31 de diciembre de 2005

Ley anti-tabaco

Estoy hasta la polla (y nunca mejor dicho) de esa estupidez de ley contra el tabaco. Entendedme, yo no voy a dejar de fumar nunca. Me gusta fumar.

Y es que se están poniendo muy pesados con su mierda de salud.

No soy un esclavo y no voy a postrarme ante los pies de un "massa" y comerle el rabo para que me deje fumar un cigarro, dijéramos que soy un poco rebelde cuando me tocan las pelotas y suelo reaccionar de modo contrario.

Por culpa de esta mierda de ley se montó el gran escándalo en la fábrica de condones.

Soy el que prueba los condones en la fábrica, el control de calidad.

Me la estaba pelando con un condón de color rojo con cascabeles en la base; un lote tradicional que sólo se fabrica para la nochevieja.

La verdad es que me desconcentraba un poco el ruido del cascabel y me estaba malhumorando. Pero bueno, me corrí en tres condones elegidos de lotes distintos y todos estaban en buenas condiciones. Hasta aquí más o menos bien.

Era muy difícil meter el condón de nuevo en su envoltorio sin llenar de semen los cascabeles y me estaba poniendo muy nervioso. Estaba siendo un día difícil.

Para mayor inri, un grupo de colegiales, estaba de visita en la fábrica (El Sagrado Corazón del Cristo Colgado de las Pelotas, creo que se llamaba el colegio) y el guía hizo un alto frente a mi departarmento. Hizo subir la persiana exterior para que vieran los niños, maestros y maestras cómo realizaba mi importante trabajo.

Así que me acaricié el pene hasta que se puso duro (incluso le vaporicé un poco de aceite para darle más brillo). Los visitantes se pegaban al vidrio como moscas y reían y aplaudían, sobre todo cuando vieron la elegancia con la que vestí mi polla con aquel condón de rojo pasión y cascabeles.

No soy vergonzoso, pero llevaba ya casi 45 minutos sin fumar y estaba muy estresado con ese modelo de condón tan difícil de probar.

Así que empecé a darle al puño ante las sonrisas felices de niños y niñas, de maestros y maestras.

Los golpecitos que daban contra el vidrio consiguieron distraerme y perdí la concentración.

Entonces les hablé a través del intercomunicador:

- A ver, niñas. ¿Alguna me quiere ayudar? - paso de que un macho por pequeño que sea me ayude en estas cosas.

Y una simpática niña bajita comenzó a saltar agitando sus muy pequeñas tetas. Estaba muy nerviosa.

- ¡Yo, yo, yo! ¿Me deja entrar Srta. Alba? Por favor....- le preguntó ilusionada a su profesora.

La profesora asintió comprensivamente y me sonrió cándida.

Accioné la cerradura eléctrica de la puerta y la niña se metió en el departamento a velocidad supersónica rompiendo así la barrera del sonido.

Le di dos besos en la mejilla.

-¿Cómo te llamas?

- María del Mar.

- ¿Y cuántos años tienes?

- 12

- Mira, me rodeas así la punta del pene y subes y bajas la mano, que yo te aviso cuando salga la leche. Y ponte así para que tus compañeros puedan ver como se hace.

Y la niña comenzó a subir y bajar la mano velozmente. El tintineo era impresionante y mis cojones se comenzaron a contraer de gusto.

El guía de la fábrica entró para hacer unas fotos mientras me la pelaba la niña feliz.

Pasaron dos minutos y yo no me corría, estaba nervioso.

- Tú no pares.- le dije a la pequeña María del Mar.

Saqué la cajetilla de tabaco, me encendí un cigarro y me senté frente a las visitas con las piernas abiertas mientras me relajaba y la niña por fin conseguía que mis primeras convulsiones de placer aparecieran en mi vientre.

Entonces los profesores empezaron a picar en el vidrio, estaban histéricos; querían que apagara el cigarro. Estaba prohibido fumar.

Yo no les hacía ni puto caso y continué fumando y echando el humo contra la cara de la revoltosa y encantadora María del Mar.

Uno de los profesores exigió que le abriera la puerta. Apreté el pulsador y entró como una exhalación.

- No puede fumar y menos con una niña en el mismo local. Es un crimen. La ley es muy clara.

- Pues yo tengo ganas de fumar, y fumo cuando me da la gana. Estoy sometido a mucho estrés y me paso casi diez horas aquí metido; así que no me toques los huevos y sal fuera para ver como me corro y se hincha el condón.

María le daba a mi rabo con locura y mis ojos bizqueaban.

El profesor se puso frente a mí para hablar muy claro y cerca de mi rostro.

- Si no apaga ese cigarrillo ahora mismo, le denuncio.

Y en ese momento me sobrevino un orgasmo sísmico.

Mi cara mutó y se convirtió en una máscara de lujuria, mi lengua salió de los labios relamiéndolos y mis piernas comenzaron a temblar.

Un tremendo chorro de semen se estampó contra la corbata y los labios del barbudo profesor.

-Joder, ha salido uno malo. -me exclamé.

María se estaba limpiando la mano en el vestido y yo me quité el condón para examinarlo.

Pues no era defectuoso, resulta que había frotado con tanta fuerza que se rasgó y dejó descubierto el glande.

La niña saltaba feliz haciendo sonar los cascabeles del condón roto que le di de recuerdo. Lo agitaba frente a sus compañeros alardeando de su trofeo.

Habían niños que me pedían más.

Le di la última calada al cigarro; el profesor ya se había ido hacia la pica para lavarse la cara. Estaba blanco y se había quitado la corbata de la que colgaba un espeso moco blanco.

- Voy a hablar con sus superiores ahora mismo, y me van a pagar una corbata nueva. Es usted un delincuente. Casi nos enferma con el cigarrillo.

- A mí me suda la polla, ves a hablar con quien te dé la gana, idiota.

Y el profesor salió de allí pegando un portazo.

- ¿Te lo has pasado bien María del Mar?

- Si, mucho.

Le di un beso en la mejilla y le deseé que pasara unas felices fiestas.

Y por fín me dejaron solo. Y pude volver a fumar otro cigarro más tranquilo.

Al final de la jornada entró el jefe de planta, yo estaba fumando.

- ¿Te ha dado mucho la vara el idiota del profesor?

- Estaba rebotadísimo. - dijo encendiendo un cigarro- Hasta que no le hemos regalado el bolígrafo-polla vibrador no ha dejado de gritar.

- Con el buen rollo que había cuando los subnormales del gobierno no se inventaron esa ley ¿eh?

- Es que sólo consiguen estropearlo todo- me respondió el jefe.

- Bueno, pues yo me voy a casa. Oye, me llevo un par de cajas de estos condones para Iconoclastito ¿eh?

- Vale, no te preocupes. Y felices fiestas, Iconoclasta.

- Felices fiestas, Pedro.

Y una vez en el coche y de camino a casa, me encendí un cigarro que no me apetecía en absoluto pero sólo por tocar los huevos y tirar por la ventanilla la colilla, valía la pena fumarlo.

La ley anti-tabaco me la pela.

A cascarla.

Buen sexo.

Iconoclasta

29 de diciembre de 2005

Oscuro

Oscuro...
Quisiera que el sol no saliera. Que las nubes taparan las cimas de los edificios más altos.
Negras nubes de una tormenta sobrenatural.
Opacas nubes que a nadie gustan, que presagian tristeza y fatalidad.
Que tienen el poder de frenar los lejanos rayos de un sol furioso que disfraza de luz el llanto y el sufrimiento.
Colores hipócritas pintados por un dios asesino.
Del sol mentiroso cuyos cancerígenos y rabiosos rayos se han erigido en falsa esperanza.
Como los falsos dioses creados.

El sol que estalla allá lejano y furioso.
Letal...

Un ser eternamente furioso que intenta por todos medios calcinarnos. El sol es una mala cosa; el sol crea colores que distraen de la muerte. Evapora las lágrimas como la muerte evapora el fluido de los cuerpos.
Y en las playas los cuerpos se broncean de mentira y rabia, de un calor que abotarga el cerebro. El sol se ceba en sus pieles, inmisericorde. Los hombres no son plantas, no tienen función fotosintética y sus pieles se resecan. Los humanos no florecen.

Hace décadas, en el colegio nos explicaban sobre los beneficios del sol.
Y yo miraba el sol reverenciándolo como un dios, creyendo que sus rayos me harían más fuerte, más inteligente. Que mi piel almacenaría suficiente luz para refulgir en la oscuridad.
Cada día intentaba mirar directamente al sol, hasta que me saltaban las lágrimas; quería acaparar luz, cerrar los ojos y rasgar la oscuridad de cada noche.
La oscuridad era lo contrario de la vida, la muerte.
Era demasiado pequeño para entender.

El sol dio vida a la tierra.
Mi sol salvador.

Sentía que cada día podía aguantar más tiempo su visión. Y llegó un momento en el que, aunque todo era muy oscuro a mi alrededor conseguía mantener mi mirada fija en él.
Y cogí una lupa y miré el sol a través de ella.
Un calor divino calentó mis iris y pupilas a medida que todo se oscurecía.
En ese momento vi el sol sonreír malvado, un enorme ojo se abrió feroz y escupió sus rayos que entraron a través de la lente y sentí como si los ojos se me frieran.
Y todo fue oscuridad, todo se tornó negro. Mi ultima visión fue ese guiño sádico del sol.
Vagué por las calles tropezando con la cartera en la espalda hasta que alguien me cogió de la mano y me llevó a un hospital.

El sol no quiere que nadie le mire.
Se cree un dios y es un monstruo.

Desde entonces huyo del sol, intento desenmascarar su verdadera maldad, decirle a todo el que conozco que es un ser malvado. Que duele mirar y que él nos bombardea. Nos envejece, nos consume, nos seca. Nos hacemos viejos por él.
Lo entendí con aquel calcinador rayo que abrasó mis retinas.

Que las nubes sean eternas, que ni un solo rayo atraviese la atmósfera.
No creáis en los científicos, ellos son sus servidores.

Cuando siento que el sol calienta mi piel, me escondo en las sombras. Cuando siento el calor del suelo atravesar mi calzado, grito y aúllo.
Yo ya no tengo escape, mis ojos por siempre ciegos, ya no pueden evitar ese punto luminoso y cegador, siempre está aquí dentro.
No puedo cerrar los ojos más de lo que lo están.

En mi cabeza...
He golpeado tan fuerte mi cabeza para sacar la luz de ahí dentro...
Y sólo sale sangre, y dolor. Y desesperación.

Es una claridad cegadora con la que duermo, es la última visión del sol que ha quedado grabada en mi cerebro. Su sonrisa malvada y vengadora.

Oscuro... Quiero ser sombra, quiero ser negro y fundirme con las sombras, quiero morir. Quiero que suelten mis manos atadas a la cama. Que alguien abra mi cráneo y tape mi cerebro con la mano; que me oscurezca.

Una nube, sólo una nube oscura; una nube portadora de muerte, de liberación.
Quiero ser oscuro.

Iconoclasta

17 de diciembre de 2005

Paraíso

No es fiebre, no sudo; no tengo frío.
Ojalá no sea una pesadilla, que sea real.
Da igual, no importa lo que es; estoy viviendo el momento y no soy capaz de despertar porque pienso que es imposible recuperar la conciencia en la vigilia.
No hay asomo alguno de coherencia en mis paraísos de la angustia y la desazón.
Es mejor así, porque en el otro mundo, el vulgar; no hay nada que me emocione.
En aquel mundo multicolor y ruidoso todo es previsible. Ocurren cosas frívolas y la gente muere con absoluta normalidad.
Soy sabio.

Es este mundo repugnante, retorcido y violento el que me hace sentir vivo. Importante.
No puede hacer daño ser alguien.

La rodilla no se acopla, hay demasiada distancia entre las dos partes y cuando pongo el pie en el suelo, parece de goma la articulación, no soy capaz de plantar el pie firme y un cosquilleo me hace sonreír.
Pero es un llanto, es lo bueno de mi paraíso, todo se oculta tras máscaras indescifrables.
¿Es real? ¿Y este dolor infame que parece desintegrar el hueso en fina arena?

A pesar de que siento los ojos irritados por el chute de Euforimol en los lacrimales (se necesitan nervios de acero y un pulso de cirujano para poder clavar la aguja en la glándula lacrimal sin perforarse el globo ocular); puedo ya sentir que olvido que existe el mundo frívolo, e ingreso con plena conciencia en mi tormento.
Mi cuerpo responde jovial, la rótula se une y avanzo con normalidad por una calle extraña que no me interesa ni llama mi atención.

Es extraño y tenebroso. Las cosas bellas mutan en horripilancias sin previo aviso y con una escalofriante imprevisibilidad.
Ello me obliga a admirar la belleza con precaución.
A veces un niño se transforma en una rata nerviosa que mordisquea con avidez un trozo de excremento entre sus patas delanteras.
Cosas que dan asco y de las que me es imposible apartar la mirada.
Es fascinante el horror, la angustia, el asco.
Y yo piso su cabeza aunque intento no hacerlo, el sonido de la cabeza de la rata al ser aplastada por mi bota parece rasgar el universo entero. Parece que sangran las nubes.
Nubes pesadas, siniestras, mis nubes preciosas cargadas de ácidos vapores. De acre sangre.

Sigo caminando tras el repugnante acto de matar a la rata (¿al niño?) y me doy cuenta de que voy descalzo. Los huesecillos del cráneo se han clavado en la planta de mi pie. Podría hacer claqué con un sonido espectacular.
Aunque duela me joderé y bailaré con los huesos clavados…
Sacarse los huesos no duele, es una sensación de alivio, quisiera tener más huesos clavados para poder seguir sintiendo el alivio de extraerlos entre la sangre espesa y sucia.

Estoy sentado en un césped que huele a orines.
Doy vueltas a los huesecillos entre los dedos, hasta que me sobreviene una arcada y no vomito nada. Sólo bilis.
Una bilis que me quema la garganta.
Y el cigarro encendido entre los dedos conforta mi espíritu. El filtro es amargo como la hiel, pero el humo cauteriza mi subrealismo.
El meñique del pie izquierdo se ha transformado en un gigantesco dedo de rata, y se mueve nervioso.
Hundo el pie en el sucio césped sin prestar demasiada atención.
Y me relajo.

Ella me conoce, pero no sé quien es. Ni tengo necesidad de saberlo. Bajo su falda no hay bragas.

-Estás mal y estás bueno.- me dice con las piernas abiertas, sintiendo mi mirada clavada en su coño.

No le hago puto caso.
Se hace más agresivo el olor a meados, y su coño huele mal. Mi cabeza reposa encima de las manos en el césped.
El glande de mi pene duro asoma por encima de mi abdomen. Brilla excitado.
Y mi mano se mete en su vagina, provoco que se derrame de flujo, y ella se retuerce. Hay tanta gente…
Lo hago más espectacular y alzo su falda para que vean como mis dedos se han metido en su coño. Nadie mira.
Su coño es el centro del universo.
Me lo comería entero.

Ella va abriendo sus piernas y flexionando las rodillas, mi mano entrando en su coño profundamente.
Una puta contorsionista…
Y mi mano se contrae y dilata en su vagina. Ella gime, gime mucho.
A veces parece un profundo llanto y me excita más.
Agarra mi muñeca con fuerza para metérsela más adentro. Y yo siento como el glande se expande y necesita ser tocado, acariciado.
Ordeñado hasta morderme los labios de puro placer.
Extrae mi mano de su coño, empapada en gelatina.
Y se come mi polla, se agacha hasta rozarme con los pezones las piernas y traga mi pene.
Y yo embisto su boca desesperado, me aferro a su cabeza jalando de su cabello y siento todos esos gusanos viscosos entre su pelo.
Siento como se arrastran por mis antebrazos.
Aplasto sus gusanos entre mi orgasmo, eyaculando en su boca.
Se ríe como una rata.
Se limpia el semen con las patas delanteras, nerviosa.

Mi pene sangra. Y yo me retuerzo con una frenética carcajada.
Me asombra este mundo, el semen ya está frío y los gusanos campan por mi pubis.
Y todo es sorprendente, inquietante.
Escalofriante.

Me levanto sucio, soy meados y semen. Soy mierda pura.
La cojo por el rabo evitando que me muerda.
Los pezones los tiene aún duros cuando volteándola, estrello su cabeza contra el suelo. El chillido de dolor dobla el cielo, lo refracta y la gente se detiene, observa la rata entre mis manos.
De mi pene aún penden mocos blancos. Y me torno feroz ante ellos; mi hocico se acentúa: se prolonga y agudiza y mis patas delanteras les amenazan. Mi rabo rosado se mueve inquieto.

Es todo tan extraño, tan mágico…
No quisiera volver al otro mundo. Me agujerearía los ojos por vivir en este paraíso eternamente.

Tal vez otro chute de Euforimol en el ojo me dará la eternidad en el paraíso que ningún puto dios ha creado aún.
Es mío, mi paraíso.


Iconoclasta

10 de diciembre de 2005

¡Hola pequeña idea!


¡Hola pequeña idea! ¿Se puede saber qué coño haces chocando entre mis neuronas? ¿No ves acaso, que estoy descansando de cosas como tú?
No te quiero, eres egoísta como todas.
Te engordarás, te harás enorme.
Aplastarás otras ideas más tranquilas que están ahí, pasando el tiempo distraídas, cada una en su neurona, en su propia célula. Discretas.
Moléculas de imaginación…


Y llegas tú como un cáncer, expandiéndote. Como un virus invasor que se hace omnipresente.
Y me obligas a dejarlo todo de lado para hacerte sólida, entendible.
No tienes corazón maldita idea egoísta.
Hagamos un trato: yo te doy forma ahora mismo, te doy cuerpo con palabras, te leo a través del papel y cuando ya se libere con ello espacio en mi cerebro, te conservo para siempre en mi libreta; como mi creación que eres.
Así que no te resistas y cuando seas letras y tinta, deja de oprimir, de ocupar espacio.


Serás así más eterna (es que en cualquier momento moriré, no soy una guarida segura) que mi pensamiento, que mi cerebro.
Porque a veces temo no ser capaz de escribir toda esta fuerza que siento. Temo ser devorado por cosas como tú.
O por un tiempo seco y árido…
Por este mundo real.
Sin ideas.


Ahora son propuestas, los malditos seres que en forma son parecidos a mí, sólo crean propuestas; propuestas colectivas para que nadie pueda atribuirse un error. Nada individual. Es la miseria, la mierda de muchos cerebros estúpidos.


Una idea individual, arrolladora y que desprecia todo lo demás es algo anómalo.
Incluso penado por la ley. Moriría por ti.
Las propuestas son una intención, un proyecto de idea que apenas presiona en las mentes de millones de idiotas. Y son tan sólo eso, conatos de actos.


Por eso, idea mía, no pulses más en mi cabeza; dame tiempo a plasmarte en el papel y hacerte casi eterna y tangible.
Algo raro, algo espectacular en estos tiempos.
Quiero ser un puto dios en estos tiempos de fariseos.



Iconoclasta


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3 de diciembre de 2005

Desbocado

Soy lascivo, no me queda apenas amor. Soy pura maldad sexual, soy una bestia babosa que te mira desde un oscuro rincón.
Mis ojos brillan, no lloran, están húmedos como mi polla.
Te miran mis ojos (no soy yo, ahora) con el pene en la mano, goteando... Sudando humores por ti.
Te deseo tanto que he destrozado cualquier asomo de ternura. De amor.
Follarte, joderte, penetrarte.
Metértela hasta que tus uñas se hundan en mi carne.
Te deseo voraz, deseo enterrar mi carne dura en la tuya blanda. Huyendo de tu mirada cálida que enternece y pulveriza mi lascivia, mi deseo de follarte.
De joderte.
Mira mi pijo reventando de sangre, late por ti. Late cuando tu ropa interior se insinúa y asoma al exterior. Cuando te agachas.
Mi pene parece un ariete incontrolable.
Violarte haciendo salir de lo más profundo de tu coño mil gemidos. De sentir tus dientes destrozando mi carne con cada embestida.
Abrazarte y empaparte con mi sudor.
Morderte el vientre, el coño...
Tu coño abierto y empapado...
Desbocado...
Agarrar tu cabello con fuerza y obligarte a mirar al techo cuando muerdo tus pezones duros.
Deseados.
Te follaré desbocado, penetraré hasta en tu mente para que te sientas poseída por mi maldad sexual. Por mi total ausencia de amor.
El amor en la espera se rompe, se deshace.
Se pervierte, se cuaja cuando la carne recibe la sangre excitada.
Cuando el glande se ensancha entre el puño crispado, goteando; como el animal sediento se deshace en saliva.
Así me tienes allá, lejos.
Desbocado...
Un día saldré de la oscuridad y mis ojos miraran los tuyos sin amor, sólo con un voluptuoso deseo. Mis dedos dejarán huellas en tu carne mientras te sobo, te abro.
Te la meto.
Te beso y te muerdo.
Así estoy: Desbocado.
Una bestia en un oscuro rincón.


Iconoclasta