30 de septiembre de 2009

Mi hermanito pequeño

Tengo un tumor que es prácticamente mi hermano. Ha creado su propio mundo en la pierna derecha. Y la mantiene siempre calentita, hinchada...
Tibia la tibia...
Es tan entrañable tener a alguien que te quiere...
Más concretamente, alojarlo.
Se ha hecho un nido el pobre, de tejido dañino y podredumbre. Mi hermanito no da trabajo, apenas se mueve más allá de la rodilla, como si clavara sus tiernas uñas en la rótula, como en una pizarra arrastrándolas.
Como arrastro mis uñas en las paredes buscándola...
Soy el hermano mayor y tengo que tener paciencia. Le tengo mucho cariño.
Porque es como yo, está alojado entre cosas mal hechas, en tiempo y lugar erróneos.
Está mal como yo por dentro. Como yo por fuera.
A veces lo miro, le deseo buenas noches, lo mimo con cremas. Hidrato una piel negra y seca, y unas cicatrices que duelen al posar la mirada en ellas.
Pero no puedo evitar mi crueldad intrínseca: “Así te mueras hijo puta”, pienso con un tono muy bajito para que no me oiga, para no herir sus sentimientos de mierda.
Es curioso, cuanto más la quiero a ella, más odio a mi hermanito.
El amor es fratricida.
Como mi hermano es pequeño, debo ser cuidadoso. Por ello al caminar da la impresión que cojeo, como si pisar con fuerza y seguridad fuera a destrozar un cartílago rígido. Yo creía, cuando me abrieron la pierna, que me habían cambiado el tendón por una varilla de hierro. Pero mi carnicero dijo que no, que era mi hermanito que tiraba de él y lo hacía así de rígido. La sangre no llega adonde debería.
Estoy mal hecho...
Así que camino un poco raro, no quiero que se caiga, es tan pequeño...
Cabrón. Un día pegaré una patada en el suelo que pulverizará la rodilla como un cristal estrellándose. Y mi hermanito saldrá despedido, a otro mundo. Aunque me joda.
O tal vez me corte la puta pierna con mi navaja multiusos del ejército suizo que me compré cuando podía subir montañas. Estoy cansado de ser el hermano mayor. No soy bueno, ni soy cariñoso, ni soy un ejemplo a seguir. Ni siquiera estoy contento de ser padre.
Aún así, está tan podrido como mi pensamiento y no puedo evitar sentirme unido a él. A veces él gira la cara cuando me masturbo por ella, haciendo ver que está dormido. Me deja algo de dignidad.
Y por eso no puedo evitar a veces el deseo de darle un beso de buenas noches. Claro, que está tan abajo que me es un poco difícil doblarme. No soy contorsionista. No practico yoga.
Si pudiera besarme el tumor, me chuparía antes la polla, sinceramente.
Esta obscénica lujuria mía acabará del todo con mi cordura.
Con ella no necesito ser contorsionista, la subiré en una mesa y le lameré el coño, haré que pose sus manos en mi cabeza y la apriete contra su sexo hasta sentir mis dientes entre sus húmedos labios inflamados, calientes...
Lo siento por el hermanito, es un poco amoral que el pequeñín tenga que ver esto. E incluso salpicarlo; mas no creo que sea muy digno que me ponga una cortinita o un impermeable en la pierna mientras la follo. Me da igual que me acusen de pervertir pequeños tumores.
Y además, qué coño... Que se joda. Porque un día, si se enrabia el pequeñín, espolvoreará su insania y hará metástasis. Son muy peligrosos los hermanitos cuando se ponen celosos. Y cuando un hermanito se aloja en el cerebro, a la mierda.
Es por eso, que para calmar cierta ansiedad el médico me recetó sedantes, para que pudiera dormir. Yo no tomo eso, es insano dormir así.
Aunque las venas de mis brazos parezcan estar podridas, aún soportan bien el caballo que les meto cada día. La heroína es mucho más sana. Y también duerme un poco a mi hermanito.
Un día me inyectaré matarratas para hacerle daño. Aunque me joda yo.
Yo no quiero otro hermanito en mi cerebro, dicen que cuando se alojan ahí, te cagas y te meas. Y lo que es peor, te puedes olvidar de ella.
Lo tengo todo previsto, me he tatuado su nombre en la frente, y si llega el día en que se amplía mi familia, no la perderé nunca de mi pensamiento destruido.
Tengo recursos, y vi Memento, una película que tuve que ver cuatro veces para entenderla porque la historia iba al revés. Estoy acostumbrado a que todo vaya al revés, pero no me esperaba que una película pudiera ser tan puta como la vida.
En definitiva, pienso amarla y follarla tanto si le gusta a mi hermano, como si no.
Y que no me toque los cojones, porque soy capaz de clavar un tenedor y crear una infección en la tibia tibia que lo achicharrará. Y se quedará sin pierna donde vivir.
(No es que sea un poco imbécil y me repita como un viejo senil con la “tibia tibia”; es puro ingenio, porque los carniceros la llaman una pierna “caliente”).
Soy tan hostil a veces...
Aún así, es tan pequeño, que me hace sentir como un asesino.
Es un hijo puta, que no se fíe. Mi locura va más allá de la alucinación, y puede hacer realidad las más horribles imágenes de destrucción.
Me parece que me estoy balanceando en una tela de araña que no llega a romperse, somos tres elefantes y mi hermano.
“Un elefante viejo en el oficio, con la trompa se tapa el orificio”, canto mientras la aguja entra en la vena suave y dulcemente. El émbolo aplasta miedos y deseos insatisfechos, los macera, la heroína recicla toda la mierda y aleja el tumor.
Si de verdad el tumor estuviera a tantos kilómetros de mí, no le temería.
Que estilizadas son unas piernas largas. ¿O más bien psicodélicas?
No... La psicodelia es producto del LSD, el caballo sólo pudre la sangre.
Se me escapa la risa de la forma más imbécil, es por ello que no me meto el caballo en el asiento de hormigón frente al colegio esperando que mi hijo salga.
Además, las mamás de los otros niños, me pedirían un poco, como cuando me piden un cigarrillo. Mi físico, fuera de una pierna podrida, las pone calientes. Y cuando la heroína colorea mi vida, lo notan y las siento húmedas.
Húmedas madres de maridos anodinos que no se meten jaco en las venas...
Es curioso, cuanto más cerdo eres, más te desean.
Lo absurdo nos hace atractivos, carismáticos.
Y ELLA, mi amada es mi jardín de rosas en medio de esta insania extraña, a veces divertida. Obscena insania...
Amarga como el cianuro.
A pesar de todo, mantengo mi cuerpo en forma, levanto pesas e imagino que es su cuerpo el que levanto con mis poderosos brazos. Son puro magro, aunque las venas picadas les da un aspecto un poco siniestro.
—¡Uy, pobre pequeñín! La pesa de cinco kilos le ha dado de pleno.
Cualquiera diría que lo he hecho expresamente, hijo puta. Deja de radiar el dolor a la rodilla, coño.
No llores pequeñín, que te voy a meter un jaco para que olvides el dolor.
Un elefante se columpiaba en una tela de araña, como veía que resistía, fue a llamar a otro elefante.
Dos elefantes se balanceaban en una tela de araña, como veían que resistía fueron a llamar a otro...
Chissssstt... A ver si se duerme, el hijoputa.
O se muere.



Iconoclasta

24 de septiembre de 2009

Actos de pena y tristeza



Acto I: El ojo crea una lágrima y esta rebosa. Hay algo en la atmósfera que la ha provocado, a pesar de estar abierta la ventana de la habitación. Apenas ha posado un pie en el suelo.

Acto II: La lágrima desciende muy pegada a la nariz, resbala por el labio superior y se filtra entre la comisura de los labios.

Acto III: La boca tiembla. Parece querer decir algo sobre el salobre gusto de la lágrima. Sobre una pena envuelta en belleza. La cortina se agita silente como las blancas alas de una lechuza. Y la luz de la calle que apenumbra, parece hacer foco en su piel.

Acto IV: Es un hecho que la pena sale por todos los poros de la piel. La mujer destila una tristeza que se extiende por el aire y encoge corazón y entrañas. Iperita sintetizada de pura desolación.

Acto V: Desde que se ha creado la lágrima hasta que se la ha bebido, su bello cuerpo no se ha movido. Sigue en la cama acostada de lado. Abandonada a un dolor, a una soledad inmensa. Un llanto quedo.

Acto VI: Está tan terriblemente sola que duele mirarla. No es popular el tormento en alguien de tanta hermosura. Tal vez, toda esa pena la hace inmensamente bella.

Acto VII: La lágrima no es de ella, es de alguien que ha entrado a robar.

Acto VIII: El ladrón comprende que el destino ha querido que la mujer desnuda que desfallece en soledad, sufra más. Se siente el sucio ejecutor de una voluntad pérfida.

Acto IX: De la misma forma que un rayo de luz nos da claridad. Otra lágrima del ojo del ladrón, le da la perfecta idea de lo que es el mundo. Es una lágrima amarga, nacida del hígado. De la hiel.

Acto X: El mundo es hiel y cirrosis. Un juez degenerado.

Acto XI: Concluye que el mundo no merece el magno e íntimo acto de soledad y pena de la mujer. La Tierra es un cerdo al que tanto le dan las margaritas.

Acto XII: El cuchillo es negro como boca de lobo, no lanza destellos su filo. No hay aviso previo. Noche y muerte son íntimas amigas que sonríen tapándose la boca, son risas de sadismo y locura que anhelan el grito desgarrador de dolor y terror.

Acto XIII: Confirma que la bella mujer que llora es un diamante en un estercolero. Vuela el acero, silencioso como la cortina que aletea llamando a muerte.

Acto XIV: El mundo no es un buen lugar para la belleza de la desolación.

Acto XV: La mujer abre sus inmensos ojos sucios de un rímel trágico, cuando el acero penetra por un costado y le roba el aire de un pulmón. Es tanta su tristeza que no ha sentido dolor ni miedo. Si el ladrón mirara su rostro, vería una sonrisa. Paz.

Acto XVI: La cortina se agita con una repentina ráfaga de aire y la tela cruje, un trueno en medio de aquel silencio. El ladrón se acuesta al lado de la mujer y la abraza. Besa la herida por donde se escapa el aire impregnado de una pena. De toda la pena.

Acto XVII: La mujer retiene con sus manos los brazos que la rodean. Y los presiona más contra sí. Parece musitar un agradecimiento. Su calor conforta el brazo asesino.

Acto XVIII: Pompas de sangre se forman en la herida, el sonido del aire a través del estigma de la soledad parece acallar el mundo entero con cierto embarazo. La noche y la muerte son dos chiquillas que en silencio saltan sobre sus zapatitos con emoción.

Acto XIX: El ladrón abraza con fuerza a la mujer. Con la mano del brazo que rodea su cuello, clava el cuchillo bajo la base del cráneo, hacia arriba. Dulcemente, como si pudiera ser tierno amputar la vida. La mujer se desconecta de la vida con una súbita presión de los dedos en su brazo.

Acto XX: La lágrima que ahora rebosa cauteriza su corazón que parece retorcerse abrasado en su pecho. El ladrón aspira el corrosivo vapor de la tristeza.

Acto XXI: Se ha quedado muy solo. Coloca el cuchillo en la inerte mano de la mujer desnuda; conduce mano y cuchillo hasta su propio cuello

Acto XXII: Clava y corta en redondo.

Acto XXIII: Nadie se preguntará porque el hombre mató a la mujer y a si mismo. Ladrón y víctima. Y lo que es peor: nadie se preguntará porque se abrazan con tanta fuerza aún muertos. Los que no saben, los que no han visto, dirán que es pura violación.

Acto XXIV: Están muertos, que más da.

Acto XXV: La soledad y la pena han abandonado la habitación. Se han esfumado junto con las risas de la noche y la muerte, las lágrimas y las respiraciones. Nadie podrá jamás probar que la pena es un dolor que viaja por el aire e infecta el organismo de los seres que tienen ese raro poder de sentir la vida con una intensidad lacerante.

Acto Final: Una tela negra que lanzan al aire dos policías, bate sus alas lóbregas y cubre la escultura de los cuerpos muertos. Un telón que baja sin que nadie aplauda.


Iconoclasta

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18 de septiembre de 2009

Amorstruosidad

Soy víctima de la terrible amorstruosidad. Creía que se trataba de un mito, una fantasía de mi alocada imaginación.
Al principio pensaba que era una alucinación provocada por algún aire o agua contaminados. Pero tenía forma, piel, voz, ojos...
Ojos...




Fueron unas palabras, luego una sonrisa.
Unos labios entreabiertos que parecían esperar los míos. La amé sin querer, sin ser necesario, sin lógica.
No puedo precisar en que instante el amor mutó en ese monstruo de pasión voraz y voraz de pasión. Mi cerebro fatigado piensa que ocurrió cuando admiraba la profunda trascendencia de sus ojos oscuros. Un universo estallando en sus pupilas, y allí estaba yo, mi propio reflejo.
El mundo no mejora a través de ella; pero lo hace soportable.
De hecho, dejó de importar el mundo cuando la amorstruosidad hundió su amor en mí como se clavó Excalibur en la roca.
Quedé encerrado en sus ojos y todo lo que me rodea son creaciones, visiones de ella.
No importa, sé que ella me ama. Lo sé de la misma forma que sé que tengo que respirar.
Es innato amarla, ocurra lo que ocurra.
Y ocurre que no se da cuenta de su poder. La amorstruosidad no entiende de fuerza, sólo derrama amor y provoca tormentos en su víctima. He arañado mi piel desesperado en demasiadas ocasiones.
Un día el amor se expandió, ocupó todo el espacio físico y mental de mi cuerpo, se introdujo por poros que no creía por los que pudiera penetrar ni un virus y sentí la necesidad de tenerla entre mis brazos.
La infección del amor invadió mi ser entero. No hay antibióticos, para ello. Estoy abandonado.
Ahora la amorstruosidad alienta mi ánimo, mi alma. Crea esperanzas y sonrisas donde había indiferencia e ira.
Soy un yonqui, un drogadicto de la amorstruosidad. Me ha creado una desesperada dependencia y no puedo dejar de pensar en ella.
No quiero...
Y necesito mi chute en vena de ella, me metería una aguja gorda como un cañón por tenerla en cada rincón de mi cuerpo.
Es mescalina de amor suicida que anula la auto-protección.
Peyote seductor.
La amorstruosidad es un ser fabuloso que desnuda a su víctima dejándolo indefenso en un mundo hostil. Y ante ella.
Es un amor hiperbólico, hipertrofiado, e hipercalórico. Una mutación excepcional que rara vez se da en la vida de alguien. Sabía de su existencia legendaria por mí mismo, por mis sueños.
Temía que pudiera existir:
“Es sólo amor-ficción”, pensaba.
¿Sabe alguien lo que es desesperar? ¿Retorcer los brazos buscándola? No es placentero abrazar la nada. Uno acaba hipando con el rostro anegado de lágrimas en un patético estado de fracaso y miedo.
Soy viejo y es tarde. La amorstruosidad es más fuerte que yo.
Es la degeneración de la suprema bondad, donde todo se da y lo amplifica hasta convertirse en una aberración; una membrana osmótica que separa el alma de la sangre. Es la degradación de mi voluntad. Soy un mierda sin ella, siempre fui un mierda.
Siempre he sido temeroso de que un día ese monstruo abriera un agujero en mi pecho y confortara el corazón. Que acaparara mi pensamiento íntegro.
La voz de la amorstruosidad posee la frescura de la eterna juventud, matices de sensualidad y lujuria de vivos colores cálidos, la sonoridad aterciopelada de la ternura, un tintineo embriagador es su sonrisa.



A veces sus ojos se cubren lentamente por unos párpados largos y sedosos. Está mirando su propia alma, me mira a mí también.
Es tan bella...
Pierdo un latido por el ansia de besar impunemente esos ojos cubiertos durante un segundo, a traición.



Siento el vehemente deseo de llorar ante la lisérgica amorstruosidad, un ácido que promete un viaje más allá de lo que mi pensamiento puede abarcar. Quiero llorar abrazado a ella, sin vergüenza. Dejarme fluir en un llanto tranquilo, el llanto del que tiene todo lo que deseaba tras una larga travesía por el desierto
No más oasis que al llegar sediento se convierten en asfalto negro.
Misericordia, mi amorstruosidad...
Una lágrima por ella. Como la brindaría a una magna obra de arte que jamás existirá. La amorstruosidad es la cúpula del universo y con ella se ha alcanzado la cima de todas las pasiones. El universo es finito, y pequeño. Y acaba en ella.
Un “te quiero” de la amorstruosidad lesiona el corazón irremediablemente. Yo diría que me lo parte en enésimos pedazos: uno para la ternura, otro para la pasión y un millón para cada uno de sus labios.
Labios que se reflejan en mi mente, en los suyos propios. La sala de los espejos del deseo...



He de ser lascivo, espetarle las más aberrantes obscenidades para intentar interrumpir el llanto, para evitar la total absorción de mi alma. Para buscar algo de paz y no morir de amor por mucho que lo desee. A veces las células de mi cuerpo se obstinan en seguir viviendo a pesar de mis deseos. La pornografía es sólo una triste e ineficaz defensa. La última de mis armas.
Me masturbo llorando, eyaculo semen y lágrimas. El puño se cierra peligrosamente en el pene ante la presión de la amorstruosidad; pero cuando ella lo aferra, es tener al Creador ahí y soy sólo una cosa que gime.
Mi amorstruosidad provoca mudos alaridos que hacen eco en mi cabeza y la convierten en un caleidoscopio de promesas de amor convulso y salvaje que duelen con cada giro; con cada rayo de luz que refracta cada uno de esos oscuros cristales.
Duele amarte, duele toda esa potencia inhumana.
La amorstruosidad es una bestia de amor y placer desmesurados e implacables. Es un vientre inquieto que se contrae impúdico con cada envite, con cada uno de mis descontrolados pistonazos.
Amante, esclava.
Esclavizadora...
Su vientre se contrae pornógrafo y blasfemo con cada espasmo de placer. Su vientre me hace hombre.
Me hace más hombre de lo que soy.
Es en el vientre de mi amorstruosidad donde anida y se expande la voluptuosidad.
Quiero llegar a él por su coño.
Llorar en su cálido vientre no puede hacer daño, ya no.
Y reír con su venia.
Piedad...
Debería gritar de alegría; pero la amorstruosidad no permite alegrías, no permite más que la adoración y la entrega absoluta.
No sé si en algún momento sonrío, porque yo sólo la amo.
Es implacable.
Es la belleza unida a la belleza, encadenada a la belleza, penetrada en la belleza, aplastada en la belleza. Belleza remachada en belleza y belleza y belleza...
Estoy loco...
Es la belleza que destroza la serenidad del hombre-mierda que tanto tiempo ha perdido. Tantos años buscando...
Me cago de miedo de amarla.
Todas mis venas palpitan ante ella y las brújulas la siguen, la señalan indicando el único rumbo posible e inevitable.
Ella hace odioso el mundo. La humanidad no resiste su comparación y todo es sacrificable.
Incluso yo.
No puede haber un final feliz, acabaré fusionándome a ella, dejando de mí unas lágrimas en el polvo. Un gemido al viento.
Y aún así, mi amorstruosidad, aunque hayas aparecido en el declive de mi vida, te ofrezco lo que me queda de vida. Porque tú le has dado trascendencia.
Porque las lágrimas han lavado mi alma, y tu vientre la ha templado.
Sigo temiéndote a pesar de todo, porque no sé si tengo suficiente corazón para contener el arrollador amor que me inspiras, con el que me cubres.
¿No te das cuenta de lo poco que soy? Soy vulgar, soy mediocre.
A veces me siento tan pequeño...
Mi monstruosa amante...
¡Qué importante es morir de amor!
Son importantes los detalles.
Ya no hay nada, sólo miro desde dentro de sus ojos, y no necesito lo de ahí fuera. Algunos se preguntan que fue de mí. Discuten que razones me llevaron a abandonarlo todo y desaparecer para siempre.
Los veo desde aquí dentro, desde los ojos de mi amorstruosidad y nada de lo que hay ahí fuera, puede compararse a estar en ella.
No soy un prisionero, no he sido raptado. Soy su bendita víctima.
Viviré en sus ojos por siempre jamás, hasta que ella me susurre confidencias de amante y disgregue en el aire mi alma, como hizo con mi cuerpo.
Si tuviera cuerpo aquí dentro de sus ojos, si me arrancara los brazos como a un muñeco, me desangraría amándola.




Iconoclasta

15 de septiembre de 2009

666 negociando

No sabía, no estaba seguro del tiempo que debía hervir el arroz.
Cuando uno se dedica a tareas arduas y trascendentes, una simpleza como hacer un arroz se torna un problema irresoluble.
Desesperante si se adereza con una buena dosis de fracaso.
El agua hirviendo ya era más blanca de lo aconsejable, demasiada espuma.
Demasiado trabajo, demasiadas horas invertidas en la ejecución de la última fase del edificio Almena. Por encima de todos los edificios de la ciudad, despuntaba la torre acristalada enteramente con vidrios de color bronce y por supuesto, culminaba con una almena dorada. Un rectángulo perfecto, puro en sus líneas e indecorosamente alto. Situado casi a pie de mar, le daba a la ciudad un aspecto medieval, una ciudad ferozmente defendida.
Bajó la potencia de la placa de inducción, la espuma se encogió y el arroz pareció respirar aliviado. El ingeniero se preguntaba que debía hacer ahora. Decidió dejarlo a fuego lento toda la vida.
Sólo quedaba coronar el edificio con una enorme antena de comunicaciones y transmisiones, y por encima de ella, una baliza roja para señalizar su situación al tráfico aéreo nocturno.
Todo estaba calculado por el gabinete de ingeniería para quien trabajaba. A él le correspondía elegir los mejores presupuestos para la realización del trabajo. Estos eran los que estaban entre los más caros y más baratos. Eran más flexibles a la hora de regatear mejores materiales y una más rápida ejecución sin elevar el coste.
Quinto había regalado a su empresa tres horas al día durante el último año para evitar ser despedido tras la finalización de la obra, tal y como su contrato indicaba.
En realidad habían sido más de tres horas al día, pensaba Quinto con cierta vergüenza.
No había servido de nada. Una vez rematada la última fase, sería despedido.
Cortaba distraídamente unos tacos de jamón y dejó un rastro de sangre en la tabla de teflón. No le importaba manchar el jamón con la sangre de la punta de su dedo índice, ni siquiera se preocupó en limpiarlo.
Su esposa estaba trabajando, su hijo en el colegio. Eran las cuatro de la tarde.
Decidió comer en casa, no estaba de humor para prolongar más la jornada. Se dio cuenta demasiado tarde, el mal ya estaba hecho, había regalado demasiado tiempo para nada.
Quiso celebrar consigo mismo el inminente despido.
Lanzó un grito blasfemo cuando el zumo de la cebolla penetró en la herida del dedo; lo metió bajo el grifo y cuando dejó de escocer, tiró la cebolla y los tacos de jamón en la sartén caliente. Hundió los dedos en el salero y mordiéndose el labio, sazonó los ingredientes con cierta ira.
El dulzón aroma de la cebolla y el jamón le hizo pensar por unos segundos que todo estaba bien, que olía a lo que estaba preparando. Sin engaños.
Tantos cálculos y resolución de problemas que los presupuestos planteaban, le habían obligado a ver el mundo y la vida como algo mensurable y lógico. Todo debería funcionar como en una fórmula. Hay constantes físicas que la vida debería adoptar.
Los materiales tienen un punto de rotura perfectamente definido y aunque difícil de calcular, tiene un sistema, una lógica y una correspondencia.
No como aquella mierda de arroz.
Tampoco era mensurable su despido después de tantas horas y favores regalados. No guardaba proporción alguna con el esfuerzo realizado por mantener su puesto de trabajo. Había pecado de ingenuidad, pero ellos habían pecado de hijos de puta.
Felipe, el veterano delineante de la oficina se lo dijo muchísimas veces cuando llegaba la hora de marchar a casa y Quinto seguía sentado en su silla, tecleando en el ordenador y leyendo todos aquellas cartas e informes.
—Esta gente no se casa con nadie, no regales tu tiempo. No servirá de nada.
—Lo hago por mí, me gusta este proyecto —le mentía Quinto.
Quedaba tan solo un mes para finalizar el proyecto y esa misma tarde, el señor Ginés, dueño de la empresa de ingeniería que llevaba a cabo el proyecto de la Almena, le prometió una buena carta de recomendación junto con el talón del finiquito.
La suerte estaba echada.
No son ponderables la frustración y el desengaño.
Como no sabía calcular el tiempo de cocción del arroz.
Como tampoco sabía como ocultar la vergüenza de contarle a Marga que a pesar de todos sus esfuerzos, se iba a ir a la calle con una carta de recomendación de mierda.
Los perfiles de la estructura de la antena debían de tener en su base un grueso mínimo de veinte milímetros y eso le daba una idea aproximada del peso de la torre. En la vida no hay forma de calcular la masa de miseria que a veces ofrece.
Un sueldo no basta para pagar la hipoteca. Cristo necesitaba calzado para el otoño, pensar en el calzado de su hijo le deprimía. Nunca hubiera creído haber tenido que pensar en unas zapatillas deportivas para su hijo como un coste que contabilizar.
En el otoño caen las hojas y su trabajo.
Algo ha fallado, alguien se ha equivocado en los cálculos del proyecto de su vida. De la misma forma que él se había equivocado al intentar hacer un arroz que no sabía cocinar.
El finiquito no cubriría ni una décima parte de las horas que había regalado.
Y su orgullo estaba seriamente dañado.
Los humanos no responden con dignidad ante la presión. Cuando las cosas no van bien rememoran con añoranza los mejores momentos; como si fueran de una vieja y gloriosa época que jamás volverá.
Estaba revolviendo el frito de cebolla y jamón sin ser consciente que desde su herida caía la sangre por el tenedor de madera.
Tenía treinta y un años y aún no era un hombre bien situado.
La sangre frita es deliciosa, sea de cerdo de dos patas o de cuatro.
Yo me encontraba fumando con desidia en mi oscura y húmeda cueva, mirando como mis crueles lamían la piel de mi Dama Oscura gimiendo desesperados de no tener sus órganos sexuales con los que penetrarla, desgarrarla, reventarla...
En lugar de sus falos, eran las lenguas las que se metían ávidas y ágiles por los orificios de su cuerpo, toda su maravillosa anatomía se encontraba cubierta de mis infectos esclavos, enormes cerdos bípedos con unos afilados y retorcidos colmillos. Sus cuerpos cubiertos de áspero vello, rayaban la piel morena de mi Dama Oscura. Sus lenguas enormes y velludas dejaban húmedos rastros babosos entre sus muslos, en sus tetas, en sus labios.
Mi pene se encontraba en reposo en el asiento de gélida piedra del trono, dormitando entre mis muslos como una serpiente. Respirando imperceptiblemente.
Empapada en babas, la Dama Oscura gemía con gritos que reverberaban en algún lugar de las penumbras observando mi falo fláccido con sus oscuros y feroces ojos. Le molesta mi pretendida indiferencia y a ambos nos encanta este retorcido juego.
A menudo le hago un regalo y eyaculo sin erección, sin un solo ademán o gemido de placer.
Mi semen comenzó a fluir y el placer parecía reventarme los cojones, pero no lo dejé entrever y mi Dama Oscura, abrió la boca en un intenso orgasmo deseando lamer cada gota de mi esencia maligna.
A mis pies, el tronco de un niño, de un primate al que había amputado brazos y piernas por ser hijo de un pastor de la iglesia evangélica (cantan mucho estos primates fervorosos y me molesta, me irritan sus voces), se retorcía desangrándose.
El pequeño de cinco o seis años era una monada. Su sufrimiento, terror y agonía le otorgaban a su rostro una belleza seráfica.
Los ángeles... Esos ambiguos sexuales que son los esclavos y sodomitas de Dios, el Gran Viejo Loco que asesina y hace daño con su ponzoñosa bondad.
El Sagrado Hipócrita Esquizofrénico y Trino es un dios voluble y enfermo. Trastornos tripolares o algo así. A veces mi propio ingenio provoca una risa que congela las almas de todos los seres vivos.
Cayó una gota de semen en uno de los hombros del pequeño primate y sacudí la ceniza del habano, que cayó en su espalda sucia de sangre. Aspiré el aroma de su agonía y el humo del tabaco a la par.
Creé frente a mis ojos una nube tormentosa con todo aquello, y pensé que tal vez Dios desde ella, podría enviarme unas copias de las tablas de las diez idioteces que han de observar sus pequeños juguetes.
Y por encima del aroma de tabaco, percibí el olor de la sangre cociéndose. Y mi pecho se inflamó, mis escleróticas se inyectaron en sangre y mi pene se hizo duro.
Me puse en pie y relinché como un caballo furioso, de una patada lancé al niño casi muerto a las sombras y los crueles desaparecieron de mi vista. Mi Dama Oscura, sin embargo, observaba con interés mi falo.
Oí los pensamientos de un primate especialmente torturado y olí el sofrito de cebolla, jamón y sangre. Sentí hambre y sed. Había oportunidad de negocio.
A veces compro almas a cambio de favores materiales.
Ahí había una. Me dispuse a negociar.
Lo de negociar es sólo un juego, una forma de distraerme, porque cuando quiero un alma, no necesito un contrato ni hacer favores de ningún tipo para destrozar el cuerpo y fumarme el alma como si fuera un porro de marihuana.
De repente, el mundo se enmudeció, no habían sonidos y apenas era audible su respiración agitada. Le recorrió un escalofrío que erizó los vellos de sus brazos. Y sintió una gélida corriente de aire en el rostro.
Y escuchó muy cerca de su oído una risa feroz y peligrosa. Pensó que se desmayaría mientras en la sartén bullía la comida sin un solo sonido. Sin olores.
Sintió unos dedos fríos y ásperos correr por su espalda.
—Es hora de negociar.
Creyó vivir una pesadilla cuando al girar la cabeza, una masa borrosa y etérea tomó forma humana. Olía a putrefacción, a carne agusanada, sangre podrida. A compresas sucias de orina y sangre. Semen viejo y seco.
Olía a todo lo malo que había en el mundo.
—Saca el arroz de ahí, está pasado.
No lo hizo, estaba paralizado. Los ojos verdes de aquel hombre indecentemente ancho de hombros, de estatura media, y de piernas como robles, era a lo único que era capaz de prestar atención.
666 susurró (susurré) su nombre al oído y creyó sentir una lengua bífida y sibilante azotar su oreja.
—Quinto...
Otra forma humana se definió ante él, la mujer de larga melena negra y piel morena, invadió de voluptuosidad su mente.
— ¿Te gusta? Fóllala.
La Dama Oscura se sentó en la encimera de granito y separó las piernas. Bajo la corta falda, su sexo se desfloraba húmedo y el clítoris sobresalía impúdicamente de la vulva. Sintió deseos de arrodillarse ante ella y ahogar su fracaso y frustración en aquel coño brillante. No era su idea, era una invasión con aroma putrefacción de la carne.
—Sé que no crees en el alma; aún así, te la compro. Te doy por ella tu trabajo, un importante aumento de sueldo y años de éxitos y estabilidad. Pongamos unos diecisiete años, hora más o menos. Momento en el cual, vendré a por ti y me llevaré tu inexistente alma y con ella crearé a un cruel más que como los otros, no olvidará jamás que un día fue un primate libre y cada segundo de su existencia estará acosado por la angustia de una vida pútrida, lo cual acrecentará su sed de crueldad. Y serás castrado, sólo tu lengua y tus dedos, podrán entrar aquí —666 separó aún más las piernas de la Dama Oscura y presionó en su sexo con una uña curvada como una garra para indicarle a qué se refería—. Siempre hace falta mano de obra en el infierno. Dios tiene ángeles y yo crueles. Es todo perfecto, todo está en equilibrio y no como tu vida.
Quinto no podía responder, era una pesadilla extraña.
-A ver si así te convences.
Las piernas de aquel hombre se transformaron en pezuñas hendidas, sus brazos se recubrieron de una piel resquebrajada, escamosa y unas pardas alas membranosas en las que pulsaban infinitas venas azules, se desplegaron. Su boca pareció expandirse y una sonrisa babosa de afilados dientes rotos se abrió ante él para lanzar una carcajada que lo transportó a un mundo tan absurdo como oscuro y aterrador. La mujer usaba aquel rabo de carne rosada y resbaladiza que nacía del cóccix del diablo, para acariciar su sexo.
Quinto lloraba de terror puro sin darse cuenta, de hecho, creía estar lanzando alaridos.
—Tendrás dinero y poder. Tu mujer no trabajará, no te preocupará tu hijo nunca más, no habrá problemas de otoños ni zapatillas. A los cuarenta y ocho, pagarás.
666 cogió al hombre por la nuca y atrajo hacia la boca abierta su cara. Y cerró los dientes en la nariz del ingeniero.
—Me llevaré tu alma, de la misma forma que te podría arrancar la nariz; pero si no hay trato, si no me vendes tu alma; te prometo el dolor más exclusivo y largo que nadie pueda imaginar.
Cuando abrió la boca y dejó de ejercer presión en la nuca de Quinto, en su nariz había varios cortes en los que se formaron pequeñas gotas de sangre.
— ¡Dime que hay trato, primate! ¡Dime que amas el poder y el dinero! Dime que envidias a los que aparcan su cochazo en una casa de dos plantas y sus mujeres son putas insaciables eternamente aburridas.
666 cogió su mano y se metió el dedo herido en la boca. La lengua se tornó un filo agudo que penetró y abrió la herida más profundamente. Succionaba la sangre del hombre que se encontraba paralizado por la saliva que aquel ser metía en su sangre.
El diablo dejó libre su mano, sus dientes estaban ensangrentados y por su barbilla se deslizaba una baba sangrienta y espesa, le temblaban los labios de pura gula.
—Harás lo mismo conmigo para cerrar el trato —dijo adoptando su forma humana.
Mordió la uñas de su dedo índice y la arrancó de un tirón. La Dama Oscura, cerró el puño con fuerza en sus muslos protegiendo inconscientemente sus uñas.
—Esto no está ocurriendo, estoy dormido, es una pesadilla —musitaba Quinto con apenas un hilo de voz.
666 sacó su cuchillo de entre los omoplatos, y clavó la punta en un párpado inferior de Quinto, traspasó el tejido y la punta rozó el globo ocular.
—Puedo seguir presionando para que despiertes, primate.
666 apoyó el dedo al que había arrancado la uña en sus labios.
— ¡Chupa!
—Chupa, chupa, chupa... —susurraba la Dama Oscura.
Quinto abrió la boca y succionó. Sabía a hiel, era amarga y áspera la sangre que le regaba la lengua y parecía detenerse en su garganta negándose a bajar. Se esforzó y consiguió tragarla. El siguiente trago era néctar dulce y su lengua lamía la carne despellejada de aquel dedo ardiente para sacar más sangre.
—Ya está, ya eres mío —dijo 666 retirando el dedo de la boca.
Quinto gimió, deseaba más.
Unos cantos inundaron la casa, fuertes cánticos de voces canoras, de una belleza extraordinaria. Se escuchaba el suave batir de unas alas y las sombras de enormes alas se proyectaban en las paredes de la cocina.
—No les prestes atención, Quinto. Sólo es Dios que intenta que te arrepientas. El mal ya está hecho, pero si los escuchas, te podrían estropear estos diecisiete años de fortuna que te esperan. Dios es un zorro, y conseguirá que te vueles la cabeza o te cortes las venas del cuello en el lavabo No escuches nunca a esos maricones blancos, buscan meterse en tu conciencia y de paso joderme a mí. ¡Astutos...! Te diré una cosa, los ángeles mueren, he despedazado a unos cuantos y antes los he sodomizado para después clavarlos en las puertas del reino de los cielos. No son para tanto. Mueren y sufren como cualquier otro ser animado, no los respetes.
— ¡Hola! —era su hijo Cristo que llegaba del colegio.
El silencio desapareció inundado por el sonido de la realidad, aquellos dos seres desaparecieron y tan sólo quedaba de ellos el dulce sabor de la sangre del diablo en su paladar.
Cristo entró en la cocina siguiendo el aroma del frito. Un chaval de diez años alto y espigado, de largo cabello moreno y mirada un poco triste.
Quinto pensó que fue padre demasiado pronto, que ahora desearía que su hijo tuviera menos diez años. Como una temperatura bajo cero, también algo mensurable.
— ¿Qué no me has oído?
— ¡Hola, Cris! —dijo cogiendo a su hijo entre los brazos, lo abrazó tratando de ocultar las lágrimas. — ¿Cómo ha ido hoy el cole?
—Bi-bien... —contestó el crío confuso por el abrazo y el extraño tono de voz de su padre.
El mismo día en el que formalizamos nuestro convenio de alma-fortuna, le hice una visita al señor Ginés, dueño de la empresa Consultoría de Ingeniería de Proyectos Especiales, y le obligué a escribir una carta dirigida al jefe de personal para que prorrogara el contrato de Quinto indefinidamente, con un aumento del cien por cien de su jornal y nombrándole accionista principal. Lo elevaba así mismo, al rango de director. Me preocupé de que dejara la carta encima de la mesa a quien iba dirigida, con una nota que decía: Urgente y Confidencial.
Antes de entrar en su despacho, tuve que rebanarle el cuello al primate delineante, un tal Felipe, que en aquellos momentos, estaba dibujando un proyecto que el propio Ginés le había pasado a última hora.
El hombre no estaba de muy buen humor, a las nueve y media de la noche, un primate no trabaja contento.
Le coloqué una bolsa de basura bien atada con cinta adhesiva al cuello para que no se vaciara de sangre allí. La idea era que los otros primates, los policías, pensaran que mató a Ginés en su despacho y luego se suicidó.
Con Ginés me lo pasé un rato bien. Le corté los párpados, y empujé su mente para paralizar sus músculos locomotores; pero dejé que los nervios tuvieran una total sensibilidad al dolor.
Cuando le cortéis a alguien los párpados con unas tijeras, recordad que ha de estar perfectamente inmóvil, porque no tiene sentido cortar unos párpados dejando los globos oculares destrozados. Hay que esmerarse un poco. No hay nada más espectacular que los ojos operativos sin párpados. Eso le da un sufrimiento añadido al torturado ya que no le permite cerrar los ojos para evadirse de su propio desmembramiento.
Se debe uno detener unos segundos y admirar esas enormes bolas que se mueven inquietas. Los restos de sangre, otorgan al primate un carácter de insania conmovedor. Si hacéis una foto de vuestro primate asesinado, la podéis colgar en yutub que os dejaré un comentario al respecto, primates de mierda.
No os imagináis lo que es capaz de llorar un recio hombre de negocios: lloraba escribiendo la carta que le dictaba de su puño y letra, lloraba cuando le cortaba los párpados y lloraba sin párpados.
Que se meen es natural, pero siempre llama la atención la cantidad de lágrimas que tenéis almacenadas. Dicen que quien llora mucho, mea poco. Mentira.
Ginés se meó como un viejo incontinente, al menos tres veces; y tenía tan sólo cincuenta y cinco años.
Y cuando le corté el escroto y le arranqué los testículos, se cagó.
Le hice un profundo corte en la ingle y seccioné la femoral, metí los dedos y rasgué aún más la herida. A veces se cierran los cortes y la sangre no sale como a mí me gusta: a chorros o borbotones, con mucha fuerza los primeros segundos. Es relajante. Yo le iba diciendo que su sufrimiento no acababa más que empezar, que le esperaba una eternidad de dolor y desasosiego. Él sólo repetía cosas de sus hijos. En sus últimos chorros de sangre, besé sus labios y aspiré su alma.
Metí a su esclavo Felipe en el despacho, le coloqué un cuchillo entre las manos y luego le retiré la bolsa de basura de la cabeza, la sangre cubrió sus ropas. Estaba bastante frío, ya que lo dejé en la silla, justo debajo del difusor de aire acondicionado.
Nada cuadraba, ni las huellas del cuchillo, ni la sangre casi coagulada del delineante, ni la muerte tan larga y dolorosa del dueño de la empresa. Se preguntarían los primates policías sobre los restos de adhesivo en el cuello del delineante y todo eso.
Pero lo importante era librar de toda sospecha a Quinto, ya que la carta que Ginés dejó sobre la mesa del jefe de personal era ciertamente extraña. No me preocupaba una mierda la investigación policial, porque si he de matar a mil policías y sus hijos, esposas, madres, padres y hermanos, lo hago. Y no es un alarde gratuito.
Podría haber hecho que a Quinto le cayera una gran suma de dinero jugando a la lotería o algo así. Pero yo no hago el bien, yo hago las cosas con y por maldad pura, no tengo un pelo de hipócrita. Ya está Dios para las hipocresías.
A Quinto le fue bien. En pocos meses se hizo dueño de la empresa y firmó varios contratos importantes con empresas que habían conseguido proyectos en varios países americanos. Conducía un coche para ir a su oficina, otro para sus ratos de ocio y otro para moverse entre los lugares lujosos.
Su hijo estudió ingeniería para luego trabajar en la empresa. Su mujer se convirtió en una de esas primates ocupadas todo el día en ir al gimnasio, merendar con las amigas y planeando las próximas vacaciones, que solían hacer cada tres meses.
Quinto vivió la venta de su alma como una pesadilla, aunque sabía angustiosamente que había ocurrido, la cicatriz de su dedo se abría cada cierto tiempo y dejaba escapar unas gotas de sangre.
Pensó mil veces en la casualidad del asesinato de Ginés a manos de Felipe el delineante, la dureza de la mirada del jefe de personal cuando le comunicó su contrato indefinido y su mejora laboral. Hay primates que con sólo un gesto, ya se hacen detestables. Seguro que a vosotros también os pasa.
La mirada de reprobación que el jefe de personal le lanzó a Quinto, no me gustó nada. Una noche entré en su casa, Francisco Elguerrero, se llamaba. Le até las manos con el cordón del teléfono, lo arrastré hasta el salón y decapité en aquella amplia y luminosa estancia a su mujer, y luego a los dos gemelos de diez años. Le perforé varías veces cada pulmón y lo rodeé durante su lenta muerte, de las cabezas de sus seres amados. Cogí la cabeza de su mujer y acerqué su boca a la bragueta del pantalón, como si me hiciera una mamada; pero no lanzó ni una sonrisa.
Y si hubiera reído, le hubiera arrancado los dientes con unos alicates.
Quinto soñaba a menudo con la hediondez de aquel ser, y la enfermiza lujuria que el sexo de aquella mujer sentada en la cocina despertaba con su feroz descaro. Las pesadillas eran recurrentes, y su subconsciente buscó salidas a aquella presión. El tiempo pasaba, diecisiete años no son nada cuando las cosas van bien, cuando la vida es perfecta. Pero no era perfecto, debía pagar y todo su ser lo sabía.
Yo me preocupaba que ni un solo día se olvidara de que un día sintió su mundo amenazado por perder un simple trabajo. Me preocupaba de que aprendiera que hay cosas peores que perder.
Y buscó paz en la iglesia. Tímidamente, Quinto el calculador y ateo, se acercó a la iglesia, y un día entró.
Y escuchó a los ángeles.
—Aún no es tarde, abraza a Dios.
Es mentira, Dios no perdona y no recuperaría su alma; pero al igual que la idiosincrasia de un cerdo es revolcarse en su propia mierda, la de Dios es buscar quien le adore. Vanidoso...
A partir de aquel momento, cuando quedaban tan sólo cinco años para pagar su deuda, Quinto se convirtió en un fervoroso católico, cuanto más fuertes eran los ataques de pánico, más rememoraba con total nitidez aquel día que vendió su alma, en la cual no creía porque no era mensurable ni proyectable.
Me molestan los físicos y matemáticos, su imaginación está demasiado atada a las constantes. Son previsibles.
Está bien, más que un trato fue casi un robo, no tuvo opción; pero me comporté bien con él, le di lo prometido. A otros primates los he matado y torturado sin más y me he quedado con su alma.
Mi comportamiento es voluble como el de cualquier dios.
Con cuarenta y ocho años debía pagar.
Se encontraba en su despacho, era ya noche entrada y seguía trabajando en el ordenador, una maqueta de un puente en Arabia Saudí adornaba la mesa de reuniones y las fotos de su hijo y de su mujer compartían espacio con otras fotos de de singulares edificios y construcciones en su mesa.
—Es hora de pagar, Quinto.
Entré por la puerta, como cualquier otro primate. El guarda de seguridad del edificio de oficinas, estaba muerto con el corazón acuchillado. Aún sentía el sabor rancio de su alma en mi paladar.
—No puedo irme, aún me quedan cosas por hacer. Tienes que darme algo de tiempo, déjame acabar este proyecto.
Los primates siempre encuentran razonables y lógicos argumentos para hacer esperar a otros semejantes suyos, sólo que yo no soy un semejante de mierda. Yo destrozo, mutilo, desangro y me follo a los primates hasta que se convierten en pulpa, no espero.
—Mira, de morir no te libras, y eso será lo más dulce. Te aseguro que si ahora mismo no coges este cuchillo y te rebanas el cuello ahora mismo, en pocas horas te desangrarás igualmente; pero con mucho más dolor y desesperación.
Por toda respuesta, Quinto sacó un crucifijo que llevaba colgado, lo encerró entre sus manos y comenzó a rezar un padrenuestro.
Estuve a punto de reírme, a punto de morder su cabeza y arrancarla con un movimiento rápido de mi cuello; pero yo no doy segundas oportunidades a nadie.
Me volatilicé en el aire y el pobre imbécil pensó que me había expulsado con ayuda de su fe.
La Dama Oscura se encontraba en casa de los Campoamor, una casa de dos pisos rodeada de un gran jardín en la zona alta de la ciudad. Quinto Campoamor era un ciudadano de clase media-alta, un ejemplo de éxito social, y tan sólo por su alma sin apenas valor. Fue injustamente afortunado.
Cristo tenía ya veintisiete años, y seguía viviendo con sus papás, como todo hijo bien que no acaba de encontrar el momento de independizarse a pesar de chorrear dinero por los poros de su piel de mono.
Tenía su propia parte de la casa, por la que entraba sin que fuera necesario encontrarse con sus padres. Había entablado una sensual conversación con la Dama Oscura. Querer hablar con la Dama Oscura es un eufemismo por penetrarla como a una perra y morder hasta arrancar sus oscuros pezones.
Ella se había clavado a él, a horcajadas sobre su vientre, hacía subir y bajar su empapado coño por aquella verga demasiado dura, demasiado ansiosa.
Con el brazo debajo de sus nalgas, masajeaba los cojones del chico, y éste eyaculó en pocos minutos. La Dama Oscura se enfureció.
—Lo siento, Ana, tendremos que esperar un rato, me has trabajado con mucha ansia, caliente zorra.
—No puedo esperar, Cristo. Me arde el coño, necesito más de tu leche. Haz un esfuerzo, mono mío.
—Lo siento nen...
En la espalda, bajo el top que dejaba su ombligo al descubierto, sacó una varilla fina de acero, una aguja larga. Con la otra mano estaba exprimiendo el falo de Cristo, arrancándole las últimas gotas de semen que salpicaban sus pezones. Introdujo con rapidez la aguja por el ano y la clavó profundamente en la próstata. Tapó con fuerza su boca con la mano a la vez que aprisionaba su cintura con las rodillas, para frenar las fuertes convulsionaba ante el dolor indomable que se expandía desde las entrañas del hijo de Quinto.
El pene se endureció de nuevo y la Dama Oscura se sentó sobre él, la sangre que manaba por el meato lubricaba la penetración y al espesarse hacía un contacto más intenso.
—Tu padre vendió su alma, y no quiere pagar, dijéramos que tú y tu madre sois los avales. –hablaba con la voz entrecortada entre embates de placer.
De la cópula rezumaba una sangre espesa y acuosa que bajaba por los rasurados y contraídos testículos de Cristo. Los muslos de la Dama Oscura estaban rojos de sangre. Sus ojos negros, brillaban observando la expresión de dolor del chico.
Aparqué mi Aston Martin frente a la puerta de Villa Campoamor, le di una patada a la puerta de la verja y la abrí.
A través del camino del jardín llegué a la puerta principal, estaba abierta.
En el salón no había nadie, los gemidos de placer de la Dama Oscura me llegaban desde la otra ala de la casa, el del hijo.
Marga se encontraba en el dormitorio de matrimonio, se estaba acicalando en el baño de la habitación, seguramente para ir a alguna cena con su Quinto. Tan solo vestía una braguita de encaje blanca que dejaba ver un monte de Venus abultado por el abundante vello. Sus pechos eran firmes y duros, y a los cuarenta y pico largos, ninguna primate tiene unas tetas así. Al igual que su culo: duro y redondeado. Su rostro era demasiado perfecto, y la nariz artificiosamente pequeña. Había una importante inversión en cirugía plástica en el cuerpo de la primate. El resultado era bueno, una mona penetrable, violable. Apta para ser follada con lujuria mientras se desangra.
Estaba depilándose las cejas y no prestaba demasiada atención a lo que el espejo reflejaba, hasta que fue demasiado tarde. Claro que también había que tener en cuenta que las lentillas estaban en su estuche y no en sus cansados ojos de madura.
La sujeté por la espalda sin molestarme en taparle la boca, mi pene estaba duro y erecto, fuera de la bragueta del pantalón. Me había humedecido los dedos con saliva, la obligué a separar las piernas y con el cuchillo rasgué la braguita por el centro del culo. Le humedecí el ano con los dedos y la penetré. La tenía completamente inmovilizada y mi glande se abrió paso rasgando el ano.
El bueno de Quinto no había estrenado el culo de su esposa, ni sus amantes. Quinto era un primate cornudo.
La Dama Oscura había acabado con Cristo, y la vi reflejada en el espejo, detrás de nosotros, se estaba acariciando con el pene del primogénito; no lo había amputado limpiamente (es tan impulsiva...) y los nervios y pequeñas venas colgaban como cables retorcidos, metiéndose entre los labios del coño aquel fláccido y amoratado glande.
La amo con todas mis almas.
Pero que no se fíe.
—Por favor, por favor... —lloriqueaba la maciza Marga.
Con el cuchillo corté la parte inferior de una nalga y metí allí los dedos, la primate se mordió la lengua de dolor cuando le arranqué una de las prótesis de silicona.
Era difícil sodomizarla con toda aquella sangre por el suelo; pero a mí me pasa como a cualquier animal, cuanta más sangre, más se enfurece y enloquece.
La Dama Oscura se colocó frente a ella, me cogió el cuchillo de la mano y por debajo del pecho izquierdo hizo un profundo corte, la primate había girado sus ojos hacia dentro, posiblemente para buscar paz interior.
De aquel corte, además de manar la sangre, cayó otra prótesis de silicona del tamaño de un limón. La chimpancé había perdido su gracia; con una nalga caída y una mama desinflada, no molaba.
La Dama Oscura estaba a punto de cortar sus labios para vaciarlos de votox.
—Déjala, tiene que recibir a su marido, si la cortas más se vaciará aquí mismo. Y no me quiero perder el encuentro.
Hay que trabajar con gusto, no basta con asesinar, los primates sois tan anodinos, que es preciso hacer de vuestro asesinato y tortura una auténtica perfomance, algo que deje huella en vuestra alma durante toda la eternidad.
Un coche estaba dirigiéndose a la casa. Olía desde allí el alma de mi primate afortunado.
Cuando entró en la casa, su mujer bajaba las escaleras ya casi vacía de sangre. Nosotros íbamos tras ella, divertidos, nerviosos por ver la reacción del primate.
—Marga... ¿Qué ocurre, cielo?
— ¡Quinto, me matan! Algo le han hecho a Cristo.
Quinto miraba aquel trozo de carne que Marga llevaba en la palma de la mano, con los dedos muy abiertos; evitando tocarla. No pudo reconocer la polla de su hijo que le habíamos pegado con pegamento.
—Primate de mierda, me es más fácil aún arrancarte el alma que la polla de tu cría. Has de pagar y no quiero más demora. Ya nadie te espera, tu empresa ahora mismo está ardiendo igual que arderá esta casa.
Su hembra había llegado hasta él y la abrazaba manchando su costoso traje de sangre.
Le tiré el cuchillo a los pies.
—Acaba con su sufrimiento y luego córtate el gaznate. Nos vamos ya, esto me aburre.
Por toda respuesta, sacó de nuevo su crucifijo de dentro de la camisa y alzó la mano.
—Vamos, no seas ridículo. Dios se lo está pasando en grande. Seguro que te envía uno de sus querubines para darte consuelo. Incluso guiará tu mano con un cántico maricón para cortarte el cuello. Soltará un par de lágrimas y al igual que cuando intentabas cocinar aquel arroz, todo el tiempo que has pasado rezándole, no te servirá de nada. No has aprendido nada, mono. Y no me importa, sólo te quiero como cruel, con toda tu imbecilidad intacta.
—No puedes... Dios me acogerá en su seno, cuida de nosotros.
—Soy yo el que ha cuidado de ti. Es a mí a quien debes sumisión y respeto. Y ya te he dicho que me estoy cansando de esta mierda.
Entonces, como ya es habitual, una bestia blanca de considerables dimensiones y que apenas podía desplegar sus blancas alas en aquel salón, aterrizó al lado de mi mercancía. Como siempre montó su teatro y cantó un aria detestablemente aburrida.
Quinto lo miraba con sus ojillos encendidos de esperanza.
Esta vez, el pervertido Dios en lugar de enviar a Uriel, el consolador de penas, envió a un simple custodio, un tal Reiyel, una especie de socorrista divino.
—Éste no viene a salvarte, simplemente te va a dar la mano mientras acabas con tu mujer y te rajas el cuello. Es como si fuera la carta de recomendación pegada al finiquito. Y ahora, de una puta vez, mata a tu mona y págame.
Le lancé una mirada furiosa, venenosa a Reiyel y éste se apartó unos metros de Quinto.
Me acerqué a la pareja, apoyé el cañón de la pistola en la sien de Marga y disparé, la sien opuesta se desgajó del resto del cráneo y lleno el rostro de Quinto de sesos.
La Dama Oscura había subido de nuevo las escaleras y tras unos taconeos deliciosos y prolongados, la oímos avanzar por el piso superior arrastrando algo.
Cuando llegó a la escalera, lanzó el cuerpo de Cristo que acabó muy cerca de su padre, mirándole con las cuencas de los ojos vacías. Me metí sus ojos en la boca y los reventé con los dientes. Los ojos de primate no son tan buenos como los de reno, pero hay que tener una dieta variada.
Quinto perdió la razón, Reiyel se sentía incómodo al no poder hacer nada por consolarlo y canturreaba mirando distraídamente una colección de miniaturas de plata.
La uña de mi índice se prolongó, se curvó y agudizó con una punta tan peligrosa como mi pensamiento.
La apoyé en el cuello de Quinto e hice un corte superficial. Quinto estaba paralizado, como aquel día que no sabía cuando sacar el arroz del fuego.
Encima de ese corte, hice otro, y otro, y otro. Y así siete veces hasta que por fin seccioné la yugular externa e interna.
Dejé que se vaciara pisando su cabeza contra el suelo. Y cuando ya su color era de un azulón eléctrico, le arranqué los labios de un bocado y con ellos su alma.
Los labios se los escupí al ambiguo ángel custodio.
—Llévaselos a Dios y que se los implante en el culo.
Ha sido él quien se ha llevado a hurtadillas, como una comadreja asustada al niño agonizante sin brazos ni piernas, el cruel Quinto.
No descansa y a veces me mira con un profundo brillo de primate en sus ojos, esperando una recompensa.
Y en el infierno, no hay cartas de recomendación. Y lo que es peor: el contrato es indefinido.
Qué ironía...
Soy tan sarcástico e ingenioso...
Nunca hagáis la pelota, no seáis serviles gratuitamente, primates.
Al final, si no soy yo, será vuestro jefe quien os joda a pesar de vuestros esfuerzos, de vuestras mamadas. Y que sea vuestro jefe, porque si me obligáis a comprar vuestra alma no haréis un buen negocio.
Mirad a Quinto jugar con los intestinos del hijo del pastor evangelista. Está llorando por su hijo y por su esposa, por el constante terror de vivir bajo la maldad más pura. Y por eso intenta ser cada día más cruel, para eliminar cualquier rastro de humanidad que un día tuvo.
No lo permitiré jamás, lo recordará siempre, a cada segundo.
¡Así durante toda la puta eternidad! ¡Hasta que a mí me de la gana!
Mi Dama Oscura está apoyando su vulva en mi muslo, se desliza viscosa frotándose por él. Y mi polla late golpeando la piedra de mi trono.
Ya os contaré más cosas, más negocios.
Más miserias.
Secretos...
Siempre sangriento: 666


Iconoclasta

8 de septiembre de 2009

Amor de madre


Está visto que ni en el medio rural y sanote se puede uno zafar de la estupidez, si a ello le sumamos que es patológicamente rústica, podemos imaginar al palurdo en cuestión con una gorra de propaganda de abonos y con unas ubres de vaca en lugar de genitales.

Es desagradable la imagen.

Pero no más que el tatuaje que llevaba en el antebrazo: amor de madre.

Me encontraba en la terraza del único y pequeño bar de la aldea tomándome una venenosa coca-cola (los recios amantes del vino y el buen beber dicen que eso sí que es una bebida mala y artificial; ante lo cual miro mi hermoso paquete genital y mis poderosos brazos preguntándome porque siempre me toca escuchar las cosas más molestas y estúpidas. Reflexionando si mi destino es una broma de mal gusto o simplemente fui muy hijoputa en una vida anterior y ahora purgo mis pecados tropezando con tanto imbécil), cuando el andoba en cuestión, que se encontraba en la mesa situada a mi siniestra le dijo a otro cateto remangándose la camisa y mostrando el antebrazo: “Ésta es la única que nunca me traicionaría y la única que me quiere”.

En el antebrazo y tatuado con tinta azul (seguro que con un vulgar y baratísimo bolígrafo bic) estaba dibujado el rostro de algo parecido a una mujer y debajo de esa cosa horrenda se podía leer una infantiloide caligrafía: Amor de madre.

Pedí otra coca-cola nervioso perdido, se me encendió solo en los labios un nuevo Montecristo nº 1 y mi poderoso cerebro empezó a elucubrar.

Realicé una profunda y dolorosa introspección al infierno de los subnormales.

Es inevitable como el cáncer que mi mente afilada como un bisturí se sumerja en los superficiales cerebros de los otros humanos menos favorecidos por la genética que yo.

Esos tiparracos que se tatúan la sentencia, tienen un tremendo y refrescante morbo. No es que me exciten; a mí un tarado sólo me da asco; pero el rústico palurdo me hizo pasar un entretenido rato aspirando el delicioso humo del tabaco y dejando que la glucosa del refresco me inundara en aquel lugar de infecto olor y calor, abandonándome a mi poderosa imaginación.

A los “amores de madre” los imagino acariciando la cara interna de los muslos de quienes los parieron, con el rabo muy tieso y susurrándoles obscenidades en los oídos: “Guarra, trágatela entera, querida madre. Que no caiga ni una sola gota, mamá” y demás lindezas de este tipo.

Es algo sucio de imaginar, porque viendo como son los hijos, te puedes hacer una idea de cómo será la madre, y prefiero masturbarme mirando al hombre elefante antes que a sus guarras y queridas mamás.

Yo adoro a las mujeres en general y tengo muy buen gusto, no me tiro cualquier cosa; pero estos palurdos enamorados de su madre no se cortan ni un pelo y dicen abiertamente al mundo lo mucho que quieren a su madre y lo putas que son el resto de mujeres.

Me hacen sentir molesto, por decir poco. Por decir lo mínimo.

Y parece ser que a la peña se la pela bastante, nadie se siente necesariamente mal por este tipo de amor. Como aún tenía en mente a la dependiente de la tocinería, mi erección dispersaba y suavizaba mi ira.

Es el único caso de incesto ampliamente aceptado por la sociedad, incluso provoca ternura el rabo del hijo entre las piernas de la madre.

Lo precioso y sentido del tatuaje...

Y llegué así a pensar en la tremenda, dramática y a la vez romántica redundancia que la vida ofrece con estos seres: hacer madre a la madre de nuevo.

¿No es graciosa la endogamia rural y a la vez un poco inquietante?

Esto del amor de madre, es algo que no llegaré a entender jamás. Mi madre no me pone ni un poco y las embarazadas me desmotivan sexualmente.

Jamás podría tirarme a mi madre como lo hacen los que la quieren tanto, e incluso se lo tatúan.

Y tampoco considero a mi madre como algo beatificable, hay en el planeta mujeres más simpáticas y más follables, e incluso menos mentirosas.

Aún así, la imagen de esos hombres enamorados de su mama, arrodillados frente al chocho que les dio la vida y babeando profusamente, me parece de una ternura exquisita.

Cuando me acabé el puro entré en el lavabo, me masturbé pensando en las tetas duras y de marcados pezones de la dependienta y luego, como un romántico adolescente bulímico, me metí los dedos en la boca para purgarme de toda esa mierda de amor de madre.

Si es que me acosan los imbéciles. Al igual que en un conjuro, me acosan en todo tiempo y desde todas las direcciones.

Es un asco ser tan listo, tan macho.

Buen sexo.



Iconoclasta

4 de septiembre de 2009

La compra


Ir a comprar despeja la mente y obliga a pasear. De una forma mecánica, el cerebro piensa en cosas muy diversas y amenas mientras las piernas asumen la función de un piloto automático.
Tengo que comprar patatas y lechuga.
Y algo más que se me ocurrirá por el camino, siempre ocurre lo mismo, vas a por una bolsa de patatas y sales con una docena de productos que de repente te das cuenta que no tienes.
Si ella estuviera en la sección de la esperanza...
Pasear para ejercitar el cuerpo es una buena forma de dar un descanso a la mente. Sólo funcionan los sentidos más básicos y el movimiento. Sin análisis previos, sin conclusiones, sin razonar. De la misma forma que las células viven y mueren sin esperar nada.
Aunque es difícil caminar así según el lugar donde uno viva. La cuestión geográfica siempre ha sido decisiva para el carácter de las personas. La densidad demográfica es lo que importa, porque pueden caer rayos y truenos y yo caminar sin miedo y sin temor a la pulmonía. Soy tan denso que ni la enfermedad cala en mí.
Para disfrutar de un buen ejercicio, o hay que ser ciego o tener el don de hacer invisibles a los demás, que la mirada sea capaz de traspasar los cuerpos para obviarlos. No es que molesten; pero todos los excesos cansan. Yo me entiendo.
Todo ser humano necesita un espacio libre para poder reír o llorar directamente a la atmósfera sin que nadie escuche y ser así confundido con un deprimido, un loco o un drogadicto.
Lejía, me he de acordar de la lejía y de limpiacristales.
Me inyectaría en vena cianuro para hacerlos invisibles.
El ser humano tiene sus derechos y poder morir en soledad es uno de ellos, coño. A veces me enojo por las cosas más naturales.
No quiero lanzarme al vacío y caer encima de otro. Si quiero que muera otro, le rajo el cuello; pero yo quiero morir solo. Y aquí es muy posible que si me tirara de un terrado, aterrizara sobre diez o doce cuerpos.
Llamar enojo a esta ira que me pudre, es quedarse corto.
A veces mordería las piedras llevado por la tristeza que me produce un mundo al que no me pidieron permiso para escupirme.
Hay seres afortunados que han sido paridos en medio de la naturaleza, que no necesitan de poderes sobrenaturales para caminar por el mundo.
Me place reconocer mi envidia.
Puedo alardear de soledad y de envidia; de una innata capacidad autodestructiva que hace que los demás se mantengan un tanto al margen de mí. Tanto arrojo del que hago gala provoca desconfianza.
Ella ha visto algo bueno en mí, maldita sea.
Dejaría caer una lágrima si estuviera solo. Si fuera libre.
Pero hasta las lágrimas están prisioneras.
No es justo, los hay que no hemos nacido con ese misticismo oriental o santón con el cual se aísla uno de todo, y nos angustiamos ante la falta de espacio a nuestro alrededor. Por ocultar las avergonzantes lágrimas.
Pequeños tesoros que no tenemos porque compartir con los extraños, con los otros, los miles, los millones.
Así que para disfrutar de un buen paseo, lo ideal sería vendarse los ojos, pero mis congéneres me robarían hasta la piel sabiendo que no puedo ver. Hay tanto envidioso, hay tanta envidia, que las lágrimas corren el riesgo de ser robadas.
Pasear por una ciudad requiere un monumental esfuerzo por ignorar los que te rozan.
Para practicar un sano ejercicio, es de mucha ayuda que nadie te quiera y que no ames a nadie. Porque no es posible ser independiente cuando se está enamorado. Los enamorados caminan con ella o él prendidos de las manos o bien con una característica mirada, casi beata, en la mirada. Yo no podría, la mía sería tan lujuriosa que avergonzaría a los más rijosos seres.
Los enamorados llegan a ser sumamente sensibles con su entorno y ven lugares de una belleza inaudita cuando yo veo sólo vulgaridad y miseria. Lugares que me aburren mortalmente. He oído decir algo de que el amar produce alguna endorfina o como se llame, que hace a la gente más amable y alucinada.
Yo no tengo tal endorfina, me atrevería a decir que mi humanidad es casi nula.
Espinacas, he de comprar espinacas y tatuarme un ancla en el antebrazo, me acuerdo de Popeye. Cuando de pequeño lo veía, nunca pensé que podría aborrecer mi propia vida. No ha valido la pena hacerse hombre, es mejor morir cuando se está en paz y no se odia ni se teme.
Pienso que si un día amara a alguien, sería para estar a su lado y sacrificar con una sonrisa mi espacio vital. No estaría mal, a veces pesa estar tan solo. No pido un grupo de amigos con los que vivir las más emocionantes aventuras o compartir la misma puta por unos pocos euros que hemos juntado entre todos. Con pasear de la mano con ella y dejarme llevar por su entusiasmo, por su visión de un lugar mejor que el que yo veo, tengo suficiente.
Por eso camino más solo que un coyote en el desierto. No se me puede querer, no he desarrollado afinidad alguna hacia mi entorno y mis semejantes. Soy alérgico a relacionarme. Así es imposible follar por amor.
Un par de paquetes azúcar, me gusta el azúcar, me gusta lo dulce.
Un día respondí a una carta que había en mi buzón, a nombre del anterior inquilino, tras varios días sopesando en tirarla a la basura, descubrí a esa mujer hablando de una vida llena de luz y esperanza. El anterior inquilino era su padre y ella le explicaba cosas de estudios y felicidad. Anécdotas divertidas y de un candor precioso.
Me atreví a contestarle que no vivía aquí su padre.
Respondió a la semana siguiente, que lo sabía, pero la costumbre de escribir la misma dirección durante tantos años la traicionó. Creí oírla reír entre líneas, divertida. Deliciosa.
Y hubo más cartas, y más intimidades y un profundo conocimiento. Un deseo doloroso se estaba gestando en mí. Los hombres no deberían quedarse embarazados de nada.
La amo de la forma más extraña, como los hay que aman a dioses que no ven y que no existen.
Ella existe, tengo sus palabras escritas en cartas, en papel que una vez tocó pensando en mí.
Es tan vago, es tan sutil el vínculo...
Cuando se está terriblemente solo, uno se aferra a un papel mojado para buscar alguna razón por la que seguir viviendo.
Tengo que comprar algo de salami y huevos.
La soledad y la monotonía dan hambre. Seguro que hay endorfinas para todo.
Soy un cínico profesional y es mi exclusivo mérito. Son muchos años soportando la realidad y reteniendo lo que mi pensamiento inventa y crea. Mundos donde soy un hombre distendido y de vez en cuando es posible cruzarse con alguien y desearle buenos días en lugar de clavarle un vidrio roto en el cuello.
Sería bonito, pasear sin tener que evitar y eludir cuerpos que parecen repetirse cíclicamente.
Es tan deprimente ver crecer y desarrollarse los cuerpos...
Saber del crecimiento de los extraños es saber que no ha habido movimiento, que tras tanto tiempo vivido se continúa en el mismo sitio. Con el mismo asco.
He visto niños hacerse hombres y he sentido un vómito de amarga hiel subir a mi boca. No es que fuera tan feo el hombre en el que se ha convertido; pero he perdido muchos años si he conseguido reconocerlo.
Ella existe, por eso paseo cabizbajo o mirando al sol para no cruzar la mirada con nadie. Para hacer un sano ejercicio y descansar la mente. Para que la mirada triste no me traicione, es más digno ser bestia que desgraciado.
Paseo para olvidarla, para impregnar mi alma de miserias y no sentir que hay alguien a quien amar voluptuosamente inaccesible, indecentemente lejos.
Impúdicamente deseable.
Es mentira, es una puta mentira este paseo. No es un descanso para la mente, es sólo una huida sin rumbo de la frustración. Dejo huellas en el embaldosado y los perros las huelen y esconden el rabo entre las patas al aspirar aroma a desolación.
Me suda el cerebro.
Una sola entre millones, una sola en toda una larga vida y es imposible abrazarla. Improbable, debería decir para no ser derrotista.
Hay un vidrio roto que he pisado con fuerza para traspasar la suela del zapato y joder el cuerpo; mortificarse libera. Si me esfuerzo, las infecciones y las enfermedades sí que entran en mí a pesar de mi densidad. Soy tenaz.
No hay dolor, lo bueno de la frustración y el desaliento es que no hay nada peor y un cristal clavado en la planta del pie es una futesa.
Me ama en letras, en las cartas que huelen a su piel. Letras y palabras dibujadas como caricias en el cuerpo. Dice ver que hay algo hermosamente tierno en mi brutalidad y aislamiento.
Lo provoca ella, se lo he escrito mil veces.
Esto es contrario al amor: cuanto más la amo, más sufro.
Todo tiene un límite.
Y yo huelo su aroma en el papel. Existe alguien que me ama. No es una esperanza, es desesperanza, ya es tarde.
No hay tiempo.
Me gusta el batido de cacao, compraré un par de botellas.
Puede que no sea suficiente el vidrio ,la infección podría tardar muchas horas en aparecer, incluso puede que no haya una seria infección. No soy un hombre con suerte. Ahora que me siento mierda, es fácil matarse.
También he de comprar queso, me gusta el queso, incluso la vida cuando no pienso demasiado. Pasear es un mal negocio, no siempre es relajante.
Llevo su carta pegada en el corazón, bajo la cartera y parece fibrilarme. Como una imposible nitroglicerina que provoca que el corazón se pare durante una eternidad cuando la imagino entre mis brazos.
Una jeringuilla usada entre los matorrales resecos de un parterre llama poderosamente mi atención. La cojo, coloco el pulgar encima de la encostrada aguja y tal vez sea mi poderosa imaginación; pero diría que he sentido meterse en mi torrente sanguíneo toda clase de gérmenes.
Debo comprar tomates.
Es estúpido condenarse así, con una simple gota de sangre, pequeña e intrascendente. Hasta para quitarme la vida soy ridículo.
Es por culpa de ella, inconscientemente pretendo alargar mi vida, como si fuera posible que la dimensión espacio- tiempo pudiera doblarse con una clara ventaja a mi favor. Soy previsible, no hay misterio alguno en mi mente simple.
No es una buena perspectiva morir tras muchos años de enfermedad.
Sólo me faltaba ser cobarde. Y de eso ni hablar, a estas alturas que el dolor del alma es tan fuerte, no puede asustarme algo de dolor carnal.
Uno no pasea por la ciudad con una navaja para cortar hierbas, ramas o tallar madera paseando tranquilamente. Cuando el universo quiere, conjuga los elementos necesarios para conducirnos a nuestro final.
Y duele, ni la frustración ni el desengaño ni la maldita tristeza, consiguen aplacar el dolor del tejido abierto de la garganta, es un dolor espantoso.
Mejor no voy a comprar nada, comprar era otra esperanza, una remota esperanza de que hoy no fuera el último paseo.
No se puede ser desgraciado tanto tiempo y no hacer algo al respecto.
A la mierda el queso y el salami.
Es aterradora la sangre cuando brota a borbotones de uno mismo.
No soy un hombre mentiroso y no me da vergüenza reconocer mis errores: duele mucho más de lo que yo creía rajarse el cuello.
Afortunadamente ya es tarde para volver atrás. Y el supermercado habrá cerrado ya. Los mediodías tórridos son para quedarse en la penumbra de un rincón y esperar que pase la tormenta de luz y calor.
Estoy cansado de pasear.
Se acercan a mí gritando, corriendo. La sangre es extraña, no me deja oír bien, ¿existe la sordera de la sangre? El suicidio tiene extraños síntomas; no los entiendo, también estoy cansado del tantas voces.
Que se alejen, no quiero que me roben mis lágrimas, ni mi sangre. Es mi derecho morir solo.
Ahora hace frío. La muerte es piadosa conmigo.
Ojalá que no me ame. Ojalá sea un ejercicio literario con el que me ha premiado la vida, cartas escritas al viento, mensajes en una botella que tuve la suerte de encontrar. Un hermoso accidente.
Si me amara como yo, el dolor sería inviable, como la desesperación de no besarla.
No recuerdo si me quedaba café, me apetece café...
Me apetecía.

Iconoclasta