21 de abril de 2006

44 años y contando



44 años y contando... Contando que han sido 44 años de fracasos. Nada de lo que deseaba se ha cumplido, bueno si; el escribir. Siempre he deseado escribir, es lo único que está en mi mano. Es lo único que se gesta en mi cabeza sin contaminantes externos.
Nada se ha cumplido, los fracasos han sido caprichosos. No es nada malo, porque los fracasos de algunas de mis voluntades, posiblemente me han llevado a un mejor camino.
Pero no soy tonto, demasiadas veces he rabiado como un animal. Es injusto esto de contar años cuando la fiesta no es como a uno le gustaría.
Cumplí 43 con una pierna rota, ahora 44 con la pierna que ya puede sostener mi peso, andar...
Hay unos nervios en ello, un ansia indescriptible ¿sabéis que tras tanto estar en reposo y sentado, ahora que puedo caminar me siento un traidor a mí mismo cuando me siento? Nací en el año chino del tigre, pero sólo me parezco a él en mi ir y venir en una reducida jaula.
Es como si el hecho de sentarme a escribir estas líneas, fuera una traición a mi vida. Ahora estar sentado y escribir es un acto de sabotaje a mi pierna, a mí mismo.
Perdonad que no haya estado todo lo que debiera, pero han sido unos días de no saberme relajar, de no sentirme a gusto con nada. De andar, de andar más... Terriblemente despacio, sin hacer caso del dolor, de los ruidos de las articulaciones.
Es el ansia desatada después de un año entero de práctica inmovilización. Y tengo un bastón de madera... No es bonito, pero no es una muleta aparatosa de metal frío y goma ortopédica.
Más adelante, si lo continúo necesitando, compraré un bonito bastón como Gala, pero en macho, no os vayáis a pensar que mi sexualidad se ha tornado tolerante o cosas de esas por las que uno sonríe con malicia.
A veces tengo miedo que se rompa la pierna de nuevo, y piso más fuerte para que ello ocurra y no me haga esperar demasiado.
No soy miedoso, sólo impaciente.
Pero dentro de mis mejores fracasos, el mejor con diferencia es este grupo y los que he conocido. Ha sido un tremendo fracaso conocer tantos escritores, o tantos lectores. O tantos humanos que no se sienten del todo a disgusto con lo que a veces escribo.
Un fracaso que me hace sentir afortunado. Suurgiendo de la nada, el Iconoclasta y sin propaganda ha acaparado los mejores escritores y escritoras. Las mejores personas sin más necesidad que el escribir y comunicar miedos y fantasías.
Es la función de escribir.
Besos y abrazos a todos, estoy volviendo poco a poco a la carga. Ya me estoy cansando de caminar... ¡Ja!
Buen sexo.


Iconoclasta

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20 de abril de 2006

Otra vuelta de tuerca

Otra vuelta de tuerca y me muerdo los labios, cuesta un poco girar, acomodarse a un husillo sinfín.
Girar sin llegar a nada ni a nadie.
Vueltas de tuerca. Adelante y atrás.
Y tú a izquierda y derecha.
Es todo tan árido a veces, tan árido como desearte y no tenerte.
Creer es una vana esperanza; creer en ti es una alucinación que me hace levitar en un mundo de atmósfera plomiza.
Debería comerte a besos por toda esa ligereza; vuelos sin motor en torno a tus labios.
Y hundir mis dedos entre el vello de tu pubis, tirar de él con deseo. Sentir tu vientre contraerse y mi ansia desatada.
Arrancarte un gemido prolongado. Mi venganza por todo este amor que me encadena, que me inmoviliza y me ciega a ti misma.
Otra vuelta de tuerca es seguir caminando y esperar que seas tú la que aparezca en cualquier momento, en cualquier lugar.
Soñar… Eres tú, podrías ser tú la que camina allá lejos. No me acercaré, conservaré la esperanza de que seas tú. Porque si no lo fueras, me muero.
Podrían ser tus labios los que ahora mordiera con hambre atávica.
Poder transmitir toda esta desesperanza de no tenerte con un beso hambriento; no llorar, no insultarte por existir y ni siquiera coger tu mano.
Otra vuelta de tuerca y la cabeza me va a estallar, pienso y pienso y pienso…
Duele ser expulsado del paraíso y duele la certeza de que no volveré jamás.
Duelen los besos en el tiempo.
El paraíso… Besar tus pechos prohibidos hasta que tus manos aferren mi cabeza y desees que los aspire.
Y entre la suavidad de tus piernas mi pene arrastrándose, rozándote, buscándote con cada movimiento.
Otra vuelta de tuerca y te penetro. Penetro en tu coño y en tu mente. En tu amor lejano, desintegrando mi hambre de ti.
Fulminando toda esta sed.
Otra vuelta de tuerca, preciosa.
Otra vuelta de tuerca que me haga aterrizar en mi realidad de nuevo, que me cueste un llanto y el reconocimiento de que te deseo tanto que sería peligroso para ti. Que sería capaz de alojarte en este husillo sinfín, de arrancarte del paraíso y obligarte a girar conmigo.
No siempre reconoceré esto, no siempre podré ser sincero y reconocer que te raptaría para llevarte a ningún paraíso. Porque eres mi locura y mi paraíso es extraño y tal vez no lo merezcas. No sé que pasará cuando con otra vuelta de tuerca, me abrace tan fuerte a ti que los dioses sientan necesidad de poner freno a una pasión que ni ellos soñaron.
No les gusta que algo sea más fuerte que ellos.
Otra vuelta de tuerca, cuesta despedirse de ti.
Cuesta dios y ayuda dejar de dar vueltas a la tuerca loca que no llega a ningún sitio.
Sísifos del amor…


Iconoclasta

13 de abril de 2006

Vacaciones semana santa 2006

No es necesario que la semana santa sea calurosa pero; es la gran preocupación de la peña: el tiempo.
Claro que sí, es normal. Porque los hay que para cuatro estúpidos días, vuelan a los lugares más selectos del planeta.
Es precioso viajar, es precioso volver al cabo de casi una semana y pillar a una víctima a la cual enseñar todas y cada una de las estúpidas y aburridas fotos.
Aguantar la torre de Pissa con la mano y con sonrisa de carnero es increíblemente divertido.
No te jode la horterada…

Si llueve es malo (bueno para otros), si no hay sol tampoco mola (a mí sí). Y si hay buena luz pero hace frío, no se lucen a gusto las ortopédicas sandalias de aventura. Ni los pantalones cortos de safari tan bien planchados y con un brillante y nuevo cinturón de piel negra que le da un toque de elegancia al conjunto.
La madre que los parió…

El tiempo ha de ser bonancible también, para que las fotos con las que nos han de joder tras el viaje, sean de un pixelado exceptionel.
Temo a los compradores de viajes a plazos, les temo más que a una vara verde. De ahí mi carismática antipatía, no me junto con según quien.

Cuando paseando con mi podrida pierna, paso frente a una tienda de fotografía y veo toda esa carne encajada allá dentro, me siento como el anticristo llevando el crucifijo en los cojones.
In nómine pater.

La DGT hace una pregunta en un anuncio publicitario e institucional de dramática dureza: ¿Piensa morir estas vacaciones?
Y yo, respondiendo con vehemencia y pasión por el turista hortera, clamo: ¡SI, OJALA QUE SI!
¡Ahh, el sentido del humor! es que me descojono como el negro al que cuelgan en el consabido chiste.

Si no fuera porque soy más pobre que las ratas, no estaría escribiendo este sesudo ensayo. Dicen que el hambre agudiza el ingenio: una mierda. El hambre sólo provoca el vómito; no tiene efectos secundarios milagrosos. Eso sólo lo dicen los millonarios a los que se la pela el hambre.
Bueno, también tiene una propiedad terapéutica: nos mantiene a salvo de gastar el dinero en fotos.
De fotos que no le importan tres cojones a nadie más que a los padres del fotógrafo. Y que tampoco se fíe, el que sean padres no quiere decir que se vayan a sumir en un éxtasis místico porque sus hijos hayan viajado a una selva falsa o a la capital más sobria e insulsa que lo son todas las de la barata Europa del este. Eso sí, tienen unas estatuas cagadas de palomas que te cagas.

Como ya he dicho, por mí pueden llover chuzos de punta, soy sumergible y si me propongo salir a pasear, me la pela lo que el Meteosat diga.

Lo peor del año, son estas primeras vacaciones. La peña está tan salida por olvidarse de sus miserias que no es cuidadosa y lo fotografía todo. Son pocos días y no tienen reflejos para reflexionar en tan poco tiempo. En verano esto no pasa, porque a los 12 días ya están asqueados de todo.
En la semana santa, los turistas son como los perros oliéndose el culo en las colas que se forman para entrar en los lugares más emblemáticos de su destino; cosa que no tiene mérito porque es lo mismo que hacen exactamente cada semana en los hipermercados.
Tras estos días de descontrolado asueto, aguantan otros meses más hasta que llegan las vacaciones de verano o los despiden. Habrá pasado un mes y aún contarán a sus víctimas los preciosos lugares que visitaron.
Los más cultos tendrán una buena colección de impresionantes testimonios de idiotas sacudiéndose con un látigo o primeros planos de un paso de procesión. Incluso una foto del yonqui de la prisión liberado por el Cristo encadenado o quemado o lo que cojones quiera que sea.
Preferentemente, lo que más fotografían son los detalles de los pasos de figuras temblonas y ojos mal pintados, auténticos patrimonios de la España profunda que soportan en sus hombros costaleros con capirotes y colocados con vino y coñac; y si tuvieran sonido las fotos, podríamos oír las risas beodas que emiten bajo su roja y dilatada nariz.

En fin, espero que haga muy mal tiempo y que ningún hortera pueda hacer fotos como un loco. Y si las hace, que sean oscuras y mal enfocadas. Algo que nos libre de ver tanta estupidez repetida año tras año.

Y es que prefiero la sana sinceridad y sencillez sin pretensiones de los que aprovechan estos días para ir a Cuba o Tailandia para follarse unos niños o niñas por unos céntimos de euro.
Donde vas a parar…

Buen sexo.

Iconoclasta

1 de abril de 2006

La estela del reactor

El reactor avanza casi vertical, definiendo con su estela la cúpula celeste. La imposible curvatura de un cielo plano y recto.
Es un reactor y existe porque deja tras de sí una línea de humo, fina cuando sale de un punto no visible y que se ensancha y dilata como el estómago de una anaconda. La nave desde el suelo no se ve.
Aquí y ahora, el humo da vida.
Es estúpida la idea y jodido escribir.
Pensar.
Entristecerse.

Se podría desprender que uno depende de su estela. Dependemos de nuestra impronta para dar sentido a los actos que llevamos a cabo.
Pero yo sólo veo estelas en el cielo. Si las hay en la tierra hemos de reptar por el suelo para admirarlas. Y a nadie le importa demasiado una estela polvorienta.
Las del cielo son esperanzadoras por oscuros motivos poéticos. Religiosos.

Las estelas dibujadas en la tierra son espejismos de una vida demasiado reseca.

No soy un reactor, soy mucho menos espectacular, nunca he tenido un momento de gloria con el que marco en el cielo mi curso; a la vista de todos.
Con orgullo.
Dibujo con aire en el aire los segundos pasados, los que se acumulan tras de mí dejando una estela translúcida. Tan poco vistosa que bien podría ser una aberración óptica que apenas dura el parpadeo de un ojo aburrido.

Tal vez no sea ni un pequeño rastro y sea simplemente la visión de un cristalino demasiado húmedo.
Es tan efímera mi estela, tan efímera y volátil que no consigo verla por más que mire hacia atrás a cada momento.
No trasciende, es insignificante.
¿Mi estela es mi vida?
Pues mi vida no vale lo que un papel rasgado.
No es bueno mirar al cielo y luego comparar, hace un daño apagado y profundo que mina el ánimo.
Es una indecencia lo baladí de mi vida.
No tiene importancia, no importo, no importas, no importáis.
Conjugaciones para un epitafio.

¿Por qué me aferro a la vida, a la mía, como si fuera algo importante?
Mi estela no existe, no dejo una hipnótica línea tras de mí; no creo ser algo vivo, ni siquiera digno de estudiar como algo biológico.
No tengo taxonomía de grupo.
Un poco triste ¿no?
Nadie recapacitará aunque me estrelle contra una excavadora y me clave los dientes de la pala en las cuencas.
Ni siquiera mi hemoglobínico rastro crearía expectación.
No existo.
Si no hay estela, no hay vida.
Corolario desolador.
Es duro reconocer la propia inexistencia.
Requiere valor.
Locura.

Y el reactor, indiferente a las pequeñas vidas que ni siquiera siente, crea una estela que permanece en el cielo durante largos minutos. Ostentando su importancia, su trascendencia.
No me ve, me ignora. Desdeña mi vida y mi historia como yo envidio su importancia en el estado general de las cosas.
La estela del reactor es un alarde de lo que nunca llegaré a importar a nadie.

Observándola casi con veneración, deseo que se deshaga, que se difumine rápidamente; que los altos vientos la arrastren y limpien el cielo de esa mierdosa estela que me empequeñece.
Que la hagan jirones.
Quisiera que esa estela fuera tan efímera e inexistente como la mía. He girado tantas veces la mirada y no he visto nada…
Mirar atrás y no ver nada lo suficientemente sólido, crea un vacío en el estómago y el camino que queda por recorrer es una cinta de una longitud inhumana.
No hay recuerdos que distraigan de un camino árido y de desleídos colores quemados por el sol.
Las imágenes resbalan como gelatina de su soporte de papel.

El reactor virará, se acercará de nuevo bajando casi en picado, con elegancia y gallardía.
A los reactores les gusta hacer gala de su potencia en esta zona desértica y de profundos cañones.
La estela se convierte en una elipse invertida y el atronador ruido se hace patente.

Sé que es difícil, es algo poderoso lo que hiere el cielo así.
Y de la misma forma que me aferro a la vida; con el mismo sentimiento de pérdida con el que vivo. De la misma forma lo intento. Una negra esperanza.
La rampa del lanzamisiles se eleva al accionar el pulsador del pistón hidráulico y el viejo jeep chirría y se queja. El misil mira al cielo con vehemencia. Es otro creador de estelas, hambriento de gloria.
Y yo…

Tecleo las instrucciones necesarias en un absurdo y ultramoderno ordenador que se encuentra en el asiento de podrido tapizado.
Ahora el caza, parece rascar el suelo en algunos momentos, cuando en la lejanía, la distancia entre el suelo y el aparato es inexistente.

Se pueden escuchar las lejanas ondas sónicas rotas. La bestia lanza un grito de guerra sangrante levantando breves estelas de polvo. No tiene bastante con mostrar su vida en el cielo.
El radar del ordenador ya no lo detecta y el momento del disparo queda a merced de un hombre sin estela.
Presiono el “enter” para realizar el disparo.
El calor del propulsor es abrasador, dura un instante pero; la piel y la ropa conservan ese ardor como algo valioso. Si pudiera crear una estela la mitad de intensa que el calor de mi piel la podría admirar por fin.
Si tuviera esa capacidad…

Puedo ver entre el fuselaje del caza los mortíferos cohetes destructores de cabañas de adobe y paja.
Y el misil, pequeño y creando una discreta estela, se dirige a su encuentro. Parece desearlo.

El piloto vira demasiado tarde y el misil seguidor de calóricas estelas impacta en la panza de la nave. La explosión envuelve al piloto en el aire; ha tardado demasiado en eyectar de la carlinga. Tal vez miraba atrás, admiraba su estela, como yo.

Y ahora me siento importante.
Porque es algo comprobado en la praxis habitual que sólo algo importante es capaz de destruir a la importancia misma. Da igual que haya sido suerte. Nunca he disfrutado de la suerte; sólo de una voluntad agotadora.
No puedo crear estelas ni en el cielo ni en la tierra, ergo no tengo de que admirarme.
Sólo la alegría de la destrucción que he creado disminuye y aplaca esta sensación de intrascendencia.
Fútil y efímero…


No emprendo el camino hacia la base hasta que se ha borrado el último vestigio de la estela. Parece resistir una eternidad, es un tatuaje…
Si ahora me mataran, moriría pensando que he fracasado con mi misión.
No es sólo el caza; es su estela mi enemigo, la que me humilla.
Y este calor…
Le dispararía al sol.
Y a Dios.

Iconoclasta