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16 de octubre de 2005

Criaturas

Lloraba en un banco de madera, sin ocultar el rostro, no limpiaba sus lágrimas. Con los ojos entrecerrados ofrecía la cara al sol, él secaba sus lágrimas. Sentada en el centro del banco, sus brazos se extendían a lo largo del respaldo; sus pechos se ofrecían así, indefensos al mundo. Sensualmente, tristemente.
Extraña mujer. Profunda con su llanto; como el mar.
Una multitud de seres fluían por las sendas del parque; algunos de ellos lanzaban furtivas miradas a la bella de indefinida edad que dejaba resbalar las lágrimas con el rostro al sol.
Y el sol; aparte de amplificar un dolor, resaltaba el brillo de la media melena negra y lacia. Unos mechones prendidos en las comisuras de sus labios no parecían importarle demasiado.
Alguna lágrima había dejado una marca oscura en su camiseta amarilla de algodón. A través de las aberturas de las axilas se podía apreciar el nacimiento de sus pechos. Una falda larga y oscura con reflejos granate no dejaba ver lo que se escondía entre sus piernas abiertas y relajadas.
Era en sí misma un micromundo; aislada del molesto ruido del tráfico que rodaba lento y cargado tras las vallas del parque.
No prestaba atención a nada ni a nadie.
Un hombre caminaba por la empinada y crujiente senda de grava, con la cabeza gacha, cuesta abajo. Lenta y desgarbadamente, con cierta rebeldía en sus miembros; con un indeterminado y milenario cansancio reconocible pero; jamás deducible. Absorto en la variedad de piedrecillas que pisaba. Sin prestar ninguna atención a las parras retorcidas, a los plataneros de troncos enormes y abiertos, heridos por el tiempo, que le ofrecían una piadosa sombra.
Levantó la vista y la vio, a la mujer de pelo negro secando las lágrimas al sol. Vio el nacimiento de un pecho que se movía al ritmo de una respiración tranquila y profunda. Sus labios eran finos y permanecían cerrados. Su nariz respingona daba un aire joven a su tragedia.
Las tragedias jamás son juveniles.
Porque aquella mujer lo estaba pasando mal.
Intuyó unas piernas largas y delgadas bajo la falda para al final sentir vergüenza por espiarla.
Sacó un cigarro de la pitillera, prensó con un par de golpecitos el tabaco y lo encendió mirando al suelo.
Emprendió el camino y al pasar a su lado no pudo evitar observar su rostro embellecido por un cabello sensualmente descuidado, por unas pestañas negras y densas que protegían unos ojos que prometían ser serenos. Como su mística belleza.
Una lágrima bajó rauda por su mejilla y él la siguió hasta que se precipitó cuello abajo.
Había algo tan profundo en aquella mujer que rompió en pedazos su natural timidez. Su estudiada indiferencia a todo aquello que no fuera familia o amigos, viejos amigos.
Se olvidó por un momento del dolor de cabeza que padecía desde la madrugada. Pulsaba en el hemisferio izquierdo de su cabeza, por encima del oído.
Por encima de todo.
Se colocó frente a ella, sin acercarse demasiado.
- ¿Puedo ayudarte en algo?
Ella abrió los ojos, eran pequeños y oscuros a pesar de la luz que reflejaban, sus escleróticas estaban enrojecidas por el llanto. Cerró sus piernas.
- Sólo es un dolor de cabeza.- mintió cerrando la conversación.
- ¿Y no te molesta el sol? Tengo analgésicos, hoy me he levantado con la cabeza como un bombo ¿quieres uno?- insistió el hombre.
Ella le mostró la alianza elevando su mano frente a él.
- Estoy casada.- se fijó en los ojos marrones de él, había tristeza en su brillo.
- Y yo. No te preocupes, no quería ligar. Tus lágrimas me han llamado la atención.
- Tú tampoco pareces muy feliz.
- Un mal día, un mal despertar. Había quedado con un viejo amigo para tomar un café y me ha dado plantón. Entre otras cosas porque me he dormido al haber pasado una mala noche.
Le ofreció un cigarro y ella esperó a que le diera fuego y cobijó la llama con sus manos rozando las suyas. Estaban calientes por el sol.
El se sentó a su lado sin pedir permiso, respetando su espacio. Sin rozarla.
- ¿Por qué lloras?
- Ayer me caí desde una escalera, estaba trabajando, archivando unas cajas de documentación. Me golpeé la cabeza al caer y perdí el conocimiento durante unos segundos, me sentí tan mal que fui a urgencias y pasé parte de la tarde y toda la noche en el hospital. Se ha formado un coágulo inoperable y me quedan muy pocas horas de vida. El coágulo va en aumento y está presionando el cerebro, y con ello más vasos sanguíneos. El último tac lo confirmó. Hace ahora unas siete horas. No llevo la cuenta de lo que me queda de vida.
El hombre clavó su mirada en la suya, sin mediar una sola palabra, atónito; golpeado por aquella brusca confidencia.
- ¡No quiero que mi marido y mi hijo me vean morir!
Y la mujer rompió a llorar.
El cogió su mano y la apretó con fuerza entre las suyas. Con mucha fuerza.
- Lo siento mujer, lo siento con toda mi alma.- dijo para sí, en un murmullo inaudible, mirando su mano apretada entre las suyas.
Ella no entendió lo que dijo pero; comprendió su pesar. Intuyó la lástima y la pena de aquel hombre triste.
- Hay que ser valiente.- le dijo con un amago de sonrisa.
- No quería molestar, no quería saber esto. Lo siento, lo siento, lo siento...
- Tranquilo, he llorado durante horas sin parar, sola. Ahora ya estoy mejor, aunque cansada.
Me despido de la vida más tranquila.
El no la miraba a la cara, amasaba su mano nerviosamente, con un ligero temblor.
- ¿Cuál es tu nombre, dormilón? Me llamo Mónica.
- Lucas. Deberías estar en el hospital, deberías estar allí cuidada, con tu marido y tu hijo.
- No podría verlos sufrir. No quiero que me vean morir.
¿Dejarías que tu hijo te viera morir?- sus párpados estaban rebosantes de lágrimas.
- No.- negó dirigiendo la vista al suelo.- ¿Qué sientes ahora Mónica?
- Siento una presión tremenda aquí.- llevó la mano encima de la cabeza chafando el cabello con ella, mostrándole el origen del dolor, de un dolor pulsante y creciente.- Esta madrugada oí llorar a Joan cuando el médico le puso al corriente. Les hice creer que dormía. Salió a casa a buscar unas mudas para mi permanencia en el hospital. Y me vestí, discutí con el médico y la enfermera; al final salí de allí firmando un papel para eximir de responsabilidades al hospital y llorando he llegado aquí.
“No puedo creerlo, no es posible” pensó Lucas.
- ¿Me pasas un mano por el hombro, Lucas? Tengo miedo otra vez.
Mónica guió su mano hasta su propio hombro, obligándole a que su mano se apoyara plenamente. Y reposó la cabeza en el hombro de Lucas.
Eran dos viejos amigos.
- Mi hijo, Dani, tiene 9 años. Está ilusionado porque mañana lo llevábamos a los karts. Yo lo estaba también por verlo conducir. Y mi marido...Mi marido debe estar loco buscándome. Pobre Joan, cómo debe estar sufriendo...
Se limpió unas lágrimas con la mano.
Lucas tragó saliva, colapsado por la angustia. No sabía que decir; cómo consolar.
- Descansa, Mónica. Esto pasará, el coágulo se disolverá. No es tarde para nada ni nadie.
Apretó más fuerte su hombro y ella lo agradeció cerrando los ojos y relajándose con él.
El sol hacía sudar a Lucas, las gotas desde su cuero cabelludo y su rostro se deslizaban incómodas por el cuello y la nuca para empapar la camisa.
Ella emitió un leve gemido y se llevó una mano a la cabeza.
A Lucas se le escapó una lágrima cabrona de pena.
- ¿Sabes? Se que el sol luce por los rayos que me calientan. No veo bien, hace una hora que se ha oscurecido mucho mi visión, sólo soy capaz de ver las zonas cercanas. Se apaga la vida. Lucas, esto es horrible... Aunque no me lo hubiera dicho nadie, sabría que me estoy muriendo. ¡Quiero seguir con mi marido y mi hijo! ¡Quiero vivir!
Mónica arrancó a llorar sin contención. Lucas la atrajo hacia sí, rodeando más sus hombros, estrechándola; cogiendo una de sus manos. La acomodó en su pecho, aguantando aquellos movimientos, la agitación de los hombros por el llanto. Creando intimidad para ella en un mundo lleno de luz, colores y sonidos. Risas...
Ignorando miradas.
- Es sábado Mónica, vamos a sonreír. Sólo se llora los lunes, es más; los lunes son los únicos días en los que se debería llorar.
Y Mónica interrumpió su llanto con un amago de sonrisa escupida entre lágrimas. Como una tos.
Le sobrevino otra punzada intensa que le expandía el cráneo como un globo inflándose y apretó la mano de Lucas fuerte. Como hizo con Joan en el paritorio, cuando iba a nacer Dani.
“Esto es desnacer.”, se dijo Mónica.
Lucas se mordió el labio inferior, provocando dolor para mitigar la pena y el horror.
- No quería estar con nadie Lucas, quería estar sola. No tenía mucho miedo a morir tras todas las horas de angustia que he pasado. Pero ahora no, no me dejes ahora Lucas. Este dolor... Ahora ya no Lucas, no me dejes sola...
- Mira morena, vamos a ir tranquilos a tu casa, paseando. Te llevaré con Joan y con Dani. Y mañana iremos a los karts, con Lidia, mi mujer y mi hijo Javi. Tiene 5 años pero con los mayores se lleva bien, se harán amigos...
Lucas tuvo un acceso de dolor que casi le obligó a doblarse sobre sí mismo. Se llevó la mano a la sien; conteniendo algo allí dentro. Recuperó el aplomo y el valor para hablarle a Mónica.
- ¿Dónde vives, morenita?
- Vivo en... aquí cerca. La calle... el nº es el 70, 1º 2ª. La calle...
- Shh... Tranquila Mónica, tranquila preciosa.
- ¡Ay Dios, no me acuerdo!
- Descansa Mónica, son nervios; no pasa nada.
Los ojos de Lucas dejaban caer unas lágrimas incontroladas que se unían al sudor provocado por aquel sol inmisericorde. Por el calor del cuerpo de la mujer que estaba muriendo. Como él. Mismo calor, misma muerte.
- Lucas ¿se ha tapado el sol?
Lucas no podía mirar al frente debido al radiante sol que calentaba aquella zona del planeta, el parque entero.
Hace dos días estaba vivo...
- Sólo son unas nubes que lo han tapado, son pequeñas. En seguida volverá a lucir.
- Siempre he sentido la luz a través de la piel, Lucas. Adoro el sol.
Le besó el cabello llevando su boca a su melena negra y caliente. Ella apoyó una mano en su pecho.
“Ay Dios...” se lamentó Lucas. Y no aflojó la presión de su brazo en torno a los hombros de Mónica. Ni siquiera para limpiarse las lágrimas y el sudor que bañaban su cara. Notaba el salitre seco en la piel.
Ese obsesivo sudor. La que rima con dolor.
Sus ojos eran serios y graves. De pesados párpados.
Algunas personas hacían un amago de acercarse a ellos, les llamaba la atención el llanto de Mónica, su espalda agitada. Su cara pegada al pecho de él a pesar del abrasador calor. Gemidos que se escapaban en un tono demasiado alto.
Pero parecían pensarlo mejor y proseguían su camino lanzándoles tímidas miradas de curiosidad hacia atrás.
Aquel banco del parque era una feria del dolor.
Una lluvia de hojas secas provocada por un golpe de aire heroico y piadoso cayó del olivo negro y retorcido que creaba pequeñas sombras sobre ellos, sombras inútiles. Pero aquel sonido y las caricias de las hojas relajaron el espíritu de Lucas, crearon un rumor, casi un susurro tranquilizador. Ocultaron el sonido de la respiración cansada de Mónica durante unos benditos segundos.
Y estaba oscureciendo en pleno mediodía, el sol comenzó a perder su brillo. A apagarse. Y Lucas apoyó su mejilla en la cabeza de ella; su cabello caliente y suave.
Bálsamo de muerte.
Cerró los ojos, estaba tan cansado...
Hace dos días, el jueves, una viga suspendida de una grúa golpeó su cabeza. A la Mutua en ambulancia, no había herida abierta. Un día de observación, 2 tac de su cabeza. Su mujer a su lado a ratos; iba y venía atendiendo a Javi. Atendiéndole a él. Lidia... qué buena es.
Ayer, hace apenas unos minutos, de noche; el médico les informó de los resultados de los tacs, un hematoma estaba creando trombosis en los otros vasos del cerebro. Era profundo e inoperable. Le ofrecieron morfina y cuidados hasta el final. Lidia aguanta un llanto inmenso cogida de la mano de Javi. Y Lucas se precipita a un vacío oscuro. Una náusea lo lleva corriendo al lavabo.
Desde kilómetros de distancia los oye.
- ¿Qué le pasa a papá?
- Que está malito, se tiene que quedar aquí esta noche.- dijo Lidia sin llorar, tranquilizadora. Conteniendo todo aquello para que Javier no supiera.
Lucas salió de los servicios, ocultándose a Lidia y a Javier. Entró en la habitación y se vistió rápidamente. Unas escaleras de emergencia oxidadas le llevaron a una noche estridente y calurosa.
Y caminó viendo el amanecer, paseando y pensando en toda la vida, obsesionado por su Javi, por Lidia. Fumando un cigarro tras otro.
En sus bolsillos llevaba una carta de despedida que escribió hace un par de horas, unos bancos del parque más arriba.
Un fuerte dolor encima de su oído izquierdo le obligó a ladear la cabeza. Como si un puñetazo traidor hubiera recibido.
Lidia... ella apretó sus manos cuando el doctor Ejido le dio su condena. Javier los miraba con interés desde allá abajo. Tan pequeño y vulnerable. No llegaría a verlo hecho un hombre.
Que puta pena...
Tomó una pastilla del frasco que llevaba en el bolsillo de la camisa y contuvo una arcada.
Mónica balbuceaba algo y él notaba su dolor cuando ella apretaba su brazo con fuerza, clavándole sin querer las uñas.
Palpó la carta en el bolsillo trasero del vaquero. Una carta de despedida, de amor y deseos de felicidad. De perdón por abandonarlos. De explicaciones por una muerte solitaria. Por evitar tormentos inaguantables para ellos.
“¿Cuántas probabilidades habían de que dos seres se encontraran en la misma circunstancia para morir?” Se preguntaba a sí mismo.
“No podía ser...”
“La vida está enferma”.
“Un moribundo consolando a una moribunda.” Y evitó reírse con una sonora carcajada demente e insana.
- Háblame Lucas.- le rogó alzando la mirada a los ojos del hombre, sin acertar a encontrarlos. Mirando sin saberlo a las retorcidas ramas del olivo a sus espaldas.
Lucas arregló los cabellos pegados en las mejillas y la frente sudorosa y fría de Mónica.
- Eres una mujer bella, Mónica. ¿Nos escapamos juntos?
Y ella le obsequió con una ciega sonrisa en la cara.
- Solo amigos, Lucas. Estoy casada.
Y otra contracción de dolor la silenció y obligó a presionar la cabeza en el pecho del hombre abriendo y cerrando los dedos sobre la mano de él. Lucas acariciaba su espalda intentando contener aquella bestia de dolor entre su mano, entre los brazos. Y sintió como ella aspiraba más profundamente el caliente aire.
Esforzándose cada cual en vivir.
Lucas sintió un fuerte pitido en el oído izquierdo y algo caliente que no era sudor se derramó por su maxilar, desde el oído.
Se llevó una mano allí y su visión oscura no le dejó ver que era aquel líquido. Se acercó los dedos a los ojos hasta que pudo observar el rojo de la sangre. El coágulo estaba reventando los vasos cercanos...
“Debo aguantar. No puedo dejarla aquí sola, en el parque”. Se dijo alarmado, con un miedo atroz.
- ¿Cómo le vas a explicar a tu mujer que yo he muerto entre tus brazos? ¡Ay...!- Mónica se encogió toda.
- Le diré que eres una vieja conocida, una amiga que conocí hace casi una hora.
“¿Cómo lo hace la vida para llevarnos hasta aquí, es que no se da cuenta del dolor?”. El intentaba entender aquella situación.
La respiración de Mónica se hizo mucho más suave, sus inspiraciones eran ahora lentas y cortas. Se estaba relajando, abandonando.
Lucas perdía la visión por momentos y la parte izquierda de su cuerpo ya era un conjunto de carne y huesos insensibles. La mano izquierda que confortaba el hombro de Mónica cayó átona. Le costó dios y ayuda devolverla allí.
- Lleva a mi hijo a los karts. Explícale a mi marido que le quiero.
- Descansa Mónica, se lo diremos los dos juntos.
Un crío jugando envió la pelota a los pies de Lucas. El sintió el leve golpe pero; ya no la podía ver, ni podía tocarla con sus piernas inmóviles.
Su orina se derramó por el interior de los pantalones. Un líquido caliente que le hizo sentir un profundo malestar. Asco.
Miedo.
El niño recogió la pelota a sus pies.
- ¡Te lo tengo dicho: cuidado con la pelota!
Una mujer recriminó al niño; una sombra a unos pocos metros de él.
- Miguel, me estoy durmiendo; no te enfades. Me siento tan cansada... No me dejes cuando esté dormida ¿eh?
"Miguel.” “No puede ser esta crueldad, esta mala suerte”. Lucas deseaba tener a alguien a quien contarle esto, vaciar toda esta carga.
“Mi hijo se llama Javier, mi mujer Lidia”
“No puedo morir olvidándolos”
“Mi hijo se llama Javier, mi mujer Lidia”
No se daba cuenta de que lloraba, tampoco le importaba demasiado ese detalle a estas alturas.
Un profundo gemido salió de la garganta de Mónica. Lucas apresó su nuca y la apretó con mucho cuidado, la meció en su pecho. Intentaba dar consuelo sin apenas saber.
- Mi Dani, mi pequeño Dani...
- Viene pronto Mónica, con Joan. Los he llamado.
- Gracias Pedro, hueles a buen hombre.
“Aguantaré, la ayudaré a cruzar la vida hacia la muerte” “No la dejaré sola”.
Un golpe que salió del interior de su cabeza, como un mazazo convirtió de repente sus pulmones en láminas de plomo que costaban todas las fuerzas de su cuerpo mover.
“Mi hijo se llama Pedro, mi mujer... mi mujer María”, recitaba Lucas.
Sus ojos se cerraron cuando sin ningún asomo de temor cayó en la cuenta de que se había quedado ciego.
Un anciano observó el oído de Lucas, sus pantalones mojados. Vio con alarma los temblores de Mónica reposando en Lucas.
Y fue en busca de un guardia, de alguien que se hiciera cargo de aquellas criaturas.
- Lucas ¿un beso de despedida?
Y Lucas buscó a ciegas sus labios. Fue un beso prolongado y tranquilo, cada uno, a través de los labios intentando mitigar el miedo a la muerte.
Y Mónica se relajó, sus manos se abrieron y abandonaron a Lucas. El brazo izquierdo cayó colgando muerto, como su moreno cabello.
Y Lucas se encontró solo en el universo. Ciego.
El miedo cubrió todo su pensamiento, como un manto oscuro y denso. La locura se apoderó de su mente cuando sintió la lasitud de Mónica. Su muerte.
Estaba tan solo ahora...
Clic...; algún vaso importante estalló en su cerebro. El pensó que era una muerte tranquila, no era consciente de que cayó a tierra entre fuertes convulsiones, echando espuma por la boca.
Creía morir tranquilo.
Mónica yacía en el banco como una muñeca abandonada y desmadejada.
Cuando el guardia llegó precedido por el anciano, no podía creerlo. Dos personas muertas en el parque a pleno día...
- Tanto sol para tanta mierda... Joder.
Y la vida, aún a pesar de ser una puta, la ramera de Dios; guió a dos seres para que murieran juntos. Con consuelo. Para que el negro abismo de la muerte no se los tragara tristemente solos.
A pesar de todo ese dolor, esa profunda pena; la vida se comportó bien.
¿O los mató impunemente?
La vida...esa zorra.
Besos para Mónica y Lucas; criaturas...

Iconoclasta

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