10 de septiembre de 2007

El peso de la vida

¿Qué te parece si hoy no nos prometemos amor ni follamos como locos posesos?
¿Qué te parece si hoy y sin que sirva de precedente te confieso desapasionadamente que estoy cansado?


No es nada, tal vez sólo sea una sensación pasajera, el colmo de un hastío que se ha prendido de mis ojos y me provoca una alergia.

¡Un hombre está llorando, que alguien acuda al puente de mando, el universo se dobla!

No debería llorar, los hombres se rasgan las vestiduras y abren su pecho sin soltar una sola lágrima, intentando extirpar el tumor que anida en el corazón y late a su vez presionando la garganta.

Es angustia.

Es todo tan pesado, todo gravita sin descanso. ¿Te has parado a pensar por qué mi espalda es tan ancha? Estoy adaptado al medio. Darwin me buscaba para explicarlo todo.
Todo pesa infinito y todo cae sobre los hombros.
No es una columna de H2O, es puro mercurio lo que me aplasta contra el suelo.
¿A todo el mundo le pesa tanto la vida?


Estoy adaptado a la vida con mis anchas espaldas, con mi ánimo hecho jirones al viento desértico y polar. Me consuelo con imaginar ser un héroe caído, un conquistador derrotado.
Un romanticismo infantiloide, algo que no me haga pensar que es mejor pegarse un tiro en la sien.


Hacemos una cosa: paseamos de la mano, sólo eso. Tú me llevas y yo prometo no tocarte el culo ni dejar que tires de todo este peso, intentaré aliviarte de mí mismo.
No te amo para que tires de mí, de mi vida; simplemente has tenido mala suerte al amarme. Mi peso específico figura como el más alto en la tabla periódica de los elementos. Figura en los libros, soy un metal pesado, tan pesado como inútil e innecesario. Una rareza sin valor.
Y no te quiero de ayuda, cargaría contigo también si fuera necesario.


Y no son los bocatas que me como los que me dan este específico peso; no me hagas reír.
Cuando me haces reír todo parece más ligero, más fácil. Todo es dos veces mejor.


¿Por qué soy incapaz de sonreír, mi vida? ¿Por qué siempre me siento infectado?
Si tú no existieras y si tuviera alma, ya me la habrían amputado llena de pus.


Te amo porque sólo tú eres capaz de soportar mi angustia, mi pena de no ser de este mundo ni de este tiempo. No hay escape. Sueño con las lunas de Júpiter y son inalcanzables, me faltaría vida para llegar hasta ellas. Estoy muerto en el universo y toda esa muerte se extiende pesada en mis hombros y hace los brazos de plomo.

No puede hacer daño algo de levedad, prometo no mal acostumbrarme si hoy dejara de sentir esta carga.
Aunque fuera por unos segundos.


Este latido superpuesto al corazón…
Un ictus del ánimo.


Moriré como mi padre, con el corazón partido en dos, sin despedirme de ti. Los que somos pesados y duros no nos doblamos, nos partimos y morimos aplastados en el acto por esta gravedad.
Por una vida que es triste como el elefante cabizbajo caminando por la senda.


Moriré de una forma trágica y con poca elegancia. He visto a los muertos cagarse y mearse, no es agradable. No hay muerte digna.
Poco importa, nada… Sólo sé que voy de tu mano, que miramos escaparates y hablamos de lo superfluo para conjurar mi peso horrible.


Te veo algo cansada, es mi culpa; soy yo. Mi vida cansa a los demás, mis electrones interfieren en los tuyos.
Se acabó ir de la mano.
No puedo mantener mi promesa, te he mentido, ahora sólo quiero hundirme en ti, penetrarte como jodería a esta vida: con rabia.
Con el único fin de arrancarte gemidos de placer. De hacer tu coño agua tibia donde hundirme, donde clavarme.


La única forma de aliviar este peso eres tú, es tu sexo empapado y mi bálano dentro de ti, algo animal. Algo carnal.
Algo que no de lugar al pensamiento.
Algo de ligereza para variar.


Soy tu lastre…




Iconoclasta

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