pesa la vergüenza ajena.
No quisiera ser sensiblero, pero si supierais lo que duele...
No soy de lágrima fácil, de hecho creí no tener lágrimas. Si lloro es porque la desesperación de la soledad me desgarra en mil pedazos. No lloro por cualquier cosa, lloro porque el miedo y la soledad me parten los huesos.
Quise estar solo, me equivoqué.
¿No podéis aunque sea acompañarme a la hora de morir? Joder... He movido cadáveres de lugar para que se sientan cómodos.
¿Ni siquiera vais a hacer eso por mí?
Yo no pido que me deis la mano cuando escupa la bocanada de mi última sangre.
No quiero ensuciaros, ni contagiaros mi miedo que me congela las manos y no puedo darme calor al corazón yo mismo.
He pinchado un ojo para lanzar un grito atroz y que sepáis donde estoy.
No tenía bengalas para señalar mi posición.
Miradme con pena al menos.
No quiero pincharme otro ojo, quisiera ahorrarme dolor mientras muero.
¿Estáis ahí? Pues yo pienso llorar de todas formas.
Es un torrente de pena que no puedo parar.
Yo sólo quería ser valiente a la hora de morir, demostrar que un cáncer o una hemorragia interna no me causan temor.
Pero si me dejáis solo aquí muriendo, lloraré desconsolado, y toda la valentía que en la vida acumulé, morirá antes que yo.
Y moriré triste y cobarde.
Solo, solito.
Yo no quiero eso.
No he sido malo, no demasiado.
A veces he sido bueno.
¿Estáis ahí?
Me pincharé el otro ojo...
Aún me queda valor.
Sólo un abrazo, me duele la espalda del llanto.
No quiero morir así: cobarde.
Llorando sin que unos brazos me cubran a los ojos del universo.
Un poco de calor, nunca he pedido, nunca se me ha dado.
Una caricia en mi cabeza, con el rostro mirando el suelo avergonzado.
Eso no es nada para vosotros.
Vamos, tenéis que existir. Aunque sea, crearos para este instante.
No dejéis que nadie piense que soy un cobarde.
No me dejéis morir frío.
Os arrepentiréis, habéis llegado tard...


Iconoclasta
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11 de septiembre de 2010

Acuoso amor



El Amor... ¿De verdad es tan bello el temible golpeador de corazones? Tal vez es mucho más grande y atroz de lo que cantan los poetas. Infinitamente más doloroso.
El amor es un chute en vena directo a un universo acuático lleno de medusas multicolores, sensibles, translúcidas, efímeras, hipnóticas, cadenciosas, ondulantes...
Seres hermosos que nos llaman con sus movimientos sensuales que nos atraen; pero son hirientes, aún sin quererlo nos hacen un daño que no merecemos. No sabes cómo ni de qué manera llegas a tocarlas y acariciarlas. Se pierden las huellas de la estela de nuestra persecución en la profundidad del mar iluminado por esos seres destellantes de vida, sensuales en sus movimientos. Uno quiere y llega a sentir su fluidez, te encuentras amando sus modos suaves y sus apagados murmullos que entran íntimamente en los oídos con el agua tibia prometiendo el placer de los placeres. Y sientes la hostil punzada que cruza el vientre directamente al corazón, y te encoges viendo tus brazos quemados, el torso ulcerado y aún así; los genitales húmedos, excitados y erectos. Porque el dolor no es nada comparado con el irracional amor que sentimos. Con el deseo...
El cerebro ignora engañado por el corazón, que un día esas hermosas medusas nos pueden abandonar, se alejará ella con movimientos hipnóticos y engañosos de tal forma que aún creeremos que nos llaman, que solicitan nuestro abrazo. Un espejismo acuático de inconmensurable belleza.
Y hay dolor.
Hay un sexo goteando aún excitado. Hay unos ojos que lloran y un cerebro que busca y se inventa un dios para pedirle ayuda. Exigiéndole que no la deje marchar lejos, que ese dios malvado y cruel te otorgue más fuerza y más vida. Somos muy poca cosa para tanto dolor. Somos muy poca cosa, dios. No mates.
Es igual el dolor, sólo se trata de estar cerca, de abrazarla y morir con ella.
Por ella.
Medusas sensuales que iluminan el acuático mundo tornándolo bello, de una belleza fraudulenta. Tan sólo para seguir viviendo, un engaño tan bello no puede hacer daño. En ese universo hostil se te deshace el alma como la cera caliente, por dentro y hasta más adentro. Pura hemorragia de sentimiento.
Sufrimos su tacto que eriza los pelos y rasga tejidos. Y pensamos que es puro placer.
Y de tanto que la amas, la abrazas con miedo a dañarla y el amor se abre paso en el corazón cauterizando venas y dejando cicatrices que son pruebas de amor, cicatrices para la eternidad y amor para unas horas. Es muy caro ese precio, dios. ¿No podrías hacernos descuento por exceso de dolor? ¿Por qué no miras a otro lado? Por sólo unos segundos tuyos; luego me matas y ya está...
Y en ese agujero del pecho, donde se aloja nuestra bella medusa, nos entra el aire bendito para poder respirar, para no morir. Y que no se acabe nunca, que esté siempre con nosotros diciéndonos con sus acuosos sonidos lo mucho que nos ama.
Pero es muy posible que se vaya, es muy posible que no valga lo suficiente y ella me abandone dejando un enorme agujero en el corazón. No habría dolor, tan solo una soledad inconsolable, la pérdida total.
Y moriríamos en ese oscuro y profundo océano mientras ella se aleja.
Con nuestros pulmones anegándose a través de ese abismo cárnico del corazón. Las lágrimas más saladas que la propia agua corriendo por nuestros labios que aún la llaman; esperando que sea sólo un mal sueño.
Y morimos mientras otras medusas se abrazan y nos miran sin prestarnos demasiada atención. Un poco solos.


Iconoclasta
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Nota sobre Acuoso amor.
Este texto es anterior en seis años a Universo acuoso. No es casualidad que ambos textos tengan el mismo adjetivo. Acuoso amor es frustración y miedo, Universo acuoso es culminación.
A veces se tiene suerte y es posible dar una bofetada a la frustración.
Acuosos porque el amor, siempre es un fluido donde las emociones nos envuelven, nos asfixian o sacian la sed. O nos dejan sedientos.
Acuosos son los besos, la lengua que repta, que se hunde, que se arrastra.
Sea como sea, somos el momento que vivimos, somos la mirada triste y la mirada ansiosa, la piel trémula y la piel fría.
Somos agua o somos piedra.
Nuestra biografía se escribe con trazos de tinta, sin que podamos evitarlo. Acuosa también.
Tinta acuosa...
Podría ser líquido en lugar de acuoso, o viscoso, o húmedo, o fluido.
Pero acuoso tiene esa sonoridad difícil de pronunciar, como difícil es el amor.

Iconoclasta
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8 de septiembre de 2010

Muerte de una ratita



La ratita, lanza sus patitas adelante, agitándolas. Muy rápidamente.
Es graciosa, parece que pide que vaya. Que la ayude. Me mira a mí, es espeluznante.
Parece ella acariciándose los pezones cuando mi lengua trabaja su sexo, cuando mi pelo acaricia sus muslos de tan postrado que estoy ante ella.
Pero la ratita mueve muy deprisa sus patitas, porque se vacía de vida rápidamente entre espumarajos sanguinolentos. No puede estar cómoda en el gris pavimento duro y ardiente por un sol que la descompone en vida.
La miro con curiosidad, y su boca rota boquea espasmódicamente, como si le faltara aire. Sus incisivos están rotos.
A veces cuando la follo, boquea así. Mi miembro entra y sale empapado de su humor sexual, me baña en su coño y boquea como la rata intentando adaptarse al ritmo del placer que nace en su vulva mojada y sus tensas ingles. Boquea tocándose el clítoris como la rata muere.
Yo la miro gozar sin amarla. La follo sin ningún tipo de alegría. La embisto con más fuerza para hacerle daño, pero sus pechos se agitan violentos y sólo consigo darle más placer. Gime.
Boquea como la rata.
Sólo que sus patas, en lugar de intentar atrapar la vida que se le escapa, acarician su clítoris con violencia y deja que mi pene roce sus dedos allá abajo.
Mi polla late como un corazón fuerte y duro, mi glande es un centro sensorial que recoge el más nimio de los placeres y me los lleva directamente al cerebro a través de los músculos, tensándolos, crispándolos. Soy un esquizofrénico sufriendo-gozando. Hay partes de mi cuerpo que no son de mi pensamiento.
Me da pena la rata, suelen ser repugnantes; pero cuando un animal te pide ayuda, cuando intenta coger aire y no puede y te pide misericordia con sus pequeñas patitas, es que me parte el corazón. Es tierno ver morir a la ratita.
Ella me pide más, que se corre ya. La penetro por el culo, para que se retarde, para que le duela. No es suficiente, no le duele, sus fluidos han regado el esfínter; abre sus nalgas con ayuda de las manos y la penetración es profunda y rápida. Su músculo aprisiona con fuerza mi glande y el placer me lleva a lanzar con furia mi pelvis, me duelen los cojones de embestirla. De azotar su vulva abierta y palmearle sus labios mayores desplegados y viscosos.
Me tiemblan las piernas por la potencia de mi polla.
La rata sólo pide aire, sólo pide ayuda. Tal vez un pisotón que le aplaste la cabeza y acabe su intensa agonía.
Sus cuartos traseros están destrozados y sus tripas, como un pequeño chicle mascado, posan en el suelo para vergüenza de ellas mismas. Las entrañas siempre dentro, nunca fuera. Por eso se las llama entrañas.
Es indigno morir así.
El pene hace lo mismo, meterse dentro, desgarrando paredes y agujeros. Arrastrándose entre tejidos resbaladizos. Ella no tiene los cuartos traseros destrozados, me aprisiona la cintura con las piernas y me introduce más adentro.
Yo clavo los dedos en sus areolas, se levanta la piel y pide más dolor.
La ratita pide sólo que eso se acabe. Con sus patitas pequeñas e inocentes que no comprenden porque han de morir.
Perdóname rata, no quiero aplastar tu cabeza, no me gusta el ruido a huesitos aplastados. Tengo experiencia.
A ella no le tengo pena, la jodo para sentir yo mi placer. El que ella lo sienta no es de mi incumbencia. Ella es un agujero algo que follar, algo que despreciar escupiéndole mi semen en una eyaculación que no lleva su nombre ni mi amor.
La rata muriendo pesa más en mi mente que los gemidos de la que no amo. Se me escapa un lamento ante la imagen de la ratita muriendo. Soy un cabrón, no la ayudé.
Ella ahora extiende mi semen, que por error está en una piel que no amo, que no deseo, que me da asco. Lo extiende por sus tetas, por todo su coño empapado mientras los últimos orgasmos aún la contraen como un ataque epiléptico.
Sus ojos están en blanco como los de la rata.
Camino hacia el baño para lavarme de la humedad con la que me ha pringado la polla. Me siento como la rata, me siento morir. De asco.
Dejo gotitas de semen en el suelo hacia mi camino. Necesito lavarme la polla de la esencia de su coño, necesito lavarme la cara asqueada, necesito lavar la pena de la rata.
Necesito salir de aquí.
Un cigarro incinera ahora toda pena y asco.
Es hora de pasear, escribo de lo puta que es la vida. Los hay que piensan que hay que sonreír y ser positivo. Que la felicidad hay que buscarla.
La rata buscaba otra cosa, yo también.
Los enviaré a todos a la mierda y gritaré el nombre de la que amo.
Sólo quiero correrme en la piel que amo.



Iconoclasta
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7 de septiembre de 2010

Universo acuoso



Pareciera que soy un organismo acuático, pareciera que me he hundido en tu universo forzando mis pulmones ahora torpes e ineficaces para sumergirme en tu reino de húmedas pasiones, de líquidos chasquidos; difícilmente puedo respirar entre tus labios húmedos y boquear “te amo”.
Difícilmente puedo controlar mi licuefacción orgánica cuando acaricio tu carne y transmites tus propiedades de oceánica sensualidad a mis entrañas.
Soy un ser flotando en tu universo inabarcable, zarandeado por las sinuosas hondas que una brisa tibia provoca en tu piel.
No respiro aire, te respiro a ti. He mutado, mi amor.
No puedo volver a la superficie. Ya no sé respirar el aire.
En algún lugar abandoné los pulmones, porque mi organismo concluyó que sin ti ya no era posible respirar en la tierra; que mi destino es vivir y morir en tu universo acuoso, en tus húmedas sensaciones. En tu boca que da vida, en tu sexo anegado.
Mi organismo ha sellado tras de sí la compuerta al mundo seco. Sólo es posible vivir en ti.
A través de tu líquido cosmos, aún llegan vívidos los quebrantos de amores que murieron si alguna vez lo fueron. De cariños y ternuras que se pierden con miradas tristes y decepciones como amarga hiel.
No hay dolor ya para mí, no hay tristeza. Sólo cierro los ojos y me hundo en ti, floto cayendo ingrávido hacia tu interior dulcemente y mi naturaleza reconoce tu universo rompiendo con cualquier nexo que tuvo con el polvo y el sol. Con las piedras y las espinas.
Todo fue un error allá fuera, en lo árido.
Todas mis células piden más profundidad, la total inmersión en ti.
Ante tu líquido gemido soy gelatina que cimbrea en frecuencia de amor, me disgrego en deseo. El mundo se ha quedado mudo.
Tu universo, tu agua, barre mis recuerdos de soledad y tristeza y todo es líquido.
Estoy protegido. Confortado en tu ser.
Apenas necesito ojos en tu abismal profundidad, tus oscuros bastan.
Todo lo que necesito, todo lo que amo y todo lo que me da vida, está cubriéndome, estoy en su interior. Te respiro, te bebo.
Eres tú mi universo, amor. Soy un hombre viviendo en tu vientre, en un extraño embarazo, en tu líquido mundo.
Es el sexo más profundo, un placer que ahoga las emociones en los labios, la agonía de un orgasmo intenso que lleva a una muerte dulce y soñada. Un mudo gemido que fenece entre los labios entreabiertos.
Muero en la tierra, vivo en ti.


Iconoclasta
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1 de septiembre de 2010

Sin piedad 2



Dicen que la piedad no la piden jamás, ni siquiera la necesitan.
Pero se quedan solos.
Y sus desesperos les traicionan y sólo quieren paz. La piden a solas, abrazados a sus pechos.
Quieren ser valientes y hablan de placenteros castigos; pero se intuye que ruegan descanso el uno en brazos del otro.
Vierten veneno en sus letras feroces, construyen el infierno con muros de piedras que ocultan los rostros de la melancolía. Los labios secos, las manos vacías, los sexos palpitantes.
Hay dolor y sangre en sus letras para distraer la atención de sus almas contritas de errores de los que no son responsables. Alguien erró por ellos y ellos pagan culpas ajenas.
No te perdono.
Castígame.
No tendré piedad.

Y ella no se quiere soltar de su cuello.
Él no afloja la presión de los brazos en su cintura.
Hablan de muertes, de locura, de putrefactas carnes, de heridas imposibles en cuerpos que se duermen entre tristeza y ansias.
Piedad...
Sin piedad.
Misericordia...
Sin perdón.
Miran a la luna y dicen aullar feroces; pero no son lobos, aunque insistan en ser carnívoros y predadores.
Cuando nadie los ve, no aúllan a la luna. Le ofrendan lágrimas en sacrificio a cambio de una esperanza, de unos minutos de dicha.
Creo que son unos bocazas.
Mucho alardear de duros: castigo, sin piedad, sin descanso, hasta la muerte, no hay perdón, castígame.
Pero a la hora de la verdad, gritan la piedad que se merecen.
A la hora de la verdad desfallecen de puro agotamiento, a la hora de la verdad ríen. Y lamen sus pieles y recogen el sabor de los milenios de amor.
De su obsesiva y decidida voluntad de encontrarse a través de los tiempos y los espacios.
No son malos, sólo un poco vergonzosos de su amor incontenible.
No les hagáis caso cuando pidan castigo y dolor.
Sólo haced ver que los creéis, que son fieros.
Porque ni ellos pueden asumir que en su piel haya un solo gramo de ferocidad.
Si un día encontráis a los amantes y los oís pedir castigo, exclamaos de pudor, aunque se os escape una sonrisa.
Ellos se sentirán bien, no puede hacer daño.


Iconoclasta
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