10 de mayo de 2010

¡Sálvame!



Basado en hechos reales. En esperanzas y anhelos tan ciertos y vívidos, que el autor considera que es un ultraje a su intimidad. Aún así, vomita estos hechos porque hay cosas inevitables.
Porque escribir es una maldición. Y Ella es narcosis.
Entre arcada y arcada, consigue realizar su tarea no de escritor, sino de documentador. Porque toda esa sensibilidad, todo ese arte, está dentro de Ella. No ha podido inventar nada mejor. Todo ocurrió así, sin que nada pudiera evitar la conexión.
Era la tristeza de la necesidad, un momento extraño donde el sentimiento rasga las dimensiones y se hace fantasía o milagro en medio de toda la mediocridad.
Un momento de cansancio físico de ella, de calor. Un deseo de salir de allí.
Esta es la historia de un instante, tal y como aconteció y tal como se le explicó al documentador.
Tal vez, ahora se está repitiendo.

5 am de la madrugada, en un lugar de la Tierra.

“¡Sálvame! ¡Sálvame!”
Se despertó con la piel húmeda, con un embarazo que de tan avanzado era ya agotador. El calor, el ronquido del que yacía a su lado... Nada la invitaba a permanecer en la cama. En aquel lugar. En ese tiempo.
Una madrugada con un aire tan denso como el mole que sus espigados dedos preparan con una ternura y sensualidad que arrebata el alma.
Un cielo azul marino partido por una franja de plata amanecer la recibió en el patio de la casa cuando salió en busca de algo de frescor.
No lo consiguió.
Sus pupilas desmesuradamente abiertas, sus ojos oscuros como el zafiro, reflejaban el amanecer y un deseo de sentirse abrazada, de no sentirse tan sola. Su piel brillante de humedad, parecía fundirse con la madrugada.
Elevó la mirada al cielo para buscar a su amor; su niña se acomodó en el vientre con un suspiro. La madre suspiró también.
Buscaba, tal vez en un astro, el rumbo hacia quien amaba, un brillo que no aliviara el calor; pero confortara la piel.
Se sentía desamparada.

12 pm en otro lugar de la Tierra.

En ese mismo instante, el hombre sentado en un banco, con gafas de sol y un perro tumbado a sus pies, escribía en una libreta que apoyaba en una pierna cruzada. Con el bastón y el macuto de cuero componían un extraño bodegón de pasados tiempos. Absorto a todo, su ceño se fruncía concentrado ante cada idea que escribía. La gente pasaba lenta a su espalda, tal vez para ojear las palabras con las que ignoraba el universo que le rodeaba de una forma tan poco considerada, dado que era humano.
Había descubierto las palabras, la idea para razonar la mirada que un día lo turbó y enamoró.
Evocaba su rostro amado, escribía de su mirada en las fotos. Ella nunca miraba al objetivo, no sonreía al espectador. Sonreía a mundos mejores, sonreía a esperanzas.
Pero a pesar de su sonrisa, sus ojos permanecían expectantes e intensos, buscando algo más allá de las lentes y del ojo que la enfocaban. No era la misma sonrisa la de sus labios, que la de sus ojos. La verdad es que su mirada no sonreía aunque lo pareciera, era demasiado trascendente: transmitía una curiosidad, buscaba algo. Cosas, momentos y lugares que en aquel lado de la cámara desde la que miraba, no había. Algo no estaba bien a su alrededor.
Ella lanzaba sus preguntas con aquellos grandes ojos felinos: ¿Eres tú? ¿Me reconoces?
Ella no posa en las fotos. Busca algo intensamente con una mirada directa y feroz en su determinación de ignorar lo que a su alrededor se mueve, con la barbilla ligeramente adelantada para atisbar con más precisión. No hay errores, no es casual.
Es felina buscando, asomándose directamente al objetivo que la enfoca. Escudriñando posibilidades.
Nunca la ha visto en una foto mirar a nadie. Ella mira allá donde los sabores se pueden modelar y los olores llevarse a la boca. Donde los colores se pegan a la piel y visten fantasías en ella. Donde las pieles son de canela y piel de durazno.
Siempre mira más allá. Y cuando está sola, cierra los ojos y se deja llevar por su propia alma y así de extrañamente hermosa la capta el objetivo.
La primera vez que vio su imagen, aquellos ojos intensos que no miraban al espectador, si no que traspasaban los límites de lo real, sintió un tremendo impacto ante la trascendencia de su mirada. Temía enamorarse de algo inalcanzable; pero no pudo apartar sus ojos de ella.
Aquella mujer buscaba algo más a pesar de estar acompañada en aquella imagen, algo que su pensamiento sensible e inadaptado a este tiempo y lugar, pudiera aceptar sin sentirse extraña, ajena. Algo que no existía a su alrededor.
En todas las fotos, en todas las imágenes su amada pedía salir de allí, le decía que se ahogaba con una sonrisa en los labios, con una valentía que encogía el alma.
¡Sálvame! ¡Sálvame!
Se siente privilegiado, porque reconoce en alguna foto que a veces le dedica, la mirada para él. Ojalá estuviera equivocado y no sentir así el peso del amor en el corazón. Un diapasón que se detiene más tiempo de lo que sería conveniente cuando cierra los ojos y besa sus labios.
Cuando mira sus fotos todas, le responde: “Eres tú mi vida, por fin”.
Sin darse cuenta dejó la pluma apoyada en el papel, inmóvil. Formando un manchón de tinta. Se quitó las gafas de sol y miró a un cielo ahora nublado.
Y quiso estar allí arriba, volando. Corriendo a abrazarla, a besarla.
Perdió un latido y escribió “te amo” a continuación del borrón.
Se meció durante una eternidad en la urgencia de su amada.
El perro ladró y le devolvió la respiración.
Supo que ella pensaba en él en aquel momento con una certeza que asustaba.
Tenía que ser así. Era una convicción, un ruego y una amenaza a las fuerzas del universo.
Y aunque se equivocara, no tenía más remedio que hacerlo. Los amantes no pueden evadirse de sentirse unidos, fundidos, clavados. En cada lugar, a cada momento.
No podía sentirse arrollado por tanta melancolía en aquel instante sin ninguna razón. Y se llevó la mano al pecho, encima del corazón y relajó los párpados “estoy contigo, con vosotras, mi amor”.
En pleno día, con todos los ruidos del mundo intentado invadir su mente y doblegar su voluntad e ilusión, a pesar de la descorazonadora distancia, el universo no pudo vencer toda aquella melancolía de amor. Nada pudo romper la conexión que se formó desde el otro lugar de la Tierra.
Guardó la libreta en el macuto, cogió con fuerza el bastón y se levantó del asiento. Y como siempre, cuando cargó el peso en la pierna enferma, retuvo un gruñido de dolor.
El dolor le distrajo por un segundo de esa terrible melancolía que sentía por ella en aquel mismo instante. No lo suficiente para evitar una angustiosa lágrima que le obligó a ponerse las gafas de sol de nuevo sin que fuera necesario.
Es mejor que duela el cuerpo que el alma.
Y por primera vez en su vida, sintió frío en primavera.

5:10 am, en el otro lugar del corazón.

La mujer de ojos felinos, y piel brillante, posó una mano en su vientre.
—Mi amor, papá nos ama ¿lo sientes? ¿Vamos a dormir, cielo?
La niña se acomodó relajada en el interior de su madre y esta volvió la mirada al cielo con los ojos brillantes, sabiendo a donde iban sus pensamientos e ilusiones. Ya no buscaba, simplemente enviaba al aire sueños y esperanzas a quien correspondía. El los recibía. No sonrió, ya no era necesario engañar a una cámara.
Y hacía demasiado calor.


Iconoclasta

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