31 de julio de 2009

Es el momento


Es el momento, mi bella. Por ninguna razón en concreto.

Por ti.

Es preciso cuando todo el peso de la realidad, hace del amor una prensa
hidráulica que nos aplasta.

Es hora de extender las alas que soñamos poseer y escapar.

Ha de ser contigo, sé lo que es volar solo. Sé lo que es volar hacia ti, y es desesperanzador. Nunca llego. Nunca es suficiente.

Ahora o nunca, mi bella.

Se necesitan dos corazones para escapar de la prensa: un corazón cesa el movimiento de la gris realidad y el otro late más rápido para volar.

O nadar.

O teletransportarse.

Tú congelarás la prensa dando un manotazo al pulsador rojo y se detendrá el mundo con un chirrido de agonía. Yo aceleraré con fuerza mi corazón y esta vez servirá para algo más que amarte conteniendo toda mi ansia: te arrancaré de la asfixiante realidad.

Te raptaré y arrastraré al paraíso donde una narcótica y sedosa vegetación acogerá nuestros cuerpos y musitará palabras de amor y sensualidad que una brisa suave transportará como una invisible caricia a los sentidos. Aromas que erizarán la piel, que al aspirar excitarán nuestras mentes. Las alas de nuestros torsos se batirán furiosamente libres creando una tormenta de plumas azules y negras.

Ángeles del paraíso...

No somos ángeles, mi vida. Los ángeles son buenos, son virginales, no follan ni meten los dedos en tu raja divina.

Y tampoco esto es el paraíso.

Soy perverso y tú no mereces bondad. Todo tu ser dice no quererla. Naciste para ser amada y tomada.

Brutalmente, obsesivamente.

Nuestras alas caerán porque así lo quieren nuestras conciencias creadoras y de la tierra emergerán manos sarmentosas que apresarán tus muñecas y tobillos. Se arrastrarán por tus pechos cerrándose con fuerza en las areolas que tantas veces he mamado. Inflamando los pezones hasta casi el dolor.

Estrangularán mi pene ante tus ojos y clamaré al pie del volcán blanco un placer-dolor animal.

Te arañaré la piel, no es por dañarte, es por tenerte en cada resquicio de mí. Y lameré las heridas arrastrando mi lengua pesada y ávida, saboreando cada célula tuya.

Clavaré los dedos en tus pechos y aliviaré luego la presión desmesurada del deseo con la lengua. Amenazaré con los dientes tus pezones dilatados y sensibilizados.

Una gota de baba se desliza perezosa desde el contraído y maltratado pezón empapado. Rocío carnal...

La hierba se agitará y no habrá viento. Y yo clavado de rodillas en una tierra fría, mamaré tu sagrado cáliz tallado entre los muslos.

Beberé de tu coño el elixir de la carne y te inundaré con el mío.

Serás sagradamente mamada.

Jadearás y me ordenarás que te joda con la frente empapada del mador de la lujuria, con las muñecas heridas por intentar aferrar mi bálano dolorosamente duro y clavar tus uñas en él, por herir con tus dientes ávidos mi glande tenso que oscila frente a tu rostro.

Es ese el lugar al que te llevaré. Te arrancaré del mundo y sin piedad te haré mi reina y esclava en un orco-paraíso de bendita duplicidad.

Somos la dicotomía del amor y la carne. Ni ángeles ni demonios.

Y cuando el deseo se haya saciado, este esquizofrénico paraíso coserá de nuevo alas a nuestra espalda y hablaremos cosas que no importan, reiremos sin ser necesario. Volaremos alrededor del imposible cráter blanco que humea rojos pétalos de flor y ruge alegres melodías de amor.

Lloraremos para bebernos las lágrimas como absenta cristalino y lamentar tanto tiempo perdido.

Cazaré y untaré en tu vientre mi nombre con la sangre de nuestra comida.

Y ni un solo detalle de nuestro ser quedará oculto en esta naturaleza extraña y nuestra.

Creadores de Fantasías S.A. Y tú la bella gerente.

¿Oyes esos gruñidos hostiles?

Allí no habrá voces, que como en La Tierra, ahoguen las de los dioses; escucharemos los gruñidos de las divinidades con sus sagrados sexos presos en sus puños y de sus dedos descolgarse filamentos de fluido espeso.

Supurarán deseo como una infección.

Ahora son ellos, los otros: ídolos, dioses e idiotas crédulos los que se debaten gimiendo, pegados al invisible cristal que los excluye de este orco-paraíso. ¿No los ves arañar y empañar con su aliento el invisible y sordo muro que nos rodea y protege?

¿Sabes que escucharán nuestros suspiros y chapoteos libidinosos? Como animales en celo se rozarán con lascivia. Ni la masturbación podrán consumar enfermos de envidia.

Sufrirán hasta que yo lo diga, hasta que me dé la gana.

Su dolor será el voyeur insano que nos excite. Sufrirán toda su puta y eterna vida. Pagarán mi tiempo perdido sin ti.

Padecerán tumores por aferrar tu coño con la mano y provocar los gemidos y el movimiento convulso de tus piernas ante las oleadas de placer que mis dedos provocarán.

Labios entreabiertos por los que se escapa el placer incontenible.

Desearán ser yo, hacer lo que yo.

Desearán matarme y violarte.

Somos los dioses y nuestra unión nunca creará nada, porque nuestro amor excluye todo, hasta la vida. Somos únicos y mortales.

Mortales porque nos vaciaremos el uno en el otro hasta quedar exhaustos, hasta cumplir la sagrada comunión de una unión sin límites.

Únicos porque sólo cuando muramos podrán pudrir este lugar con su presencia.

Las finas heridas que se extienden desde tus pechos a los muslos les enfurece.
Como les enfurece la gota de semen que cae de mi pene a tu ombligo adorándote apresada a la tierra, esclava e indefensa en mi realidad.

Araño mi pene duro y embotado en sangre ante tu sagrada vulva húmeda y brillante.

Es mi mundo perfecto donde millones de ojos quisieran ser como tú y yo.

Eres mía y te quiero abandonada a mí, de la misma forma que me hiciste tu esclavo.

Abierta hasta que vea la luz en tu bendito coño.

Hay un momento para el amor y otro para follarte. Es mi mundo, es mi ley.

Ésta es mi voluntad.

Yo no creo mundos piojosos como este en el que nos escupieron.

Nos cagaron.

Porque haber caído aquí, en este tiempo y lugar, no es nacer. No es vivir.

Es precipitarse y penar.

Te arrancaré de este anodino presente.

A ti y a tu coño.

Clavada a mí.

Una sonrisa de dientes ensangrentados, unos labios heridos por dientes que se clavan soñando el sabor de tu piel. Es el rostro de mi sueño, de mi fantasía.

La sonrisa en el orco-paraíso no es gratuita y tiene el acre sabor del deseo convulso.

Es el momento, mi bella.


Iconoclasta

23 de julio de 2009

Viejos

No soporto a mi suegro, es uno de esos repugnantes seres que como cerdos hocicando en mierda, buscan miserias, fallos de los demás con los que alimentarse para creerse a si mismos un asomo de lo inteligentes que no pudieron ser y que su podrido cerebro es ya incapaz de hacerse.
Ancianos venerables... (ahora mismo me froto la entrepierna excitado por tanta respetabilidad, no te jode).
Estos especímenes son ideales para ceniceros, deberían estar mejor repartidos a lo largo de las calles.
Los cerdos no son tan repugnantes; pero mi suegro sí.
Esto es sólo una introducción sobre lo que es la vejez de los ignorantes, de los desgraciados que en su vida han destacado en nada, ni siquiera para reproducirse; porque su genética la han transmitido estropeando así una generación o dos.
Porque mi suegro es sólo una representación subatómica de la Gran Verdad.
¿Sus calaveras llevadas al oído dejarían oír el rumor del mar? Bien pulidas y barnizadas... Cualquier cosa vacía nos provoca la ilusión de rumor de mar.
Si alguna vez los ancianos han sido los sabios y consejeros de la sociedad, fue cuando la esperanza de vida del hombre rondaba los treinta y pocos.
A esa edad el cerebro no se ha licuado aún y es razonable pensar que tuvieran suficiente amplitud de miras e inquietudes. Algo de humor inteligente en aquellos primeros ancianos de la humanidad.
Porque lo que yo veo ahora, son deshechos que se agarran como chinches a las vallas de las obras y juzgan trabajos que no han tenido valor, inteligencia y ni entereza para realizar.
Y esta es una pequeña muestra, la mínima.
A veces mean en rincones, como perros que no pueden alzar la pata.
Perros viejos...
Se les puede escuchar criticar a los jóvenes, llamarlos guarros y otras lindezas. Evocan tiempos en los que sí que había respeto y nadie le ensañaba la polla a nadie en la calle.
Encima de idiotas, miopes. Deberían ser sacrificados como toros viejos y liberarlos de esta vida llena de cosas malas que los rodean en todas direcciones.
Viejos idiotas que sólo hablan del tiempo, del tiempo, del tiempo... Las ofertas del supermercado y de la economía que sus deficientes cerebros no comprendieron jamás y que ahora su vejez les hace alucinar que son capaces de asimilar.
Viejos de reflejos gastados para los que el mundo va demasiado rápido.
Tienen la falsa creencia de saber hacer algo más que metérsela a su vieja mujer de muslos ennegrecidos y de coño seco.
Lo del coño seco, es un regalo gratuito de obscenidad para hacer el texto más ameno. Soy un zorro.
Alguien dirá que hay viejos muy dignos; pero a mí lo que me interesa son los de cerebro liso que consiguen que mi pensamiento se torne hostil como el filo de una navaja en el glande henchido de sangre, baboso como las viejas bocas envidiosas que recelan continuamente creyendo que en sus pequeños cráneos hay algo más que un cerebro primitivo de reptil.
Desgraciados...
Sus arcos superciliares se desarrollan como los de un cromañón y sus cejas se pueblan de desconfianza y miedo.
Y repiten muchas veces al día lo mucho que han trabajado en su vida, como si quisieran que aturdido ante ese chorro de horas de trabajo y como si yo me hubiera rascado los cojones toda la vida, me arrodillara ante ellos y les comiera la polla en señal de sumisión y respeto.
Precioso.
Viejos muertos de hambre, corruptos de ignorancia que con sus porcinos ojos desconfían del camarero, del cocinero, del carpintero que les hace un trabajo y de la cajera del supermercado.
No se mueren nunca.
Vagos y ahora viejos, con coches de marca de lujo, la versión más básica que su limitada economía les deja comprar y que será el último coche de su anodina y prescindible existencia.
Podrían aprender a leer y a escribir en lugar de practicar la envidia y la desconfianza, no puede hacer daño. Y tal vez, con un poco de suerte, una mañana al despertar se darían cuenta del imbécil que ven frente al espejo y vomitarían de asco de si mismos. La sabiduría no da consuelo ni mejora la percepción de uno mismo.
Y aún, yendo más lejos, con un poco de suerte, se abrirían la garganta con una vieja y mellada navaja de afeitar dejando correr su sangre sucia que desafortunadamente han eternizado jodiendo a la cerda de su mujer.
Y me ahorrarían parte del trabajo sucio.
Sé que puede resultar cacofónico tanto mentar a los cerdos; se trata de una astuta licencia literaria que me he tomado la libertad de introducir en un texto de carácter científico y social para acentuar el dramatismo que yo mismo padezco en mis paseos de tullido.
Hoy he visto a un viejo sentado a la sombra con un bolígrafo y una libreta más grande que él. Y escribiendo sonreía. Sonreía desde adentro, disfrutando.
No babeaba, sólo gozaba de lo que se le escapaba entre los dedos.
Son cosas que saltan a la vista.
Pero es sólo uno entre miles: ancianos tristes como una mancha de negro aceite en el asfalto acarreando una bolsa de pan que sacan cuatro céntimos más barata en un supermercado que se encuentra a más de media hora de camino de su piso de mierda: su máxima ilusión y fin último de su vida, propietarios de algo.
Viejos animales que luego suben a su cochazo comprado como si fuera el gran puto premio de su vida y conducen inmaculado.
Y lento.
Y mal.
No es justo ni conveniente que el ser humano sea tan longevo. Hay viejos (tantos que la cifra causa vómito) que deberían haber muerto; que hubieran muerto si vivieran en consonancia con la naturaleza y no en esta degenerada sociedad.
La sanidad es la culpable de la involución del ser humano.
Mi suegro es un mierda, al igual que los otros miles que huelo.
Porque huelen a carne vieja y sucia, por debajo del olor a colonia barata dejan su tufo de sudor rancio.
Sucias estelas invisibles tejen un entramado de miseria añeja en el aire urbano.
Sus cerebros porcinos, ante la situación de la economía y su básica y primitiva visión, padecen por lo ricas que se hacen las compañías distribuidoras de energía y de comunicaciones a su costa. Miran su teléfono móvil continuamente y se angustian con el saldo, es otra de sus grandes preocupaciones.
Y escatiman agua en su higiene.
Su principal misión ahora que son jubilados, es ahorrar.
El hombre que escribe a la sombra, no se preocupa de ello, que viva largos años y sonría tanto como los viejos idiotas desconfían y porfían. Un abrazo ¿quieres ser mi padre?
Queda una esperanza: que la gripe porcina (conocida por el eufemismo de gripe A), limpie en los próximos cambios de estación, toda esta manada de viejos que viven pendientes de los demás. Malas personas que buscan ahora justicia y rectitud. Que las putas leyes se cumplan porque de lo contrario, todo sería un caos.
Esos viejos que tienen el absoluto convencimiento que todo el mundo les quiere engañar, que no se fían de nadie. Que necesitan que a los hijos de los demás les den disciplina y severidad.
Porque sus hijos de mierda sí que son ejemplares.
Y pretenden enseñarnos a ser como ellos, para que no nos engañen.
“No se puede dejar pasar una” rezan en grupo los viejos monos.
Porque estos tarados, piensan que los demás son idiotas y no sabemos ir por la vida.
Es la desconfianza del ignorante, del que su cerebro ya no da más de sí.
Zotes.
La vejez no es buena, acentúa la podredumbre genética.
Ojalá la gripe porcina ponga las cosas en su sitio.
Aunque temo que al final, de tanto tiempo que viven los indeseables, conseguirán hacer mutar el virus y se lo devolverán amplificado a los pobres cerdos.
Si Buda existiera, sus pequeños genitales enterrados en grasa, se aplastarían bajo la desagradable barriga agitada por una carcajada burlona.
Si los dioses existieran, los oiríamos reír a carcajadas dando puñetazos encima de la mesa donde nos joden.
Los cerdos sólo han dejado de mi suegro un trocito de uña que aparece absurdamente impoluta entre el barro y la mierda. Su gran aportación y último legado a la humanidad.
No pueden salir buenos embutidos con semejante alimentación.
Aunque antes de echarlo a los cerdos he desangrado convenientemente a mi suegro y reservado la sangre, creo que no voy a hacer morcillas, no creo que puedan ser sanas ni buenas.

Iconoclasta

15 de julio de 2009

Desolación, cementerio de sueños

Es desesperante, tiene que haber algo más, tiene que haber un atisbo de magia y fantasía. Cada día que vivo, sé más. Soy más sabio y la verdad es un cálculo en el riñón.

Meo sangre al despertar.

¿O cae de mi cabeza? No lo sé, lejos de Desolación todo es posible, porque en Desolación no existe la magia, todo es tan previsible como el destino de un ataúd.

Duele todo esto que espero y deseo, todo aquello que imagino y es imposible. Está aquí, en mi cabeza. Hay un lugar donde el suelo es tierra y polvo, donde el cielo no se oculta tras la porquería que la chusma expulsa al aire y se escucha el viento y la quietud. El mudo rumor de la serenidad aplaca mi desánimo, como un elixir de paz.

No quiero volver a Desolación, por favor...

Las mieses doradas sucumben plenas ante el peso de los rayos del sol. Son salvajes y sólo el viento las ha plantado. No hay manos previsibles que cultiven en mi mundo.

Hay un lugar en el que al mirar las estrellas, siento el vértigo de la magnificencia del universo.

Hay una luna desde la que ella me mira con una deliciosa sonrisa y es tan fácil llegar a ella... Me espera, me invita. Me aturde y un camino de cristal desde el cielo hasta mí, se extiende como la pasarela de una nave espacial.

Unas lágrimas emocionadas se unen con la sangre que mana de mi cabeza. Soy un esquizofrénico alucinando el mundo como debería ser. Me abandono, olvido el saber acumulado durante los escasos segundos en el que soy imbécil.

Desolación se vislumbra en el horizonte, partiendo en mil pedazos la luna y el camino de cristal. Desolación lanza su luz sucia y polvorienta al universo y rasga el gélido tapiz negro en el que las estrellas lucen. Desolación es la estrella más negra, la estrella más voraz del universo.

Soy un desolado, un nativo de la frustración.

He inventado lugares en los que el aire trae aromas de clorofila y muerte salvaje. Mundos en los que mi existencia no se ve alterada por chusma de incultas palabras, de risas ebrias. Idiotas de cerebro vacío aplastados contra el planeta como las ratas en el asfalto, en el metal de los coches, en el dinero.

Y cuando mi pensamiento sabio concluye que no es más que una fantasía, me encuentro en Desolación.

No es un buen lugar Desolación, donde los sueños se estancan, caducan y como el agua queda, se corrompen y hacen veneno.

La sabiduría no es un consuelo, no aporta sosiego sólo una comprensión que maldita sea la falta que me hace.

Es una condena. Desolación es mi gulag, y el vuestro idiotas. Aunque no lo sepáis.

La ignorancia es la auténtica esperanza y cuanto más vivo, más verdades se revelan. La idiotez me está vedada desde el mismo momento que me parió una madre jadeante y quejosa.

Sucio mundo, sucio yo.

Necesito ser imbécil; hay tanta presión y tristeza aquí, en mi cerebro.

Los deseos y los sueños estancados no son errores, no acumulo errores. Nadie lo hace.

Se acumula la vergüenza como dato a tener en cuenta, como experiencia inservible.

Y se repite un día, y otro, y otro, y otro...

Los errores se cometen y se incineran sin más. Cobran su precio como las putas y chaperos a los idiotas que tienen el cerebro en sus genitales, y desaparecen. La belleza y la magia, sí que se acumulan. Si hubiera nacido antes, unos siglos antes, hubiera hecho arder el mundo entero para que no se pareciera a esta infección que respiro.

¿Qué hago con todas esas ilusiones enquistadas? He cortado el cuero cabelludo con el cuchillo. Estoy tan frustrado que no duele. Sólo me molesta el ruido del filo contra el cráneo. No hay magia, no aparecerá ante mí un ser misericordioso que me unte el alma de paz y me transporte lejos de Desolación.

No hay cirujanos que extirpen esperanzas vanas, no hay tratamiento alguno para la realidad que se extiende ante mí como un vertedero de basura.

¿Qué sentido tiene imaginar belleza y bondad, amor y ternura, fuerza y vida? ¿O la sonrisa y la dicha? ¿O la bendita lucha y la sangre de una batalla territorial, animal? La violencia de la supervivencia, de la reproducción. La simple ira animal. La muerte y la venganza. Los jueces muertos, empalados...

No hay nada de eso en Desolación, y si lo hay, necesito ser deficiente para verlo.

Que la sabiduría se haga tumor y la extirpen.

Sabiendo lo imposible: ¿por qué cojones mi cerebro sigue soñando con escapar de aquí? Sabiendo lo imposible ¿por qué insisto en imaginar mundos bien hechos?

No tengo con que romper el hueso. Necesito romper el puto cráneo para que salgan los sueños caducos e imposibles. ¿Es que no me va ayudar nadie?

Necesito aliviar la presión. Necesito en mis manos el cachorro de un tigre que juguetea con mis dedos y la madre que me arranca la cabeza de un zarpazo. No quiero morir en Desolación, es triste, es humillante.

Si un cerebro podrido como el mío es capaz de imaginar en mis manos el cachorro de un tigre que duerme, es que puede ocurrir.

¿Qué sentido tiene fantasear? Iluso de mierda, estoy acabado.

Debería ocurrir... Para esto me he levantado el cuero cabelludo, desde la sien izquierda cuelga como un bistec fresco. Si no fuera por el hueso, el cerebro podría aliviar la presión vaciándose de ilusiones. Si tuviera suerte dañaría alguna parte de los sesos y me convertiría en subnormal.

¿Qué he hecho para que mi imaginación se desboque?

No quiero, me niego a escribir, a soñar; porque despertar a la verdad duele un millón. Un millón de voltios que fríen mis sesos, la realidad es una fuente de energía inagotable. Apestosa.

¿Para cuándo el fin del mundo? Me gustaría vivir para disfrutarlo, No quiero morir antes de que la humanidad sucumba como la plaga que es.

He soñado caminar por un manto verde y suave; inundado de rocío fresco. Y he despertado gimiendo con los pies abrasados en un pavimento gris y sucio.

¿Para qué coño imagino mundos mejores?

Puto cerebro de mierda...

Odio la sabiduría; cuando respiro en el mundo que no es mío, se forman en mi garganta flemas de veneno, ponzoñas mortales para el ánimo y la alegría con las que desearía contaminar el agua de este planeta erróneo producto de un aciago azar.


Soy un príncipe encantado convertido en un sapo venenoso, como en un cuento; pero ni lo peor se hace realidad. Y no soy un sapo. Un cerdo a lo sumo dirían unos. Un hombre prisionero en la región Mediocridad City, del planeta Desolación.

Soy un desolado, nativo de la frustración.

Imagino cosas tan bellas que me es imposible aceptar esta porquería de tiempo y lugar. Lo tangible.

No hay elfos, no hay duendes. No hay ogros, arpías o diablos.

No hay infierno ni paraíso en Desolación, sólo hay monotonía y lisura.

Estoy enfermo, sé la verdad; pero este cerebro podrido sigue creando magia, belleza y las pasiones más temibles y las más tiernas.

No soy de aquí, no lo seré jamás a menos que algún microorganismo patógeno licúe mi cerebro. Y me haga idota.

Desolación... ¿Cuándo el fin del mundo? Es otra esperanza de fantasía que tengo acumulada, presionando: ver estallar Desolación con un trillón de gritos y lamentos.

Mi hijo me está gritando algo desde Desolación y con una toalla me hace un turbante que sujeta el trozo de carne que cuelga de mi sien. Limpia la sangre que cae por el rostro del prisionero de Desolación con un teléfono en la oreja.

—¿No tienes algo con lo que romper el hueso? ¿No puedes ayudarme? Eres mi hijo. Yo lo haría.



Iconoclasta

10 de julio de 2009

Gravedad cero

¿Es posible que a algunos el amor les haga vivir en un estado de gravedad cero? Flotando...
No puede ser, eso es porque hay enamorados que tienen aire en el cráneo y flotan.
No quiero decir que se sean idiotas; pero es evidente que lo estoy afirmando y no puedo evadirme de ser despectivo. Sarcástico y cruel.
Mas no encuentro otra explicación para los que caminan flotando en el aire o incluso son capaces de andar sobre el agua igual que Jesucristo o algunos patos listillos que se pueden ver en los documentales de sobremesa de los canales más aburridos de la tele.
Si ocasionalmente me he enamorado, no me he sentido flotante como una boya (que rima con joya y algo mucho más obsceno), si no pesado y sudoroso. El tiempo se dilata de tal forma que cualquier cuántico físico afirmaría que soy una especie de agujero negro. Así que de aire en mi cabeza, nasti de plasti.
Tengo una buena masa cerebral. Eso sin contar con esto tan denso que tengo entre las piernas y que más denso se pone cuando estoy enamorado.
A propósito de agujeros negros: es ella el verdadero agujero negro. Lo afirmo por la metáfora y por su cuerpo inmenso que me atrae y me lleva hasta dentro de ella.
Mi cabeza, mi pene, mis cojones y mis brazos demasiado desarrollados para el gusto de los demás machos, no hacen de mí un globito de cumpleaños infantil precisamente. No floto nada, no puedo flotar.
Yo sólo me froto las manos contando los segundos que me esperan por encontrarme con ella y besar su cuerpo todo. Lamerla, chuparla, libarla, penetrarla. Hacerla gritar. No soy el mejor amante, pero como soy pesado, mi cuerpo la cubriría toda y debería respirar a través de mis pulmones.
Es lo más romántico que puedo ser.
Lo más que puedo admitir que algo levita, es ella cuando me cabalga y yo la elevo con mi cintura y ella se siente llena e ingrávida ante mi ritmo sexual.
No es un alarde, lo que me parece un alarde presuntuoso es que alguien que pesa más de ochenta kilos y tenga ya unos cuantos años, afirme que se siente ingrávido cuando está enamorado.
Si estás enamorado amas cuerpo y mente. Es inevitable como una infección. No soy puramente animal, también soy psíquico como lo demuestra esta forma de desearla continuamente y en todas direcciones.
Pasaría mi lengua por su coño con la misma avidez con la que besaría su boca. Puede parecer grosero, pero que le pregunten a ella cuando estoy trabajando su cuerpo.
A veces dice una obscenidades que me pone de lo más bruto. Flotar no; pero fácilmente influenciable por ella, sí. Es imposible evitar una oleada de placer que parece estallar en el cerebro cuando ella me dice alguna sutileza como: “¡Cabrón, que me estás haciendo!”.
Suda y sus piernas pesadas se apoyan en mis hombros. Y cuando le sobreviene un embate de placer, todo su cuerpo se contrae y duplica su peso.
Ingravidez, flotar, fluir ligero...
Vaya mierda. Me siento ofendido ante esta afirmación de levitación permanente de los enamorados porque me deja en un lugar muy poco evolucionado respecto a mis compañeros de mierda de vida.
Hasta la risa es pesada. ¿Nunca os habéis reído conteniendo las ganas de morder esos labios que dejan escapar un sonido maravilloso? No hay nada ligero en el movimiento, en la agitación de sus pechos cuando ríe. Se mueven pesados y yo como un agujero negro que soy, busco absorberlos hacia mí. Y ella busca absorberme a mí.
No les falta razón a los físicos, sólo que soy un agujero negro muy selectivo, yo no me follo, perdón, yo no me lo trago todo.
Una cosa es que tenga que soportar y hacerme el inofensivo para poder seguir sobreviviendo entre la peña. Soy eminentemente práctico, lo cual no deja espacio para la gravedad cero, es una cuestión de madurez mental y no banalizar el amor con tonterías de flotabilidad.
Gravedad cero... Viajaremos al espacio y allí me la tiraré, dos volutas de carne moviéndose entre restos de patatas fritas y latas de refrescos en la cápsula espacial.
Es la única forma de pender ingrávidos de ninguna parte, aunque lo dudo, ella es mi kriptonita, ella tiene el poder de pegarme a la tierra y obligarme a caminar con botas de plomo como un antiguo buzo de escafandra de latón.
Gravedad cero... Bendito el amor que me hace pesado y me clava de rodillas en la tierra. No quisiera que el amor me despegara los pies del suelo.
Tengo que amar en mi propio medio, sin demasiadas fantasías ingenuas. Sin romanticismos que le quiten su propio peso, su existencia en la mía. No importa el aire ni el decorado. Ella es la atmósfera y lo único que da sentido a todo lo demás.
No me jodas que eso es una sensación de ligereza.
Tengo las venas gordas como cables bajo mi piel. Y pulsan por ella.
Quiero apretar sus músculos pesados y beber la lágrima densa como el ácido que de sus ojos mana cuando se siente triste. Agua regia...
No es un fluido gentil. Son tristes las lágrimas de las ilusiones. Las lágrimas de una larga espera son gotas de plomo fundido que duelen sin darnos cuenta.
El amor lo único de terapéutico que tiene, es que anula el dolor. El amor es todo ansia y es tiempo cosmogónico. Demasiado crueles las distancias. Aberraciones del espacio-tiempo de las que sólo podemos evadirnos cuando nos abrazamos y la tierra parece tragarnos.
Somos la blasfemia de la ingravidez. El desengaño de la bondad del amor. Tal vez los otros se confundan, piensan que están enamorados cuando en realidad sólo viven un momento de baladí euforia.
Futesas...
Yo no quiero decir con esto que no haya suficiente materia gris en los cráneos de los otros, de mis paisanos de vida. Sin embargo, es imposible no concluir que es un insulto a la humanidad en general.
A grandes rasgos.
Y es imposible que no se nos forme una sonrisa en los labios al pensar en esos seres que flotan sin importancia, como globos metalizados de formas infantiles.
La ligereza es pura intrascendencia. Es redundante; pero tiene que quedar muy claro.
También es fácil deducir que estar enamorado provoca sobrepeso y todos los problemas cardiovasculares que ello conlleva.
Pero a mí me la pela.
La quiero con toda mi alma, con todo mi peso, como el soldadito de plomo que una pierna tristemente perdió.
A ver, que levante la mano el gracioso que habla de amor y ligereza. Me copiará cien veces en el cuaderno: El amor tiene la densidad del mercurio.
Si alguien flota, no es por amor, es el efecto del canabis.
Gravedad cero...
Espermatozoides flotando...
Qué chocho.



Iconoclasta