14 de noviembre de 2009

A tí

A tí:

Prometo no decir adiós al final de la carta. Adiós es una palabra dolorosa y punzante. Comenzaré mandando besos oscilantes como el aleteo del colibrí sorbiendo tu miel, apenas tocándote, suspendida en el aire.
Empiezo con un dato dulce porque de esto es de lo que carecemos. Temporadas de heladas transcurridas arrugando y quemando nuestras pieles. Imágenes monocromáticas corriendo en el oxidado carrete de la memoria. Traducciones de lejanas lenguas con hirientes mensajes y con la única alternativa de aceptarlas sin consuelo más que nuestras propias carnes lamidas.
Somos un rompecabezas pensante, armaduras de fisuras visibles y escondidas con el aceite consumido en las bisagras.
Aún así, hemos aprendido después de las centurias: ¿Lágrimas? es más gratificante la soberbia. Te engrandece, te infla el pecho, incluso puedes esconderte detrás de tu propia imagen gigantesca.
Hemos endurecido el gesto para todos, reservado las sonrisas para pocos momentos.
Sólo es en el silencio, clandestinos, cuando soltamos las fajas que detienen los alientos, brotan los destellos de las miradas y permitimos que las pieles se abrasen. Entonces crece el vapor de nuestra aura, bota la escarcha milenaria y tu piel se despetrifica.
Los órganos y las partes cumplen con la función con que fueron concebidas antes de todos los años. Los mimos germinan involuntarios, los molinos giran pesados moviendo las aguas y la melaza se presume incandescente con su untuosidad que nos une en constantes convulsiones.
¿Y hoy me dices que tienes miedo?
La perfección no es un término reconocible para nuestra mente. No debe de serlo. Una cadera cansada y rota no es motivo de vergüenza. Pobres de aquellos que aun con tobillos firmes no saben cuál es su camino.
Seré bastón, andadera o mejor aún reptaré a tu lado, desgajando los codos y tragando puños de tierra. Así de hermanados somos los extraños.
Por el simple deseo de soltar el rejón que empuño, por la simple gana de no escuchar más el goteo torturante, más nunca por el mínimo dolor que experimento, por eso hoy te dejo este manojo de letras, a ti, que seguramente sonreirás con los ojos caídos, con el beso consumido, entendiéndome mientras se calma mi ira con tus tantos encubiertos suspiros.
Por la calma que merecemos
un beso, miles…
Hasta siempre.
G.

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