26 de febrero de 2007

Footing

¡Anda que no soy veloz!
No corro por deporte.

¡Hop! (salto atlético por encima del capó de un coche y frenazo del conductor).

No voy en elegante carrera porque llego tarde a una cita.
No corro para estar más fibrado.

¡Hop! (filigrana saltarina esquivando al camarero que coloca las sillas en la acera).

― ¡Idiota!

Siento un poco de vergüenza de que la gente se fije en mí admirando mi porte.

No corro con perfecta coordinación por miedo a alguien o a algo. No tengo miedo nunca.

¡Hop! (salto de longitud intentado salvar un tremendo charco de agua. No lo he conseguido por tan solo unos cuantos metros).

― ¡A ver si vamos con cuidado, imbécil!

Es la mujer del pantalón blanco, ahora salpicado de barro. No es cordial la gente en la ciudad.

Corro como una grácil gacela por el simple placer de sentir el viento en mi cara. Aunque tampoco estoy muy seguro de ello.

¡Hop! (salto vertical para superar la altura de un enano. Casi lo consigo; sólo le he pisado la cabeza).

Y no corro por ejercitar el corazón, ni por mejorar mi salud. El humo del cigarro que me cuelga de los labios no me deja respirar bien. Sé que fumar da cáncer y que produce esterilidad, a mí me da igual una cosa y otra, soy prácticamente de lo más degenerado conmigo mismo.


¡Hop! (al saltar por encima del cochecito de bebé, se me ha enganchado el pie en la madre y nos hemos caído los tres. Que gracia).

¿Y si corro por causar admiración? Soy la envidia de los sedentarios.
Lo que más me cuesta es torcer la boca en forma de sonrisa durante la carrera. Sonreír hace parecer al sonriente que es feliz con su sufrimiento, ergo no sufre. Pero padece como un cabrón, porque tengo el croisant dando bandazos en las tripas sin conseguir que baje.

¡Hop! (combinación de tres saltitos para driblar a la vieja con muletas que anda como una araña con sus cuatro patas, las otras cuatro las debe tener escondidas en su abdomen peludo. La vieja cae como caen las vallas en las pistas de atletismo).

Corro para… No lo sé, corro porque no acabo de estar a gusto en el mismo lugar que viví con ella, será que necesito cambiar de aires.

¡Hop! (salto sobre las flores del jardín de un parque, por lo menos son blandas).

― ¡Avisaré a la policía, gamberro!

Los jardineros deberían ser más tolerantes, su trabajo es hermoso. No todos tenemos la suerte de cuidar flores y árboles.

Corro como alma que lleva el diablo. Es romántico escapar del diablo, porque escapar de un dolor no es romántico, es cobarde.
Y ella me ha dejado.

¡Hop! (salto para tocar la rama de un frondoso árbol, no se de árboles, pero sus hojas de espina, me han hecho daño en los ojos, lo veo todo rojo. Por lo menos no me deslumbra el sol. Sólo quería tocar la rama con la mano, a veces no soy consciente de mi propia fortaleza).

Corro porque la quería por encima de todo y tengo el corazón tan contraído, tan encajado en las entrañas, que necesito moverme para que la sangre circule. Se me ha helado la sangre.
¿La sangre helada es como un trombo que sube a los pulmones? Porque siento que escupo sangre.

Corro a ciegas con los ojos sangrando. Y tal vez sea que en los labios tengo espinas clavadas, por lo menos, el hielo sangriento no ha llegado a un pulmón. Eso es un alivio, los trombos son malos.

¡Hop! (salto como la gallinita ciega, la gallinita que está hecha mierda por el dolor lacerante de que todo ha acabado. Tantos barrenderos y he tenido que pisar una botella rota; pero no duele, cuando duele el alma no duele ninguna parte del cuerpo por mucho que desees cambiar un dolor por otro).

¡Hop! (esta vez no salto, me limpio los ojos de sangre y saco los vidrios clavados en mis pies descalzos, me olvidé las zapatillas de correr. Soy un caso, ella me decía que un día me dejaría la cabeza olvidada. Pero ha sido ella la que se ha olvidado de mí. Hubiera preferido quedarme sin cabeza, sinceramente).

Corro para que se me cansen los pulmones, he gritado tanto su nombre, que no puedo seguir llamándola sin correr el grave riesgo de que me metan en un manicomio. Si uno corre por la calle, es que hace footing, nadie acaba en el manicomio por hacer footing.

¡Hop! (salto de contento porque allí está, es la casa de sus padres; le diré que no me chutaré nunca más, que duele mucho estar sin ella. Aunque me preocupa toda esa sangre que mana de mis pies, se deberían haber obturado los cortes con la porquería que se me ha pegado en las plantas).

Corro y la alcanzo, no es ella… Me duelen los ojos aunque no me sangran, cuesta un montón ver con claridad. Y grita esta mujer cuando la llamo “Angela” y le rozo suavemente el hombro para que se gire hacia mí. Grita tanto… Me va a estallar la cabeza.

Correr se ha convertido en una maldición, no quiero correr más, pero si me paro, si descanso, la soledad se avalanzará otra vez encima mío y sentiré como su peso me quita el aire de los pulmones y ni siquiera un chute de heroína me salvará de convertirme en un trozo de carne inerte.

¡Hop! (estoy tan cansado que me he caído al saltar el bordillo. Y se me escapa la risa, me he meado de tanto reír. Es gracioso lo caliente que sale la orina y lo rápida que se enfría cuando ha calado la ropa).

Corro porque no soporto esta quietud sin ella, la vida se ha convertido en una mortaja y correr tras ella, donde quiera que esté es demostrar que estoy vivo. Vivir… el corazón late a pesar de que el cerebro no está por la labor. Ojalá fuera más fácil morir.

¡Hop! El pequeño salto que doy, parece que me arranca la carne sajada de los pies, dan ganas de limpiarse con el sudario. Si me hacen otra jugada como esta, voy a poder participar en las olimpiadas del 2008; es absurdo correr, aunque no más incongruente que estar abandonado entre millones de seres.

Los coches han parado para dejar paso al hombre que hace footing, les debe parecer exótico que corra descalzo. Es la primera vez en lo que va de día que alguien ha sido amable cediendo el paso a un deportista.
Me gustaría tener la visión nítida y sonreírles con agradecimiento mirando sus ojos, pero rehúyen los míos. No sé que clase de espinas serían aquellas, pero me arden los ojos. No tanto como el corazón, es mucho más llevadera la ceguera que la soledad.

¡Hop! (el salto ha sido tan ridículo que no he saltado).

A nadie le importa ya que corra, no causo admiración; como mucho, asco. Y es porque estoy solo, porque me ha dejado, porque la he agotado hasta acabar con toda su capacidad de amor. Soy como un leproso que causa repugnancia y temor. Los abandonados somos gente infecciosa.
No soy capaz de seguir exhibiendo esta sonrisa, me está pulverizando las mandíbulas.

Me pica el brazo; ¡Joder! Mira que soy panoli, no me había acordado de sacarme la jeringuilla del brazo. La vena está fea que te cagas.
Es alucinante lo mucho que escuecen las lágrimas. Se dice que quien llora mucho, poco mea. Pues también es mentira, porque me pesan los pantalones una barbaridad. Si ahora diera un salto, no ganaría ni a la vieja de las muletas, los corredores han de pesar poco.

Estoy reventado, no puedo más, así que vomito aquí mismo, agachado. No es tan amarga la bilis como su abandono. Ni mucho menos.

¡Hop! (mientras acabo de vomitar mis cosas, el autobús parece hacer un triple salto mortal para pasar por encima mío, yo lo veo muy pesado, no creo que pueda conseguirlo; entiendo de estas cosas, entiendo de errores… quiero decir de saltos. Me voy a quedar quieto, para no confundirlo).

¡Hop! (un cuerpo roto da tumbos en la calzada)

Iconoclasta

21 de febrero de 2007

La foto de Dolce & Gabbana


Pues a mí la foto de Dolce & Gabbana no me molesta en absoluto. La encuentro sexual, excitante.Y no veo que la mujer esté gritando con miedo a que la violen. Yo diría que le gusta, que incluso está un poco aburrida de que sólo la sujete.
Yo a veces follo cogiéndo las muñecas, eso sí, luego si se tercia le pego una buena bofetada por guarra, cuando nadie me ve. Por eso soy tan odiado y nadie me habla ni estoy casado, ni tengo hijos, y soy asceta...
Si es que dais risa con vuestra moralina.
Todo esta falacia que se ha montado de que si promueve la violencia de género o es sexista, es una idiotez como otra cualquiera; quien piensa así es que su sexualidad es mucho más complicada y peligrosa del que ve simplemente una imagen chocante, excitante y provocadora.
Nada más.
Como ocurre en la vida, hay trepas; hay gente que vive de alimentarse del trabajo de otros y esto mismo es lo que ha pasado con este asunto de la polémica de la fotografía. Tal vez sienten envidia algunos de no poseer esos cuerpos de infarto. A mí me gusta el de la tía, es lamible...
La envidia es muy mala. Y los parásitos son los seres más envidiosos y menos trabajadores del planeta.
Es muy difícil que un idiota meapilas de estos censores y feministas acérrimas con ganas de escalar en la política y conseguir notoriedad, consigan hacerme ver fantasmas donde no hay.
Si lo que quieren es que todo el mundo sea puro y bueno, que hagan selección natural. Hitler lo hizo.
Pero que no adoctrinen a nadie con su mierda de ideas podridas que sólo pretenden el beneficio propio. En tiempos de la revolución industrial, no había esta publicidad y las mujeres eran peor tratadas, y la mierda se las comía y el hombre era más cabrón. Así que dejen paso a la imaginación y se comporten de forma más relajada. Hay cosas más importantes que una foto bien hecha.
Si no es por una cosa es por otra, siempre hay quien se encarga de joder al artista, y es igual que sea una empresa millonaria con ansia de lucro.
También lo son todos los políticos. Y el papa de Roma.
No me toquéis los huevos.
Idiotas...
Buen sexo.

Iconoclasta

10 de febrero de 2007

666 y la moralidad


El concepto de moral es sólo aplicable al comportamiento de los primates. Los dioses no formamos parte de ninguna moral.
De hecho la moralidad es un rasgo genético que Dios inculcó a los primates para que ocurrieran cosas que obligara al hombre a pedir su intercesión en algunos asuntos, digamos, comprometidos o difíciles.
Vamos, que Dios se aseguró el trabajo.
Los ángeles son morales y morales son los santos.
Yo no tengo moralidad ni inmoralidad; hago lo que quiero independientemente de la voluntad de Dios, del dolor de los ángeles, del dolor de los santos y el dolor de los primates, los humanos.
Y cuanto más terribles son mis actos a ojos morales, más me reafirmo como ser superior.
Me explicaré mejor.
¿Habéis oído hablar del Día de los Inocentes? ¿Creéis que Herodes el Grande, rey de la provinciana y mísera Judea, era malo? Aún resuenan los gritos de algunos bebés degollados en mi infierno. Están sufriendo, y él también al no poder oírlos. Tengo aislado a ese rey de pacotilla.
¿Y el pervertido Hitler, ese que en los desfiles apretaba fuertemente las nalgas al hacer su saludo maricón? Tenía que apretar los glúteos por la incontinencia que le provocaba un esfínter deshecho y desgarrado, que relajado, dejaba escapar sus heces por tantas sodomizaciones a las que se sometía por sus soldaditos, por sus generales.
Ese maricón no era malo.
Idia Amín, ese negro mono…
El porcino Franco, loco como una cabra porque la sífilis mal curada estaba pudriendo todo su sistema nervioso.
La nenaza loca de Nerón.
Calígula… Ese tarado se pinchaba con alfileres las glándulas lacrimales para que vieran como lloraba sangre.
Ninguno de ellos era malo.
Todos estos primates eran inmorales vistos desde vuestra perspectiva.
Malo soy yo porque no siento absolutamente nada cuando mato, destrozo y reviento cuerpos y almas.
Estos tiranillos, simplemente eran felices al matar. Sólo matando eran capaces de llegar al placer sexual. Son meros animales con los órganos sexuales directamente conectados a sus cerebros. Yo los he visto llorar de puro placer con las manos manchadas de semen evocando sus crímenes. Vi a Goëring con el pene del führer en la boca y por el suelo del despacho las fotos de primates judíos con los penes y los testículos arrancados con tenazas.
Todos esos maricas no eran malos, simplemente inmorales. No se les puede otorgar algo tan importante como la maldad.
Obtenían placer por ello, pero una vez se habían corrido, eran capaces de sentir afecto por los que les rodeaban.
Yo no.
Y no penséis en la Dama Oscura, ella es sólo una décima de segundo de mi existencia. Tal vez no viváis lo suficiente para ver como la abro en canal y saco una a una sus vísceras y las lamo. Pero ahora es su momento y apenas le quedan trazas humanas.
Ella es inmoral, porque disfruta con cada uno de mis actos. Ella es la más sangrienta de los primates, una joya en un pozo de inmundicias.
¿Veis lo que os digo? Ahora mismo ha abierto sus piernas llevada por el sonido de mi voz y me excita dejando que ese enorme perro lama su coño constantemente. Me mira fijamente y su cuerpo es todo un temblor de placer. El rosado pene del perro asoma goteando y gime a la vez que lame su vulva y sus ingles.
Hace unos segundos (25 años para vosotros) emergí de mi cueva al mundo como tantas otras veces hago cuando me da la gana. Paseé entre vosotros y ese día me llamó la atención el amor que las madres primates sienten por sus pequeños.
Yo conducía, y la madre cruzaba el paso de peatones con su hijo en el cochecito.
Aceleré y la golpeé lanzándola 10 metros adelante. Pasé por encima del cochecito y de su hijo, claro.
Frené, las ruedas del Aston estaban ensangrentadas. Saqué el cuerpo del bebé de entre el amasijo de tubos que era el cochecito; le había aplastado la cabeza, lo tenía cogido por el cuello, su pequeño cerebro caía lentamente desde la caja craneal. Sólo sentía curiosidad, era un muñeco roto.
Intenté sentir algo, pero sólo conseguí zarandearlo y con ello que sus minúsculas piernas tuvieran una contracción refleja y las encogió durante unos segundos.
Y gritó la madre, gritó lanzándose contra mí con uno de los brazos rotos y colgándole como si fuera de goma, el húmero partido salía al exterior sangrando. Sangraba por las orejas y la nariz.
Y me quitó de las manos a su hijo, me pegó puñetazos y patadas.
Le clavé mi cuchillo entre las costillas y lo hice correr, desde el costado siguiendo el intersticio de las dos costillas hasta llegar al pecho, y no soltó a su hijo ni por un momento a pesar de que la corté lentamente. De que el filo del cuchillo le estaba destrozando el pulmón izquierdo. Usaba un feo sujetador para la lactancia.
Luego le partí el cuello.
Los primates se habían agrupado en muchedumbre viendo la escena, parecían estar en trance, no se atrevían a acercarse. Era puro miedo.
El ulular de las sirenas se aproximaba. Y yo medité encendiendo un cigarro mirando los cuerpos muertos, intentando imaginar que sería sentir placer o zozobra.
Pero no sentía nada, era como dar una bocanada al puro, simplemente el vicio de hacerlo.
Ni siquiera la profunda mirada de terror de la madre al ver a su hijo destrozado consiguió emocionarme de ningún modo.
Me metí en el coche y me largué de allí, hacia otro lugar donde experimentar.
No os creáis que después de tanto tiempo que llevaba viviendo en el universo sentí de repente, en ese momento, el deseo de experimentar.
Siempre he tenido curiosidad por conocer, aunque fuera aproximadamente, la sensación de dolor de los primates. Su angustia.
Pero nada, está visto que ser Satanás tampoco es la polla, hay cosas que no se pueden sentir. No importa, me gusta como soy, no quisiera ser de otro modo.
Es más, me hice a mí mismo.
Durante días leí en los diarios lo ocurrido, mintieron en las noticias. No hablaron de asesinato, si no de accidente. Porque nadie podía explicar ni aceptar cómo la muchedumbre quedó petrificada viendo aquella escena.
Y yo no iba de monstruo, mi cuerpo es ancho y no soy demasiado alto. Vestía unos vaqueros negros y una camisa de cuadros beige, la llevaba por fuera del pantalón y abierta hasta medio pecho. Yo parecía un hombre de lo más vulgar. Bueno, la verdad es que mis brazos y espalda causan cierto respeto, pero no como para causar un shock ante mi visión.
Os juro que no hice trampas, que no invadí sus mentes. Se quedaron quietos como gacelas mirando desde una prudente distancia como el león devora a una de ellas.
Luego sintieron vergüenza de si mismos, a escala planetaria.
Pero yo no me sentí inmoral, ni mi pene estaba excitado. Incluso me distraía pensando en la primate de minifalda que ahogaba un grito llevándose una mano a la boca. Sentí deseos de apoyarla en el capó del Aston y meterle mi malvada polla, allí frente a la manada.
Mi Dama… miradla, se ha dado la vuelta y me enseña, abriendo las nalgas, lo dilatado de su ano.
Y el maldito San Bernardo sigue lamiéndola.
Quiero ser ese perro…
Emergí al cabo de unos segundos de mi cuerva. Pensé muchas cosas para seguir experimentando y al final me decanté por masacrar una guardería. Las guarderías son lo más sagrado de los primates. Entré en una llamada Nubes de Algodón, llamé a la puerta y me abrió una de las cuidadoras, la empujé adentro, cerré con la llave la cerradura y comencé la tarea que yo mismo me había impuesto.
Disparé a las siete cabezas de las cuidadoras.
E hice como Herodes en cada una de las 8 habitaciones que formaban la guardería. El suelo era de linóleo imitando la madera y las pareces tenían una ancha cenefa con dibuos de juguetes. Los altavoces emitían con un volumen discreto, canciones infantiles. Maté 77 niños, fue molesto porque cuando oyeron el tercer disparo que le entró por la nariz a una de las puericultoras, ya casi todos lloraban.
Un pequeño en pañales se escondía tras un silloncito infantil de plástico rojo, me hizo gracia esa ostentación de instinto de supervivencia. La bala reventó el sillón y su cuello.
Los que dormían la siesta se despertaron y tuve que esmerarme en matarlos, sin dejarme a ninguno; gasté 16 cargadores del 45. Los que aún no sabían andar fue coser y cantar matarlos, pero los que tenían a partir del año y pico de edad, me obligaron a apresurarme.
En menos de 15 minutos estaban todos muertos. Era arriesgado pisar el resbaladizo suelo ensangrentado, podía caer y ensuciarme la ropa. La sangre de primate huele muy mal.
Había sangre por todas las paredes porque había niños por todas partes; en un posterior repaso tuve que rematar a unos cuantos que aún lloraban.
Los vecinos en la calle, habían oído el sonido de los disparos y golpeaban furiosos la puerta cerrada de la entrada. Al fin, con la ayuda de los bomberos y la policía, consiguieron entrar en la guardería.
Las mujeres lloraban y vomitaban, los hombres también; no entiendo porque les pagan más si hacen lo mismo que ellas.
Yo estaba en el otro lado, mirándolos, observando los lamentos, a las madres y padres de rodillas en el sangriento suelo llorando a sus hijos. La policía no podía quitárselos de los brazos.
Mi polla estaba relajada, no sentía nada. Era un documental más lo que estaba viendo.
Incluso bostecé aburrido y una mujer policía me llamó la atención cuando al agacharse, dejó asomar el borde de su braguita por encima del cintura del pantalón.
Estuve a punto de arrancarla de su mundo y hacerla mujer feliz en el otro lado.
Así que cuando ya no soporté tanto grito y tanta lágrima me largué de allí. Estuve tentado de matarlos a todos y llevármelos al infierno; pero antes de irme llegaron ellos.
Jardiel, Lexies y Ezión, los ángeles se plantaron en el centro de la habitación más grande y elevaron sus voces en un triste cántico que intentaba infundir ánimo en los que sufrían.
Allí invisibles a los primates, los poderosos ángeles lanzaban sus voces potentes y las puntas de sus alas rozaban el suelo manchándose de sangre.
Estos seres alados son sobrecogedores, miden más de dos metros y medio y sus músculos son auténticas corazas. Pesan como el mercurio y sin embargo vuelan como halcones. Uno de ellos no tenía ni un solo cabello en la cabeza y el ademán de su tristeza me recordaba a los enfermos de leucemia.
Si no fuera por mí, no existirían imágenes de tanta belleza.
Ellos me miraban, pero no había odio, ni reproche; me miraban sintiéndose impotentes, preguntándome porque hice aquello, con unas miradas tan tristes y torturadas que a punto estuve de sentir algo en la boca del estómago.
Y tan intensas fueron sus miradas, que faltó muy poco para que conjurara a mis crueles y devoraran a esos querubines que el histriónico de Dios envió.
Esto es maldad, mi obra; todo lo demás son tonterías.
No soy como esos maricas que luego se masturban y dicen amar a los que les rodean. No hay asomo de placer en mis actos. Ni odio.
Es la asepsia del alma. Soy el vacío. Soy muerte y no dejo ni tristeza en mi camino.
Cuando llegué a mi húmeda y oscura cueva, emitían un capítulo de los Simpsons, me encendí un Partagás enorme, y con la mano en los cojones, me quedé mirando las aventuras de esos dibujos, rascándome distraídamente la polla.
Ya os contaré más cosas mías.
Y de ella, que aún está viva.
Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

3 de febrero de 2007

Degenerado

A veces quisiera tener largas uñas para desnudarme más profundamente, para mostrarme tal como soy por dentro y desde dentro, y provocar hasta vuestra vergüenza; haceros girar la cara asqueados.
Sonreiré con demencia, con esquizofrenia incontrolada. Yo no disimulo nada, estoy hasta la mismísima polla de disimular.
No hay asomo alguno de reparo en mostrar mi desnudez, tal vez sea un patológico exhibicionismo suicida. Os observo hurgándome la nariz.
Quisiera más que desnudo, posar al lado de mi alma curtida y estirada al sol.
Un pellejo de cerdo teñido de reproches.
De rencores ancestrales, genéticos. A lo mejor vosotros veis el origen; ningún camello se ve su propia giba. Discutid las razones, por lo menos así tendré algo de importancia en el orden general de las cosas. Teorizad sobre el génesis de mi envidia, de mi odio, de mi incomprensión; soy ahora el modelo de la decadencia humana; aprovechad ahora que no escupo mi sangre venenosa.
Soy un rumiante de la miseria, de la hediondez.
Quisiera tener largas y sucias uñas, un animal que vive bajo las raíces; que se alimenta de sus propias frustraciones, demencial y profundo. Doblado en una madriguera arañando tierra hacia abajo, hacia ningún lado.
No hay lirismo en ello, ni metáfora que me salve de mi saña caníbal; es simplemente lo más execrable de mi ser alumbrado por el sol desecador. Hoy no quiero ponerme en pelotas y alardear de mis cojones pletóricos de semen, pulsantes de deseo carnal y reproductor. No pretendo escandalizar ni provocar una risa, tan sólo deprimir, deprimir al mundo entero, a humanos, a animales, pudrir las plantas...
Soy tan malo a veces, que siento terror y escarbo más profundamente para huír de mí.
Como hace mi alma al doblarse, al plegarse sobre sí misma y de alguna manera, separarse de mí. Un viaje astral por el que nadie pagaría.
Para eso aprendí a trazar pensamientos con tinta, para ser deprimente para ser el espejo de la mierda humana; tal vez uno nace como muestra de lo que no ha de ser parido. Coño... esto es un mal viaje, un chute en vena y la vena se ha roto. Demasiado caballo, demasiado seguido.
Si fuera droga lo entendería.
Quisiera que mis largas y sucias uñas, estuvieran melladas y fueran peligrosas, fuertes para rasgar así mi vientre y dejar que rebalen y se tiendan al sol las entrañas, como la cuerda es tragada por el pozo. Con un chapoteo sangriento cuando el último centímetro de intestino salga del vientre abierto.
Eso es estar desnudo. Esa es mi desnudez, la total; la que ofende el buen gusto y la lógica.
La que me hace estúpido.
Me place exhibir mi cuerpo por dentro. ¿Creéis acaso que es perfomance? Estáis equivocados, esto es un simple suicidio, es hacer mutis por el foro sin caer en la tentación de ser genial ni ser simpático. Sólo quiero ser repugnante, me metería en el culo una vela encendida para ser más desagradable al morir; la perfección es siempre incómoda.
Un tío mierda que se destripa delante de todo el mundo sin que él mismo sepa porque.
Y tampoco necesito que me deis importancia, con mi egoísmo y mi vanidad me voy bien acompañado.
Incluso distraído...
Joder.
Quisiera tener largas uñas, sucias y melladas. Peligrosas e infecciosas para llevarme conmigo a medio mundo.
Un aplauso al degenerado.

Iconoclasta