31 de octubre de 2005

666: La verdad de la Virgen María


¿Qué ideas se le ocurrieron al bueno de San José ante el embarazo de su virgen esposa? ¿Por qué era virgen si estaba casada con un carpintero capaz de tallar sus fantasías sexuales más duras y grandes? Incluso a la medida; madera no faltaba en aquellos tiempos.

Desde luego, Dios tiene cojones, es un cerdo. Seguro que en aquel pueblucho de mierda vivirían mujeres solteras, niñas, viejas...
Pero no, para dar por culo y joder, va Dios y se tira a una casada con penefobia (es mi única forma de entender la virginidad en una casada).
Y la única forma de entender que José era un tarado sin valor ni dignidad. Porque si esa idiota reprimida hubiera sido mi mujer, le habría rasgado el coño en la primera cita y en la noche de bodas le peto el culo. Después le hubiera pegado tal paliza que me hubiera chupado la polla todas las mañanas al despertar hasta su muerte.

María no era para tanto, una mujer bajita regordeta y con unas tetas ridículas. Sucia y guarra como lo eran todas en aquella época. Se olían desde kilómetros sus coños sucios de menstruaciones añejas.
El guasón de Dios la eligió por ese profundo asco que sentía por los penes, por ello es que fue elegida para dar a luz al Crucificado.
Supe que algo tramaba por Belén el bueno de Dios porque, habían demasiados ángeles rondando por aquella aldea miserable, sucia y polvorienta. Así que me trasladé allí una temporada, devoré al coyote morador de una pequeña cueva situada en campo abierto un par de kilómetros colina abajo de Belén.
Mis esclavas sexuales eran vecinas de aquella comarca, las que se movían hacia el riachuelo a lavar las ropas, a la fuente a recoger agua, las que acarreaban alimentos o leña por las sendas recalentadas por el sol. En tres semanas, violé y maté a más de 30 mujeres de las más variadas edades. También destripé a un par de legionarios romanos despistados y me quedé con aquellas bellas espadas. A uno lo mantuve consciente mientras a su amigo le arrancaba tiras de piel de los muslos y los pectorales. Cuando me cansé de jugar con aquellos primates recios y duros, les hice un pequeño corte en el cuello y me quedé sentado frente a ellos viendo como se iban apagando a medida que se vaciaban de sangre. Los cadáveres se apilaban en la zona más profunda de aquella madriguera creando un hedor que subía con el viento hasta la aldea. Seguramente desde entonces se identifica mi presencia con un olor a podredumbre, cosa que me place.
La muerte de todos aquellos primates cuyos cadáveres se acumulaban en la cueva, fue achacada a un negro que deambulaba por la zona realizando pequeños trabajos en casas y campos.
Lo lapidaron hasta morir y los machos del pueblo colgaron sus cojones en una estaca clavada en el suelo a la entrada del pueblo. Yo le acerté dos veces: en la cabeza y en la boca, además, sujeté una de sus piernas mientras le arrancaban los huevos con un cuchillo mal afilado.
La madre de una niña de 12 años a la que se la metí por todos los agujeros antes de decapitarla, le pegaba en la cara con el juguete de su hija, una especie de muñeca de paja.
Todo un drama... Pero no siento piedad alguna por ningún primate, me dan asco.

Dios poseyó a un pastor de cabras de enorme rabo para tirarse a María y lo intuí cuando pasaba unos metros colina arriba; se dirigía a Belén. No me van las viejas pero; cuando se trata de hacer daño no hago ascos a nada; además, en aquellos tiempos y en esa región no había mucho donde elegir. En aquellos momentos estaba arrancando los dientes que le quedaban con unas tenazas, a la abuela de la pequeña primate que maté, quería meterle la polla en la boca y ahogarla. Pero le dejé caer una gigantesca piedra en la cara y dejé el cadáver al sol para que se pudriera; momentos después seguía los pasos del joven pastor.

Seguí al pastor hasta que se metió en la casita de barro del matrimonio carpintero, sin llamar, sin expresión.
Sin mediar palabra alguna y ante un ángel del 6º Coro Celestial, el follador divino cogió por la cintura a María la guarra y la subió encima de la mesa. Levantó sus faldas y le arrancó el pañal que cubría su coño.
María intentó gritar, pero el ángel susurró algo en su oído, y ella abrió sus piernas. Yo miraba la escena desde el ventanuco que daba al camino principal, justo al lado de la puerta de entrada y sentí el olor repugnante de su coño. El alado abrió su vestido y desnudó sus tetas, empezó a manosearlas con ritmo y fuerza en aquel pleno mediodía caluroso y casi primaveral de marzo. A medida que sus pezones se erizaban y se ponían duros, comenzó a emitir jadeos, a gemir como una perra.
Siguiendo las Divinas Instrucciones, aquel pastor abrió la maloliente vulva sucia aún de menstruación y seca como un tasajo; se agachó y su lengua empezó a acariciar los labios, a humedecer aquel agujero cerrado en su coño.
El ángel me miró directamente a los ojos, sin sorpresa, pero interrogante. Yo asentí, conforme a que no interferiría en ese asunto.
El ángel presionó más los pechos de María y sus pezones parecían querer salir disparados de la presión de sangre que acumulaban, la carne fofa de las tetas se desparramaba por los perfectos dedos de aquel ser que comenzó a cantar un potente aria en loor a su Dios. Yo sé que si el querubín hubiera tenido pene, se lo hubiera metido en la boca a esa tarada mujer.
Le doy gracias al maricón creador porque me hizo imperfecto y con pene.
El coño de la María ya lucía brillante y húmedo por las babas del pastor y sus propios humores de excitación. Y el pastor la penetró de forma rotunda, sin más preámbulos. A María se le quedaron los ojos en blanco cuando sintió la polla en su piojoso coño y dio comienzo una letanía de gran dulzura:

- ¡Perro, cabrón, hijoputa, impotente, cerdo...! - le decía cariñosa al pastor

Y aún tuvo suerte la virgen, porque en aquellos tiempos los primates follaban como animales, los machos se corrían en las hembras, se subían los pañales y volvían al trabajo dejándolas a ellas con el coño irritado y empastado en semen y porquería.
María disfrutó como una guarra. Se notaba.
Los que pasaban frente a la casa e intentaban acercarse, se apartaban alarmados cuando los miraba con mis ojos preñados de un sadismo inusitado. Yo les sonreía y los primates se marchaban acelerando el paso.

¿Y José? Como sabía que no la matarían, y eso me aburre; di la vuelta a la casa hasta llegar a la pared trasera, la zona del patio y donde el carpintero tenía montado el taller. Y allí estaba él, sentado en un tosco taburete de 3 patas, se sujetaba los cabellos desesperado escuchando las delicadezas que su mujer profería en la sala principal de la choza. Pensando en lo puta que era su santa...
Salté el muro de adobe y me coloqué frente a él, bajo el techo sombreador de cañizo.

- ¿Se están tirando a tu mujer y no haces nada?

- Es Dios quien lo ordena.

- Si entras con la gubia y matas al pastor que se la está metiendo y a la puta de tu mujer; sujetaré al ángel y después lo decapitaré. Enviaremos su hermosa cabeza a Dios y podrás buscarte otra guarra para que te haga la comida, una que quiera dejarse follar.

- Dios me mataría y me enviaría al infierno.

- Te estás masturbando todos los días como un poseso, la zorra no te quiere. En el infierno, conmigo, estarías mejor- le mentí.

Pero no respondió, asió la garlopa y comenzó a arrancar virutas de un tarugo de madera que estaba sujeto en el banco.
Los gritos y gemidos de placer y locura de la puta se oían claramente:

- ¡Así, perro! Métemela tanto que me salga por la boca, hijo puta, métela hasta el fondo para que Dios vea como su buena María es capaz de tragar toda esa polla. Revienta mi chocho.

El ángel elevó un agudo falsete que hizo vibrar el barro de las paredes, penetrante como un tumor en el cerebro.
Dejé solo al miserable de José y volví por donde había venido para volver a admirar el milagro de la fecundación divina.
El ángel aún seguía clavando sus dedos en las deformes tetas de María, sus uñas herían la lechosa piel y de entre sus uñas salía la sangre. Los pezones erizados se habían amoratado con la sangre que presionaba contra el tejido sin poder retornar. Estaban tan sensibles que podían sentir hasta el aleteo de una mosca.
El pastor la penetraba sin contemplaciones, sus testículos, hinchados como los de un animal, gordos y pesados de leche golpeaban contra las nalgas de la virgen.
El pubis de vello moreno y pegajoso de María se deformaba por la penetración de aquel enorme tronco de carne que bombeaba dentro y fuera continuamente; la sangre de su himen se deslizaba perezosa por su ano hasta formar un charco en la mesa.
Sus ojos estaban en blanco, extasiados.
¡Qué puta...!

El placer de aquella primate me excitó, saqué mi pene de los calzones y del glande amoratado pendían hebras de fluido lubricante que hacían suave y placentero el roce de mi puño áspero. Mi puño se metía hasta el vientre pegando fuertes golpes hacia atrás, casi desgarrando el meato por la presión, en unos segundos me corrí y me santigüé con la mano llena de semen derramándolo por encima de mis ropas. El eunuco querubín me miraba fijamente y cerró los ojos mirando al cielo y extendiendo sus monstruosas y enormes alas blancas. Yo me reí potente como Dios y todos los animales callaron en aquella maldita aldea.

María no podía aguantar más y comenzó a jadear como una cerda pariendo, se corría con un agudo grito en "i" mordiéndose los labios hasta hacerlos sangrar, mientras gritaba:

- ¡Dame tu puta leche, hijo puta, tarado! ¡Ahógame, cabrón!

El ángel pellizcaba con más fuerza los pezones a la vez que tiraba de ellos hacia arriba, yo susurraba:

- ¡Arráncaselos! ¡Arráncaselos y que mame sangre el futuro nazareno!

El ángel me miraba fijamente luchando contra mis órdenes cuando el animal del pastor contrajo sus nalgas con el orgasmo, por el chocho ensangrentado de María manaba una leche mezclada con sangre pero; la tragó casi toda.
Al pastor se le salió el pene con la excitación y por su glande enrojecido escupió gotas de semen que volaron hasta el vientre aún contraído de María, hasta sus pechos, manchando los dedos del ángel.
La puta quedó desmayada, el pastor aturdido aún, se subió los calzones y salió de la choza sin decir nada; me lanzó una mirada avergonzado emprendiendo el camino de vuelta hacia donde quiera que hubiese venido.
El eunuco alado no se marchó de la casa hasta haber limpiado el cuerpo de María y curado el coño reventado, lo masajeó con un aceite que sacó de su túnica.

Ella abrió las piernas entre suspiros.
Volví a la parte trasera de la casa para observar a José, trabajaba frenéticamente en una extraña silla.
Salí del pueblo ya satisfecho, dispuesto a dirigirme a mi reino, a mi oscura y fresca cueva, a mi trono de piedra; echaba de menos los aullidos de mis condenados.
Me desvié hacia la fuente para beber agua y allí se encontraba el primate follador, mojando su cuerpo, refrescándose tras la gran follada. Me daba asco aquel mono con ese rabo tan enorme, de repente sentí un odio infinito hacia aquel ser.

- Que Yaveh sea contigo. - le saludé.

- Amén. - respondió.

Cogí una piedra, le asesté un fuerte golpe en la mandíbula y lo abatí. Me puse a horcajadas sobre su pecho y deshice sus ojos aterrados con fuertes golpes. A pesar de que no se movía ya, seguí golpeando su cabeza hasta que sólo quedó la quijada inferior pegada a su cuello. Los sesos y huesos se mezclaron con la sangre y el polvo formando una masa que atrajo a todas las putas moscas de aquel repugnante y árido lugar. Corté su enorme pene y lo introduje en el agujero del caño de piedra de la fuente, quedó precioso. Se hizo muy popular aquella fuente entre las mujeres de la comarca.
Bebí el agua que se escurría por aquella polla muerta sin ningún tipo de reparo.

Unas semanas más tarde hice una visita a los carpinteros de Belén; José había inventado la mecedora y se encontraba en ella fumando un canuto de hojas secas que le provocaba una risa lagrimosa.

María cosía unos calzones descoloridos y sus labios se movían continuamente susurrando una letanía mecánica, monótona y cadenciosa. Guardaba unos momentos de silencio, acariciaba su coño metiendo la mano profundamente entre las piernas y volvía a rezar de nuevo.
Ahora todos podéis entender el porque de ese deseo esquizofrénico de Jesús por ser crucificado, pobre hombre, nació en un hogar de tarados; lo que me extraña es que no se cortara antes las venas. Dios creó para él un hogar podrido e insano, abocó a su espiritual hijo a la insania y a la locura.

Dios es un ser malo, creedme. A veces es peor que yo con sus mierdas de designios inescrutables.
Ya os contaré más historias verdaderas en otro momento.
Siempre sangriento: 666




Iconoclasta


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28 de octubre de 2005

Condenación

Cuando no estás, cuando el deseo me posee
todo se torna condena, cada recuerdo y necesidad
es un castigo. Tus recuerdos me azotan
me condenan a desearte sin remisión.


Arrastrarme por la vida deseándote es condenación.
Mira mis ropas polvorientas.
Sucio y condenado.

Tardar una eternidad en abrazarte, es condenación.
Me arrancaría la piel con las uñas
de puro deseo por ti.
Ensangrentado y condenado.

No convertir sueño en realidad, es condenación.
Soñar con acariciarte, penetrarte…
Me vuelve loco.
Loco y condenado.

Loco, loco, loco, loco, loco…
Condenado, sucio, ensangrentado, loco…

Sentir tu mirada sólida es condenación,
mis ojos se cierran pesados,
derrotados por los tuyos.
Ciego y condenado.

Ahogarse en tu boca, es condenación.
Mira mis pulmones sin aire
vacíos de ti ahora.
Asfixiado y condenado.

Tu cabello en mi pecho es condenación.
Ahora hay ceniza caliente
de un cigarro que se consume
solitario en mis labios.
Mira mi pecho.
Ceniciento y condenado.

Tus susurros son condenación.
Mis oídos tapados en un mudo grito
de pasión que no te llega.
Sordo y condenado.

Ciego, ciego, ciego, ciego, ciego…
Condenado, asfixiado, ceniciento, sordo.
Ciego…

No me condenes así, dame vida.
Abrázame y redímeme, no seas mi condena.
No te separes jamás de mí.
No me des libertad alguna
porque esa libertad es mi condena.
Sálvame encadenándome, mi amor.

Amarte y no tenerte, es la condenación.
No hay piedad alguna para mí en este amor;
sólo la navaja que saja la vena
sería mi otra salvación.


Iconoclasta

26 de octubre de 2005

Estampida moruna

Estampida moruna

Pánico y avalancha sobre el Tigris.
Más de un millar de peregrinos chiíes mueren tras un rumor de atentado.
La enorme tragedia no detiene la masiva peregrinación chií hacia Kadimiya Iraq sufrió ayer en Bagdad la mayor pérdida de vidas humanas de un solo golpe desde el año 2003: más de un millar de chiíes resultaron muertos y unos 300 heridos -muchas mujeres y muchos niños- cuando se extendió el rumor de que entre ellos había un kamikaze y la peregrinación devino en avalancha.
(La Vanguardia, 1-9-05)


¿Qué pudo ocurrir?

Lo primero de todo, respeto los muertos.

Incluso un poco a los vivos.

¿Cómo se le ocurre a la peña tirar hacia el mismo sitio: a un puente de mierda (según dice más adelante la noticia)?

Tienen algo de bovino; porque no jodas que todos tienen que ir el mismo día a la misma hora y al mismo puto templo a marcarse unas jaculatorias.

Como los que van a la playa... No sé de qué coño me extraño ya.

Cualquiera que los viera morir desde el helicóptero diría: "Deben repartir bocadillos de chorizo y como lo tienen prohibido van con ganas de pillar uno; podríamos bajar a pillar uno nosotros también". Tienen prohibido el calufo pero; si lo tienen lo devoran con fruición.

Glotones...

Mirad que hamburguesa más grande:

moros corriendo por un puente con el afán de conseguir gratis un bocata de jamón de Pisoteando y matando a sus propias crías...

Yo creo que los 4000 que se quedaron en medio del puente que se derrumbó, al ver cómo subía el nivel del Tigris (estoy seguro de que no eran capaces de pensar que era el puente el que caía), debieron apoyarse todos en la barandilla de golpe para intentar ver las barbas de Alá reflejadas en las mierdosas aguas. Y claro, no es que tengan muchas piscinas para aprender a nadar, son bastante secos. Los que cayeron encima del primer millar, seguro que vieron al menos los pelos de la nariz de Alá porque cayeron en blandito y seguro que no se mojaron mientras algunos centenares de niños se ahogaban en las sucias aguas por culpa de sus padres. La versión oficial dice que la estampida de ganado moreno fue por el temor a un moro-bomba que cuentan que había por allí cerca; la versión lógica es el deseo de pillar algo de embutido del bueno en vez de tanto dátil y carne de camello. Son cosas que YO sé gracias a mi cerebro ágil, agudo, automático y psicodélico.

Con lo tranquilos y bien pastoreados que iban al templo a rezar yo qué coño sé.

YO entiendo a las autoridades que tienen que lidiar con unas gentes de tan escasas luces. Deben estar hartos de levantar ese puente. Porque seguro que no es la primera vez que pasa. Y es que si se anda como una res, se muere como una res. Sí, había un huevo de niños y mujeres. Un drama. Pero tiene tela la inteligencia. Estas cosas les pasa a los abúlicos, a los tontos. No hace falta saber leer para tener voluntad, para demostrar personalidad. No vayamos a joder con la cultura de los huevos, que no hace falta ser un catedrático para no pisar la mierda. Y estoy completamente seguro de que las recuas de devotos siguen avanzando en ese peregrinar imbécil que los lleva a una picadora de carne. Y no es porque sean morancos. No.
Veréis; si durante los días en los que se celebraba la muerte de Juan Pablo II alguien hubiera gritado que se repartían trozos de su cuerpo gratis, el resultado hubiera sido de cinco mil muertos.


No muere más peña porque tiene suerte. Tiene que morir mucho idiota hasta que la raza humana consiga evolucionar hacia la inteligencia. Porque hasta ahora el humano sólo ha tenido suerte. No ha habido inteligencia, sólo un instinto insector a nivel general. Han muerto niños y el único consuelo que podemos obtener de ello, es que al menos no perpetuarán sus genes en próximos linajes. Aquí en estos sitios fanático-religiosos pasa como en las colas de los cines que se bifurcan en el último momento hacia cuatro o cinco taquillas. Los envidiosos que van en cuarto lugar quieren pasar antes que los primeros. En estas colas se encuentra la peña angustiada como vacas sedientas. Impacientes y atontados de tanto mirarse los pies. Si alguien gritara: "Sólo queda una entrada para ver la 3ª parte de Shrek", los padres pisotearían a sus propios hijos y se subirían por encima de otros seres reptando como gusanos hacia un cadáver. Alguno se cogería con los dientes a los cables eléctricos del alumbrado y al rasgar el aisamiento con sus ortodóncicos dientes, electrocutaría a los que tiene debajo y éstos a su vez a los que les tocan por accidente. Y encima, se mearía encima. Como en un magnifico, enorme y potente microondas estallarían sus ojos porcinos sedientos de entradas de Shrek 3.

En el caso de los moros, el símil más cercano sería una batidora en la que una vez todos los morenos en el agua, se les agita hasta convertirlos en tropezones. Y puede ocurrir mil veces más sin que aprendan, porque los muy musulmanes lo achacarán a la voluntad de Alá y no a su imbecilidad. Así hasta que no quede ni uno solo y sus genes no pasen a ningún humano más. No es selección natural pero; da buenos resultados. Seguirán pariendo a sus hijos orientando sus coños a La Meca y enviándolos a morir allí, bajo los pies de cualquier manada de idiotas corriendo como furcias en una redada. La cuestión es hacer caso a los tarados cabecillas religiosos que les prohíben comer cerdo.

Tapan a sus mujeres y matan a sus hijos, es todo tan precioso...

Y yo que creo que los que se encontraban en la plaza de San Pedro de El Vaticano tampoco eran muy listos sin ser moros...

Pero bueno, aprovecharemos la desgracia para reflexionar. Al final, ni dios se acuerda de esos, porque además coincidió con la nueva inauguración de Water Orleans.

¿Llevan ropa interior las mujeres musulmanas bajo sus trajes? ¿Son lascivas? ¿Sienten deseos de pillar a un buen macho?
Qué morbo...
Buen sexo.


Iconoclasta, 26-10-05

Altura



Tengo un miedo atroz a la altura, no soporto caminar por estrechos apoyos para salvar un vacío.
Camino muy concentrado en mis pensamientos. No son pensamientos, son vergonzosos fracasos apilados en caóticos montones día tras día.
Los muertos se ríen de mí. Oigo sus voces subir por el patio de 30 m. de altura. No sé que hacen allá abajo.
En realidad son mis compañeros. Mis queridos muertos de mierda siempre intentando convencerme de que lo que hicieron en vida, sí que valió la pena.
No como yo.
Cabrones...
Me concentro mucho para no oírlos, incluso miro al suelo por si me encuentro a mi padre de frente; mi padre muerto que me da consejos que no quiero seguir por el simple hecho de que no son de mi invención. Quiero a ese muerto, pero no hago nunca lo que me dicen, la obediencia pasó a la historia cuando me hice hombre. Ahora no me domina ni dios.
Y padre me mira triste, porque no le presto atención.
Soy orgulloso.
Ahora me encuentro en el terrado de enfrente, distraídamente he pasado por encima de un estrecho tablón a 30 m. sobre el suelo.
Un terror atroz parece hinchar mi cuello y me cuesta respirar.
Debo volver a pasar el tablón para poder bajar, no sé que hago en un tejado.
Tal vez pensaba que los muertos no pueden subir, que siempre están a ras de tierra, sujetos allá donde se les abandonó.
Donde se pudrieron y se están pudriendo.
Ahora no puedo pasar por ese tablón de nuevo, no conscientemente. Y me da vergüenza gritar, mi ropa está en el otro lado.
Mis muertos me miran con expectación.
Me estiro encima del tablón para cruzar el vacío reptando; es un tablón basto, sin pulir y las astillas se clavan en los muslos, en el vientre, en el pecho.
Las manos se han sembrado de finas astillas de madera.
Los muertos ríen porque me ven temblar de dolor y miedo.
Mi padre muerto me dice que me levante y camine como un hombre, no he de demostrar miedo.
Me mira esperando que sea mejor, que tenga más clase y más valor, según él me he de poner de pie y darles una lección a los que ríen.
Pero él ríe.
Nadie conoce a nadie...
Ya sé que no soy valiente para algunas cosas, no soy tan perfecto como esos muertos de mierda de los que tantas cosas buenas me han contado.
Cuando una astilla se hunde profundamente en mi pene, no grito, ni lloro, ni me quejo a pesar de ese dolor ardiente.
No sale sangre de las heridas, se mantienen abiertas como agallas; tal vez para conseguir el aire que mis pulmones miedosos no son capaces de aspirar.
Y parece que el tablón mide kilómetros, que a cada segundo se hace más tosco y menos firme.
Se está redondeando.
Ya está, se ha dado la vuelta y cuelgo de espaldas al vacío, no me quiero soltar a pesar de lo inevitable, no quiero dejarme caer, y las manos despellejadas se aferran con una fuerza que va disminuyendo.
Mi hijo me grita desde algún lugar que no puedo ver:
- ¡Papa, ven a comer!
Y llorando le respondo:
- Ahora, mismo voy.
Y se que no podré ir.
No podré...
Y ellos ríen, mientras la piel de mis manos se desgarra y mi cuerpo se abandona lentamente al vacío.
Las risas, mi vergüenza, el miedo...
No es una buena forma de morir o soñar.


Iconoclasta
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17 de octubre de 2005

Densidad

Densidad: f. 1 Acumulación de gran cantidad de elementos o individuos en un espacio determinado. 2 FÍS. Relación entre la masa de un cuerpo y su volumen.

No sé si es una maldición o es mi ánimo cansado. El cuerpo agotado, algo físico.
Estoy rodeado por todas partes de una gran densidad. De acumulación de cuerpos que saturan el aire de sonidos, de olores.
Es como un virus, una enfermedad; salgo a la calle y me siento pesado, la atmósfera me cae encima de los hombros y los ojos responden con tristeza.
Es difícil moverse en este mundo.
Hasta las lágrimas se hacen tan densas que se quedan enganchadas en el borde de los párpados y todo lo deforma y aumenta. Tengo que usar la punta de la pluma para arrancármelas; pincharlas y sacudirlas. A veces cuelgan de mis ojos como una gelatina espesa, un moco que me da un aspecto enfermo y aunque las quiera quitar con el dorso de la mano, forman hilos pegajosos que se estiran sin romperse. Y entonces me desespero y siento que todo está mal.
Yo mismo me siento denso, pesado. Me cuesta arrancar el pie del suelo para avanzar un paso más, la mano cuelga pesada de mi brazo y no puedo evitar golpearla contra el retrovisor de un coche, es tan pesada que me es más fácil usar la energía en soportar el dolor que alzarla.
Cuando bebo agua, ésta me aplasta la lengua y parece que al pasar por la garganta me arranca las cuerdas vocales.
Bebo constantemente con breves tragos.
Soy una prueba de adaptación al medio.
A un medio denso y terrorífico, porque siento que se aplastan mis huesos por el peso del aire.
Por mi propio peso.
Te busco constantemente porque eres etérea, ligera.
Irreal...
Cuando te tengo en mi mente me siento dentro de una campana de cristal que me protege de toda esa densidad, soy más ligero y no hay lágrimas.
Cogerte en brazos, es sostener una hoja de papel sobre la que escribo con mis labios jeroglíficos húmedos y tiernos que hablan del alivio que me proporcionas a esta gravedad aplastante, que describen cómo tus ojos me confortan con una mirada tierna, de una boca que destila agua clara que nunca me sacia. O las manos finas y frías que no pesan, que me convierten en superhéroe con una fuerza titánica.
¡Es tan fácil cogerte en brazos y soportar toda esta densidad cuando estás conmigo!
Llevo tanto tiempo en este planeta, en este espacio...
Sueño con los tres soles de Karhariman, los que nos alumbran desde la constelación de la Esperanza.
Recuerdo constantemente como nos besamos en la falda del volcán Entimial, el de la lava dorada. Oro fundido que recubre la ladera insultando con su belleza al universo entero. Haciendo feos y mediocres todos los mundos que existen.
Te recuerdo allí, entre la hierba que crecía de una tierra dorada, gimiendo entre mis brazos y yo suspirando entre tus pechos. Comiéndolos.
Volamos por encima del cráter y el oro líquido bullía lanzando pequeñas gotas de sol.
Tus alas azules se agitaban hermosas y yo me mantenía tras de ti para admirarte.
Te di alcance agitando con fuerza mis alas y te abracé en ese aire ligero y limpio. Mis brazos parecían haber nacido para rodearte. Nuestras alas se batieron enredándose en un etéreo abrazo y un par de plumas cayeron en el cráter, una azul y una negra. Ardieron antes de tocar el oro fundido, como ardía algo dentro de mi pecho por ti.
Mi primera misión de exploración: La Tierra, debería ser sencillo; no era la primera vez que acudíamos para estudiar su gravedad.
Pero la droga que me inyecto para soportar esta gravedad desmesurada ya no me hace efecto, y el aire me aplasta. Los sonidos me duelen en los oídos y mis ojos apenas pueden enfocar en un aire translúcido, lleno de pequeños microorganismos que lo ocupan todo.
Se calculó mal la dosis diaria de la droga antigravedad y me he quedado sin esa protección; o tal vez fui yo que no soportaba toda esta densidad que domina el planeta y he necesitado más.
Así que he encontrado una sustancia blanca que aspiro por la nariz: cocaína, polvo de ángel…
Tiene un nombre precioso, gracias a ella te visualizo y vivo cada momento en el que me abrazaba a ti.
Aquí en La Tierra nos llaman ángeles, creen en nosotros como seres superiores.
No saben que nos morimos entre ellos, entre sus alientos pesados, sus emanaciones. Su densa vida…
Lo he visto en sus libros, en los que salimos dibujados; pero no alcanzan a imaginar la belleza de nuestro hogar.
He soñado tanto con volver a abrazarte que hasta los pensamientos caían al suelo, pesados. Rompiéndose como cristal.
Aquí no puedo volar, no puedo escapar de esta densidad que me cubre entero como un húmedo barro.
Mis alas no se extienden; es muy triste no poder volar.
Los individuos en las calles se apilan unos contra otros y me hacen daño con sus roces en mis alas plegadas, ocultas.
Cuando bato las alas en las afueras de la ciudad, me duelen, y las plumas caen tristes, pesadas en este aire denso. No me puedo elevar ni un centímetro.
Siento hasta la densidad de la tragedia.
Esta tristeza infinita que se apodera de mi ánimo, de mi cuerpo agotado.
Mis alas marchitas...
Me duelen los huesos, solo tu recuerdo me da fuerzas, aquí dicen que es sacar fuerzas de flaqueza.
Es verdad, Laimi.
Esto se acaba, cuando os llegue esta transmisión, ya habré muerto.
Estoy tan cansado que no tengo miedo y veo la muerte como una cura, un descanso. Imagino que cuando muera, podré extender mis alas y seré libre de todo este peso invisible que me aplasta.
He aspirado otra dosis más de polvo de ángel y se ha formado una pequeña hemorragia en la nariz, eres tú mi ángel.

Mis alas ya han caído marchitas y los muñones de mi espalda se mueven creyendo que aún las soportan.
Adiós, si fuera verdad que somos ángeles, nos veremos en nuestro paraíso, mi amor.

Iconoclasta

16 de octubre de 2005

Criaturas

Lloraba en un banco de madera, sin ocultar el rostro, no limpiaba sus lágrimas. Con los ojos entrecerrados ofrecía la cara al sol, él secaba sus lágrimas. Sentada en el centro del banco, sus brazos se extendían a lo largo del respaldo; sus pechos se ofrecían así, indefensos al mundo. Sensualmente, tristemente.
Extraña mujer. Profunda con su llanto; como el mar.
Una multitud de seres fluían por las sendas del parque; algunos de ellos lanzaban furtivas miradas a la bella de indefinida edad que dejaba resbalar las lágrimas con el rostro al sol.
Y el sol; aparte de amplificar un dolor, resaltaba el brillo de la media melena negra y lacia. Unos mechones prendidos en las comisuras de sus labios no parecían importarle demasiado.
Alguna lágrima había dejado una marca oscura en su camiseta amarilla de algodón. A través de las aberturas de las axilas se podía apreciar el nacimiento de sus pechos. Una falda larga y oscura con reflejos granate no dejaba ver lo que se escondía entre sus piernas abiertas y relajadas.
Era en sí misma un micromundo; aislada del molesto ruido del tráfico que rodaba lento y cargado tras las vallas del parque.
No prestaba atención a nada ni a nadie.
Un hombre caminaba por la empinada y crujiente senda de grava, con la cabeza gacha, cuesta abajo. Lenta y desgarbadamente, con cierta rebeldía en sus miembros; con un indeterminado y milenario cansancio reconocible pero; jamás deducible. Absorto en la variedad de piedrecillas que pisaba. Sin prestar ninguna atención a las parras retorcidas, a los plataneros de troncos enormes y abiertos, heridos por el tiempo, que le ofrecían una piadosa sombra.
Levantó la vista y la vio, a la mujer de pelo negro secando las lágrimas al sol. Vio el nacimiento de un pecho que se movía al ritmo de una respiración tranquila y profunda. Sus labios eran finos y permanecían cerrados. Su nariz respingona daba un aire joven a su tragedia.
Las tragedias jamás son juveniles.
Porque aquella mujer lo estaba pasando mal.
Intuyó unas piernas largas y delgadas bajo la falda para al final sentir vergüenza por espiarla.
Sacó un cigarro de la pitillera, prensó con un par de golpecitos el tabaco y lo encendió mirando al suelo.
Emprendió el camino y al pasar a su lado no pudo evitar observar su rostro embellecido por un cabello sensualmente descuidado, por unas pestañas negras y densas que protegían unos ojos que prometían ser serenos. Como su mística belleza.
Una lágrima bajó rauda por su mejilla y él la siguió hasta que se precipitó cuello abajo.
Había algo tan profundo en aquella mujer que rompió en pedazos su natural timidez. Su estudiada indiferencia a todo aquello que no fuera familia o amigos, viejos amigos.
Se olvidó por un momento del dolor de cabeza que padecía desde la madrugada. Pulsaba en el hemisferio izquierdo de su cabeza, por encima del oído.
Por encima de todo.
Se colocó frente a ella, sin acercarse demasiado.
- ¿Puedo ayudarte en algo?
Ella abrió los ojos, eran pequeños y oscuros a pesar de la luz que reflejaban, sus escleróticas estaban enrojecidas por el llanto. Cerró sus piernas.
- Sólo es un dolor de cabeza.- mintió cerrando la conversación.
- ¿Y no te molesta el sol? Tengo analgésicos, hoy me he levantado con la cabeza como un bombo ¿quieres uno?- insistió el hombre.
Ella le mostró la alianza elevando su mano frente a él.
- Estoy casada.- se fijó en los ojos marrones de él, había tristeza en su brillo.
- Y yo. No te preocupes, no quería ligar. Tus lágrimas me han llamado la atención.
- Tú tampoco pareces muy feliz.
- Un mal día, un mal despertar. Había quedado con un viejo amigo para tomar un café y me ha dado plantón. Entre otras cosas porque me he dormido al haber pasado una mala noche.
Le ofreció un cigarro y ella esperó a que le diera fuego y cobijó la llama con sus manos rozando las suyas. Estaban calientes por el sol.
El se sentó a su lado sin pedir permiso, respetando su espacio. Sin rozarla.
- ¿Por qué lloras?
- Ayer me caí desde una escalera, estaba trabajando, archivando unas cajas de documentación. Me golpeé la cabeza al caer y perdí el conocimiento durante unos segundos, me sentí tan mal que fui a urgencias y pasé parte de la tarde y toda la noche en el hospital. Se ha formado un coágulo inoperable y me quedan muy pocas horas de vida. El coágulo va en aumento y está presionando el cerebro, y con ello más vasos sanguíneos. El último tac lo confirmó. Hace ahora unas siete horas. No llevo la cuenta de lo que me queda de vida.
El hombre clavó su mirada en la suya, sin mediar una sola palabra, atónito; golpeado por aquella brusca confidencia.
- ¡No quiero que mi marido y mi hijo me vean morir!
Y la mujer rompió a llorar.
El cogió su mano y la apretó con fuerza entre las suyas. Con mucha fuerza.
- Lo siento mujer, lo siento con toda mi alma.- dijo para sí, en un murmullo inaudible, mirando su mano apretada entre las suyas.
Ella no entendió lo que dijo pero; comprendió su pesar. Intuyó la lástima y la pena de aquel hombre triste.
- Hay que ser valiente.- le dijo con un amago de sonrisa.
- No quería molestar, no quería saber esto. Lo siento, lo siento, lo siento...
- Tranquilo, he llorado durante horas sin parar, sola. Ahora ya estoy mejor, aunque cansada.
Me despido de la vida más tranquila.
El no la miraba a la cara, amasaba su mano nerviosamente, con un ligero temblor.
- ¿Cuál es tu nombre, dormilón? Me llamo Mónica.
- Lucas. Deberías estar en el hospital, deberías estar allí cuidada, con tu marido y tu hijo.
- No podría verlos sufrir. No quiero que me vean morir.
¿Dejarías que tu hijo te viera morir?- sus párpados estaban rebosantes de lágrimas.
- No.- negó dirigiendo la vista al suelo.- ¿Qué sientes ahora Mónica?
- Siento una presión tremenda aquí.- llevó la mano encima de la cabeza chafando el cabello con ella, mostrándole el origen del dolor, de un dolor pulsante y creciente.- Esta madrugada oí llorar a Joan cuando el médico le puso al corriente. Les hice creer que dormía. Salió a casa a buscar unas mudas para mi permanencia en el hospital. Y me vestí, discutí con el médico y la enfermera; al final salí de allí firmando un papel para eximir de responsabilidades al hospital y llorando he llegado aquí.
“No puedo creerlo, no es posible” pensó Lucas.
- ¿Me pasas un mano por el hombro, Lucas? Tengo miedo otra vez.
Mónica guió su mano hasta su propio hombro, obligándole a que su mano se apoyara plenamente. Y reposó la cabeza en el hombro de Lucas.
Eran dos viejos amigos.
- Mi hijo, Dani, tiene 9 años. Está ilusionado porque mañana lo llevábamos a los karts. Yo lo estaba también por verlo conducir. Y mi marido...Mi marido debe estar loco buscándome. Pobre Joan, cómo debe estar sufriendo...
Se limpió unas lágrimas con la mano.
Lucas tragó saliva, colapsado por la angustia. No sabía que decir; cómo consolar.
- Descansa, Mónica. Esto pasará, el coágulo se disolverá. No es tarde para nada ni nadie.
Apretó más fuerte su hombro y ella lo agradeció cerrando los ojos y relajándose con él.
El sol hacía sudar a Lucas, las gotas desde su cuero cabelludo y su rostro se deslizaban incómodas por el cuello y la nuca para empapar la camisa.
Ella emitió un leve gemido y se llevó una mano a la cabeza.
A Lucas se le escapó una lágrima cabrona de pena.
- ¿Sabes? Se que el sol luce por los rayos que me calientan. No veo bien, hace una hora que se ha oscurecido mucho mi visión, sólo soy capaz de ver las zonas cercanas. Se apaga la vida. Lucas, esto es horrible... Aunque no me lo hubiera dicho nadie, sabría que me estoy muriendo. ¡Quiero seguir con mi marido y mi hijo! ¡Quiero vivir!
Mónica arrancó a llorar sin contención. Lucas la atrajo hacia sí, rodeando más sus hombros, estrechándola; cogiendo una de sus manos. La acomodó en su pecho, aguantando aquellos movimientos, la agitación de los hombros por el llanto. Creando intimidad para ella en un mundo lleno de luz, colores y sonidos. Risas...
Ignorando miradas.
- Es sábado Mónica, vamos a sonreír. Sólo se llora los lunes, es más; los lunes son los únicos días en los que se debería llorar.
Y Mónica interrumpió su llanto con un amago de sonrisa escupida entre lágrimas. Como una tos.
Le sobrevino otra punzada intensa que le expandía el cráneo como un globo inflándose y apretó la mano de Lucas fuerte. Como hizo con Joan en el paritorio, cuando iba a nacer Dani.
“Esto es desnacer.”, se dijo Mónica.
Lucas se mordió el labio inferior, provocando dolor para mitigar la pena y el horror.
- No quería estar con nadie Lucas, quería estar sola. No tenía mucho miedo a morir tras todas las horas de angustia que he pasado. Pero ahora no, no me dejes ahora Lucas. Este dolor... Ahora ya no Lucas, no me dejes sola...
- Mira morena, vamos a ir tranquilos a tu casa, paseando. Te llevaré con Joan y con Dani. Y mañana iremos a los karts, con Lidia, mi mujer y mi hijo Javi. Tiene 5 años pero con los mayores se lleva bien, se harán amigos...
Lucas tuvo un acceso de dolor que casi le obligó a doblarse sobre sí mismo. Se llevó la mano a la sien; conteniendo algo allí dentro. Recuperó el aplomo y el valor para hablarle a Mónica.
- ¿Dónde vives, morenita?
- Vivo en... aquí cerca. La calle... el nº es el 70, 1º 2ª. La calle...
- Shh... Tranquila Mónica, tranquila preciosa.
- ¡Ay Dios, no me acuerdo!
- Descansa Mónica, son nervios; no pasa nada.
Los ojos de Lucas dejaban caer unas lágrimas incontroladas que se unían al sudor provocado por aquel sol inmisericorde. Por el calor del cuerpo de la mujer que estaba muriendo. Como él. Mismo calor, misma muerte.
- Lucas ¿se ha tapado el sol?
Lucas no podía mirar al frente debido al radiante sol que calentaba aquella zona del planeta, el parque entero.
Hace dos días estaba vivo...
- Sólo son unas nubes que lo han tapado, son pequeñas. En seguida volverá a lucir.
- Siempre he sentido la luz a través de la piel, Lucas. Adoro el sol.
Le besó el cabello llevando su boca a su melena negra y caliente. Ella apoyó una mano en su pecho.
“Ay Dios...” se lamentó Lucas. Y no aflojó la presión de su brazo en torno a los hombros de Mónica. Ni siquiera para limpiarse las lágrimas y el sudor que bañaban su cara. Notaba el salitre seco en la piel.
Ese obsesivo sudor. La que rima con dolor.
Sus ojos eran serios y graves. De pesados párpados.
Algunas personas hacían un amago de acercarse a ellos, les llamaba la atención el llanto de Mónica, su espalda agitada. Su cara pegada al pecho de él a pesar del abrasador calor. Gemidos que se escapaban en un tono demasiado alto.
Pero parecían pensarlo mejor y proseguían su camino lanzándoles tímidas miradas de curiosidad hacia atrás.
Aquel banco del parque era una feria del dolor.
Una lluvia de hojas secas provocada por un golpe de aire heroico y piadoso cayó del olivo negro y retorcido que creaba pequeñas sombras sobre ellos, sombras inútiles. Pero aquel sonido y las caricias de las hojas relajaron el espíritu de Lucas, crearon un rumor, casi un susurro tranquilizador. Ocultaron el sonido de la respiración cansada de Mónica durante unos benditos segundos.
Y estaba oscureciendo en pleno mediodía, el sol comenzó a perder su brillo. A apagarse. Y Lucas apoyó su mejilla en la cabeza de ella; su cabello caliente y suave.
Bálsamo de muerte.
Cerró los ojos, estaba tan cansado...
Hace dos días, el jueves, una viga suspendida de una grúa golpeó su cabeza. A la Mutua en ambulancia, no había herida abierta. Un día de observación, 2 tac de su cabeza. Su mujer a su lado a ratos; iba y venía atendiendo a Javi. Atendiéndole a él. Lidia... qué buena es.
Ayer, hace apenas unos minutos, de noche; el médico les informó de los resultados de los tacs, un hematoma estaba creando trombosis en los otros vasos del cerebro. Era profundo e inoperable. Le ofrecieron morfina y cuidados hasta el final. Lidia aguanta un llanto inmenso cogida de la mano de Javi. Y Lucas se precipita a un vacío oscuro. Una náusea lo lleva corriendo al lavabo.
Desde kilómetros de distancia los oye.
- ¿Qué le pasa a papá?
- Que está malito, se tiene que quedar aquí esta noche.- dijo Lidia sin llorar, tranquilizadora. Conteniendo todo aquello para que Javier no supiera.
Lucas salió de los servicios, ocultándose a Lidia y a Javier. Entró en la habitación y se vistió rápidamente. Unas escaleras de emergencia oxidadas le llevaron a una noche estridente y calurosa.
Y caminó viendo el amanecer, paseando y pensando en toda la vida, obsesionado por su Javi, por Lidia. Fumando un cigarro tras otro.
En sus bolsillos llevaba una carta de despedida que escribió hace un par de horas, unos bancos del parque más arriba.
Un fuerte dolor encima de su oído izquierdo le obligó a ladear la cabeza. Como si un puñetazo traidor hubiera recibido.
Lidia... ella apretó sus manos cuando el doctor Ejido le dio su condena. Javier los miraba con interés desde allá abajo. Tan pequeño y vulnerable. No llegaría a verlo hecho un hombre.
Que puta pena...
Tomó una pastilla del frasco que llevaba en el bolsillo de la camisa y contuvo una arcada.
Mónica balbuceaba algo y él notaba su dolor cuando ella apretaba su brazo con fuerza, clavándole sin querer las uñas.
Palpó la carta en el bolsillo trasero del vaquero. Una carta de despedida, de amor y deseos de felicidad. De perdón por abandonarlos. De explicaciones por una muerte solitaria. Por evitar tormentos inaguantables para ellos.
“¿Cuántas probabilidades habían de que dos seres se encontraran en la misma circunstancia para morir?” Se preguntaba a sí mismo.
“No podía ser...”
“La vida está enferma”.
“Un moribundo consolando a una moribunda.” Y evitó reírse con una sonora carcajada demente e insana.
- Háblame Lucas.- le rogó alzando la mirada a los ojos del hombre, sin acertar a encontrarlos. Mirando sin saberlo a las retorcidas ramas del olivo a sus espaldas.
Lucas arregló los cabellos pegados en las mejillas y la frente sudorosa y fría de Mónica.
- Eres una mujer bella, Mónica. ¿Nos escapamos juntos?
Y ella le obsequió con una ciega sonrisa en la cara.
- Solo amigos, Lucas. Estoy casada.
Y otra contracción de dolor la silenció y obligó a presionar la cabeza en el pecho del hombre abriendo y cerrando los dedos sobre la mano de él. Lucas acariciaba su espalda intentando contener aquella bestia de dolor entre su mano, entre los brazos. Y sintió como ella aspiraba más profundamente el caliente aire.
Esforzándose cada cual en vivir.
Lucas sintió un fuerte pitido en el oído izquierdo y algo caliente que no era sudor se derramó por su maxilar, desde el oído.
Se llevó una mano allí y su visión oscura no le dejó ver que era aquel líquido. Se acercó los dedos a los ojos hasta que pudo observar el rojo de la sangre. El coágulo estaba reventando los vasos cercanos...
“Debo aguantar. No puedo dejarla aquí sola, en el parque”. Se dijo alarmado, con un miedo atroz.
- ¿Cómo le vas a explicar a tu mujer que yo he muerto entre tus brazos? ¡Ay...!- Mónica se encogió toda.
- Le diré que eres una vieja conocida, una amiga que conocí hace casi una hora.
“¿Cómo lo hace la vida para llevarnos hasta aquí, es que no se da cuenta del dolor?”. El intentaba entender aquella situación.
La respiración de Mónica se hizo mucho más suave, sus inspiraciones eran ahora lentas y cortas. Se estaba relajando, abandonando.
Lucas perdía la visión por momentos y la parte izquierda de su cuerpo ya era un conjunto de carne y huesos insensibles. La mano izquierda que confortaba el hombro de Mónica cayó átona. Le costó dios y ayuda devolverla allí.
- Lleva a mi hijo a los karts. Explícale a mi marido que le quiero.
- Descansa Mónica, se lo diremos los dos juntos.
Un crío jugando envió la pelota a los pies de Lucas. El sintió el leve golpe pero; ya no la podía ver, ni podía tocarla con sus piernas inmóviles.
Su orina se derramó por el interior de los pantalones. Un líquido caliente que le hizo sentir un profundo malestar. Asco.
Miedo.
El niño recogió la pelota a sus pies.
- ¡Te lo tengo dicho: cuidado con la pelota!
Una mujer recriminó al niño; una sombra a unos pocos metros de él.
- Miguel, me estoy durmiendo; no te enfades. Me siento tan cansada... No me dejes cuando esté dormida ¿eh?
"Miguel.” “No puede ser esta crueldad, esta mala suerte”. Lucas deseaba tener a alguien a quien contarle esto, vaciar toda esta carga.
“Mi hijo se llama Javier, mi mujer Lidia”
“No puedo morir olvidándolos”
“Mi hijo se llama Javier, mi mujer Lidia”
No se daba cuenta de que lloraba, tampoco le importaba demasiado ese detalle a estas alturas.
Un profundo gemido salió de la garganta de Mónica. Lucas apresó su nuca y la apretó con mucho cuidado, la meció en su pecho. Intentaba dar consuelo sin apenas saber.
- Mi Dani, mi pequeño Dani...
- Viene pronto Mónica, con Joan. Los he llamado.
- Gracias Pedro, hueles a buen hombre.
“Aguantaré, la ayudaré a cruzar la vida hacia la muerte” “No la dejaré sola”.
Un golpe que salió del interior de su cabeza, como un mazazo convirtió de repente sus pulmones en láminas de plomo que costaban todas las fuerzas de su cuerpo mover.
“Mi hijo se llama Pedro, mi mujer... mi mujer María”, recitaba Lucas.
Sus ojos se cerraron cuando sin ningún asomo de temor cayó en la cuenta de que se había quedado ciego.
Un anciano observó el oído de Lucas, sus pantalones mojados. Vio con alarma los temblores de Mónica reposando en Lucas.
Y fue en busca de un guardia, de alguien que se hiciera cargo de aquellas criaturas.
- Lucas ¿un beso de despedida?
Y Lucas buscó a ciegas sus labios. Fue un beso prolongado y tranquilo, cada uno, a través de los labios intentando mitigar el miedo a la muerte.
Y Mónica se relajó, sus manos se abrieron y abandonaron a Lucas. El brazo izquierdo cayó colgando muerto, como su moreno cabello.
Y Lucas se encontró solo en el universo. Ciego.
El miedo cubrió todo su pensamiento, como un manto oscuro y denso. La locura se apoderó de su mente cuando sintió la lasitud de Mónica. Su muerte.
Estaba tan solo ahora...
Clic...; algún vaso importante estalló en su cerebro. El pensó que era una muerte tranquila, no era consciente de que cayó a tierra entre fuertes convulsiones, echando espuma por la boca.
Creía morir tranquilo.
Mónica yacía en el banco como una muñeca abandonada y desmadejada.
Cuando el guardia llegó precedido por el anciano, no podía creerlo. Dos personas muertas en el parque a pleno día...
- Tanto sol para tanta mierda... Joder.
Y la vida, aún a pesar de ser una puta, la ramera de Dios; guió a dos seres para que murieran juntos. Con consuelo. Para que el negro abismo de la muerte no se los tragara tristemente solos.
A pesar de todo ese dolor, esa profunda pena; la vida se comportó bien.
¿O los mató impunemente?
La vida...esa zorra.
Besos para Mónica y Lucas; criaturas...

Iconoclasta

15 de octubre de 2005

Soñé

Soñé como tantas veces que caía a gran velocidad y aterrizaba en el colchón con el corazón acelerado, no soñé que me ayudabas, no soñé que tus manos hicieran intento alguno por alcanzar las mías.
Tú estabas allí, mirándome caer, tranquila y sin importarte nada. Sonreías hablando con alguien y me decías adiós con un breve gesto de la mano cuando el trozo de mundo que me soportaba se hundía.
Me tragó la tierra.
Clavaba mis uñas en las paredes del abismo, destrocé mis dedos intentando frenar la caída.
No me importaba subir, volver allá arriba; me hubiera conformado con quedarme allí, sin caer.
Porque sabía lo que ocurría al final, sabía que despertaría junto a ti, junto a tu olor, a tu piel, a tu cuerpo aburrido.
De nuevo pegado a tu belleza vacía e insípida.
Y tú a mi lado dormida, no notaste la tremenda sacudida de la cama al caer a tu lado de nuevo.


Cuando duermes no aprecio tus ojos, la indiferencia que emana de ellos. Ese ímpetu idiota de levantarte en seguida para limpiar, para poner la casa en orden, asear.
Hace tanto que no te follo al despertar...
Es cuando estás dormida que tu cuerpo me gusta, cuando no hay nada de tu voluntad que lo mueve. Cuando estás dormida tu cuerpo adquiere una belleza griega, clásica.
Pero cuando abres los ojos se esfuma toda tu belleza y todo es mediocre, haces mi vida mediocre . Creo notar hasta tu coño seco y no me apetece follarte.
Cuando abres los ojos eres un mar aséptico, y ni tu coño abierto ante mí me estimula.

Me siento hastiado, cansado de ti.
No te quiero, no te amo. Ya no me gusta tu olor ni tu tacto.
No me gusta tu voz, la que me da el permiso adecuado para tocarte sólo cuando tú lo deseas; me gustan más mis sueños en los que me traga la tierra; en los que me veo liberado de ti cayendo por ese profundo y terrorífico abismo.
Te quiero dormida.

Imaginé miles de veces follarte al despertar, penetrar tu coño en la cocina, lamer tus muslos acercándome a gatas cuando descansas en el sillón mostrándome el vello que sobresale de tus bragas.
Me masturbo en el lavabo, pensando que te jodo sin tu permiso, en un arrebato salvaje.
Imagino llegar a casa y sacar mi pene duro para entrar así y excitarte, provocar tu deseo.
No soñé con caer continuamente, con desaparecer de esta trampa de vulgaridad, de un matrimonio educado y civilizado.
Me das asco cuando estás despierta. Cuando controlas el momento en el que has de ser follada y besada. Odio el control al que sometes cada uno de los momentos en los que estoy contigo.

Soñé otra vez que la tierra me tragaba, y no me estrellé contra el colchón. Caí dolorosamente de pie en un lugar de luz, sin sombras. Donde no había olores y tus ojos me miraban indiferentes, tus pechos preciosos mantenían unos pezones que no se erizarían jamás. Y tu coño se mantendría siempre cerrado hasta que me dieras permiso para metértela. Para no lamerte si no estás de humor.
Siempre a tu voluntad.
Tus ojos preciosos pero repugnantes e idiotas así me lo decían.
Y desperté sintiendo escalofríos. Desperté con el absoluto convencimiento de que nuestra vida sería para siempre así de repugnante. Monótona, plana...
Patética.
Porque ya hasta mis sueños pareces controlar.
Podría marchar sin decir una sola palabra o pedirte el divorcio.
Pero no puede ser tan fácil; he esperado años imaginando que un día podría tomarte sin permiso, sin que me rechazaras porque no es el momento adecuado.
Atisbar algo de deseo salvaje en ti.

Me he despertado sobresaltado, sudoroso. Ya no puedo más, he ido al lavabo a fumar. He cogido la botella de éter que guardaba en el fondo del armario de la pica y una toalla.
También he cogido unas bridas para cables y el costurero.
No puedo más.
Mientras duerme le coloco la toalla empapada en éter en el rostro y todo su cuerpo se relaja notablemente, su respiración se ha ralentizado.
Con las bridas sujeto sus muñecas y tobillos usando el somier de anclaje.
Elijo una aguja cualquiera del costurero y la enhebro con hilo negro, el primero que he cogido. Me la pela el color.
Primero los labios, cierro su boca impidiendo que se abra fijando una brida que envuelve su cabeza inmovilizando el maxilar.
Con lentas puntadas voy cosiendo sus labios, a veces noto el roce incómodo que hace la punta de la aguja entre los dientes y debo parar unos segundos para recuperar el aplomo. La sangre mana abundante y preciso limpiarla continuamente por cada puntada que doy.
Ha abierto los ojos en algún momento y ha intentado abrir la boca. Ha roto dos puntadas antes de que el éter la volviera a dormir.
Ahora ya está, sus labios han quedado horribles, están morados porque las puntadas fuertemente apretadas cortan el flujo sanguíneo. Pero ya no podrá abrir la boca.

Con dificultad pellizco los párpados de su ojo izquierdo, vuelvo a enhebrar más hilo y comienzo a coserlos. Es inevitable que haya pinchado un par de veces el globo ocular.
Por lo menos no sangran tanto como los labios.
Estoy tan concentrado en mi trabajo que he tardado unos minutos en darme cuenta de que estaba despierta, lo he notado en las lágrimas que se deslizaban por entre los párpados ya cosidos del ojo izquierdo.
Y por sus pequeños espasmos de dolor, está tan bien sujeta que apenas puede moverse.
Le coloco otra vez la toalla en la nariz y en apenas veinte segundos vuelve a dormir.
Acabo de coser los párpados del ojo derecho y me enciendo un cigarro esperando que se disipe el efecto del éter.

Se agita con terror, histérica; y sus mudos intentos por gritar me excitan. Me excita ver sus ojos cerrados por mi voluntad, su cara llena de sangre porque cada movimiento de sus labios o de sus párpados provoca pequeñas hemorragias entre las prietas puntadas que le he dado.
Con las tijeras rasgo la parte superior del pijama de franela, gordo y asexuado. Sus pezones siguen tan muertos como siempre. Pero tengo la cubitera en la mesita y le paso un hielo. Los pezones responden con rapidez, se han contraído con dureza y puedo lamerlos, morderlos hasta hacerlos sangrar.
Sé que a ella no le gusta, que no es el momento adecuado para sexo.
Da igual, nunca cambiará, nunca se preocupará si yo estoy excitado. Corto el pantalón y las bragas, me excita desnudarla así.
Y me hundo entre sus piernas lamiendo su coño, se lo muerdo, estiro sus labios hasta que mi pene se moja excitado. Pero de su coño no sale fluido alguno, no colabora; no se deja excitar.
Así que voy a la cocina y vuelvo con una aceitera, riego su pubis con aceite, con mucho aceite y lo restrego por su vagina, sé que está llorando, lo noto en el movimiento de sus costillas, en los espasmos de su vientre.
Aplico mis aceitosos dedos en el útero, en el clítoris.
El brillo del aceite en su coño y entre sus muslos le da un aire mojado. Es preciosa cuando está excitada, cuando no habla, cuando no mira.
No se si soñé que la follaba así, pero parece irreal este momento.
Y la penetro, la penetro con fuertes golpes, secos y duros. Haciendo que nuestros pubis se rocen. Con mi vello acaricio su clítoris pero no noto que se contraiga, que se endurezca.
Y a pesar de ello, me corro dentro de ella, apoyo mi pene en sus muslos mientras me acabo de vaciar y la dejo así, pringada de sangre, aceite y semen. De mi saliva...
Que se limpie si puede.

Y me he quedado dormido a su lado, no he soñado con caída alguna. No he soñado con ella, ni siquiera era consciente de su existencia.
Y me desperté tranquilo, sin sobresaltos. Sin esa sensación de frustración que siempre me embargaba al despertar tras una caída.
Así que le clavo un cuchillo en el corazón para que jamás pueda volver a controlar mis sueños, mi vida, mi excitación.

Y encendiendo otro cigarro, marco el número de mis suegros en el teléfono y les comunico que su hija se encuentra indispuesta, que hoy no iremos de compras con ellos. Mi suegra quiere hablar con su hija y cuelgo el teléfono.
Sé que me pudriré durante unos años en la cárcel, pero es mejor eso que soñar con una caída por un abismo en el que siempre está ella al final.

Iconoclasta

13 de octubre de 2005

666 trabajando en Israel

Esta luz de la tierra santa... esta luz amarillenta que da color a resecos olivos centenarios y un toque fantasmal a las ciudades que se divisan a lo lejos, como espejismos aúreos; luz que da calidez a las pieles de estos primates.
Israel, Palestina...
Esta luz es producto de la mierda de polvo árido y estéril que viene del desierto. No es una luz cálida, os he engañado; es una luz sucia y llena de mierda. El tono cálido es por culpa del asqueroso polvo en suspensión que los vuelve a todos gilipollas, como si aspiraran continuamente rayas de una dorada cocaína. No os creaís que en vuestro mundo todo es tan bello. Tenéis verdaderas mierdas también.
Aquí fue donde le clavé más profundamente a Cristo las espinas de su corona en su santa frente, atravesando con el esfuerzo mis manos. Me subí a la cruz y le dije mirando sus ojos verdes y llenos de sangre reseca: ¿Me quieres a mi también, falso ídolo de enfermos y locos?
Le lamí la sangre que goteaba de su nariz mientras la crucifixión lo asfixiaba lentamente y se morían con él sus falsas esperanzas para un mundo de mierda mejor, donde los hombres se sacrificarían y sacrificarían a sus hijos por obedecer a un dios idiota y egoísta. Y el acre sabor de su sangre bajaba desde mi lengua bífida a mi garganta sabiendo que con cada gota me llevaba parte de su vida. La del santo hijo que abusó de locos y enfermos para ser más que nadie.
¡Qué ironía! El lugar donde murió el santo y casto varón resulta que es ahora el núcleo de la guerra de todas las guerras, la cuna de la muerte y el terror.
Se me ha puesto dura... la polla.
Y yo, asesino de asesinos, estoy aquí recordando la muerte del nazareno hace apenas unas semanas atrás...
Camino con el uniforme de soldado israelí porque soy un chulo, el chaleco antibalas de ligero kevlar me hace sudar y mis brazos fuertes y gordos como un muslo de hermosa mujer llaman poderosamente la atención. Mis gafas ocultan mis ojos ávidos de emociones y muerte; el casco me hace sentir un poco más sobrenatural, con más carisma. Reconozco que hay algo de fetichismo en ello; disfruté con aquella judía, la mujer de un almacenista de la construcción que no me dejó sacarme ni el chaleco ni las gafas de sol mientras la penetraba una y otra y otra y otra vez... Y sus piernas me apresaban el culo para que me metiera más adentro de ella.
El subfusíl es ligero, he descargado 3 cargadores en pocos segundos contra un viejo perro que estaba al sol y lo he convertido en una hamburguesa sangrienta. El 9 mm. es el calibre perfecto para estas armas rápidas y de corta distancia. Podría matar en 3 segundos a 4 primates sin ningún problema.
Ningún soldado judío tiene suficientes cojones para caminar por esta zona palestina alejada del núcleo urbano. Podría ir descalzo pero estas botas molan mazo.
Hace apenas unos minutos he oído una explosión y estoy buscando la causa. Unos pequeños jirones de humo salen de detrás de una antigua y gastada loma salpicada de resecos arbustos. Cuando llego a la cima, en la pendiente contraria puedo ver como un tronco de primate ensangrentado mueve la cabeza de un lado a otro en estado de shock.
Es un barbudo palestino, uno de esos que se ponen explosivos por su cuerpo (demasiado moreno para mi gusto) para luego explotar e ir a un cielo donde unas supuestas putas le estarán chupando la polla durante toda la eternidad. Error.
Seguramente este imbécil ha hecho algo mal y ha reventado él solo aquí.
Me acerco y me río en su cara, feliz y sinceramente. Consigo captar su atención a pesar del shock cuando me quito las gafas y miro directamente a su cerebro. Llora sangre porque un ojo ha reventado. Un par de perros famélicos lamen la sangre y el hueso de los muñones que han quedado a la altura del hombro derecho y la pelvis, donde debería estar enganchada su pierna. Otros perros se pelean por una sucia alpargata que tiene aún algo de carne dentro. Con los incisivos delanteros un pequeño perro blanco pega tirones de un nervio negro y gordo, que retorcido que sale del muñón del hombro.
Necesito estar solo con este imbécil.
Les hablo a los perros para que se vayan de aquí o los mato. Se acercan hasta mí con sus hocicos ensangrentados y me lamen las manos, los más altos apoyan sus patas en mis pectorales y lamen mi cara con cariño. En mis labios han quedado restos de sangre de los lametones y me los limpio con la lengua. No soy un tío delicado y siempre me ha gustado que los seres inferiores me muestren temor y respeto.
El tronco humano se revuelve en esta sucia tierra y sus muñones se rebozan en un fino polvo; me señala con el dedo hacia el este, donde se aprecia una casa de ladrillo desnudo, de esas de los pobres. Se escuchan voces de niños y alguna mujer. Cojo el tronco del primate con una facilidad espantosa y miro en derredor para localizar a algún turista de esos horteras con cámara digital para que me haga una foto con el primate ensangrentado al hombro.
Pero no hay nadie, estoy solo con este idiota.
Me señala su casa, me señala a su familia; pretende que lo lleve ante ellos antes de morir, este subnormal no sabe lo que es el paraíso que le tengo reservado.
Cuando llegamos a unos 100 m. de su mierda de hogar, lo tiro al suelo sin ningún tipo de cuidado y apenas gime, no tiene fuerza. Le doy unas bofetadas en la cara con cuidado de no partirle su moreno y sucio cuello para que espabile.
Esto que voy a hacer, no lo intenteís hacer vosotros, el subfusíl es un arma para corta distancia, sólo los seres superiores podemos disparar y ser certeros a esta distancia con estas armas.
Le obligo a mirar hacia su casa y le sujeto la mano que le queda atravesándola y clavándola al sucio suelo de esta santa tierra con mi Herbert de doble filo y acanaladura. No grita demasiado y su mano apenas se ha crispado.
Ahora, antes de morir, observará el paraíso que le espera durante toda la eternidad.
Hay tres niños correteando frente a la casa que está llena de desperdicios y trozos de uralita cortantes y peligrosos que el guarro este recogió para seguramente arreglar el techo de su choza. ¿Es que no sabe que eso es un peligro para los niños? Me tumbo en el suelo en posición de combate... De caza. Mi arma apunta hacia uno de los pequeños bultos que está sentado en el suelo haciendo dibujos con un palito, disparo y casi al instante cae hacia adelante, el pequeño cuerpo inerte se ha doblado besando el suelo entre sus piernas abiertas, con sus dibujitos aún por acabar...
Hay algo de dramatismo en la mirada de este palestino moribundo y parece que no acaba de creer que acabo de reventarle la médula a su hijo más pequeño.
Los otros niños, apenas han podido reaccionar y corren hacia su hermano gritando. Apunto a la niña y de su pecho una rosa roja se abre mientras cae al suelo, el padre saca fuerzas de no se donde y emite un profundo grito. Es igual no me impresiona. Otro disparo más y la cabeza del niño mayor se convierte en una sandía reventada y el contraluz crea una aura roja con la sangre pulverizada en el aire. Unas lágrimas de emoción se desbordan por mis ojos ultravioletas.
Aún me quedan muchas balas...
Un mujer grita, con su gorda barriga, apenas puede correr hacia sus hijos muertos. Calculo que debe estar preñada de unos 7 u 8 meses. Estos primates se reproducen como las ratas.
Le digo al palestino que tiene una buena polla y que me siento orgulloso de la cantidad de veces que ha sido capaz de joder a su mujer, y de lo muy hombre que es a pesar de ser un paria de mierda incapaz de alimentar debidamente a su familia. Le pellizco el muñón del hombro cariñosamente, de Dios a mono.
Espero a que la mujer ofrezca un perfil y ... disparo. La bala atraviesa su barriga, entra limpiamente y por el extremo opuesto se abre un agujero irregular, se sujeta la barriga lanzando un grito al aire.
Al girar por el primer impacto se pueden apreciar pequeños huesecillos asomando entre el masivo agujero de salida de la bala; el palestino se desgarra la mano al desclavársela del suelo y querer alcanzar a su lejana mujer. En ese mismo momento, el pecho izquierdo y pleno de leche estalla con otra bala.
Y ahora el silencio, el silencio de la muerte. Mi gran momento.
Cojo el tronco y lo llevo hasta su familia muerta y dejo que muera allí; no me ha dado tiempo de quedarme con las almas de su familia así que espero su muerte. Llamo a mis crueles para que se hagan cargo de su alma y en el momento que el sucio y ensangrentado barbudo abandona su cuerpo mis cerdos, mis queridos cerdos de la profundidad lo apresan.
Estará durante toda la eternidad viendo la muerte de toda su familia. JAMAS ACCEDERA A PARAISO ALGUNO Y SU AGONIA NO TENDRA FIN.
Me desnudo y dejo toda la ropa y las armas en este sucio rincón del mundo; más que nada para desestabilizar más esta tierra santa de ese dios maricón, para que haya más odio, más rencor y más muertes.
Más barbudos muertos.
Volveré a mi cueva oscura y fresca, maloliente. Y además, tengo unas ganas locas de follar, un buen trabajo me pone.
Esperaré impaciente como los palestinos revientan otro mercado lleno de judíos. Y así hasta que todos mueran y sus almas sufran en mi infierno, en el sótano de mi cueva.
Ya os contaré más aventuras de estas que tanto os gustan.
Siempre sangriento: 666


Iconoclasta


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11 de octubre de 2005

El follador invisible: En un velatorio




Los mejores velatorios son los de gente joven, los de cadáveres jóvenes y frescos porque no hay tanto viejo y carcamal a su alrededor.


Basta ir a las floristerías para dar con el lugar y momento adecuado y no para comprar flores; sino para averiguar en el libro de encargos dónde se celebran los más selectos y orgiásticos velatorios.

Las mujeres suelen llevar ropa interior negra bajo gasas y finas telas oscuras y eso me pone. Medias negras y finas, tacones altos y puntiagudos... Los entierros son un catálogo de ostentaciones, hay que impactar hasta en el muerto.

Con infundado temor (es difícil acostumbrarse de un modo natural a la invisibilidad) entro a hurtadillas en el suntuoso portal del edificio, el vestíbulo luce una alfombra negra flanqueada por horteras pilastras blancas que sirven de apoyo a jarrones de alabastro con tupidos ramos oscuros. Las paredes están forradas de oscura madera y la iluminación pobre convierte el vestíbulo en un corredor de la muerte; en un anticipo de lo que hay más arriba.

Subo hasta el tercer piso del lujoso edificio y una puerta de las dos que hay está abierta. Emana un rumor bullicioso y olor a comida que indica donde se celebra el mortal evento.
No me parece trágico, toda la tragedia se ha diluido entre canapés, bebidas y sonrisas apagadas. Entre besos y abrazos. Hay mucha gente y pocos lloran.

Algunas mujeres dicen que sienten escalofríos en los velatorios; soy yo acariciándome el pene y suspirando en su nuca. Toco sus cuerpos y miran hacia atrás pensando en el cabrón que acaba de pasar tras ellas.

Cada día se lleva menos montar el velatorio en el domicilio, salvo en familias de gente millonaria. La muerte siempre es una excusa para alegrarse de no ser el que está en el ataúd, para montar fiestas y que se reencuentren los viejos amigos. Las familias eternamente enemistadas se besan como Judas delante del muerto.

Y yo me hago una paja corriéndome encima de las tetas de la muerta, está buenísima; con 26 años recién cumplidos sus pechos se muestran plenos y duros a pesar del frío mortal que les da un toque cerúleo.
Su columna vertebral está deshecha, lo he notado al arrastrar la mano por su espalda desnuda, forzándola bajo su ahora pesado cuerpo entre la tapicería del ataúd; en su cuello aparece un feo bulto disimulado con un exquisito pañuelo de seda azul marino. Si alguien lo tocara sentiría algo frío y viscoso; está empapado de mi semen.
Una de sus manos con los dedos rotos y retorcidos descansa oculta bajo sus ropas.
Una mujer ha observado el movimiento del cuerpo al moverme entre él y se ha santiguado mientras le decía algo a un hombre apoyando su cabeza en su hombro. Llora. El hombre la consuela acariciando su espalda, mirando fíjamente el ataúd porque le ha parecido apreciar el movimiento que he provocado en el festón negro al meterme bajo la caja, entre los caballetes que lo soportan.
El hombre, diciendo algo al oído de la mujer, da media vuelta y salen de la sala.

Los vivos siguen pavoneándose delante de la muerte. Un hombre maduro y con un rictus de gravedad se acerca hasta el ataúd, se santigua y agachando la cabeza comienza a murmurar alguna cosa religiosa; alargo la mano contra el festón y le toco el paquete genital con suavidad. El hombre se sobresalta y levanta con rapidez el manto negro. No da crédito a sus ojos al no ver nada allá abajo.
Se santigua rápidamente y se dirige presuroso hacia el salón donde se encuentran los otros invitados.

Yo aprovecho para abrir el escote de la muerta y meter la mano bajo la copa del sujetador sin conseguir poner sus pezones duros.
Arreglo el escote de tal forma que asome la blonda del sujetador y subo la falda por encima de sus rodillas, una de las piernas presenta una tremenda cicatriz tierna y amoratada.
Si uno se acerca demasiado, puede oler cómo las bacterias cumplen con su misión.

El próximo en entrar es otro hombre, este es casi un anciano; se agacha sobre el cuerpo y cuando va a depositar un beso en la frente de la muerta elevo la fría cabeza. El efecto es impresionante y el hombre lanza un grito grave y ronco cayendo al suelo.
Alguien ha gritado desde el salón al verlo caer y un corrillo de negros seres lo rodean mientras dos le dan aire con las manos y le aflojan la corbata.
Se lo llevan fuera de la sala, hacia algún sofá donde dejarlo reposar de la lipotimia que dicen debe ser.
Yo es que me parto de risa...

Me estiro relajado bajo el ataúd esperando que entre alguien más.
Y aparece ella, antes de que llegue hasta la caja puedo verla, lleva un sencillo vestido negro, es demasiado delgada y sus piernas apenas tienen forma. Pero tiene unas tetas tremendas.
Cuando se aproxima, puedo meter mi mano bajo su vestido y al hacerlo ella se separa de la muerta casi de un salto.
Echa una mirada atrás por si alguien la ha observado en su brusco movimiento y vuelve a acercarse haciendo acopio de valor.
Vuelvo a deslizar la mano bajo su vestido y esta vez consigo hacer un roce en su pubis, sus bragas son muy finas y puedo notar los pelos de su coño.

Ella aguanta con voluntad y con los puños cerrados apartando de si esa alucinación táctil. Cuando llego con mis dedos al inicio de su raja, sale taconeando rápida de aquí.

Se cruza con el hombre maduro del rictus que vuelve hacia aquí observando atentamente el festón negro por si puede apreciar algún movimiento. Se planta muy cerca y mira el cadáver fijándose en el profundo escote que he abierto en las ropas, en sus piernas descubiertas.
Y le rozo de nuevo el paquete, se mueve inquieto pero; no se aparta. Le masajeo hasta que noto su polla dura. Sus ojos devoran los pechos y las piernas de la muerta.
Salgo con cuidado de allá debajo y delante de sus ojos comienzo a sobar las tetas, él ve con los ojos abiertos desmesuradamente como se mueven, se agitan...
Le separo las piernas ante su atónita mirada.
El hombre se pega más al ataúd dando la espalda completamente a la puerta de entrada a la sala y su mano comienza a masajear el glande a través del pantalón, hipnotizado por los movimientos a los que someto el frío cuerpo.

De repente el tío abre la boca dejando escapar un hilillo de saliva y en la zona de la bragueta del pantalón se va extendiendo un círculo húmedo.
-Cabrón -digo en alto.
Y el hombre siente una arcada y sale da aquí sujetándose el estómago y con una mano en la boca.

He movido tanto las tetas de la muerta que las aureolas de sus pechos asoman por entre el sujetador.
Vuelve la mujer del vestido negro...
Es que a la peña le va la marcha, coño.
Y yo me meto allí debajo.

Se santigua de nuevo y separa un poco las piernas para afianzarse durante la oración.
Mi mano sube por su muslo izquierdo. La mujer tiembla y aguanta su miedo y su excitación. Llego hasta su ingle y meto un dedo por el camal de la braguita, puedo tocar los labios de su vagina, puedo acariciar ese coño y ella acomoda un poco más las piernas dejando que lo que la está sobando se mueva más libre.
Mi polla está dura, está resbaladiza. Llego al elástico de sus bragas y las bajo hasta el borde de la falda, meto mi cabeza allí y mi lengua empieza a hundirse entre sus labios jugosos.
Cierra los ojos y los que la ven temblar desde la sala de invitados, creen que llora emocionada.
Se me está haciendo agua en la boca.

Y cuando mi lengua comienza a retorcer y rotar su clítoris, se le escapa un gemido que provoca una pequeña eyaculación en mí.
Sus manos se han apoyado en el borde del ataúd porque le he metido los dedos en el coño, tres dedos que comienzan a golpearla a removerse en su interior mientras mi lengua la recorre dejando un rastro de saliva que se desliza por sus muslos temblorosos.
Cuando comienzo a aplastar su clítoris con el dedo corazón, girándolo lentamente al ritmo con el que mis dedos entran y salen de su coño, su cuerpo comienza a estremecerse. Noto como sus fluidos se deslizan por mis dedos.
Y en un instante que le cuesta un enorme esfuerzo controlar, se corre. Se corre apenas manteniendo el equilibrio. Se corre con un pequeño grito, que yo aprovecho para acariciar y golpear mi glande contra sus pantorrillas corriéndome en ellas.
Suspirando.

Uso su pubis para limpiarme la leche de la mano entre su vello.
Sus bragas están ahora entre sus pies y una mujer que entra en ese momento la llama puta a gritos.
Y yo me largo de aquí, me largo con el rabo húmedo y con ganas de hacerme otra paja, me ha excitado tanto...

Si no llega a ser porque había tanta gente, le meto el rabo en la boca hasta que se ahogue con mi semen.
Si un día os volvéis invisibles, me comprenderéis.
Ya os contaré alguna sexualidad más otro día.



Iconoclasta

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7 de octubre de 2005

Carta de amor interrumpida

No voy a ser melodramático, mi amor. No quiero ver cómo retuerces tus dedos nerviosa ante el temor de una mala noticia; estoy tan serio porque tengo el imperioso deseo de besarte.
Hoy todo me ha ido mal, y tú eres mi isla. Quería llegar a ti y abrazarme como el náufrago extiende sus brazos en la arena. Nada serio, mi vida; pequeñas necedades que no quiero contar porque es un tiempo precioso que pierdo para admirarte.
¿Sabes que cuando andas me fijo en tu precioso trasero y siento una lujuria que conecta directamente de mis ojos a mi miembro?
Pero eso no es nada comparado con la dureza con la que el corazón golpea en mi pecho.
Tócalo, te prometo que no te exigiré luego que toques más abajo.
No te rías, se me hace imposible no besarte; ser circunspecto y medianamente correcto.
No se trata de impactar. Soy egoísta y me ahogo si no te lo digo; si no te echo en cara toda esta pasión que me ahoga.
Me llena los pulmones el agua que brota en cascada de tus ojos, el metálico tañido de tu timbre riendo me hace cosquillas en el oído y por eso a veces ladeo la cabeza y encojo el cuello..
Me encoges el alma.
Tus gemidos...
Son cosas, éstas que te digo, producto de mi fiebre por ti.
Te lo digo ahora con calma.
No te rías... Sabes que acabaré abrazándote, como me conoces...
Eres tan ladina...
Verás, si te abrazo y me tiembla todo el cuerpo, es por el esfuerzo sobrehumano que requiere no aplastarte contra mí, hacerte mía osmotizando tu piel, filtrándola en la mía con una presión desmesurada.
Cómo te adoro, preciosa...
Es que tengo suerte, soy un cabrón afortunado al tenerte.
Otros dirán: "margaritas a los cerdos..." Y el cerdo concluye que es feliz a tu lado, que hoy no hay pasión roja.
Hoy no hay un velo negro del dolor que parasita el amor.
Como una garrapata que se alimenta constantemente de tiempo en contra nuestro.
Es cabrón ese matrimonio desquiciado de amor-dolor.
Es tan inevitable...
Sonríe, no me da la gana que la niebla atenúe los colores de un decorado que hoy está precioso, guapísima.
Sonríe porque te estoy escribiendo una carta de admiración; una prueba de que tu amor me hace feliz.
Haré una cosa: dejaré este testimonio de amor en la cajita de música y cuando me veas derrotado y un poco ojeroso, lo lees y recordarás que no es por ti, que sigo deseando estar contigo y en esos momentos más que nunca, preciosa mujer.
Sabes que no puedo hablar ni mirar a los ojos cuando siento la furia y la derrota. No soy buen amante cuando me siento agredido por el mundo.
Es que la presión de fuera será a veces tan dura, que me cegará completamente. Y necesitaré unos momentos para liberar la furia. Salir con mi arco y rasgar mis dedos de tanto tensar la cuerda.
Ya sé que no soy un indio... Es este sentimiento de cazador sin territorio que a veces me hunde en un alquitrán espeso que me impide respirar. Un gusto ácido y venenoso que me impregna con sus vapores, que infecta mi ropa y mi piel y ni siquiera al llegar a tu lado, consigo disipar.
Tal vez por ello, necesite besarte los labios, hundir mi lengua en tu boca sintiendo su frescor.
Eres un enjuague bucal dulce y hermoso.
O tu mano acariciándome la cara... A veces lo haces cuando estoy concentrado en algo.
-Estate quieta, que me distraes...
Quiero acabar de escribirte esto para que no te sientas mal cuando me arrincone en algún lugar de la casa.
-Siiiiii, me gusta esa nueva combinación de lencería que has comprado, tan oscura y transparente... Joder, que buena estás.
Espera que te voy a follar, luego acabo la carta.
Tramposa...
Y te ríes deliciosa...

Iconoclasta