31 de marzo de 2010

La vida es bella, the movie

Uno pasa el rato viendo una película en principio amable y distendida, y no hay forma de relajarse. Es un tanto dramática, muy dramática; pero vale la pena pasar un mal rato para disfrutar del arte.

A veces sueño que pulso el botón rojo, que arderán millones de cuerpos gracias a mi acto de poder y no sentiré más que una sensación de alivio. Odio a la especie humana tanto, que les arrancaría los pulmones metiendo mis puños en los millones de bocas hipócritas, envidiosas, enfermas, insanas...

Es un error el podrido cerebro en el hombre.

Ocurre que las películas afables, sencillas y emotivas provocan en mí sentimientos encontrados. Porque hacen mundos mejores o realmente peores, tan malos que uno siente pavor de imaginarlos. Y así el mundo es más interesante.

Disfrazan la realidad de fábula y todo adquiere una trágica ilusión que nos enseña a dar importancia a una bocanada de aire

Pues no hay forma de relajarse ni con la Barcarola de Offenbach. Odio tanto a la humanidad que ni la música me amansa. Soy demasiado bestia.

Otros me podrían llamar misántropo, pero la semántica me la paso por el forro de los huevos.

En ocasiones escribo de un dios malvado que mata niños, que descuartiza seres y se los come si es menester, que clava el dolor en el dolor. Es literatura.

La vida es bella es cine basado en un tiempo y una situación real.

Y eso me hace pensar en los cerebros podridos que me leen torciendo el gesto con disgusto y sus delicadas tripas que se revuelven con asco porque hay pasajes de sexo y violencia ficticia. Y yo que pensaba que era algo divertido mis historietas... Soy tan cándido.

Es lo peor que pueda haber para vosotros, mis detestados ignorantes: una palabrota, un taco, una expresión soez. Una imagen de sexo crudo.

Preferís mil veces el pequeño y pálido pene de un cadáver judío. ¿Correcto?

¿No os apetece una vitamina para fortalecer vuestro cerebro? Id al médico y me ahorráis un ardor de estómago cada vez que penséis.

Es mucho más soportable abotonarse la camisa con un hueso de judío o gitano y pensar que era historia y que ya pasó. O como no lo habéis visto, no ha pasado. Al fin y al cabo, mis lerdos ignorantes, si no veis, no sentís. Eso sí, si os ponen unas bonitas imágenes que no sean demasiado escabrosas, podréis filosofar sobre la conveniencia o la sinrazón de una exterminación con una taza de café en la mano. Y sin fumar que es mucho más sano.

La literatura es horrible, una maldición cuando habla de sexo y sangre. Hitler y sus maricones asesinos fueron algo a estudiar y sobre lo que discutir en una agradable tertulia. Ellos no decían palabrotas, simplemente y con todo el respeto, quemaban a los judíos, que tanto odiáis, intelectuales fariseos; pero con las puertas cerradas, sin decir palabrotas. Para que no os sintáis ofendidos ante la violencia y el desnudo.

¿Os gusta más así, mis delicados fariseos?

No debería ser necesaria la hermenéutica para entender un simple texto. Eso es para las cosas sagradas que son confusas y mentirosas. No hay que desentrañar grandes misterios cuando la comunicación cumple su función.

Os dan más miedo las palabras que los muertos, os ofende más una ficción sexual que el asesinato y la esclavitud real.

Es que es muy feo decir que un hombre le mete su polla a una mujer en el coño y esta rabia de placer. Es mucho mejor y más sano, más catártico el que quemen de verdad a unas mujeres y niños; que de haber vivido, habrían ocupado más sitio en Israel y jodido más a Palestina.

Y quien habla de judíos, habla de las distintas culturas que han sido extinguidas en nombre de la civilización y la religión.

Podríamos tomar de ejemplo de cerdos a los españoles en Sudamérica y a los ingleses, franceses y holandeses en Norteamérica y África. Así citados de una forma somera, no hiere la sensibilidad ¿verdad, cretinos?

Vamos, mis psicoanalistas filósofos baratos de pavoroso miedo a la sangre de la literatura. ¿Seguro que no habéis soñado con follar a vuestra mujer por el culo arrinconándola en la cocina?

¿O es menos ofensivo el cadáver de la mujer judía tirada en un rimero de cientos de muertos manchados con cal viva?

¿Por qué no vomitáis por los quemados y quemadas? ¿Sabéis que sus coños estaban hinchados como los de una vaca por el raquitismo? No es culpa mía, no lo hice; simplemente lo comento.

Os llamo la atención sobre el dato, mis detestados hipócritas de mierda; y si queréis podéis tachar coños raquíticos para no sentiros ofendidos. Y luego os hacéis una paja soñando que os folláis ese coño enorme. Os conozco hasta el vómito.

Hasta el asco.

Os repetís en la historia, vuestro mensaje genético se itera generación tras generación y no hay predadores que os devoren. Ni otro asesino de masas conseguiría acabar con vosotros, degenerados hipócritas.

No se trata de literatura, fariseos. Era gente que vivía y respiraba, no había un dios satánico que diera algo de emoción e importancia a la muerte. Eran tarados como vosotros que leéis palabras y os asustáis de la iniquidad imaginaria que hay en ellas. Es mucho peor la muerte de un ser humano que la violación de un personaje en una novela.

Y os sentís peor con lo último.

Os haría arder hasta que vuestros huesos se hicieran ceniza al viento. Puritanos.

¿Os lamentáis de la violencia en el cine? ¿Qué os creéis que es La vida es bella? Una fábula donde se demuestra el coraje y el valor humano.

Y una mierda para vuestra puta boca infecta y llagada de moralina. Esa película es una pesadilla en la que buscamos una escena en la que poder reír para escapar de la verdad. Sólo que hay una bonita banda sonora y no dicen palabrotas.

Queman a la gente y no se ve. Es importante que no se vean esas cosas ¿verdad, piara de hijos de puta?

Para que lo sepáis: una piara es una manada de cerdos.

Lo que vosotros necesitáis, es un brillante y amable diálogo donde no hayan palabras como follar o cojones. Y si las hubiera que salieran de boca de un escritor bien publicitado con la venia de vuestros amos, los que os dictan el pensamiento.

Os conozco tan bien, que vuestra desaparición sólo constituiría una ligera arritmia de alivio en mi corazón.

Odio la inevitable tautología.

Vaya, vaya, mis idiotas... ¿Queréis cuentecitos donde a los muertos se les mata tras el telón y no digan cosas sucias? ¿Que os pinten el puto botón de la camisa de color verde para que no parezca el hueso de una judía que antes de ser carbonizada tenía un coño desmesuradamente desarrollado?

Yo no quisiera ser grosero, entendedme. Pero tampoco quisiera ser como vosotros, fariseos.

Hacéis daño y me ofendéis la inteligencia con vuestra existencia.

Prefiero coger por el coño a mi reina y decirle que la quiero más que al puto dios y follármela en el altar de la Catedral del Mar que lavarme la cara con la grasa jabonosa de un judío.

Es la diferencia entre la humanidad y yo: la humanidad detesta las palabras y los sueños retorcidos, prefiere la tranquilidad de los inocentes incinerados en hornos crematorios para después llorar su muerte con bellas bandas sonoras y películas que exaltan el inconmensurable amor de un padre por un hijo.

Yo solo fumo y odio lo banal y lo hipócrita.

Ojalá os quemen la lengua que os mordéis al ver como penetro a mi reina en la iglesia.

No sabéis la suerte que tenéis de que sienta tanto asco de pensar en vosotros, que ni siquiera quiera ensuciarme los dedos con vuestra muerte.

Puritanos de mierda. Maricas de culo sucio...

A mí no me jodáis con la blasfemia y la falta de gusto. No os masturbéis mortificándoos, soñando como yo o mi diablo penetramos a la mujer de enormes tetas y la hacemos gozar a pesar de la navaja que corta sus pezones.

Porque mientras tras el precioso decorado queman a un niño, vosotros, hijo putas, os tomáis un café pensando en el ingenio de la fábula narrada.

Y no tenéis suficiente cerebro para llegar a sentir el verdadero mensaje y la ira encerrada en esa buena película. Os falta sensibilidad, os sobra envidia y os sobra podredumbre mental.

¿Por qué os creéis que en las películas todos los exterminados son cobardes disfrazados de ingeniosos y de gran corazón? Para que os sintáis identificados, tontos del culo. Para que la tan cacareada catarsis de consuelo a vuestro cerebro aborregado.

Dejad pues, que para que yo pueda relajarme os insulte. Como en una película, si queréis, mientras os llamo hijos de la grandísima perra, podéis escuchar alguna canción amable.

Porque mis odiados enemigos: el mal lo tenéis detrás de vuestros pequeños penes, de vuestros perfumados y rasurados coños bien aromados. Sois vosotros.

Es para daros con una vara, piara de cerdos.

Yo no quemo judíos, ni negros, ni maricas. Sólo invento mentiras sangrientas y sexuales con el único fin de molestaros. Porque los cadáveres a los que no se ve el pene o el coño, no os molestan. Y si no os molestan los muertos no han servido de nada.

No como palomitas con el holocausto, o con los soldados valientes que desactivan minas en películas oscarizadas.

La verdad es espantosamente horrible, porque los asesinos son gente como vosotros.

Os debería de enseñar algo de ética y moralidad. Os debería extirpar el cerebro.

No al son de Offenback, sino escuchando a Iron Maiden y su Run to the hills, es maravilloso.

Sacudo los brazos como si destruyera los platillos y tambores de la batería porque son vuestros cráneos falsos y piadosos de mierda.

Me cago en la madre que os parió.

Claro que podría haber hablado de vuestro comportamiento condicionado, de vuestra nula capacidad para ser imaginativos, sólo sois buenos ciudadanos de pensamientos limpios. De esos que no huelen el olor del culo tan cercano a los sexos.

Gilipollas.

Deberían nacer más Freuds para que disculparan con filosofías de feria vuestra aleatoria inteligencia a veces funcional. Las más de las veces: anodina.

Soy yo quien corre a las colinas con Iron Maiden, soy yo el que corre huyendo de vosotros, infecta plaga, para salvar mi vida. Para resguardar mi ánimo.

¡Bum! He apretado el botón.

Y fumo tranquilo.

Ahora sí que Offenbach en la película cumple con su función de aflorar toda la tristeza en mis ojos ante esa temible y real aniquilación contada con bellas palabras, una hermosa fábula para mis ojos, captada con toda su intención e intensidad.

Lo ocupáis y ensuciáis todo con vuestro pensamiento hipócrita.

Hasta siento haber perdido el tiempo escribiendo esto.

Coño.

A quien corresponda.

Buen sexo.

Iconoclasta

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29 de marzo de 2010

Tragos de tristeza y melancolía



No hay nada más doloroso que tragar tristeza; es una baba que inunda la boca y no deja respirar.
Si fuera saliva...
A veces sacudiría las manos de lo que duele, como un crío que no puede dominar todo ese dolor.
Lo que en realidad trago es una lágrima que me esfuerzo en no llorar, o en llorarla por dentro. A veces se me escapa y la sorbo por la nariz, a veces cae directamente en los labios y los resquebraja.
La melancolía hace un desierto de mis labios.
O eso parece. Eso siento.
¡Cómo duele la lágrima! Aplasta la garganta, arrasa las cuerdas vocales y cae en el estómago como el mercurio.
Me esfuerzo en que la lágrima no me traicione al caer por fuera; pero es tan doloroso...

—A ti te pasa algo —dice una voz que no quiero, que dudo que en algún momento llegase a amar.
La lágrima me ha traicionado. Justo lo que no necesitaba.
No sé quien es, es un eco lejano. Es tan extraña como no querida.
Es todo tan ajeno a mí cuando mi pensamiento está lleno de ella...
La lágrima está contaminada de melancolía, de deseos y anhelos desesperantes, de distancias ominosas. De desamparo.
Yo no sabía, nunca hubiera imaginado lo que es llorarla, amarla y desearla tanto que su ausencia se convirtiera en un torrente de agua pesada y aplastante.
Vuelvo a tragar saliva y ruego porque nadie me hable, porque esa lágrima intra-llorada, ha aplastado la faringe y temo responder con un gemido.
Consigo tragármela respirando muy rápido, y a veces se me humedecen tanto los ojos que temo no haberlo conseguido.
—Tú estás triste —una velada acusación de la voz que no amo, que sé que nunca amé.
Hay una inflexión de alarma en esa afirmación y es prudente esa voz que jamás amé a la hora de ser demasiado categórica. La verdad da miedo y avergüenza.
Hay cosas que duelen. No sé cuales, son tantas que se mezclan en collage formando un grito estéril. Y las lágrimas que desbordan por dentro, crean un torbellino que arrastra todo.
Una cloaca de miserias.
Y nadie quiere estar cerca del de los ojos húmedos.
Parece tan contagioso...
¿Por qué siempre me hablan voces que no deseo? ¿Hice algo malo en otra vida que ahora deba pagar? No he sido especialmente malo.
Mi amor...
—Por favor, dime que no lloras como yo. Dime que este dolor que a veces siento, que esta opresión en mi alma, no me llega de ti. Que no estás triste, mi vida.
Júramelo. Porque todo duele más cuando te duele a ti.
Necesito saber que es locura.
Porque a veces creo que toda esta puta pena me viene de ti y necesito abrazarte y sentirme hombre. Ser tu salvador rastrear e interceptar penas. Destruirlas con misiles de besos.
Dime que estoy loco y que no siento tu desamparo, tu soledad bulliciosa que ni una intimidad te deja para verter una lágrima. Que no doblo el espinazo con una punzada en el vientre porque siento tu deseo de lanzar un gemido al viento y acariciar la pared-metáfora de la proximidad inalcanzable.
Dime que no estamos tan íntimamente conectados a través del tiempo y el espacio; que sólo estoy obsesionado y tus súplicas a la vida no son reales.
Que no te duela.
Tengo pánico a que ella sienta lo mismo. Y conteniendo mi dolor en un rincón de mi garganta para que no me lleve a la locura, le hablo, le grito con el alma cosida a puñaladas de añoranza.
— ¡No llores, mi vida! ¡No estés triste! Todo está bien cielo. Te estoy besando, te estoy amando. Te estoy abrazando y dando calor.
—Tengo frío — dice ella.
Y la lágrima se ha desbordado, ya no sé si lloro por dentro o por fuera.
Por favor, no...
A veces me dice que tiene frío. Yo me muero. Eso sólo lo confiesa quien te ama. Lo confiesas a quien amas. Porque son los únicos que pueden vencer esa gelidez que se enquista en el ánimo cuando la distancia es vertiginosa. Son ellos los que dejan helado el espacio que deberían ocupar.
Y me doblo...
Esto no es amar, es arrancarse el alma, es rasgarse la piel haciéndola jirones con las uñas. Es donar la vida entera. Ser de ella, ser suyo.
— Somos amor puro, mi bella. Es un privilegio. Sonríe, por favor. Que no te ocurra como a mí. Que tu angustiosa melancolía sea sólo un delirio de mi mente enferma. Que no exista ese nexo entre las almas que provoca descargas de súbita necesidad. De un deseo que arde bajo la piel a falta de que el amante lo sofoque.
De mi alma doliente.
— Ánimo, mi amor. Todo está bien...
Tengo horror a que mi saliva, esa lágrima que parece cerrar mi esófago con un paralizador dolor, sea una respuesta a la suya.
—Escucha, mi vida, estoy contigo, no importa el tiempo y el momento. ¿No ves que el dolor del uno duele en el otro? Nos amplificamos. Tranquila, preciosa... Shh... Duerme feliz, cielo. Estoy ahí.
Esta es mi letanía constante, la única que da alivio a la saliva que trago, a la lágrima que engaño y gestiono como puedo.
Debería instalarme un catéter en la vena del brazo y vaciarme de sangre cuando la presión es insostenible.
Soy fuerte ¿verdad? Dame tu dolor deshazte de él y lánzamelo con un beso, porque el mío lo puedo soportar; saber del tuyo me está matando. Dámelo por favor, te lo pido por puro egoísmo.
Dame la lágrima, me la tragaré, la sorberé, abrasaré mi corazón.
Porque si lloras, habré fracasado. Mi función es hacerte feliz.
Tengo que hacerte feliz, mi vida... Nací para eso, tú lo dices.
No me hagas esto, mi amor. Sonríe.
Quiero hacerlo todo bien contigo. No puedo fallarte.
Otra vez... Los párpados me tiemblan y un poco los labios, el estómago se me cierra. Estoy loco, te siento. Y envío las lágrimas adentro tragando saliva.
Le abriría mi pecho para mostrarle en esos instantes que toda la sangre se ha retirado hacia algún lugar recóndito. Vería el corazón azul como el de una vaca colgado en la barra de la casquería.
Colgando inerte dentro de mi pecho.
Eso ocurre cuando no estás.
— Estás pálido.
¿Por qué no se calla la que no quiero de una puta vez y deja que me muera de pena en paz?
¿No ve que dejó de existir?
Si ocurriera a cada momento no me preocuparía. Si estuviera todo el día angustiado, sería mera paranoia. Unos meses en el sanatorio, una sobredosis de liberador valium... Sería el síntoma de mi locura, me sentiría tranquilo de saberte a salvo de esta afección de amor.
Pero estaba riéndome de algo, sería una película y de repente... La lágrima se ha asomado al borde del párpado. Peligrosamente triste, saturando el color del iris como el otoño melancólico satura el cielo y el ocre de la tierra.
El silencio de mi dolor se ha extendido por las cosas y las personas, como un grito invasor de cadáveres boquiabiertos. Una onda de choque que aparta todo de mí y me conduce a ella por un túnel de amor y luz.
Y no puedo hacer otra cosa que llevarme la mano al corazón y decir que la amo, intentar apaciguar el ritmo desquiciado de este corazón que ya no es mío.
Hay ocasiones en las que tampoco puedo respirar.
Será una percepción producto de mi mente triste; pero me ahogo.
Sólo algo me salva: encontrarla.
Cuando la encuentro todo es luz, cuando le grito mi amor, no me duele la garganta y el llanto se hace sonrisa.
Cicatrizan los tejidos muertos.
Pero cuando te vas, mi alma se va tras de ti, y deja lágrimas detrás de los ojos que intentan bañar mi piel.
Otra vez.
Y todos me dejan sólo en mitad de mí, porque ese desamparo es una experiencia que nadie quiere sentir.
Soy un leproso infecto de amor.
Y aún así, mi vida, necesito este dolor, te amo y amo todo lo que tienes. Amo tu pena y tu tristeza como amo tu sonrisa y tu ánimo inquieto. Vale la pena sentir tu momento de desamparo y hacerme único en el universo. Ser el que recoge tu dolor es tanto como ser el único hombre en toda la capa de la tierra.
Otra vez...
Vamos cielo, coge mi mano, todo está bien. No llores, apóyate en mí, mi bella.
No tengas frío, mi reina.
Yo me bebo las copas de la melancolía y tú recoges mis lágrimas con tus labios.
Es un deseo...



Iconoclasta

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26 de marzo de 2010

El probador de condones en la estación espacial



¿Quién podría imaginar que la industria del follar precisara ir al espacio para el diseño de unos simples condones?
Yo no, no soy tan idiota como esos investigadores de lo absurdo e inútil.
Acabo de regresar de la estación espacial anglo-germana-hispano-rumana Lechazo I.
La industria de los profilácticos sexuales está tan cargada de tonterías e idioteces como la de los detergentes para las mujeres y sus lavadoras.
Porque me parece (y “me parece” es un forma de ser amable y dar una oportunidad a esos idiotas), que si el semen flota o los condones son más ligeros, es algo que no tiene aplicación alguna.
A mí me va essssstupendo porque me pagan una pasta gansa en dietas extra planetarias; pero ni de coña me voy a convencer de que tiene alguna utilidad. Si acaso, sólo como excusa para subir el precio de las gomas.
Pero aún así, es una idiotez: existe la mentira para hacer uso de ella y se ganaría más dinero si yo me quedara en la tierra follándome a la hija del consejero delegado y que los de publicidad escribieran la mentira para excusar el alto precio de los condones: “Nuestros productos han sido especialmente diseñados y ensayados en el espacio bajo rigurosos controles de calidad científicos”. Yo lo escribiría, al fin y al cabo, cuando te pones un condón no es para disfrutar de la literatura y menos de la que luce la caja. Ser empresario no libra a nadie de ser idiota, les pasa a los empresarios como a los obreros, que son idiotas en mayor o menor grado.
Así que allí me encontraba yo: flotando en la estación espacial, sin ser necesario.
Había un tufillo académico un tanto hostil, la tripulación estaba formada por ingenieros, doctores, biólogos y hasta el que limpiaba los tubos de cagar de los trajes espaciales, tenía un doctorado en mierda. Les costó un huevo darme la mano, y cuando les dije que era probador de condones, me miraron el paquete pollal buscando una explicación evidente a mi afortunado trabajo. Algo que evidenciara el porque me ganaba la vida de forma tan bohemia.
Se presentaron uno a uno presumiendo de su currículum académico, y mientras soltaban su parrafada de títulos, yo buscaba el tabaco que me habían quitado antes de subir a la lanzadera.
—Yo me llamo Iconoclasta y puedo dar ayuntamiento carnal hasta doce veces al día, más otras cuatro por placer. No tengo títulos; pero mi pene es la prueba viva de que poseo también una excelencia y que fui bendecido por ella. Y si queréis os regalo un llavero a escala 1:10 de mi polla, que es el regalo promocional de mi empresa, lo podéis usar para seguir vuestros complicados cálculos o como punto de lectura. Y para metéroslo en el culo.
Tampoco eran la hostia puta de inteligentes, no se habían enterado de una mierda de todo lo que dije, salvo de “polla”, parece que junto con “coño” se conoce en todos los idiomas.
Normalmente no soy tan borde, pero aquellos ingleses y alemanes, no me caían bien. Al rumano ni lo miré, era el que limpiaba los tubos excrementicios de los trajes y me daba asco por razones obvias.
También me endosaron como ayudante de los ensayos a una maciza contratada especialmente para este tipo de pruebas. Mis compañeros de la fábrica se reían con cierta perversidad cuando me la presentaba el director de la fábrica.
Se llamaba Pandora, que no sé que coño significa; pero me dio muy mal rollo porque hacía babear a la tripulación que reían simpáticos pronunciando su nombre y mirando sus enormes tetas con indisimulada curiosidad no científica, mientras jugueteaban con la cremallera de su traje y hacían sonidos extraños de explosiones.
Da igual que seas científico, filósofo o papa de Roma, al final, ante unas buenas tetas, todos los humanos machos descienden cuatro o cinco escalones en la escala evolutiva.
Mi cultura a veces raya la sabiduría gracias a los documentales televisivos de naturaleza en la sobremesa de National Geographic. No hay nada como hacerte una paja y que entres en la fase rem del sopor pajillero contemplando a un hipopótamo nadar grácilmente en el río Kikicicococuctucocagán.
O algo parecido.
Nuestro reducido departamento de ensayos era un cuartucho acolchado en rojo para que nos pareciera un burdel, con un banco de acero inoxidable fijado al suelo y una almohadilla para que Pandora se sintiera cómoda durante la prueba de esta edición de lotes ingeniosamente bautizada por el departamento de publicidad como: Polvo Orbital Lácteo: Guerra de orgasmos.
Nos habían aconsejado, que debido a la nula gravedad de la estación, Pandora se sujetara al banco de pruebas con unos cinturones de seguridad para evitar accidentes cuando la embistiera.
Tiene su lógica, a veces los idiotas tienen algún arranque de genialidad.
— ¿Qué tienes de especial para haber sido elegida para esta misión? —le pregunté abriendo ya la primera caja del lote.
—Me da vergüenza decirlo, Ico —dijo con un simpático rubor de mejillas.
Con los dedos haciendo estiramientos de los labios vaginales para calentar el coño.
Estaba buena que te cagas.
— ¿Me estás mostrando las muelas del juicio a través de tu chocho y te da vergüenza decirme por qué te eligieron?
Se bajó la cremallera del traje y dejó salir sus dos enormes tetas coronadas por dos morenos pezones que parecían de chocolate. Mi pene respondió con violencia y el glande golpeó la caja de condones que tenía en las manos y la lanzó contra la pared y de esta rebotó a la de enfrente y de enfrente a un lado y al otro y al otro y al...
Y me quedé viendo evolucionar la caja de la misma forma que observo atentamente como gira la pizza en el microondas. Pensando en cosas de complicados cálculos cosmológicos... Hasta que se metió los dedos en la boca, los embadurnó generosamente con su saliva y se mojó los pezones que respondieron con dureza instantánea. La caja me golpeó irritantemente suave en la frente y la cogí sujetándola bien por encima de mi pene que ante aquella nula gravedad, las venas lucían como gruesos cables de acero enviando la sangre de forma enérgica y violenta a todo el cavernoso músculo.
Luego se untó con generosidad la vulva y el tono brillante que adquirió, me hizo babear notoriamente.
Yo ya había hidratado mi pene y el condón casi había caído cubriéndolo de lustroso y terso que me había quedado el pellejo.
—Verás, Ico. Tengo un pequeño problema de nervios: cuando algo me aburre, mi vientre se suelta y me tiro pedos.
— ¿Cómo? ¿Así?
Acto seguido, me tiré uno bueno, con tanto entusiasmo que temí que se me hubiera escapado algo. Los científicos que nos miraban a través de la mirilla de la puerta del departamento, empalidecieron y se apresuraron a bajar el volumen de sonido.
Yo diría que alguno escupió al suelo con asco; como si se hubiera tragado un pelo de mi culo que salió despedido por la fuerza de mis gases.
Me sentí catapultado adelante por la fuerza propulsora de mi propio pedo y frené apoyando mi glande en el coño de Pandora. Abrió la boca en un gemido a la espera de que entrara del todo; me retuve para recuperar el equilibrio.
Se reía con una gracia... Le hubiera follado la boca en lugar del coño. Deliciosa.
— ¿Y eso te da vergüenza? ¿Y cómo sabré que te aburro? No quiero salir despedido al espacio.
Se rió de buena gana acariciando distraídamente mi glande enfundado en el metalizado y dorado condón.
—Seguro que no me aburres, mi astronauta.
Entonces embestí con fuerza. Me pasé y soltó un gritito de dolor, follar en gravedad cero es como super-follar y todo adquiere una rapidez y una profundidad enriquecedoras. Épicas, que diría un académico de la lengua.
Y que fácil... Así en cámara lenta: mete y saca mete y saca...
A veces me entra la vena poética.
Los científicos, recuperados de mi pedo, se agolpaban en la mirilla de la puerta y sus ojos no tenían nada de sabios. Yo diría que se le estaban pelando, pero hablando con propiedad, se estaban haciendo una paja a juzgar por el continuo golpeteo en la puerta.
El condón parecía resistir bien el veloz trabajo de rozamiento en tales condiciones de gravedad.
— ¡Puta! Me voy a correr.
Siempre me ataca el romanticismo cuando el semen está a punto de salir.
El condón pareció desintegrarse en la última y más vigorosa embestida antes de penetrarla de nuevo.
Una hermosa y vistosa gota se quedó flotando en el aire para formar una hermosa bola blanca. Era mágico.
Y sentí calor.
Así que abrí la puerta para ventilar el cuartucho y los tres científicos aparecieron ante nosotros medio encogidos con sus penes asomando por la bragueta de los espaciales pantalones.
—Tranquila Pandora, que acabo con la boca. Júrame que no te tirarás un pedo.
Se río con ganas y se tiró un pedo con alegría.
Tuve reflejos para asirme a la mesa y dejé que el metano agitara mis cabellos. Con la otra mano hacía pinza en la nariz.
Pero aquella ventosidad no había hecho más que desencadenar un hecho sino trágico, al menos terrorífico para la tripulación.
La bola de semen que flotaba fue empujada por los vientos fétidos que lanzó Pandora (aún me sigo preguntando por ese extraño nombre) y aceleró de cero a mil doscientos en apenas un milisegundo.
La bola iba hacia los científicos que dijeron “¡Oh dios mío!” en inglés, francés, rumano, italiano, esperanto y suajili. Incluso me pareció entender algo en cantonés, cosa extraña porque faltaban idiotas para tantos idiomas.
Se pusieron histéricos y ni siquiera se guardaron las pollas cuando vieron que la pelota iba directamente hacia ellos.
Gritaban histéricos, se agarraban los unos a los otros para adelantarse, y gritaban cosas como “¡Mamá! ¡Qué asco! ¡Corred que eso se seca y luego queda duro en la ropa! ¿Alguien tiene una mascarilla? ¡Cerrad la boca por lo que más queráis!”
Todo esto era pronunciado en tal algarabía de idiomas, que parecía la estación espacial Babel.
Me hizo cierta gracia esa cobardía. A veces me masajeo la cara con mi propia leche como bálsamo tras el afeitado. Huele mal, pero me deja una piel preciosa y tal vez por eso, en lugar de besarme las mejillas, mis compañeras de trabajo me las lamen. Me postré frente a las piernas abiertas de Pandora y lamí su coño sin hacer caso al follón de gritos y carreras que hacía la tripulación. No cesaron de gritar y corretear durante los cinco minutos que tardé en hacer que se corriera la bella Pandora, unas seis veces.
Cada vez que esa belleza se corría, me decía: “Hijo puta, hijo puta...”
Me enamoré de ella y desde ese momento mi mujer se hizo cornuda a miles de miles de kilómetros de distancia.
Menuda energía la de Pandora. Los super-pedos en el espacio son super-mega-pedos. Y la leche se extiende por el espacio-tiempo voluptuosa y veleidosa buscando una piel, una boca o unos ojos donde descansar. Mis pequeños iconoclastitos buscando descanso... Un útero en el frío cosmos...
El espacio es inspirador.
Pandora tenía el coño tan empapado, que un denso y brillante hilo de baba y fluido se desprendía desde la mesa al suelo.
Y cuando me estaba encendiendo un cigarro de un paquete que me guardé en los cojones previendo que me los confiscarían, se escuchó un grito desgarrador.
— ¡Arghhhhhhhhhhhh!
Era un grito de asco en alemán. Corrí hacia ellos sin acordarme de meter el falo en el pantalón, Pandora se liberó del arnés y me siguió con sus enormes tetas flotando en cámara lenta.
Cuando el inglés y el rumano me vieron correr hacia ellos con el rabo enhiesto, aplastaron contra la pared sus culos mirándome con los ojos llenos de pánico.
— ¿Qué ha pasado?
El alemán se encontraba de rodillas en el suelo doblado sobre su propio estómago.
—Se lo dijimos: cierra la boca, cierra la boca... Dios mío... —lloraba en inglés el inglés, sacudiendo la cabeza arriba y abajo mecánicamente.
Había llegado al límite de la cordura aquel hombre.
Puse una mano en el hombro del cabeza cuadrada y como si fuera el mismísimo Jesucristo le consolé.
—Vamos amigo, eso no es nada, déjame ver. Vamos, tranquilo.
Alzó su cara hacia a mí.
La verdad, era mi propio semen; pero no era una estampa agradable. De las pestañas le colgaban dos pequeñas gotas blancas que le enturbiaban la visión. De la punta de su nariz pendía un moco perfectamente redondo y la comisura de sus labios estaba impregnada de semen.
Su traje espacial estaba lleno de restos de pollo y arroz deshidratado. El hedor era insoportable.
Así que me sentí samaritano y le limpié la cara con mis calzoncillos, que llevaba en la mano, porque de allí había sacado el tabaco.
No fue perfecto porque le quedó un vello rizado enganchado en la mejilla, pero por lo menos ya podía respirar sin temor a tragarse otro chupito leche.
La cosa mejoró cuando fijó su mirada en los enormes pezones de Pandora.
Le di unas palmadas en la espalda y lo ayudé a incorporarse.
— ¿Por qué no le acompañáis a la ducha para que se lave? No lo dejéis solo en estos momentos.
Sus compañeros miraban mi polla ahora dura de nuevo con desconfianza cuántica.
—Y nosotros vamos a seguir con lo nuestro que aún quedan diez lotes que probar antes de que nos vengan a recoger dentro de de tres días.
Pandora se postró ante mí, cogió sus enormes tetas entre sus manos y me hizo una paja con ellas. Eso no era trabajo, era jodienda pura y dura.
La ayudé a manejar las tetas para que se acariciara el clítoris, que asomaba tímido pero muy duro entre sus dedos. Resbaladizo y poderoso como una enana blanca.
Decidí hacerme el macho en aquella nula gravedad. La levanté en brazos y sujetándola por las nalgas, le comí el coño hasta que sentí como se corría en mi boca.
Mi pene cabeceaba en la ingravidez y otra lefa quedó flotando cual nívea medusa en el aséptico (hasta hacía unos minutos) clima de la estación espacial.
Cuando se corrió gritó de nuevo cariñosamente: “Hijo puta, hijo puta” y yo le contesté: “Mi puta, mi puta”, nos dirigimos a nuestro departamento a seguir trabajafollando sin descanso.
Yo no estaba presente; pero gracias a las cintas de video, pude ver durante la cena lo que aconteció durante nuestra jornada laboral.
El rumano se encontraba en la cocina preparándose un sobre de polvos de lechón al horno y unas cuantas patatas fritas en brick espacial sin darse cuenta de que la bola de leche que había quedado suspendida en el aire, se acercaba a él.
Y lo que son las coincidencias de la vida, al aburrido astronauta le dio por dejar en el aire un chorro de yogur líquido para luego tragárselo como si fuera un caramelo. Como esas viejas demostraciones que hacían los astronautas en los documentales televisivos para que los ignorantes televidentes se sintieran profundamente emocionados por tal derroche tecnológico. Miles de millones de dólares para que un idiota se tomara un vaso de leche como si comiera un bombón flotando.
¿No es cierto que algo está fallando en la evolución de la humanidad? Nace cualquier cosa.
En definitiva, la bola de semen avanzó hasta colocarse al lado de la de yogur. Si eres inteligente; lo más probable es que tu semen lo sea también.
El rumano, miró con total ausencia de inteligencia las dos bolas volubles y trémulas que se agitaban ante sus ojos y le echó un vistazo a la botella de yogur que tenía en la mano. En su frente se iluminó en letras de neón: “¿Habré dejado escapar dos tragos en lugar de uno?”.
Ni corto ni perezoso, abrió la boca como un pez que come tranquilamente entre los arrecifes coralinos y se tragó una de las bolas. Cerró los ojos con cierto placer y se relamió.
Si no hubiera sido tan glotón...
Abrió de nuevo la boca y se tragó la segunda. Los ojos que estaban cerrados ante el placer del dulce manjar se abrieron como platos. La textura, no es la misma y el rumano no debía ser trigo limpio porque se dio cuenta demasiado pronto de que se estaba tragando una mamada ya fría. Aquel tío era un profesional.
Y parece que tienen el estómago muy delicado los astronautas, porque vomitó como una fuente.
Y todo aquello quedó flotando en el aire.
Alarmados ante el rugido a cloaca rumana, el alemán y el francés acudieron a la cocina y al entrar, sus rostros se toparon con la papilla.
Como en la canción del elefante que se balanceaba en la tela de araña y llamó a otro elefante que se empezó a balancear también, ellos también lo hicieron, me refiero a vomitar.
Se puso en marcha el dispositivo de emergencia porque los filtros purificadores de aire se obturaron. Se quedaron encerrados y aislados en la cocina hasta que se tragaron todo lo que flotaba y el aire quedó razonablemente limpio.
Más tarde, cuando mi bella Pandora y yo acudimos a la cocina, los encontramos sentados en silencio. Nos miraban con un odio atroz mientras cenábamos y mirábamos con una amplia sonrisa el video de los hechos. Ahora comprendo lo dura que debía resultar la convivencia entre los antiguos marineros que tenían que soportarse meses y meses a lo largo de una travesía sin fin.
Pero no pensaba que en el espacio ocurriera tan rápido. Aunque si las velocidades son mayores, es lógico que el hastío también sea más veloz en presentarse.
Ni lo sé ni me importa.
Pandora, con sus felinos ojos negros brillando aún de lujuria y ante el deprimente espectáculo dijo:
— ¡Por Dios, qué muermo de gente! Aburren a las ovejas.
Y ni corto ni perezoso se tiró uno bueno.
Los científicos ya no gritaron, lloraron de forma queda directamente y yo le di una palmada en el culo a mi diosa. Me encendí un cigarro y prendió una ligera llamarada que nos chamuscó a todos el pelo y el sistema anti-incendios se puso en marcha dejando ir una gélida neblina helada.
—Pues ya sólo falta que granice mierda —dijo el alemán en alemán.
Los científicos furiosos, nos apresaron, nos encerraron en nuestro departamento de folleteo y nos lanzaron al espacio rumbo a La Tierra.
Son unos idiotas intolerantes los cientifistas todos.
Los odio.
Cuando nos rescataron en el mar, mi amada se encontraba evidentemente aburrida y se tiró un pedo que despeinó a los marineros cuando abrieron la puerta de la cápsula de emergencia.
La besé profundamente y me tiré un pedo con ella.
El amor nos hace tan primitivos...
Dicen que llegamos a tierra firme en un tiempo récord, que jamás un barco había surcado tan rápido el océano.
Cuando llegué a casa, la que ya no quería me preparó una buena tortilla de patatas y me la follé sin ninguna alegría pensando en Pandora.
Un tímido pedo se me escapó en la noche.
— Cerdo —díjome cariñosamente la que no quiero.
Buen sexo.


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19 de marzo de 2010

Los cipreses de la muerte



Están tan doblados...
Los plantaron para guiar las almas de los muertos, una consolación a la devastadora muerte. Como si las almas tuvieran miedo en el camposanto y no supieran donde ir. Como si no quisieran salir de sus ataúdes.
Tímidos los muertos.
Los cipreses son la cara amable de la muerte, dan la bienvenida a las ánimas que se han liberado del cuerpo.
Eso dicen; pero yo sé que ellos no pidieron ser plantados en el cementerio, no querían eso. Es demasiado larga la vida del ciprés para alimentarse de muerte esa eternidad. Los condenaron al nacer.
Los cipreses no tienen dibujos de calaveras en sus hojas ¿Qué le hizo pensar a nadie que querían estar con los muertos?
Yo tampoco lo pedí. Nadie me preguntó si quería nacer, nadie me avisó de que hay cipreses doblados y que yo me rompería. El aborto no tiene nada de malo.
Tal vez por eso sienta una tristeza infinita por ellos, tal vez por eso los fotografío, como un autorretrato de mí mismo. Son mi reflejo, soy su reflejo, soy lo que ellos también dan gracias de no ser.
Nos consolamos con nuestras propias ponzoñas.
Son mis amigos, mis compañeros. Yo estoy condenado.
Pero algo ha pasado, y se han doblado. Pareciera que se han cansado de alimentarse de tanta muerte, de respirar cadáveres.
—Amigos, me doblo con vosotros. Yo también estoy clavado a un lugar y a un tiempo. ¿Jugamos a algo mientras nos pudrimos sin hacer demasiado caso a esta tristeza infecta? No sé, podemos jugar a aguantar la respiración. A ver quien aguanta más sin aspirar: vosotros la muerte que supura la tierra, yo el aire envenenado de soledad y monotonía.
Ojalá pierda y me muera.
La muerte pesa en los cipreses doblados, algunos desearían no ser flexibles y partirse, porque parece que sus copas quieren hundirse en la tierra, con los muertos.
Y descansar.
A veces yo siento algo parecido con la vida, pero no me doblo, me parto. Algo se me rompe. Pienso que estoy formado por cuerdas por dentro, cuerdas tibantes que de golpe, alguna se parte. Y hay un trallazo de dolor que se hace pena en vapor y una lágrima en el ojo.
Si fuera ciprés, dejaría caer una piña con un lamento.
Pobres, no tienen boca para gemir; sólo raíces que no pueden cerrar y aunque no quieran, siguen sorbiendo muerte. Constantemente, eternamente, definitivamente, condenadamente.
Nos dan una vida que no queremos.
No pedimos ser cipreses en un cementerio, no pedimos ser hombres que poco a poco se van partiendo.
¿Pueden caer las piernas como si fueran conos de ciprés?
A veces temo mirar atrás y dejar una pierna agitándose convulsa en el suelo; un rabo de lagartija. O un brazo, a poder ser, que sea el izquierdo. Sólo la mano derecha puede escribir de la pena y el hastío. Si he de vivir un poco más, una eternidad más, que no me dejen como un ciprés que ha de tragar toda esa miseria sin poder morir. Que me dejen la mano derecha para vomitar.
Tal vez, mi alma esté ya con los cipreses preguntando si hay algún lugar mejor que éste.
—Os invito a que me sorbáis, cipreses.
—No, gracias estamos hartos de muertos; pero si insistes, no podemos evitar sintetizarte. Ve a buscar cipreses que no se hayan doblado, ten piedad.
—Pues no parece que esto vaya a mejorar. Pensé que la muerte sería más definitiva. Que me devuelvan el dinero del entierro, esto es una mierda. Reíd cipreses, poneos derechos, ánimo.
Es que su doblez me contagia. Somos hermanos, y un hermano doblado, es igual de doloroso que una cuerda rota en la guitarra, o en el alma, que una pierna abandonada, que un abrazo en el aire, que un padre solo...
¿Por qué hay tantas cosas tristes?
No les quiero preguntar porque me da no sé qué remover su tristeza. Pero estoy seguro de que ellos quisieran ser madera de barco y navegar. Aunque los llenen de clavos, aunque las lapas los hieran. Estoy tan seguro de ello, que no me atrevo a decirlo en voz alta, podrían partirse al final ante el vértigo que da lo que pudieron ser y no serán.
Con ellos no me siento solo, estoy bien. Tomamos la amarga infusión de los huesos muertos molidos como viejos amigos disfrutando de aromas acres de flores marchitas, de algún lamento de los vivos, de la humedad pegajosa de la muerte.
Una tertulia silenciosa, un intercambio de penas que no ayuda a nada; pero no hay otra cosa en la que invertir el tiempo.
El rocío de la muerte. Las hojas de los cipreses brillan con una humedad mortal, hay que tener un buen objetivo para captarlo, es muy sutil la diferencia entre el rocío de la vida y el que la muerte infecta.
Es todo tan lógico, es todo tan coherente con ellos...
Responden a la muerte con una agonía que no los acaba de dejar morir, no sonríen. Como yo.
Está bien no sonreír, porque sonreír duele cuando te espera acto seguido un lamento. Es morir dos veces.
—Aún no ha llegado mi hora, me quedan cuerdas por romper; pero si queréis las corto yo. Sois buena gente.
—No lo hagas, no queremos más muerte. Si quieres hacernos un favor, muere lejos, donde no podamos usarte de alimento. No es por despreciar, entiéndenos. Pero nos harás más felices si nos cortas. Tú sigue viviendo y si un día puedes, tálanos y arranca las raíces. Si dejaras un tocón seríamos capaces de crecer de nuevo. No es por despreciar, tú también eres un buen tío; pero ya es mucho tiempo; nuestra vida-muerte es tan pesada...
—Ha nevado ¿no tenéis frío?
—No sentimos nada ya, nos da igual la nieve o el sol. Sólo queremos un viento fuerte que nos arranque. ¿Podrías soplar? ¿Conoces el cuento del lobo y los tres cerditos? Somos más, pero valga como ejemplo, como pauta a seguir.
No les contesto, reviso la fotografía, cierro el objetivo mientras otra cuerda se me ha partido y camino con la pierna entumecida por la inmovilidad hacia algún sitio que sé; pero no quiero nombrar. Ella no está.
Yo también tengo mi propio cementerio, y no puedo salir de él.
No tengo piñas de ciprés que llorar, sólo lágrimas que ni siquiera me dan un alivio de frescor en el rostro.
—Adiós compañeros.
—Adiós, amigo. Trae un hacha la próxima vez.
—Ok.




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18 de marzo de 2010

Leyes y necesidades



No creo que haya un serio problema en mi cerebro. Todo lo contrario: soy puro instinto sin grandes complicaciones.
La única ley que puedo entender es la que dicta mi lógica y mi instinto. La que dicta mi necesidad.
Las leyes creadas por otros hombres inferiores a mí en inteligencia, fuerza y valor son completamente intrascendentes y si transijo con algunas de ellas es solo para poder vivir cómoda y relajadamente.
Esta amabilidad por mi parte, esta tolerancia hacia la imbecilidad, desaparece en el momento en que se convierten las leyes y normas en un obstáculo para la consecución de mi objetivo o la solución a un problema. Normalmente, YO y las leyes nos toleramos bastante bien. No hago caso de ellas y ellas no hacen caso de mí.
Por obstáculo considero el lento proceder de las administraciones de los gobiernos. Y me parece lento cuando la espera se prolonga más allá de quince minutos.
Quince minutos es el tiempo que aguanta mi corazón a un ritmo tranquilo cuando necesito algo. Pasados los quince minutos, mi corazón se acelera y ya me siento liberado del cumplimiento o respeto de cualquier ley o norma.
Mi tiempo es tan valioso como el de cualquier ministro o cualquier lerdo funcionario.
Ni necesito ni quiero que nada ni nadie guíe mis pasos.
No soy como otros que se comportan como mi perro, que cuando lo suelto de la correa, durante un tiempo no sabe que hacer con su libertad.
Así pues, es perfectamente justo y justificable que emplee la violencia para imponerme a otro cuando las leyes no me dan soluciones.
No voy a esperar a ser anciano para que alguien me devuelva lo que me ha robado, por poner un ejemplo. Si alguien me roba, le arranco los pulmones.
Porque de esto se trata convivir en sociedad: imponerse a otros haciendo uso de las leyes y normas. Subiendo así en el escalafón de dinero, posición social y poder.
Los hay que hacen uso de leyes y normas y estoy yo que hago lo que me conviene.
Si la ley actúa rápido, soy su más seguro servidor (y una mierda). Si es más lenta, entonces sueño con vientres abiertos y vísceras resbalando por enormes tajos que vacían de sangre los cuerpos en muy pocos segundos.
También me gusta ser lírico además de pragmático.
No es algo socialmente aceptable, pero me importa el rabo de la vaca loca ser aceptable o no.
Sinceramente, mi simpleza es ejemplar y si todos fuerais como yo, la raza humana evolucionaría más rápidamente y mejor.
A ver, que las mujeres deseosas de ser madres de sanos , vigorosos y hermosos bebés levanten el dedo y se quiten las bragas. Tengo para todas.
Hay que saber que cobardía, conformismo, integración y colectividad, no son cosas de las que sentirse orgulloso y que van en contra del instinto predador con el que nacemos.
El otro día sin ir más lejos, una retrasada mental gorda como un tonel, apestosa y con la ropa pringada de restos tóxicos procedentes de su continuo hociquear entre la basura, me exigió un cigarrillo y unas monedas.
Yo no le hice ni puto caso. Además, me daba asco.
Pues la subnormal se puso tras de mí y siguiéndome por el paseo gitaba: “¡Este payo no me ayuda! ¡Este payo quiere que me muera de hambre! ¡Este payo quiere que sude por un cigarrito!”.
Con mucha educación y evitando acercarme a aquella bola de sucia manteca (¿he apuntado que carezco de empatía alguna?), le dije:
—¿Quieres hacer el favor de dejarme en paz?
—Si no me das un cigarrillo y unas monedas no me voy.
“Me cago en diosssssss”, pensé yo intentando no llamarla “sucia hija de perra” (sic).
No habían pasado ni cinco minutos; pero mi corazón se aceleró (los quince minutos de paciencia se pueden acortar en función de la irritación).
Así que en lugar de acudir o pedir ayuda. Cogí un tubo de hierro de un contenedor de escombros y le di un buen golpe con él en el muslo izquierdo.
Soy un macho fuerte que practico habitualmente el levantamiento de pesas y soporto estoicamente la imbecilidad diaria, con lo cual puedo afirmar con una rotunda claridad de mis preciosos ojos verdes, que soy fuerte como un toro.
Ser fuerte de espíritu está bien cuando vives en un asilo o en un manicomio. Cuando eres libre, tienes que tener una buena masa muscular para imponerte. Sobre todo, si no te hacen ni pizca de gracia las leyes y tienes que apañártelas tú solo.
O sea, que cuando golpeé lo hice a conciencia, intentando ser devastador.
Darwin se masturbaría con lágrimas en los ojos sabiendo de mi precisa adaptación al medio. Soy el eslabón perdido que todas las mujeres desean.
Y acerté. Pegó un berrido ensordecedor y cayó al suelo destocinándose, rodando sobre sus michelines, derramándose a si misma por todas partes. Como una masa informe. Estoy seguro de que sus padres no se sentirían orgullosos de ella.
Parecía una masa de gelatina aullando.
Había bastante gente por la calle; pero el rebaño sí que es empático y decidió ser cauto y no meterse donde no le llaman, porque era fácil imaginar (y a mí más) que me quedaba hierro y fuerza para rato.
Nadie ayudó a la cerda. Y nadie me molestó.
Si hubiera avisado a un policía para que me sacara de encima a la zampabollos, aún estaría hablando del tema.
Y tengo cosas que hacer. Tenía que comprarme una nueva edición de El Quijote encuadernada lujosamente, e ilustrada por un dibujante que dicen que es lo que rima con joya de bueno. Quería vaciar el libro de hojas y usar las tapas como decoración en una nueva estantería que no compré en Ikea. Seré pobre; pero tengo mi orgullo.
Me gustaba la Odisea; pero era pelo más estrecho el lomo y no me convenció.
Alguien podría decir que soy un tanto misántropo. Pues se equivoca, yo no voy a misa jamás y menos en trompo.
Soy gracioso cosa mala.
La gorda se levantó la falda para mirarse el golpe. Era asqueroso, estaba aún más sucia por dentro que por fuera y de sus ennegrecidos muslos emanaba un asqueroso hedor a orina y menstruación seca. Podría ahorrarme los detalles; pero me apetece incomodar. Y si yo me jodo, que se jodan los demás.
Es lo que hace la ley, los jueces, los abogados y los que los sobornan; que nadie me juzgue a la ligera.
Se le formó en la cara exterior del muslo una aparatosa ampolla hemorrágica que se estaba hinchando de sangre. Por lo visto se había roto un capilar. Y el edema empezaba a ser espectacular. A veces las cosas salen bien sin pensar demasiado.
Lloraba sin poder tocarse por el dolor del épico hematoma; pero no me dijo ni una palabra cuando la miré a los ojos con el tubo de hierro en la mano aún.
Estos bichos aprenden rápido.
Comportamiento condicionado: Si lo haces bien galleta y si no, latigazo.
Soy instruido, además de cultivar el sexo, el cuerpo y la marihuana, también cultivo la mente.
Di media vuelta como un valiente torero ante el astado y me encendí un cigarrillo con el ritmo cardíaco ya más tranquilo.
Leyes... Yo no soy un buen ciudadano, no quiero ser siquiera ciudadano. No tengo esa ambición.
Conque me dejen tranquilo tengo suficiente.
Y en efecto, cuando al cabo de dos horas y con mi precioso libro bajo el brazo, pasé por aquel lugar, de la gorda sólo quedaba una mancha de sudor en el suelo.
Y mirad, ¿veis como tengo razón? Ahí tenéis a la retrasada mental frente al estanco esperando que salga algún cliente para pedirle tabaco y dinero.
La miro, ella me mira. Le sonrío afable mostrando todos mis dientes amarillentos del tabaco pero de formas preciosas. Y ella se acaricia un poco el muslo.
Eso sí, hay rencor en su mirada; el bicho está resentido. A veces debería llevar cáscaras de fruta para darles algo de premio.
Pues bien, no me dice nada, no me pide un cigarrillo ni tabaco, ni hace ademán de acercarse. Estoy a punto de pensar que no es tan deficiente mental como parece.
Lo que yo os diga, la única justicia que hay es la que uno mismo aplica.
La única norma es la que te dicta el instinto para hacer lo correcto en el momento adecuado. Y la prueba está en que el instinto le ha dicho a la gorda que no era buena idea molestarme y lo ha puesto en práctica.
Hay cosas tan obvias como un truño* en la nieve.
*(Nota del autor. Truño: una mierda como un puño)
Y coñorín coñorado, este cuento se ha acabado.
Moraleja: dale caña y tira. Si tienes que esperar que la ley te ayude, lo tienes crudo.
Tic, tac, tic, tac...
Alea iacta est y veni, vidi, vici.
(Sé latín).
Llevad siempre una buena barra de hierro encima, no siempre encontraréis material didáctico a mano.
¡Eseso-eseso-esesostodo amigos! (Porky Pig, nuestro rey favorito, sin igual)
Precioso...



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13 de marzo de 2010

Padre bastardo



Ojalá no lo fuera. Ojalá fuera un padre sencillo sin complicaciones. Un padre natural.
Pero soy tu padre bastardo. Es algo que ha ocurrido sin darme apenas cuenta.
Mamá es tremenda, crea cosas que jamás han existido. Cosas que nadie siquiera ha osado nombrar.
Ámala como yo, ámala infinito, mi pequeña.
Soy papá bastardo. Nadie ha renegado de mí, nadie me ha rechazado; pero llegué tarde, mi pequeño cielo. Fue sólo una cuestión de tiempo.
Una cuestión de lugar.
No tuve suerte, pequeña mía.
Lo importante, mi pequeña, es que te desarrollarás y nacerás entre unas fuertes corrientes de amor que te harán especial. Aunque por ser hija de mi bella (tu mami) ya naces especial.
Mamá es un poco bruta amando, es arrolladora. No te preocupes pequeña, aunque parezca violento el amor, es hermoso. Ya lo entenderás.
No sé si será bueno que ya de tan renacuaja sepas del amor y del deseo; pero no podemos ni queremos evitarlo. Hay bebés que nacen entre muerte y miseria.
No puede hacer daño que estés rodeada de amor.
Vivimos, bebemos y comemos nuestro amor. Mamá no puede evitar que yo ame cada fibra de su ser. Ni que yo considere que soy tu bastardo padre.
Perdona mi pequeñita, que grite tanto el amor por mamá. No puedo amarla en silencio, duerme pequeña, tranquila porque dos corazones laten por ti. Sólo son gritos de amor.
No es malo, cielo. Ser tu padre bastardo es una gracia que me ha otorgado mamá. Un privilegio, el acto más bello.
Tan bello como lo que un día escribió mami: “Si pudiera encontrarte para que lamieras sus primeros pasos, solo entonces valdría la pena abandonar la sabana eternamente.”
¿Sabes, mi pequeña? Esa frase se me clavó como un sable en el corazón, no he leído jamás nada de tal belleza y ternura: “lamieras sus primeros pasos”.
La repito, la imagino, la siento. Esas palabras son amor y ternura en su estado más puro y primario, mi pequeña. Obligan a amar con una fuerza desmedida. Y me sentí catapultado hacia el espacio y ser un cometa volando a vosotras.
Mi pequeña, lameré cuidaré y besaré cada uno de tus pasitos.
Un día muy cercano, mamá te abrazará y tendrá en su piel un aroma especial, la impregnaré de mí. Entonces abrázala, aprieta sus cachetes que son como los tuyos y cuando te dé besitos, aspira su aroma. Que será el mío también. La habré amado tanto que habrá rastros de mi piel en la suya.
Ese seré yo, mi pequeña.
Un padre bastardo del amor.
Un día me reconocerás y me darás la manita para llevarme hasta mami ¿va? Sería bellísimo.
Y aún que no has nacido hazme un favor: presta atención a los sueños de mamá y me verás. Me sentirás. ¿Podrías parecerte un poquito a mí? Aunque sea algo casual.
Una uña, un gesto, una mirada. Me gustaría tanto.
Sería un regalo para mamá también.
Que un día jugueteando con un lápiz, dibujes una letra que se parezca un poquito a la mía.
Es que cielo, ser un padre bastardo es precioso; pero a veces camino con los pies descalzos por una alfombra que impregna melancolía y tristeza.
A veces uno se siente inconsolablemente solo por mucho que te quieran.
¿Me harías ese favor? Si no puedes no pasará nada, te amaré igual, mi pequeña.
Aunque sólo sea un pelito. Es una sorpresa, un regalo para mamá.
¡Shhh...! Y sé discreta, que se te escapa la risa como a mamá cuando piensa en... Bueno, ya te contaré cuando seas mayor.
Tienes la inteligente y traviesa mirada de mamá.
Eres una princesa.
Os quiero.
En ningún momento te olvides de querer mucho, mucho a mamá.
Qué secreto más bonito, mi ángel. Un papá bastardo no lo tiene todo el mundo.
No te preocupes, aunque el tiempo y el espacio me hayan convertido en un padre remoto y oculto, sonrío feliz, pequeñita mía.
Estos arranques de tristeza no son desdicha ¿eh?
Papá bastardo es más feliz de lo que nunca fue ni creyó llegar a ser.
Y cuando llegue el día en el que papá bastardo se deshaga en el tiempo, se diluya y se agote como a todos nos pasa, esta carta aún seguirá en un rincón de tu cabeza y de una forma u otra, te daré un besito de buenas noches todos los días.
Y ahora te dejo tranquila, que tienes que desarrollarte y hacerte fuerte para crecer.
Y se suave cuando nazcas, mi pequeña; que mamá es flexible pero no de goma.
Duerme feliz pequeña, que mi mano es cálida en el vientre de mamá.
Os quiero.

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6 de marzo de 2010

Lucrecia vs. 666


La marea de sangre se extiende lenta y perezosamente por el oscuro y desgastado pavimento de la pequeña y funcional iglesia.

La mujer ha confesado ante el degollado su profunda y metafísica necesidad de asesinar y mutilar todo aquello que tenga un pene entre las piernas.

Ahora limpia con una toallita húmeda las salpicaduras de sangre de su rostro, aún de rodillas en el confesionario. Su traje de chaqueta oscuro disimula el resto de manchas.

Abre la puerta del confesionario para dar una última mirada a su obra y decide arremangar la sotana del sacerdote. Le saca los calzoncillos sin apenas dificultad y separa sus piernas para que sus genitales luzcan despejados. El pene se ha encogido tanto que desaparece entre la rizada mata de vello del pubis.

Es un cadáver de mediana edad y de una palidez cerúlea.

Ni siquiera el eterno olor a incienso da cuartel a la intensa fetidez de la sangre y la orina que se deslizan por el piso de madera del confesionario hacia el exterior.

Observa ensimismada los genitales que algunos niños han besado y acariciado. Algo cotidiano y secular en todas las religiones.

En nombre de los dioses, los niños se acercan a sus violadores y asesinos sin temor y las mujeres son asfixiadas con velos y leyes. Los machos sólo viven para joder a mujeres y niños.

El hombre frena su lujoso deportivo ante la puerta de la pequeña iglesia en una corta y ancha calle de un barrio obrero, en una calle donde se encuentran tres edificios altos de ajadas fachadas descoloridas y ventanas tan apretujadas unas contra otras que nadie podría adivinar cuantos pisos hay por planta. No hay un solo balcón que rompa la monotonía y la vulgaridad de las fachadas. Cuando sale del auto los mira brevemente con cierto disgusto, sopesando la idea de derribarlos con todos sus habitantes dentro.

Alza el mentón olisqueando el aire. Huele a sangre, coño y muerte.

Sus músculos se tensan bajo la camisa tejana demasiado holgada. De forma automática mastica con ferocidad el aparatoso habano que parece pegado a sus labios.

Se arremanga la camisa dejando al descubierto en la parte interna del brazo, tres seises tallados a cuchillo en la piel. Un tatuaje que jamás cicatriza, que sangra eternamente. Casi infectado.

Un cuchillo clavado entre los omoplatos, encajado entre la piel como un bolsillo de carne viva, crea un bulto extraño y poco estético en la camisa.

Alguien podría pensar que en lugar de ser su arma inseparable, es un corrector ortopédico. Alguien podría morir, incluso aunque no se fijara en aquel hombre.

La camisa se agita ante una ráfaga de aire elevando el faldón, que al alzarse deja entrever la culata de una potente pistola Desert Eagle dorada. El viento cesa de repente como si no le gustara lo que ha visto.

666 aspira con delectación el aire de lo podrido y la maldad. A cura muerto más concretamente.

Las paredes de la iglesia tiemblan imperceptiblemente cuando pisa el patio de la misma para acceder al interior.

Quien construyó las viviendas, debió construir la iglesia con los restos de materiales. Es un simple cuadrado de ladrillo y cemento.

Abre una de las puertas laterales y entra a pesar de la ira de Dios que le grita desde el cielo. Le prohíbe la entrada.

-Histérico de mierda... -musita un tanto harto 666.

A mitad de la nave hay un confesionario y frente a él una mujer apoya sus nalgas en el respaldo de un banco, fuma. La falda ha subido por encima de las rodillas dejando ver unas torneadas piernas envueltas en medias negras.

666 presta atención a la oración de la mujer.

- ¿Debería cumplir una larga penitencia, padre? ¿Cuántos avemarías vale su vida plena de infantiles lechadas?

La mujer siente la presencia de alguien y dirige su mirada a la figura que apenas se discierne en la penumbra. Incluso el silencio resuena con mudos ecos en los muros de las iglesias.

-Mire cura, otro pecador le espera. Lástima que sea adulto y posiblemente se pueda defender -dice al cadáver degollado que muerde entre los dientes su propia lengua amoratada. La laringe asoma por el devastador corte que va de mandíbula a mandíbula. Y sus ojos en blanco parecen interrogar al cielo.

Saca del bolso la navaja de afeitar y la abre con un rápido movimiento de muñeca, pegándola a la pierna para ocultarla a la vista del intruso.

666 avanza hacia ella y a medida que sus pasos fuertes y lentos se escuchan más cerca, la mujer siente una especie de angustia creciente.

-Lucrecia, atenta. Eso que se acerca apesta a muerte -se murmura a si misma.

Los ojos de un indeterminado color ardiente de 666 se clavan en los de Lucrecia, para luego posarse indecentemente en sus pechos con una rijosa sonrisa. Entre los botones de la blusa se aprecia una porción de la copa del sujetador.

La mancha de sangre y orina se extiende hasta casi mojar la suela de sus zapatos de correa y tacón alto. 666 está cerca. Lo suficientemente para ver su camisa arremangada y manchada de sudor. Lucrecia retrocede con cautela sin apartar la mirada aproximándose un poco más al altar y casi frente al púlpito.

Su mano se cierra con fuerza en el mango de la navaja y su sexo lubrica de una forma anómala.

Su odio es mayor que el temor que el instinto dicta.

Es sólo otro hombre de mierda.

666 se planta frente al confesionario, y ladea la cabeza a un lado para encuadrar mejor la muerte que hay dentro. Eleva la mirada al techo de la iglesia y deja escapar la risa de una hiena. A Lucrecia se le eriza la piel.

Observa cómo el hombre saca un puñal de mango negro y plateado por encima de su cabeza. La hoja está sucia de sangre fresca.

Odia a esa cosa que provoca en ella tanta repulsión y atracción como desconfianza y temor.

-Lo has hecho bien, primate; pero para mi gusto el religioso aún está demasiado entero.

666 introduce el torso en el confesionario y emerge tras unos instantes con el pene del sacerdote en la mano.

- ¿Seguro que no lo quieres?

-Si quisiera esa porquería, se lo hubiera cortado yo misma. No estaba esperando al primer pirado que entrara para que le cortara la polla al cura. ¿Acabas de fugarte de un manicomio?

-Yo soy el manicomio. Lo que contiene y mantiene lo más podrido de vuestro pensamiento. Y tú tienes una parte muy importante de toda esta insania. Tal vez, si eres buena mamando te perdone esta vida. Primates como tú son necesarios para regular la densidad demográfica de los monos.

Lucrecia maldice la suerte de haber encontrado semejante tarado en una triste iglesia a la que nadie entra.

666 lanza una risotada que degenera en el gruñido de un cerdo.

El corazón de Lucrecia pierde un latido.

-Podría arrancarte el corazón y meterte esta pene en su lugar, sería magnífico ver la cara de tu forense cuando te raje el pecho -666 hace saltar el pene en la palma de su mano.

Lucrecia piensa, lejos ya de sentir temor, en cortarle esas manos que huelen a carne putrefacta y meterle el pene en el culo.

666 la mira con curiosidad y empuña la culata de la pistola bajo la camisa para acto seguido disparar al pecho del cristo crucificado que preside el tabernáculo del altar.

Lucrecia apenas se sobresalta por la detonación que se repite un millón de veces en los muros de la nave. No le asusta el ruido, de hecho, la mujer no sabe qué cosas le asustan o le podrían asustar.

Se separa aún más de 666 y se acerca al altar.

666 avanza hacia el altar con decisión sin intentar acercarse a Lucrecia.

En el grueso agujero que la bala ha hecho en el pecho del crucificado, introduce el pene con una sonrisa apenas contenida, como una pequeña tos que no puede retener.

- ¿No está mejor así el Nazareno? ¿No es cierto que con una polla en el pecho, es más asequible a vosotros, más afín? Dios es una cafetera defectuosa que hace un café aguado. Ese divino maricón se pierde en bondades. Es un error, el arte requiere impactar.

-Te voy a dejar tranquilo con tus delirios. Me aburres. Sé hombre y no me dispares -le dice fríamente Lucrecia.

-No te irás -replicó con un siseo venenoso 666 apuntándole a la cabeza. -Yo me voy a relajar en el altar y tú me vas a comer el rabo como si fuera la más deliciosa carne de cristo, primate de mierda. Hasta que tus medias de puta se empapen de puta excitación. Luego podrás seguir matando sacerdotes, monaguillos o al papa si te da la gana.

Lucrecia presionó con fuerza el pulgar en el filo de la navaja hasta que sintió el metal hundirse en la carne. Necesitaba aliviar la presión sanguínea que aumentaba con el odio, con el deseo de partir en dos al cerdo.

- ¿Cómo sé que no me matarás cuando me hayas llenado la boca con tu leche?

-Lo sabes porque te lo digo yo. Si supieras qué soy, sabrías que nunca miento. No merecéis los primates que pierda el tiempo inventando mentiras. No lo necesito. La muerte llega al mismo tiempo que la verdad que canto. ¿Mentir yo a unos piojosos, primates? Yo soy un dios; pero no ese maricón rodeado de querubines.

Ven a comulgar con mi polla aquí en la casa de vuestro señor.

666 se tiende de espaldas a lo largo del altar, abre la cremallera de la bragueta y saca con dificultad el pene erecto y oscuro como carne corrupta.

Un intenso olor a orina y excrementos invade la atmósfera de la iglesia y Lucrecia siente náuseas mientras el cañón apunta a su cabeza.

El cristo del tabernáculo ha girado la cabeza a su siniestra para no mirar el sacrilegio que hay en el altar. Lucrecia cree ver una lágrima correr por su cerámico rostro.

Su mente funciona frenéticamente para encontrar una salida a la situación. El profundo corte en el pulgar duele tanto que apenas tiene tiempo para pensar en el miedo.

Se saca los zapatos y se acerca al altar.

666 taladra literalmente su pensamiento y su cuerpo actúa sin su consentimiento.

Abre la boca hasta casi desencajar las mandíbulas sujetando ese bálano duro y húmedo. Cubre con sus labios el glande lubricado que palpita como un corazón en su lengua.

Por un segundo, por un instante la atroz presencia de aquel ser en su pensamiento cede para dar paso al placer.

Ella nació para matar y si tiene oportunidad, mata y daña.

La navaja vuela veloz, la boca se retira, las uñas rojas resaltan en el cuerpo venoso del pene que sujeta. El filo de la navaja entra en el meato casi dulcemente.

Y sigue cortando hacia abajo hasta llegar al pubis.

El grito de 666 provoca que los ojos del cura muerto se abran.

El pene partido en dos en toda su longitud es una fuente de sangre.

Cuando 666 ha cogido y unido en el puño las dos mitades del pene, Lucrecia ha desaparecido dejando sólo sus zapatos a unos metros del altar.

666 separa lentamente los dos trozos en los que se ha convertido su pene y los observa con curiosidad, se enciende un cigarrillo mientras el sudor gotea desde su nariz. No hay dolor, sólo una oscura ira. Algo ponzoñoso. Desearía matar a la humanidad entera.

El cigarro crepita cuando quema la sangre con la que se ha manchado.

Sus ojos son dos rendijas que ocultan una ferocidad implacable.

Saca el puñal de su espalda de nuevo y vuelve al confesionario, de allí saca el cadáver del cura y lo extiende en el altar.

Con un tajo rápido corta los músculos del vientre y con las dos manos desgarra la herida para abrirla, dejando los grises intestinos al aire. Hunde la cara en las vísceras aún tibias.

Se baja los pantalones, el pene partido parece dos tiras de carne sangrante que se agitan por el viento con cada gesto.

Con un grito de ira, vuelve a unir ambos trozos de carne en su puño y subiéndose al altar hunde el pene destrozado en las tripas del religioso.

Una estatua de la virgen se ha roto.

Lentamente su respiración se torna pausada y siente su pene unirse, curarse y cicatrizar.

Cuando saca el pene de allí, está completamente curado de hecho, no hay cicatriz alguna. Se masturba lentamente sentado sobre el pecho del cura, evocando la boca de la puta asesina.

Su semen levanta pequeñas nubes de vapor cuando toca el suelo sagrado. Escupe en la boca del cadáver y se ajusta el pantalón empapado en sangre.

Cuando se dirige a la salida, entra una mujer con un pañuelo negro en la cabeza, se dirige a la pila de agua y cuando se va a santiguar mirando el altar, 666 le aprieta el cañón de la pistola en la frente y dispara.

-Es tu hora vieja.

La tapa craneal sale despedida y queda flotando en la pila de agua bendita. El cerebro de la mujer salpica el suelo en una línea recta en la dirección del disparo.

La grúa municipal está trabajando en su coche, ya lo tienen en el aire, preparado para llevárselo al depósito.

-Lo siento jefe, lo tendrá que recoger en el depó...

666 le abre la barriga desde el ombligo al diafragma con una certera puñalada. El otro operario recibe un tiro en la cabeza que le sale por la boca cuando intenta meterse corriendo en la cabina de la grúa.

Acciona los mandos de la grúa y el morro del Aston Martin cae pesadamente al suelo de nuevo. Se sube en él y arranca sin ninguna prisa.

Lucrecia ha entrado en una zapatería, la dependienta mira atónita sus pies desnudos y las medias destrozadas por las que asoman unos dedos bien cuidados de uñas pulcramente pintadas.

-Me han intentado robar y he tenido que quitarme los zapatos para poder correr.

- ¿Quiere que llame a la policía?

- No me han robado nada, sólo quiero unos zapatos y sacarme estas medias.

La dependienta le indica donde se encuentra el lavabo para que pueda quitarse las medias rotas. Aprovecha también para limpiar la fea herida del dedo taponándola con papel higiénico.

Aún siente su sexo húmedo. A su pesar evoca el placer del pene invadiendo su boca y siente deseos de vomitar.

Vomita.

Desde la cercana iglesia llegan los rumores de un coro rezando un avemaría, a pesar de que la iglesia está vacía.

Lucrecia piensa que no hay nada por lo que valga la pena cantar. La carne muerta carece de sensibilidad, como ella.

No existe lo espiritual, no hay más vida que la de la carne. El resto son paranoias que se pueden operar cortando el tejido afectado.

Le duele el dedo.

- Maldito loco...

Siempre sangrienta/o: Lucrecia vs. 666


Iconoclasta

201003031623


(Lucrecia es un personaje exclusivo creado por Lucrecia B. y el cual he usado con el permiso de la autora(http://teo-nanacatl.com/autores.php?id_user=169).


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5 de marzo de 2010

Super Fuerte




Suplico, ruego, exijo que alguien me ayude a deshacerme de esta fuerza descomunal que poseo.
No es que sea pretencioso y vanidoso. Sólo soy desgraciado.
No hay nada de bueno en ser tan fuerte.
Estoy tan solo como fuerte soy. O tal vez más.
Cada día es peor. Acabo de vomitar.
SF (Super Fuerte), son las iniciales que llevo bordadas en mis calzoncillos, soy discreto con un simpático toque de vanidad. Para que borréis esa sonrisa de astucia de vuestro rostro, sabed que las iniciales las llevo grabadas en la cinturilla elástica, no en la zona delantera.
Estoy borrando la F de todos mis calzoncillos y camisetas interiores, de los pañuelos. La cambio por una T.
Es más adecuado.
Porque todo es grande y pesado lo que me ocurrre, en proporción a la fuerza.
Las lágrimas son super lágrimas. No mola. Ojalá salieran al exterior y no fueran de esas que te inundan las entrañas por dentro y sientes asfixiarte.
Los más fuertes gritan y lloran más. Sienten más el dolor y el amor.
Y también somos más cobardes.
Y nos mordemos los labios para que nadie nos vea llorar. Aunque la verdad, los muerdo con la ilusión de que el dolor desborde aunque sea una sola lagrimilla.
Yo no sé mucho de medicina; pero he visto jeringuillas enormes en las consultas de los médicos. A veces sufro enfermedades terribles. Es una mierda ser tan fuerte porque sólo las peores infecciones y bultos hacen mella en mí.
Esas jeringuillas con sus largas agujas podrían llegar a mi corazón atravesando el pulmón. Puedo aguantar el dolor, soy super fuerte.
Por poco tiempo si alguien me ayuda.
Que el médico clave, tire del émbolo y absorba un trozo del corazón.
Con la mitad del corazón sería la mitad de fuerte.
Me han extirpado tres tumores como pelotas de ping-pong de los testículos. Y yo que pensaba que estaba bien dotado...
Soy super cretino.
Un testículo me lo amputaron, el izquierdo. Pero como soy super fuerte, aún me queda un super huevo.
El otro día estornudé sangre.
Y también la lloro.
Por eso cambio la F por la T.
Es justo.
Yo no quiero ser fuerte. Ni tener super visión, no es de rayos-x; pero lo veo todo con una claridad desalentadora.
No hay una mujer que me quiera. Supongo que al ser tan super fuerte, les parezco super antipático también.
Estoy solo.
Me gustaría que mi padre estuviera vivo y decirle con mis super lágrimas: Padre, no estoy bien, ¿Quieres poner una mano en mi hombro? Confórtame a pesar de mi super fuerza.
He visto como mueren los besos de los amantes apenas han volado un par de centímetros de sus labios. No tengo esperanza. Ellos dicen que los besos vuelan, que llegan. Pero yo los veo morir cada día.
Respiro besos muertos. Lo veo caer haciendo torbellino y me sacudo con premura los cadáveres de amor de la ropa. Como una ceniza dorada que se confunde con polvo y polen.
Una vez amé y fui amado. Y lancé besos que morían apenas volaban. Pero siempre hay alguien mejor, alguien a quien se le puede amar más. Tener super fuerza no significa que tengas super suerte. Y así acabé muerto como los besos. Amó más a aquel que no tenía super fuerza. Es normal que me dejara, es razonable. Yo me odio. He tenido que aplicar el super olvido, porque no era posible vivir sin ella.
En algo me ha sido útil: olvidé su rostro. Incluso a veces dudo que llegara a amar y ser amado.
A partir de ahora, soy Super Triste.
Podría poner la S de Solo. O bien: STST (Super Tremendamente Solo y Triste). Lo dejaré en ST, no quiero pasarme la vida bordando.
Duele.
Quisiera simplemente dejar de ser fuerte y llorar. Llorar por todos esos abrazos muertos y los efímeros espejismos de manos entrelazadas. Manos y abrazos muertos que llueven por todas partes. Quisiera no ser fuerte para evitar la verdad.
Pobres amantes... No sirven para nada sus abrazos, no llegan. Tienen menos vida que las mariposas. No cruzan ríos, mares, ni montañas.
Mueren a sus pies.
Que nadie lo sepa, que sigan engañados. O se tornarán super tristes.
No más muertes por favor.
Super Triste...
¿Y si mi fuerza radica en el cerebro? Pues esa misma monstruosa jeringuilla se podría insertar a través del iris de mi ojo, el que lleve directamente a esa excrecencia callosa que me da esta inusitada fuerza. Que la traten como un tumor maligno.
Que tiren del émbolo y absorban fuerza, ya sé que la tristeza es ya inoperable, me conformo. Pero por favor, que me quiten esta puta fortaleza que me impide llorar. Que impide que me retuerza ante los miles de besos muertos. A veces les gritaría a los amantes que no hagan eso, que no sirve de nada el amor que lanzan; se muere. Como si se cansara de agitar sus alas a los pocos segundos. Cae muerto el amor en la distancia. Como un colibrí que nació débil y cansado.
Pobres...
A mí no me preocupa, jamás tendré ese problema. No me quiere nadie. Ni mi padre está aquí para engañarme diciendo que todo está bien. Que sólo es un mal momento, que a todos nos pasa.
Necesito debilidad para desfallecer y así descansar con mi cabeza en su vientre.
Y no hay vientre sobre el que pueda llorar, ¿lo hubo algún día?
A veces me siento como un niño triste que no sabe porque tiene ganas de llorar.
No pediré anestesia y firmaré un documento exonerando de responsabilidad al médico por la destrucción del iris cuando la aguja lo reviente.
Prefiero ser tuerto que fuerte.
Triste... No podré extirparme jamás la tristeza, a menos que me arranquen el cerebro entero.
Es una buena idea, por que cuando no amas ni eres amado, la vida se hace ¿invivible? Estoy muerto como un beso en la distancia, quemado como un papel lleno de juramentos de amor que alguien quemó una noche para que sus cenizas volaran.
Y se quedaron en el fondo del mar.
Así mismo, descargaré de responsabilidad al galeno o sanitario en caso de muerte cerebral.
Prefiero la imbecilidad de un coma, a la fuerza de las lágrimas presionando sin encontrar salida.
Soy lo que cualquier médico sueña: un paciente perfecto que nunca levantará denuncias ni quejas.
No puedo seguir siendo super fuerte por más tiempo. Ahora he mutado a triste y creo a veces que la vida se me escapa por los poros de la piel y me arrugo como un globo pinchado.
Debería haber un momento en el que el cuerpo y el pensamiento se saturen de amor y deseo y se desconecte la poderosa función Desesperación.
Quiero morir de amor, no agonizar toda la vida.
Parece que he nacido para ser desamado.
Padre: tu mano por favor. No hay una mujer que me diga que todo está bien. A veces pienso que es una suerte que estés muerto. Si tuviera un hijo, no me gustaría que fuera super triste. Le descerrajaría un tiro en la cabeza para que dejara de sufrir.
Cabe la posibilidad de que cuando pierda mi super fuerza, encuentre a mi amada. Y sea un pobre tuerto.
Da igual, la amaría toda la vida, tuerto, sin corazón, sin un huevo...
Joder... Tengo todo lo bueno para ser amado.
A veces me río aunque sea cruel.
Estoy acostumbrado al dolor.
Porque lo que está claro, lo que sabe hasta el gato del idiota de mi vecino, es que la voy a amar toda la vida. Casi ciego, sin corazón o con los sesos hechos papilla.
¡Oh, doctor carnicero! ¿Y si me clava la aguja en la nuca y hacia arriba? Hasta que toque hueso. Yo apoyo la cabeza entre las piernas de mi bella. Ella es la única capaz de conjurar el dolor, mi dolor por ella. No es que sea mala, es que la amo tanto que duele. Sus preciosas manos sujetarán mi cabeza y con esos hermosos y húmedos ojos me tranquilizará chistando suavemente: ¡Shhhh... No pasa nada mi amor!
Y yo callaré.
Puede que no pueda evitar hundir mi nariz en su coño para aspirar los alucinógenos fluidos que manan de él. Es normal este punto de lujuria dada mi fortaleza física.
No se me puede tachar de obsceno por ese lógico y comprensible acto.
¿Estoy loco, verdad? No tengo bella, son paranoicas alucinaciones.
No llore doctor, estoy acostumbrado.
Soy un enfermo aquejado de hiper fuerza. Soy algo de lo que sentir lástima cuando se me ve debatir en el suelo aquejado de un dolor, sujetando el vientre con una profunda sensación de falta.
Si yo viera a alguien hacer eso, pensaría que sufre próximo a morir.
Tendría piedad y le pegaría también como a mi hijo, un tiro en la cabeza.
Lo mínimo que pueden hacer es clavarme esa jeringuilla y tirar del émbolo para arrancarme al menos el sesenta por ciento de mi fuerza.
Hasta Superman tiene kriptonita para descansar.
Tiene a Super Woman.
Yo ni eso. Lo mío es infinitamente peor. No existe una bella que con su amor inhumano alimente mis músculos y mi ánimo.
Ojalá supiera que un día me amaron. La vida sería más vivible.
¡Oh, doctor Frankenstein! Ayúdeme se lo ruego. No soy su creación; pero realizó un juramento hipocrático. Apelo a su compromiso por aliviar el dolor, para preservar la vida humana. Extírpeme la fuerza antes de que me convierta en algo parecido a los besos de los amantes.
En algo muerto a mis propios pies.
No hay cabinas telefónicas para llorar, ni para cambiarme de ropa y escapar de mi propia tristeza dejándola en el suelo como una muda de piel.
Una vez fui amado, estoy seguro...
No hice nada malo, sólo que el otro era mejor.
Es triste perder.
Doctor, clávela ya por favor.
Tire del émbolo.
O déjelo, yo me pego un super tiro, está todo mal.



Iconoclasta

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